21. El miedo de Luis
Quedé con Luis para caminar, no para tomar café. Me parecía que una mesa nos obligaría a quedarnos demasiado quietos y que yo podía necesitar moverme mientras hablábamos.
Nos encontramos junto al parque de la avenida. Él llevaba una chaqueta más fina de lo que pedía el día y se frotaba las manos al verme.
—Gracias por venir —dijo.
—Tú me has escrito varias veces.
—Ya.
Empezamos a andar sin abrazarnos. No fue una decisión solemne; simplemente ninguno encontró el momento.
Durante los primeros minutos hablamos del tiempo y del trabajo. Luis había cambiado unos turnos y estaba cansado. Yo le conté que Gabi tenía tres meses más de contrato.
—Pues ya puede respirar.
—Un poco.
Luis empezó a preguntarme por la propuesta. Le contesté mirando el paseo. Por ahí podríamos pasar la tarde entera.
Al llegar a una zona con menos gente se detuvo.
—Te debo una explicación.
—No sé si necesito otra explicación.
Asintió. Metió las manos en los bolsillos y miró el suelo.
—Entonces déjame decirte lo que hice. Después tú decides si seguimos hablando.
Me quedé a su lado.
—Se lo conté a Rafa —dijo.
—Eso ya lo sé.
—Más de lo que te dije.
Esperé. Un corredor pasó tan cerca que Luis tuvo que apartar el hombro.
—Lo de la escalera también.
Rafa se había alarmado. Para tranquilizarlo, Luis le había dicho que probablemente fue una discusión que se salió de tono.
—¿Probablemente?
—No sabía cómo había sido.
—Pero se lo explicaste.
Luis se subió la cremallera hasta el cuello.
Sentí una rabia fría, distinta de la que había tenido la noche de la cena.
—Me dijiste que no le habías contado eso.
—Lo sé.
—Y luego me senté con los dos en una mesa sin saberlo.
Luis cerró los ojos un momento.
—Sí.
Esperé una frase que explicara por qué, en el fondo, había sido inevitable. No llegó enseguida.
—Tuve miedo —dijo al final—. Me fui a casa pensando en lo que me habías contado. Rafa me vio la cara. Es mi marido, Julián.
—¿Y?
—Quiero decir que…
Se calló. En el suelo, entre nosotros, un pañuelo de papel se había enganchado en una rama. Luis lo apartó con la punta del zapato.
—Me resultó más fácil contárselo. No sabía qué hacer.
—Podrías habérmelo dicho antes de prometer que no lo harías.
—Sí.
—Yo también tengo que medir lo que cuento. A ti te dejé de medir.
Me vino a la cabeza la cara de Rafa en aquella cena. Me había pasado media noche pendiente de lo que pudiera notárseme. Él ya sabía. Mientras Luis asentía, volví a sentir las mismas ganas de recoger los platos y esconderme en la cocina.
Seguimos caminando. Tardé un rato en encontrar otra frase.
—No te pedí que resolvieras mi vida. Te pedí que no lo contaras.
—Lo sé ahora.
—Lo sabías entonces.
Luis me miró. Esta vez no bajó la cabeza.
—Tienes razón. Lo sabía y elegí lo que me aliviaba a mí.
Me detuve junto a un banco. Había hojas húmedas pegadas en el asiento y ninguna necesidad de sentarnos. Nos quedamos de pie.
Le dije que Andrés había utilizado lo ocurrido para demostrar que yo iba dejándolo mal delante de nuestros amigos. Que después había hablado a otras personas de mi salud, y yo ya no sabía quién me miraba sabiendo qué.
Luis escuchó sin interrumpirme. Cuando terminé, me dijo que sentía haber contribuido a eso.
—No te estoy pidiendo que vuelvas a contarme nada privado —añadió—. Entiendo que no quieras.
Se quedó callado después de decirlo. Esperé todavía una pregunta, algo que tuviera que concederle.
—¿Qué piensa Rafa? —pregunté.
Luis respiró hondo.
—Está intentando no elegir entre vosotros.
La frase me hizo sonreír de una manera amarga.
—Yo tampoco quería elegir.
—Ya.
Le pregunté si Rafa creía que yo había exagerado. Luis no respondió enseguida. Agradecí y detesté ese retraso.
—Cree que os habéis hecho daño —dijo—. Le cuesta ver lo que tú estás contando sin tener a Andrés delante explicándose.
Miré hacia el paseo. Un hombre ayudaba a una niña a colocarse un casco. La niña se apartó, impaciente, y él volvió a intentarlo sin enfadarse.
—No quiero sentarme con todos para defender mi caso —dije.
—No te lo estoy pidiendo.
—Pero parece que, si no lo hago, quedará una versión a medias.
Luis se quedó callado. No podía garantizarme lo que pensarían otras personas. Al final dijo:
—Yo no estaba allí. Pero te vi la cara cuando me lo contaste. Y luego te dije que a Rafa solo le había contado que estabas preocupado.
Se pasó una mano por la nariz, enrojecida por el frío.
—No tenías que volver a pasar por eso delante de nosotros.
Seguimos andando. Me había quedado tanta rabia dentro que tardé en notar el alivio.
Le conté que estaba buscando piso. No hablé de la abogada ni de las cantidades. Me preguntó si necesitaba ayuda con la mudanza. Dije que todavía no tenía fecha.
—Cuando la tengas, puedo llevar cajas. Mi coche es grande.
Asentí. No dije que sí ni que no.
Llegamos a una cafetería con mesas fuera. Luis preguntó si quería sentarme. Esta vez acepté. Pedí agua antes que café. Él me miró el vaso y sonrió apenas, quizá recordando la primera conversación. No lo comentó.
Hablamos un rato del hotel. Le expliqué que me costaba trabajar sin revisar el teléfono, que a veces imaginaba mensajes que no habían llegado. Luis no buscó una palabra para eso. Me preguntó si había podido hablarlo con alguien. Le dije que sí.
—Me alegro.
No quiso saber qué me habían dicho.
Antes de irnos establecí algunas cosas que necesitaba. No quería que me llevara noticias de Andrés ni que le contara dónde iba a vivir. No quería recibir invitaciones que ocultaran que él también estaría. No podía prometerle volver a cenar con Rafa como si no hubiera pasado nada.
Luis dejó la taza sobre el plato.
—A Rafa le parecerá raro que vaya yo solo a verte.
Me quedé mirándolo.
—Ya —añadió—. Eso lo hablo yo con él.
Señalé con un dedo el borde mojado de mi vaso.
—Si no puedes guardarte algo, me lo dices antes. No después de que te lo cuente.
—De acuerdo.
No nos reconciliamos por completo aquella tarde. Cuando nos despedimos le di un abrazo breve. Él no intentó prolongarlo.
—Gracias por escucharme —dije.
Él hizo un gesto breve con la cabeza. Yo tenía aún la mano en su brazo. La retiré para buscar el teléfono y mirar dónde había aparcado.
Antes de llegar al coche me volví. Luis esperaba en el cruce, con las manos en los bolsillos. No habíamos quedado para otro día. No sabía aún cuándo me apetecería verlo.
Esa noche recibí un mensaje suyo. No contenía otra disculpa. Era una fotografía de una caja plegable que podía prestarme para la mudanza, con sus medidas escritas debajo.
Respondí que me vendría bien.
Al día siguiente, en cambio, Rafa me envió un texto largo. Decía que nos quería a los dos, que sabía que las rupturas sacaban lo peor y que deseaba que pudiéramos recordar lo bueno sin convertirnos en enemigos.
Lo leí tres veces. No había una pregunta sobre cómo estaba yo. Empecé a responder que las cosas no se habían puesto mal después de separarnos; llevaban mal mucho tiempo. Escribí «La noche de la escalera» y borré la frase entera.
Escribí que también valoraba lo compartido, pero que no quería debatir mi decisión ni participar en conversaciones destinadas a reconciliar versiones. Le pedí que respetara la distancia que necesitaba.
Tardé media hora en enviar seis líneas. Después dejé el teléfono y fui a ayudar a Óscar con el aparato que por fin había conseguido hacer funcionar casi siempre.
Óscar ya había abierto la carcasa. Yo iba a tocar un cable cuando me apartó la mano.
—Espera, que ese no es.
Le pregunté qué había probado. Me lo explicó con una paciencia que no había heredado de ninguno de nosotros.