19. El orden correcto
Puse los folios sobre la mesa después de desayunar. Andrés había recogido las tazas, pero dejó la suya junto al fregadero porque todavía quedaba café. La radio seguía encendida. Le pedí que la apagara.
Lo hizo sin protestar.
Nos sentamos frente a frente. Yo tenía los papeles orientados hacia mí y, al verlo mirarlos, sentí que aquello ya parecía un interrogatorio. Los giré un poco para que pudiera leerlos si quería.
—No quiero demostrar que eres una mala persona —empecé.
Andrés apoyó la espalda en la silla.
—Menos mal.
Pasé el pulgar por el borde del papel y seguí.
Leí el primer párrafo. Hablaba de quererlo, de los años compartidos y de que llevaba demasiado tiempo sintiendo miedo antes de decir ciertas cosas. Me temblaba un poco la voz. Intenté reducir la velocidad para que no pareciera que estaba recitando un texto aprendido.
—¿Miedo de mí? —preguntó.
Levanté la vista.
—Miedo de cómo terminan algunas conversaciones.
—No has escrito eso. Has escrito que sientes miedo.
Miré el papel. Era verdad. Había eliminado la explicación al corregir el párrafo porque aparecía más abajo.
—Lo explico después.
—Pues empecemos por ahí. Porque me parece bastante importante.
Busqué el apartado. Estaba en el segundo folio, después de las bromas. Al volver la hoja enganché las otras dos y se me cayeron al suelo. Las recogí. Andrés esperó con la boca entreabierta, como si tuviera algo que añadir.
—Un momento.
—Estoy esperando.
Puse las hojas en orden. Luego tuve que volver a buscar el apartado.
Le conté lo de las conversaciones que no acababan. La noche en que me habló de su padre, la necesidad de dormir, llegar tarde al trabajo.
Andrés bajó la cabeza.
—Ya sabía que ibas a utilizar eso.
—No estoy utilizando a tu padre.
—Fue una noche muy difícil para mí.
—Lo sé.
—Entonces no entiendo que lo pongas en una lista de cosas que te he hecho.
Miré el folio. Había escrito que me importaba su dolor. Leí esa frase. Andrés levantó una mano.
—No hace falta que me leas una declaración de intenciones. Te estoy diciendo cómo lo vivo yo.
Había escrito «Escucharte» al final del tercer folio. Estuve a punto de enseñárselo. Me dio vergüenza que creyera necesario concederle un turno.
Le pregunté cómo lo vivía. Habló durante bastante tiempo.
Dijo que llevaba meses sintiéndose observado, que yo había empezado a contar problemas a otros en lugar de resolverlos con él, que estaba cada vez más distante y que no sabía qué podía decir sin que yo lo apuntara después.
Recordó mi mentira sobre Nochebuena y algunas respuestas secas.
En esas cosas no estaba inventando nada.
Las reconocí. Le dije que no estuvo bien mentir sobre el turno, que quería aprender a pedir espacio sin desaparecer y que había tenido formas de hablar que no me gustaban.
Andrés asintió.
—Eso no suele aparecer cuando cuentas la historia.
—Acabo de decirlo.
—A mí. No sé lo que dices fuera.
Pensé en la conversación con Luis, en lo que había dicho a mi hermana. Empecé a recordar las palabras que había utilizado con cada uno y tuve que pararme. Andrés seguía delante de mí. Miré el segundo folio.
—Quiero volver a lo que estoy intentando explicarte.
Andrés abrió las manos.
—Habla.
Empecé por la escalera. Era el punto que había dejado para más tarde porque sabía que podía ocuparlo todo. Dije que aquella noche me había pedido que saliera, que cerró la puerta y que, cuando llamé, no pude entrar.
Él negó con la cabeza antes de que terminara.
—Eso no pasó así.
Me quedé mirándolo. La frase no era nueva. Había vivido dentro de ella durante meses.
—Estuve fuera sin poder entrar.
—Vivirlo de una manera no significa que sucediera de esa manera.
Había preparado una respuesta para esa frase. No la encontré en los papeles, aunque pasé el dedo por dos párrafos que ya me sabía.
Andrés cogió el teléfono.
—¿Cuándo dices que fue?
Señalé la referencia que había escrito: un sábado de febrero del año anterior.
Buscó en las fotografías y después en una conversación antigua. Me enseñó la pantalla.
—Fue un viernes.
Miré la fecha. Tenía razón.
Me ardieron las orejas. Había revisado los papeles tantas veces. Acercó el teléfono un poco más y leí la fecha de nuevo.
—De acuerdo. Un viernes.
Andrés dejó el teléfono sobre la mesa.
—¿Ves?
Esperé la continuación. No llegó.
—¿Qué tengo que ver? —pregunté.
—Que estás tan seguro de cosas que no recuerdas bien.
Miré mis manos. Tenía una pequeña herida junto a la uña del pulgar, de un trabajo de la semana anterior. Empecé a tocarla con el índice hasta que me dolió.
—Me he equivocado en el día. No en estar fuera de casa.
Andrés se levantó para coger su taza. Bebió el café frío sin hacer una mueca.
—Te fuiste porque estabas alterado. Yo pensé que ibas a dar una vuelta.
—Te dije que no llevaba llaves.
—No recuerdo que me lo dijeras.
—Llamé a la puerta.
—Y yo abrí.
—Después.
Me preguntó cuánto después. No lo sabía con exactitud. Se lo dije.
—Entonces estamos discutiendo sobre una sensación.
Levanté la vista.
—Estamos discutiendo sobre que no pude entrar en mi casa.
La frase me salió más firme de lo que esperaba. Andrés dejó la taza.
—Nunca ha dejado de ser tu casa.
Me señalaba la cocina, el salón, como si bastara con enseñármelos. Conocía cada golpe del suelo. Había elegido con él las baldas que tenía detrás de la cabeza.
—Me quedé sentado en un escalón —dije—. Me daba vergüenza que subiera un vecino.
—Eso lo estás diciendo ahora.
—Porque estamos hablando ahora.
Alcé más la voz de lo que quería. Andrés se quedó mirándome. Bajé los ojos a la hoja; seguía en el mismo párrafo.
Pasé al siguiente punto. Las bromas delante de otros. Andrés dijo que ya se había disculpado. Le reconocí que sí. Le expliqué que quería que la disculpa significara que no volveríamos a discutir si tenía derecho a sentirme herido.
—No puedes pedir garantías de que nunca voy a decir algo que te moleste.
—No te pido eso.
—Es lo que parece.
Volvimos a las notas. Dijo que ya había admitido que no debía leerlas. Yo quería hablar de lo que ocurrió después, de haber acabado justificando mi gratitud en lugar de mi intimidad.
—No entiendo esa frase —contestó.
Intenté decirlo de otra manera. A la tercera explicación, Andrés preguntó si estaba repitiendo cosas que me habían dicho en terapia.
Me quedé quieto.
—Son cosas que pienso yo.
—Antes no hablabas así.
—¿Cómo quieres que lo diga?
Lo pregunté de verdad. Todavía esperaba que hubiera otra manera.
La mañana fue avanzando. Entró más luz por la ventana y el ruido de una moto subió desde la calle. Un vecino arrastró algo en el piso de arriba. Yo miré el reloj y Andrés lo vio.
—¿Tienes prisa?
—No quiero que esto dure todo el día.
—Has pedido hablar y ahora quieres poner un cronómetro.
Le dije que llevaba más de una hora intentando explicar lo mismo. Andrés respondió que él también. El teléfono vibró sobre la mesa. Lo miró, rechazó la llamada y lo puso boca abajo.
—Te estoy dedicando toda la mañana.
—Yo también estoy aquí.
Se frotó los ojos. Se nos estaba haciendo tarde hasta para hablar de lo que yo necesitaba.
Me preguntó qué quería exactamente. Miré el apartado «Qué necesito». La última corrección había cambiado «que no vuelvas a» por «poder».
—Poder decirte que no voy a una cena. Acostarme cuando madrugo aunque sigas enfadado. Ir a ver a mi madre sin estar pendiente de cómo te encuentro después.
—Puedes hacer todo eso.
—Luego pasamos dos días así.
Moví una mano entre los dos. Me faltaba la palabra.
—Sin hablarnos. Hasta que vuelvo a sacar yo el tema y acabamos hablando de lo que te ha dolido a ti.
Andrés bajó la mirada a los folios.
—Eso sí te lo sabes bien.
—Ya no estoy leyendo.
Andrés me miró con una tristeza que me hizo daño.
—Hablas como si hubieras vivido secuestrado.
—No he dicho eso.
—Pero quieres que yo acepte esa imagen de mí.
Negué. En la primera hoja seguía diciendo que era un buen hombre y que lo quería. Se veía desde su lado de la mesa. Me dieron ganas de tapar el párrafo con la mano.
—Quiero que dejes de discutir conmigo que me está haciendo daño —dije.
Andrés se frotó la frente.
—Pues tú también me haces daño.
—Ya hemos hablado del turno. Y de cómo te contesté.
—Parece que te moleste oírlo.
—Me molesta que cada vez que digo una cosa volvamos ahí.
Me salió una voz ronca. Quise beber y vi que mi vaso estaba vacío.
Me levanté para coger agua. Las piernas me pesaban. Andrés me siguió con la mirada.
—No hagas esto ahora.
—Voy a beber.
Abrí el grifo. Dejé que el agua corriera y llené el vaso hasta el borde. Al levantarlo se me derramó sobre la mano. Bebí allí, de pie junto al fregadero. Desde la mesa Andrés preguntó si iba a quedarme toda la mañana de espaldas.
Volví a la mesa.
—No puedo seguir viviendo así.
Andrés cerró los ojos.
—Otra vez amenazando con irte.
—No es una amenaza.
Empecé la frase y tuve que tragar saliva. Andrés esperaba. Esta vez no buscó el teléfono ni los papeles.
—Me estoy sintiendo maltratado en esta relación.
Se me oyó perfectamente. Hasta ese momento había pensado que quizá no conseguiría decirlo en voz alta.
Andrés se quedó muy quieto.
—¿Me estás llamando maltratador?
—Estoy diciendo lo que estoy viviendo.
—Es lo mismo.
Me levanté un poco de la silla y volví a sentarme. Quería salir de allí sin convertir aquella mañana en otra escena que después tuviera que reconstruir.
—No voy a convencerte hoy —dije.
Andrés negó con la cabeza.
—No puedes soltar una cosa así y marcharte.
—Puedo terminar esta conversación.
Esperé su respuesta con el corazón demasiado rápido. Me mordí el interior de la mejilla para no seguir hablando.
Él miró los folios.
—¿Esto estaba decidido antes de sentarte?
—No.
—No te creo.
Recogí los papeles. Me temblaban las manos y tuve que alinearlos dos veces. Dejé de intentarlo a la tercera. Los metí doblados en el cuaderno.
—Voy a casa de Inés. Necesito empezar a organizarme fuera de aquí.
Andrés se levantó.
—¿Organizarte? ¿Qué significa eso?
Lo miré. Tenía aún la marca de la almohada junto a la oreja. Hacía unas horas se había acercado medio dormido y me había pasado una pierna por encima; yo la había apartado porque necesitaba levantarme. Me acordé de aquello justo cuando tenía que responderle.
—Que no voy a volver a vivir aquí como hasta ahora.
No hice una maleta completa. Cogí la bolsa, algo de ropa, la documentación que tenía a mano y el portátil personal. Andrés se quedó en el salón. No me siguió. Lo oía mover la taza sobre la mesa, una y otra vez, sin levantarse para llevarla al fregadero.
Antes de salir fui a verlo.
—Te escribiré para organizar las cosas que quedan.
Levantó la vista. Tenía los ojos enrojecidos.
—Estás tirando once años por no saber perdonar.
Me quedé unos segundos en la puerta. La frase encontró exactamente el lugar al que iba dirigida. Pensé en volver a sentarme, en explicarle que había perdonado muchas cosas, que no quería castigarlo, que no estaba negando nuestra vida.
No dije ninguna de ellas.
—No quiero seguir viviendo así —repetí.
Cogí las llaves. Salí. En el ascensor escribí a Inés que iba hacia su casa. Después guardé el teléfono y miré el número de las plantas descender.
En el coche no arranqué enseguida. Apoyé la frente en el volante y lloré con una violencia que me dejó doloridos los hombros. El teléfono seguía sobre el asiento. Inés había respondido «Aquí estamos» y yo aún no había salido de la calle.
Llevaba los tres folios doblados dentro de un cuaderno. Durante un rato me parecieron el equipaje más inútil que había preparado nunca.
Luego los metí en la bolsa, me sequé la cara y llamé a mi hermana para decirle que tardaría un poco más en salir.