23. Lo que todavía sirve
Volví a la casa de Andrés con Inés el viernes anterior a la mudanza. Habíamos acordado una hora para preparar las cajas y dejar para el sábado los muebles pequeños que podía llevarme.
No utilicé mi llave. Llamé al timbre.
Andrés abrió vestido de manera informal, con una camisa que yo le había regalado años antes. Saludó a mi hermana con dos besos. Ella respondió con educación, sin una frialdad teatral que me habría obligado a cuidar también de eso.
—He hecho café —dijo él.
—Gracias —contesté—. Primero quiero ver las cosas.
Asintió y se apartó para dejarnos entrar.
La casa olía igual: el jabón, la madera del mueble del pasillo, algo que se había cocinado al mediodía. Dejé la chaqueta en el gancho de siempre y fui a poner el teléfono en la cómoda. A mitad del pasillo recordé que había venido a recoger mis cosas.
En el cuarto verde estaban las cajas que había traído de casa de mi madre. Andrés había sacado también algunos libros de la estantería y los había colocado en el suelo.
—No sabía cuáles eran tuyos —dijo—. He dejado los que recordaba.
Me agaché. Había uno suyo entre los míos y dos míos seguían en la balda. Los cambié de sitio. Uno llevaba una dedicatoria para él; lo abrí por esa página y se lo tendí. Andrés pasó el pulgar por el nombre antes de devolverlo a la estantería.
Inés empezó a montar cajas de cartón. Me preguntó qué quería hacer con unos papeles. Los miré y separé los que necesitaba.
Andrés se quedó en la puerta.
—He puesto aparte las fotos.
Me señaló un sobre grande encima del escritorio. Lo abrí. Había viajes, cumpleaños, una playa a la que fuimos varias veces y una fotografía de mi padre en el hospital, tomada un día en que todavía podía sentarse junto a la ventana. No recordaba haberla impreso.
Me senté en la silla.
Andrés dijo que la había encontrado en una caja y pensó que querría tenerla. Le di las gracias. Mi padre tenía una mano apoyada en la manta. Acerqué la foto para verle bien los dedos.
Inés dejó de mover cartón durante unos segundos. Después preguntó si podía empezar por los libros del estante inferior. Asentí.
Pasamos casi una hora haciendo montones.
Libros y ropa en las cajas; unos documentos en mi mochila; lo que quedaba por hablar, apuntado en una hoja.
Había dos cosas que los dos recordábamos haber comprado.
Las apartamos. Cuando Andrés dijo que un cable era suyo, le mostré la etiqueta que yo había pegado con la fecha y el aparato al que correspondía.
Lo soltó. Un momento después fui yo quien tuvo que devolver un cargador.
La mesa del cuarto verde la había comprado yo antes de conocer a Andrés. Tenía un arañazo en un lateral que nunca conseguimos disimular. Cabía en mi nuevo salón, aunque ocuparía más de lo ideal.
—Podrías dejarla aquí y comprarte una más pequeña —sugirió.
—Ahora prefiero llevarme esta.
Asintió. Le pregunté si tenía a mano la llave para desmontar las patas. Fue a buscarla al cajón de las herramientas.
En el dormitorio encontré mi ropa separada en dos montones. Andrés había lavado algunas prendas. Olían al detergente de siempre.
—No sabía si tendrías dónde hacerlo estos días —explicó.
Le dije que gracias otra vez. Inés fue a buscar una bolsa grande al coche y me quedé unos minutos a solas con él.
Andrés se sentó en la cama. Yo doblaba camisetas de pie.
—¿Has visto el piso?
—Sí.
—¿Está bien?
—Es pequeño. Me sirve.
No le di la dirección. Ya habíamos hablado de que necesitaba mantener ese espacio separado. Él miró mis manos mientras doblaba una manga.
—¿Podré verlo algún día?
Me detuve.
—Ahora no quiero pensar en eso.
Bajó la cabeza. Vi el pelo más claro en la coronilla, una zona que solo miraba desde cerca cuando estábamos juntos. Me dieron ganas de acariciarlo. No lo hice.
—Te voy a echar de menos —dijo.
Yo seguía sosteniendo la misma camiseta. La doblé mal y tuve que abrirla otra vez.
—Yo también voy a echarte de menos.
Andrés levantó la vista.
Durante unos segundos pensé que iba a pedirme que me quedara. Yo habría sabido qué responder, pero no estaba seguro de soportar la cara que pondría al escucharlo. Al final no lo pidió.
Me enseñó un sobre pequeño que había encontrado entre los libros. Dentro había una nota que le escribí durante nuestro primer año. Dos líneas sobre llegar tarde y dejarle algo para cenar. Ni siquiera era una carta de amor. Tenía una broma nuestra al final, una tontería que había dejado de recordar.
Sonreí antes de poder evitarlo.
Andrés sonrió también.
—Éramos felices —dijo.
Asentí. Recordaba aquella broma y la voz que ponía él al repetirla. La última palabra la había escrito en mayúsculas, tan deprisa que se salía del margen.
Él me tendió la nota. Le dije que podía quedársela si quería. Yo conservé una fotografía de aquella época en la que salíamos los dos con pintura en las manos, delante de la pared del cuarto verde. La guardé dentro del sobre, detrás de la de mi padre. Decidiría después dónde ponerla.
Inés volvió con las bolsas. Miró nuestras caras y no preguntó nada.
Andrés se levantó a preparar el café que había ofrecido al principio. Lo tomamos en la cocina, de pie. Mi hermana habló de la cama nueva de nuestra madre porque era un tema que podía sostenerse sin pisar nada. Andrés preguntó si ya la habían entregado. Le dijo que sí.
—Tu madre siempre me ha tratado muy bien —comentó él.
—Sí —respondí.
Me bebí el café antes de que se enfriara. Andrés preguntó si queríamos más y Inés le acercó la taza. A mí aún me quedaban camisetas por guardar.
Cuando volvimos al cuarto, Andrés se dirigió a Inés.
—Yo solo quiero que sepas que no todo ha sido como parece ahora.
Mi hermana dejó una caja en el suelo antes de responder.
—No he venido a juzgar vuestra vida. He venido a ayudar a Julián con sus cosas.
Lo dijo sin elevar la voz. Andrés la miró un momento y después se apartó de la puerta.
Yo tenía un rollo de cinta adhesiva en la mano. Busqué el extremo con los dedos hasta que Inés me lo pidió y cerró la caja.
Encontré el casete dentro de una de las cajas. Lo guardé en el bolsillo de la chaqueta para no perderlo. Tomás había conseguido un aparato y me había dicho que lo llevara cuando quisiera.
Antes de terminar revisé el baño. Había un cepillo de dientes mío en el vaso y una cuchilla de afeitar junto al espejo. Los recogí. Debajo de la cuchilla había una mancha de espuma seca. Cogí papel, la limpié y lo tiré a la papelera. Envolví la cuchilla antes de guardarla.
Andrés se quedó en el pasillo mientras cerrábamos las bolsas.
—Mañana estaré aquí —dijo.
Le recordé la hora y quiénes vendrían a ayudar. Asintió. Habíamos acordado que no sería una ocasión para retomar la conversación de la ruptura.
Al llegar a la puerta me pidió que esperara. Fue a la cocina y volvió con un recipiente de comida.
—He hecho de más.
El recipiente aún estaba templado. Me lo acercó y tuve que cambiar una bolsa de mano para recogerlo.
—Gracias —dije, y lo guardé en una bolsa aparte.
Bajé con Inés por la escalera. Ella llevaba dos cajas pequeñas y yo una bolsa que parecía pesar más de lo que contenía.
En el coche me preguntó cómo estaba.
—No lo sé.
—Vale.
Nos quedamos un momento sin arrancar. Le conté lo de la nota, la fotografía, que había sido cariñoso.
Inés se quedó mirando por el parabrisas.
Una furgoneta intentaba aparcar delante de nosotros y el conductor le hizo un gesto para pedirle un poco más de sitio.
Movió el coche hacia atrás y volvió a apagar el motor.
—Hoy ha sido así —dijo al final.
Asentí. Tenía la fotografía dentro de la mochila y la comida a mis pies. Le pedí que arrancara; todavía había que dejar sitio para las cajas del día siguiente.
Esa noche cenamos la comida que Andrés había preparado. Sergio dijo que estaba buena. Yo respondí que sí. Después lavé el recipiente y lo dejé junto a las cajas que devolvería al día siguiente.