22. Una ventana a la calle
El piso estaba en un tercero sin ascensor y olía a pintura reciente sobre humedad antigua.
Amalia, la propietaria, abrió las ventanas antes de enseñármelo.
—He pintado, pero hay que ventilar —dijo—. La mancha de ese rincón se reparó el año pasado. Tengo la factura, por si quieres verla.
Me gustó que señalara el problema antes de que tuviera que encontrarlo yo. Eso no significaba que debiera fiarme de todo. Miré el techo, pregunté qué se había hecho y pedí revisar los documentos. Ella fue a buscar una carpeta.
Había un dormitorio pequeño, un salón con una ventana a la calle y una cocina estrecha donde cabía una mesa si no era demasiado grande.
El baño no tenía ventana. La puerta del armario rozaba al abrirse.
El suelo estaba gastado junto al balcón, que no era un balcón de verdad, sino un hueco protegido por una barandilla donde apenas podía ponerse una maceta.
Amalia se quedó junto a la ventana mientras yo volvía a recorrerlo. En la cocina abrí el grifo; tardó un poco en salir caliente. Pude girarme sin rozar dos muebles a la vez. Había sitio para mi cafetera.
Amalia preguntó si viviría solo.
—Sí.
Asintió y siguió explicando los gastos. No pidió una historia.
El alquiler era de seiscientos cuarenta euros.
Sumé facturas y transporte. Tendría que salir antes para llegar al hotel.
Pregunté por la calefacción y por los gastos que estaban incluidos; Amalia buscó el último recibo entre los papeles.
Apunté la cifra al lado del alquiler. La ventana del salón daba a una panadería y yo llevaba un rato mirando a la gente entrar.
Le pedí una copia del contrato para leerla con calma y consultar lo que no entendiera. Amalia me la envió esa misma tarde. Hablamos de la reparación de la puerta del armario y de una pequeña pérdida en la cisterna. Dijo que las dejaría resueltas antes de la entrada.
Estuve a punto de ofrecerme a hacerlo yo. Era fácil. Había abierto la boca cuando Amalia dijo que llamaría al hombre que le había pintado el piso. Cerré el armario despacio para que no volviera a rozar.
Volví dos días después con Inés. Quería que lo viera alguien que no estuviera desesperado por encontrar un sitio. Mi hermana se quedó un rato en el salón sin decir nada. Después abrió un armario, miró el baño y preguntó por el ruido de la calle.
—Es pequeño —dijo cuando salimos.
—Sí.
—Pero no me parece triste.
Me quedé pensando en lo de triste mientras buscábamos un sitio donde sentarnos.
Hicimos cuentas en una cafetería. No de la vida que habría deseado tener después de separarme, sino de la que podía pagar.
Una cama. Una mesa. Algunas sillas. Menaje.
Cortinas, quizá más adelante. Había cosas que podía recuperar de la casa de Andrés y otras sobre las que todavía no habíamos hablado.
Inés se ofreció a prestarme dinero. Le dije que de momento no lo necesitaba. Tenía ahorros, aunque me dolía utilizarlos tan deprisa. Acordamos que, si la situación cambiaba, se lo diría antes de quedarme sin margen por vergüenza.
—No sé si voy a llevar esto bien —le dije.
Inés dobló el recibo del café.
—¿El piso?
—Todo.
Me miró un momento y volvió a la lista. Quería saber si me llevaba la mesa del cuarto verde, porque, en ese caso, podíamos tachar una compra.
Esa noche recibí un mensaje suyo, de Andrés. Preguntaba si podíamos hablar por teléfono. Le contesté que diez minutos y que no quería discutir de nuevo la decisión.
Llamó al momento.
Al principio hablamos de la recogida de ropa. Después dijo que había pensado en la cocina y en la casa.
—Podemos hacer un acuerdo. Poner las cosas por escrito. Que no vuelvas a sentir que no tienes nada aquí.
Me quedé callado.
Me senté en el borde de la cama de casa de Inés. El día que pagué la cocina había esperado una conversación así; quizá no por escrito, pero algo más que «ya lo arreglaremos». Ahora tenía delante, en el teléfono, el contrato de otro piso.
—Eso podemos revisarlo aunque yo no vuelva —dije.
Andrés tardó en responder.
—No estoy hablando solo de dinero.
—Yo tampoco.
Me contó que había tenido una primera cita con el profesional al que quería acudir. No pregunté qué había dicho de mí. Le dije que me parecía bien que buscara ayuda para sí mismo.
—Estoy haciendo lo que me pedías —contestó.
Me pregunté qué día había ido, cuánto había durado la consulta, si le habría costado pedir la cita. Podía preguntárselo y quedarme una hora hablando con él. Moví la pierna para quitarme de encima una bolsa de ropa.
—No te he pedido que hagas esto para que vuelva —dije.
Andrés guardó silencio. Oí una puerta al otro lado, quizá la del despacho.
—Entonces nada de lo que haga va a servir.
Le dije que esperaba que le sirviera a él. Me oí demasiado seco. Añadí que me alegraba de que hubiera podido ir, que recordaba cuánto le había costado decidirse. Empecé a buscar otra frase y vi que llevábamos ya doce minutos.
—Tengo que terminar —añadí.
—Claro.
Esperé una despedida. No llegó. Me despedí yo y colgué.
Después caminé por el pasillo de casa de Inés sin ir a ningún sitio. Sergio estaba viendo las noticias y me preguntó si buscaba algo.
—No.
Se quedó mirándome un momento y luego señaló el sofá.
—Puedes sentarte sin hacer nada. Hay sitio.
Lo hice. Aguanté unos minutos antes de sacar el teléfono para revisar otra vez el contrato del piso.
Beatriz me devolvió el contrato con anotaciones.
Había leído tres veces un apartado y aun así le pedí que me lo explicara.
Después llamé a Amalia con una lista: reparaciones, gastos incluidos y estado del piso a la entrega.
Le costó localizar una referencia en su copia; estuvimos unos minutos diciendo «aquí» y «más abajo» como si compartiéramos mesa.
Me envió por escrito lo que faltaba. Guardé juntos los mensajes y el contrato.
Firmé a finales de febrero, con entrada el primer sábado de marzo.
Antes de confirmar la transferencia del alquiler y la fianza comprobé el número de cuenta dos veces. Después hice una captura del justificante. Se la envié a Amalia y abrí el saldo que quedaba, aunque sabía de sobra cuál iba a ser.
Amalia me entregó las llaves después de enseñarme la cisterna reparada y la puerta del armario, que ya no rozaba. Me pidió que la avisara si encontraba algo más durante los primeros días. No se quedó a supervisar mi manera de mirar las habitaciones.
Cuando se fue, cerré la puerta y permanecí de pie en el salón. No había sofá. Solo una silla plegable que ella había dejado porque no la necesitaba. Me senté. Desde la ventana se veía una panadería, un árbol sin hojas y un hombre esperando a que su perro terminara de oler una rueda.
Una tubería dio dos golpes detrás del baño. En el piso de arriba levantaron una persiana. Saqué del bolsillo el papel donde había apuntado las medidas de la mesa y lo desdoblé sobre la rodilla.
Llamé a Inés.
—Ya tengo las llaves.
—¿Estás allí?
—Sí.
—¿Cómo lo ves?
Miré la pared donde pondría la mesa.
—Vacío.
Mi hermana se rio.
—Eso tiene arreglo.
Le pedí que no viniera todavía. Quería quedarme un rato. Lo aceptó sin preguntar si estaba triste.
Saqué una cinta métrica del bolsillo. Medí el hueco de la cocina, la pared del dormitorio y la distancia desde el enchufe hasta la ventana. Anoté las cifras en el reverso de un sobre. La cinta se doblaba al llegar al rincón. Tuve que sujetarla con un zapato para medir el dormitorio yo solo.
Antes de irme abrí la ventana. Entró aire frío y un olor tibio a pan. La dejé abierta mientras recogía el sobre y la cinta métrica; luego volví a cerrarla. En el suelo había quedado la señal redonda de una pata de la silla. La arrastré hasta la pared para que no estorbara el sábado.