Eso no pasó así 20. Lo que se paga
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20. Lo que se paga

Beatriz me preguntó si estábamos casados antes de preguntarme por qué nos separábamos.

—No.

—¿Habíais firmado algún acuerdo sobre la vivienda o los gastos?

Negué.

Tomó una nota. Yo había llegado con una carpeta llena de papeles y una historia que temía no poder contar sin llorar. Ella necesitaba empezar por cosas que cupieran en una casilla.

Era abogada. Una compañera de Inés le había dado su contacto después de preguntarle si podía orientarme sobre las cuestiones económicas de una convivencia que terminaba.

Beatriz dejó claro al principio que no iba a resolverlo todo en una primera visita.

Quería saber qué documentos existían, qué estaba a nombre de cada uno y qué necesitaba yo con más urgencia.

Le expliqué lo de la cocina. Los cinco mil ochocientos euros. La factura a nombre de Andrés. Las transferencias que había guardado. También hablé de las aportaciones mensuales y de otras compras pequeñas que no sabía si tenían importancia.

—Vamos a separar cosas —dijo.

Sacó tres hojas. En una anotó la vivienda y las aportaciones a la reforma. En otra, cuentas y pagos. En la tercera, objetos que me pertenecían o que habíamos comprado juntos.

Cuando pasaba un papel de un montón a otro, yo seguía el movimiento. Había traído hasta la garantía de una batidora. Beatriz la apartó con cuidado, como todo lo demás.

—Que hayas aportado dinero no me permite decirte ahora, sin estudiar lo demás, qué podrías recuperar ni por qué vía —explicó—. Necesito revisar los documentos y lo que acordasteis, si podemos acreditarlo. No quiero prometerte una cantidad para que salgas de aquí más tranquilo.

Asentí. No era la respuesta que deseaba, pero pude entenderla.

Le dije que no quería quitarle la casa. Me salió antes de que ella sugiriera nada parecido.

Beatriz dejó el bolígrafo.

—No has venido a pedirme eso.

Me quedé callado.

—Lo sé —contesté al final—. Pero necesito decirlo.

No insistió. Volvió a los papeles.

Preguntó qué cosas quería recoger y si podía hacerlo sin discutir con Andrés. Le dije que todavía no lo sabía. Habíamos intercambiado mensajes sobre ropa y documentación, pero cada intento de hablar de lo práctico acababa en una frase sobre lo que yo estaba haciendo con nuestra vida.

—Podemos ayudarte a que las cuestiones económicas y la recogida se traten por un canal concreto —dijo—. No tienes que resolver la relación cada vez que necesites una caja.

No lo formuló como una solución a mi miedo. Era una manera de organizar el trabajo que podía hacer conmigo.

Le hablé de una posible reclamación, pero no sabía si estaba dispuesto a seguirla hasta el final.

Beatriz me pidió que no decidiera eso antes de tener una valoración más clara.

Podíamos explorar un acuerdo sin asegurar que fuera posible.

También podíamos establecer por escrito qué se estaba proponiendo y qué no.

—Lo que no voy a hacer es pedirte que firmes algo solo para terminar pronto —añadió.

Miré los tres montones. Había una parte de mí que sí quería terminar pronto. Estaba dispuesta a regalar dinero, muebles y recuerdos con tal de dejar de recibir mensajes que me obligaban a explicar otra vez por qué me había ido.

Después miraba la transferencia de la cocina y quería reclamarlo todo. Recordaba las tardes de desmontar muebles, las comidas que llevaba a Elisa, los días que había pedido para atender cosas de los dos. Empecé a enumerarlas.

Beatriz me escuchó un momento. Al llegar a lo de Elisa, preguntó si estaba hablando de gastos que pudiera documentar. Dije que sobre todo de tiempo. De llevarla, recogerla, estar. Me preguntó entonces qué necesitaba reclamar económicamente y qué necesitaba poder contar en otro lugar.

Sentí vergüenza. Ella debió de notarlo.

—No digo que no importe —aclaró—. Digo que no todo puede resolverse con la misma herramienta.

Guardé despacio los papeles que no necesitaba dejarle.

Salí con una lista breve de documentos y una previsión de honorarios para el trabajo inicial.

La cifra me hizo calcular inmediatamente cuántos meses de ahorro suponía.

No se la discutí. Pregunté qué incluía y en qué momento habría que valorar nuevos pasos.

Me lo explicó de nuevo sin parecer ofendida.

En el coche apunté el gasto. Después abrí las aplicaciones de alquiler.

Buscaba algo pequeño, pero no una habitación en la que tuviera que dar explicaciones por cada visita.

Introduje una cantidad máxima de alquiler y aparecieron cuatro anuncios.

Uno era de una habitación aunque ponía «apartamento».

Hice las cuentas otra vez, con mi sueldo habitual y sin las horas extraordinarias.

Tenía ahorros; los llevaba guardando años y hasta entonces no había pensado en qué mes empezarían a agotarse.

En una hoja resté comida, transporte, facturas y las sesiones con Clara. Miré esa última partida más tiempo que las otras. No la taché. Cambié los barrios de la búsqueda y amplié el trayecto al hotel.

La primera visita fue a un estudio interior que parecía mucho más grande en las fotografías. El agente abrió la puerta y encendió una luz amarilla.

—Muy acogedor —dijo.

Había una cama junto al fregadero y una ventana alta que daba a un patio estrecho. Podía tocar casi todos los muebles sin cambiar de sitio. Pregunté dónde estaba la lavadora. Señaló un armario compartido en el pasillo.

El agente se apartó para que pudiera abrir el armario de la ropa, junto a la cama. Una percha vacía golpeó la pared del fondo. Me senté un momento en el borde de la cama; desde allí veía mi cara en el espejo del baño.

Dije que lo pensaría. En la calle recibí un mensaje de Andrés.

«¿De verdad vas a tirar dinero en un alquiler teniendo tu casa aquí?».

La llamó mi casa. La frase habría tenido el poder de hacerme volver unas semanas antes. Ahora me quedé mirándola junto a las fotografías del estudio.

Respondí que estaba organizando dónde vivir y que quería hablar solo de las cuestiones pendientes por escrito. Dejé sin enviar el comienzo de otra frase: «Todavía no he encontrado nada». Apagué la pantalla antes de volver a encender el coche.

La segunda visita fue una habitación en un piso de una mujer mayor que buscaba a alguien tranquilo. La señora me cayó bien. Me enseñó la cocina, explicó cómo se repartían los gastos y dijo que prefería que no hubiera visitas por la noche.

Podía entenderlo. Era su casa. También entendí que no era lo que yo buscaba.

Se lo dije. Ella asintió y me deseó suerte. Yo había empezado a explicarle que no solía recibir visitas, pero que podía darse el caso. Se echó a reír.

—Hombre, tendrá usted su vida. Ya aparecerá otra cosa.

Me acompañó hasta el portal para ahorrarme una vuelta por el patio. En el bolsillo llevaba el teléfono de otro anuncio y llamé al salir.

Al día siguiente Marina nos llamó al despacho. Había revisado la propuesta de Gabi y mía. La empresa todavía no descartaba centralizar parte del mantenimiento, pero aceptaba probar durante unos meses el sistema de organización que habíamos planteado.

—A Gabi le prorrogan el contrato tres meses —dijo—. Después volveremos a valorar.

Él sonrió, aliviado. Yo no pude alegrarme del todo. Tres meses eran tres meses, no una seguridad. Marina debió de leerme la cara.

—Es lo que he conseguido ahora.

Asentí. Le agradecí que hubiera defendido la propuesta y pregunté qué recursos nos autorizaban para ponerla en marcha. No bastaba con exigir que hiciéramos más con los mismos huecos.

Marina abrió el presupuesto de materiales. Había dos columnas marcadas en amarillo.

—Esto puede esperar.

Señaló los recambios de las cisternas. Le dije que algunos sí, pero no todos. Gabi abrió el registro y buscó los avisos de las últimas semanas: habitaciones que habían tenido que quedar pendientes hasta que llegara la pieza.

—No podemos guardar recambios de todo —dijo Marina.

—De todo, no. De estos dos modelos tenemos varias plantas.

Hicimos una lista más corta. También repartimos quién anotaría las incidencias en cada turno; recepción tendría que indicar la habitación y el problema, sin escribir solamente «baño».

Gabi se ofreció a pasarles un ejemplo. Marina autorizó parte de la compra y dejó pendiente la otra.

Cuando cerró la carpeta, yo había olvidado durante casi una hora los anuncios de alquiler.

A la salida, Gabi me dio las gracias.

—Todavía no está todo —le dije.

—Ya. Pero tampoco estaba esto ayer.

Lo miré. Tenía razón.

La búsqueda empezó a ocupar semanas. Llamaba desde el coche en los descansos y llegaba tarde a anuncios que aún parecían nuevos.

Una tarde telefoneé a Inés para decirle que tardaría un poco más.

Guardaba la ropa dentro de la bolsa, recogía la cama temprano y me llevaba del baño hasta el gel, como si tuviera una reserva a punto de vencer.

—Puedes quedarte —dijo—. Pero tenemos que organizar el cuarto para que no estés viviendo entre cajas.

—No quiero molestar.

Mi hermana suspiró.

—Molestarás algunas veces. Como todos. Lo hablamos y ya está.

—Y mañana necesito el cuarto a las siete —añadió—. Tengo que sacar unas cosas antes de ir a trabajar.

Dije que dejaría la cama recogida.

—Con que pueda entrar y encender la luz me vale.

Había estado levantándome antes que todos para que no me encontraran dormido. Esta vez no prometí que ya estaría en pie.

Al llegar, Sergio estaba sacando una caja del cuarto. Le pregunté dónde la pondría.

—En el trastero. Llevaba aquí desde antes de que vinieras. No te atribuyas todo el mérito.

Me reí. Lo ayudé a bajar las cosas.

Esa noche hice una lista de lo que necesitaba para vivir solo. Una cama, una mesa, una silla cómoda, dos ollas, unas toallas. Al lado puse «propia», «preguntar» o «comprar». Para las sábanas tuve que consultar precios. Había olvidado cuánto costaban por separado las cosas de una casa.

Dejé un espacio para el alquiler. Todavía no sabía qué cifra escribir allí.