18. Tres folios
Empecé a preparar la conversación en enero, después de una mañana en que discutimos por unas toallas y acabamos hablando de mi capacidad para querer a alguien.
He olvidado qué tenían las toallas. Si seguían húmedas o si Andrés necesitaba una que yo había puesto a lavar. Recuerdo haber dicho «no puedo saberlo si no me lo dices». Después él dejó de hablar de las toallas. Conmigo, dijo, había que justificar hasta las necesidades más pequeñas.
Me fui al trabajo con esa frase en la cabeza. A las nueve tuve que pedirle a Gabi que repitiera una pregunta. A las diez respondí a un proveedor como si llevara media hora discutiendo con él. Me di cuenta por su silencio, pedí disculpas y volví a empezar.
Durante el descanso abrí un documento en blanco.
No escribí «maltrato». Todavía pensaba que esa palabra cerraría la conversación antes de que Andrés pudiera escuchar lo que había debajo. Puse un título mucho más modesto: «Cosas de las que necesito hablar».
Empecé por lo concreto. Las imitaciones delante de otros. La noche en la escalera. Leer mis notas. Contar que estaba yendo a una psicóloga. Las conversaciones que no podía terminar aunque tuviera que trabajar al día siguiente. Los planes confirmados sin preguntarme.
Cada punto produjo otros. El documento pasó de una página a cinco en menos de una hora. Había frases torpes, repeticiones y recuerdos que no sabía colocar. Parecía una acusación incluso para mí.
Lo cerré sin imprimir.
Esa tarde tenía la primera sesión del segundo bloque del curso. Eva se sentó a mi lado y me preguntó cómo habían ido las fiestas. Le dije que tranquilas. Ella contó que un sobrino había roto una silla y su madre llevaba una semana asegurando que podía arreglarse con pegamento.
—No se puede —añadió—. Pero todavía no se ha enterado la silla.
Me reí. Ella sonrió y abrió la carpeta.
Trabajamos sobre planificación. El profesor nos hizo distinguir entre una tarea urgente y una tarea que parecía urgente porque nadie la había previsto.
Eva y yo teníamos que ordenar las averías de un edificio en una hoja cuadriculada.
Ella puso una fuga pequeña antes que un ascensor parado; le señalé que la fuga estaba contenida y en la tercera planta vivía una persona que no podía bajar andando.
—Eso no lo dice el enunciado —protestó.
Tenía razón. Lo borré. Llevaba un rato trabajando, atento a aquella hoja, y hasta entonces no había pensado en las toallas.
Al salir, Gabi me había enviado la versión de nuestra propuesta. Había hecho gráficos sencillos y señalado las tareas que una empresa externa tardaría más en atender. Me pidió que revisara unas cifras antes de entregarlas a Marina.
Llegué a casa y le dije a Andrés que necesitaba una hora de ordenador. Asintió sin mirarme. Me instalé en el cuarto verde.
Primero revisé las cifras de Gabi. Después abrí el documento de nuestra conversación.
Quité los adjetivos. Me parecían peligrosos.
Cambié «me humillas» por «cuando pones esa voz delante de los demás, me siento humillado».
Cambié «no me dejas hablar» por «cuando intento terminar una conversación y seguimos durante horas, no consigo descansar».
Borré varios «siempre» y todos los «nunca».
Andrés entró a preguntarme si quería una infusión.
Minimicé la ventana por instinto. Dije que sí.
Cuando salió, me quedé mirando las cifras de Gabi, que habían vuelto a ocupar la pantalla.
En ese documento sabía cuándo había acabado una corrección.
En el otro podía cambiar una frase durante veinte minutos y seguir oyendo la respuesta que la echaría abajo.
Al tercer día tenía tres folios.
Los imprimí en una papelería, no en el hotel. Me pareció más correcto y también más privado. La dependienta los dejó sobre el mostrador sin mirar el contenido. Yo los recogí demasiado deprisa, como si pudiera leerlos de un vistazo.
En la siguiente sesión con Clara llevé los papeles doblados dentro del cuaderno. Le dije que quería tener una conversación definitiva.
—¿Qué tendría que ocurrir para que la consideraras definitiva? —preguntó.
No supe responder enseguida.
Quería que Andrés reconociera algunas cosas. Que dijera que me había hecho salir de casa, que entendiera por qué había hablado con Luis, que no interpretara mi necesidad de espacio como una agresión. Quería que, una vez dicho, no pudiera retirarlo al día siguiente.
Clara escuchó. Después preguntó qué haría si él no respondía así.
Saqué los tres folios y los alisé sobre mis rodillas.
—Por eso quiero explicarlo bien.
No sonrió. No me hizo sentir ingenuo. Me pidió que pensara en cuántas veces había intentado explicarlo antes y qué había cambiado al mejorar las palabras.
Yo quería decir que esta vez era diferente. Había trabajado mucho en el texto. Había eliminado reproches, ordenado los recuerdos, incluido mis errores. Hasta había escrito un párrafo sobre las cosas buenas que seguían existiendo entre nosotros. No encontraba qué más podía hacer.
—Puedes preparar cómo quieres expresarte —dijo Clara—. Lo que no puedes preparar por los dos es la disposición a escucharlo.
Me quedé mirando los papeles. Tenía una esquina doblada porque los había sacado demasiadas veces del cuaderno.
Hablamos de cuándo podía hacerlo. Dije que una noche después de cenar. Clara me preguntó a qué hora tendría que levantarme al día siguiente.
—A las seis.
Miré el calendario del teléfono y busqué un sábado libre. Por la mañana, antes de comer; sin alcohol. Podría ir a casa de Inés después. Lo anoté en una esquina del último folio.
Clara me recordó que no estaba obligado a tener una última conversación para que mis límites fueran válidos. Lo entendí con la cabeza. Otra parte de mí seguía necesitando intentarlo.
Se lo dije a Andrés el jueves.
Estábamos cenando. Había preparado pasta y yo había llegado tarde del curso, pero no tanto como para que se enfriara.
—Quiero que hablemos el sábado —dije—. Con tiempo, por la mañana.
Andrés levantó la vista.
—¿De qué?
—De nosotros.
Dejó el tenedor.
—¿No estamos hablando todo el tiempo de nosotros?
Asentí. Tenía el tenedor en la mano, con dos espirales de pasta que no me llevaba a la boca.
Le dije que había escrito algunas cosas para no perderme. Su expresión cambió.
—¿Otro informe?
—No quiero que lo llames así.
Andrés apoyó los codos en la mesa. Parecía preparado para una discusión que yo todavía no quería tener.
—Está bien. El sábado.
Le pregunté si prefería hablar en casa o salir a un lugar tranquilo. Eligió casa. Yo pensé en proponer un paseo, pero me pareció que podía aceptar aquello si organizaba bien el resto.
El viernes llamé a Inés. Le expliqué que hablaría con Andrés por la mañana y que después quería pasar por su casa. No le pedí que esperara junto al teléfono. Le dije que le escribiría al terminar.
—¿Quieres que vaya yo a buscarte? —preguntó.
—No hace falta. Llevaré el coche.
—Vale.
Me preguntó qué esperaba de la conversación. Le respondí lo mismo que a Clara, con otras palabras. Mi hermana no intentó quitarme la esperanza. Solo me recordó que la habitación seguiría allí aunque volviera sin una respuesta.
Antes de acostarme releí los folios una última vez. En el primer párrafo había escrito: «No quiero demostrar que eres una mala persona». Me pareció un comienzo justo. Después me pregunté por qué necesitaba tranquilizarlo antes de decir que estaba sufriendo.
No borré la frase. Todavía no sabía empezar de otra manera.
Andrés entró en el dormitorio y vio los papeles.
—¿Los estás ensayando?
—Los estoy leyendo.
Se sentó en su lado de la cama.
—Me da miedo lo que estamos haciendo.
Su voz no tenía ironía. Yo también tenía miedo.
Dejé los folios en la mesilla y le cogí una mano. Tenía la piel seca entre los dedos. Se la froté con el pulgar, una costumbre de las noches en que volvíamos cansados y nos quedábamos hablando en la cama. Él me apretó la mano.
Cuando apagamos la luz, Andrés me preguntó si lo quería.
—Sí.
Lo dije sin dudar. Era una de las pocas respuestas de las que seguía estando seguro.
Él se acercó y apoyó la frente contra mi hombro. Yo lo abracé. Durante unos minutos pensé en cancelar la conversación. Podíamos levantarnos, desayunar y pasar un sábado tranquilo. Nadie nos obligaba a abrir otra vez lo que dolía.
Cuando se durmió, me separé despacio para poder cambiar de postura. El reloj marcaba la una y doce. Puse la alarma a las nueve y dejé los folios debajo del teléfono.