17. Donde duermen los huéspedes
Me ofrecí a trabajar en Nochebuena antes de hablarlo con Andrés.
La propuesta salió en una reunión de turnos.
Gabi quería cenar con la familia de su novia por primera vez.
Otro compañero tenía que viajar para recoger a sus hijos.
Yo miré el calendario y dije que podía cubrir hasta medianoche, si lo dejábamos acordado con tiempo y dentro de mi jornada reorganizada.
Marina me preguntó si estaba seguro. Dije que sí. Lo anotó a lápiz, por si había que mover a alguien más. Yo seguí mirando la casilla. Aún podía decir que lo pensaría, pero me alivió verla ocupada con mi nombre.
A Andrés le dije que me tocaba trabajar. No era exactamente cierto. Cuando preguntó si no podían organizarse de otra manera, respondí que ya estaba decidido.
Reconocí la frase en cuanto la pronuncié. Me molestó oírla en mi propia boca. No la corregí.
Pasamos las semanas previas sin una discusión grande.
Eso no significaba que estuviéramos bien.
Nos preguntábamos qué queríamos cenar y evitábamos hablar del día siguiente hasta que era imprescindible.
Andrés seguía pidiendo permiso antes de coger mi teléfono si sonaba cerca de él.
Yo le decía dónde encontrar una cosa y procuraba que no sonara a corrección.
Su padre salió del hospital. Andrés mantuvo el contacto con su hermana y no fue a verlo. Yo respeté esa decisión. No volví a preguntarle si se arrepentiría. Una noche me dijo que su hermana le había enviado noticias. Le pregunté cómo estaba él y eso fue todo.
Elisa cenaría con unos familiares. Andrés dijo que iría un rato y después se reuniría con Vera y otros amigos. Me preguntó si aparecería al salir del trabajo. Contesté que no sabía a qué hora terminaría realmente.
Mi madre llamó tres veces para organizar otro día en que pudiéramos comer juntos. Inés se encargó de fijarlo y me envió la hora. Yo agradecí no tener que decidir una cosa más, aunque también sabía que llevaba meses dejándole demasiadas decisiones a ella.
En el hotel colocaron un árbol demasiado grande para el vestíbulo. Una de las ramas rozaba el mostrador y cada vez que alguien pasaba con una maleta arrastraba una cinta. Lo movimos dos veces antes de encontrar un sitio que no molestara.
Nadia decía que parecía un árbol castigado en una esquina. Gabi le puso detrás una luz que lo hizo parecer menos triste. Lo enchufamos. Nadia ladeó la cabeza, acercó una cinta a la luz y al final dijo que bueno, que así por lo menos no parecía un trastero.
La tarde de Nochebuena fue tranquila hasta las ocho. Después se atascó una cerradura, una familia pidió otra cuna y una mujer que viajaba sola necesitó ayuda para conectar el cargador del teléfono.
El recepcionista quería que subiera primero la cuna. La familia llevaba un rato esperando y se lo había recordado dos veces.
—¿Y la habitación que no abre? —pregunté.
—Les he ofrecido sentarse aquí.
Los vi junto a las maletas. Una pareja y un chico que sujetaba los abrigos de los tres. Les pregunté si habían podido entrar alguna vez desde que llegaron. El hombre me enseñó la tarjeta y negó.
Le dije a recepción que iba primero con ellos.
Si tardaba, habría que buscarles otra habitación.
La cuna podían llevarla entre dos compañeros mientras yo comprobaba la cerradura.
El recepcionista buscó a quién pedírselo y subí con la familia.
Al cabo de un rato pudieron entrar; esperé a que probaran la tarjeta ellos mismos antes de irme.
La cuna ya estaba entregada cuando bajé. El recepcionista me preguntó por el cargador. Se me había olvidado.
—Voy ahora.
Llamó a la huésped para decirle que subiría. Le agradecí el aviso y cogí el ascensor otra vez.
La mujer tenía una bolsa de regalos abierta sobre la cama. Había envuelto varios con papel de periódico y cinta de colores. Me explicó que esperaba a sus hijos, que llegarían más tarde por carretera.
—No he querido meterles prisa —dijo—. Bastante tienen con conducir.
El enchufe funcionaba; el cable estaba dañado. Recepción tenía uno que podía prestarle. Se lo llevé y esperé a que comprobara que cargaba.
—¿Usted no celebra? —preguntó.
—Después.
Era una respuesta habitual. La mujer asintió, aliviada por mí, y volvió a sus paquetes. No le expliqué qué me esperaba al terminar el turno.
Bajé al comedor del personal. Habían dejado comida para los que seguíamos de turno. Me senté con un recepcionista al que apenas conocía y una compañera de cocina. Hablamos de los huéspedes, de un autobús que no había llegado y de lo difícil que era encontrar un taxi algunas noches.
La compañera de cocina me preguntó si tenía familia cerca. Le dije que sí. No preguntó por qué no estaba con ella.
A las diez recibí una fotografía de Inés.
Mi madre estaba sentada junto a Óscar, los dos con gorros de papel que habían encontrado en una caja vieja.
Había un plato vacío en un extremo de la mesa.
Amplié la foto para mirar el plato. Después me fijé en el papel arrugado que Óscar llevaba en la cabeza y volví a reducirla.
Llamé durante un descanso. Mi madre quiso saber si había cenado.
Le dije que sí y describí el menú para que pudiera quedarse tranquila.
Óscar me contó que el aparato que estábamos revisando ya funcionaba a ratos.
Le pedí que grabara un vídeo. Inés me recordó la comida del día siguiente y añadió que podía ir solo, sin dar ninguna explicación más.
Colgué con ganas de llorar y me enfadé porque estaba en un pasillo de servicio, debajo de una luz que se encendía al detectar movimiento. Di unos pasos para que no se apagara.
Andrés escribió a las once y media. Preguntó dónde estaba exactamente. Le dije que en el hotel.
«Marina ha puesto una foto de la cena del personal», respondió. «Parece que estáis estupendamente».
No sabía que seguía la cuenta del hotel. No tenía nada de extraño que lo hiciera. Le contesté que había sido un rato, que seguíamos trabajando.
Después llamó.
Me fui al cuarto de mantenimiento para hablar sin molestar.
—¿Te obligaron a hacer este turno? —preguntó.
La pregunta fue directa. Podía repetir la versión que había dado antes o dejar de sostenerla.
—Me ofrecí.
Hubo un silencio.
—Y me dijiste que te tocaba.
—Sí.
Me pidió una explicación. Le dije que estaba cansado y que, cuando salió la posibilidad, me había resultado más fácil pensar en trabajar que en organizar otra noche entre varias casas.
—¿Incluida la nuestra?
—Sí.
Lo oí respirar al otro lado. Tardó en responder. Yo miré el cartel de horarios que había pegado a la pared; allí figuraba el cambio que no le había contado.
—Debería habértelo dicho —añadí—. No estuvo bien decirlo como si no hubiera elegido.
Esperé.
—Al menos lo reconoces —contestó.
Me molestó el tono. Cerré los ojos un momento para no contestar enseguida: había mentido y acababa de reconocerlo. No quería retirarlo ahora.
Pero Andrés no se quedó en eso. Dijo que aquella era la prueba de que yo también manipulaba, de que elegía una versión y se la hacía creer, de que después iba contando que no me dejaba decidir nada.
—Lo del turno te lo he contado mal —dije—. Eso no quiere decir que no pueda pedirte otras cosas.
—Siempre tienes un matiz para salvarte —respondió.
La llamada duró veinte minutos. Al final recepción entró para avisarme de un problema y pude terminarla. Me avergonzó agradecer aquella interrupción como si hubiera sido una alarma de incendio.
Cuando volví del aviso, tenía un mensaje largo de Andrés. No lo leí entero. Le escribí que saldría a medianoche y que volvería a casa, pero que necesitaba dormir y hablaríamos al día siguiente.
Terminamos el turno a las doce y veinte. Comprobé con recepción que no quedara nada pendiente y subí a recoger una herramienta que había dejado en una habitación vacía. La cama estaba hecha, las cortinas corridas y la luz del baño encendida.
Me quedé unos segundos en la puerta.
La herramienta estaba junto al rodapié, debajo del escritorio.
Me agaché a recogerla y, al incorporarme, volví a mirar la cama.
Habría pagado por quedarme allí aquella noche.
También habría tenido que bajar a recepción, preguntar si quedaban habitaciones y explicar que acababa mi turno y no quería volver a casa.
Apagué la luz. Al pasar por el mostrador dije buenas noches y seguí hacia el vestuario.
En el vestuario encontré un mensaje de Gabi.
Había enviado una fotografía de la cena con la familia de su novia y una frase de agradecimiento por el cambio de turno.
Le respondí que disfrutara. En la foto tenía al lado a una mujer que debía de ser su suegra; ambos sostenían la misma fuente y ninguno miraba a la cámara. Sonreí al verla.
Volví a casa despacio. Andrés había llegado antes. Estaba sentado en el sofá, sin la chaqueta, mirando una película con el sonido bajo.
—Hola —dije.
No respondió enseguida. Después preguntó si iba a sentarme.
—Un momento. Me cambio.
En el dormitorio vi sobre la cama el jersey que me había dejado preparado para el día siguiente. Lo había puesto él. Era una costumbre antigua: cuando veía ropa limpia que podía servirme, la dejaba fuera del armario.
Me lo quedé mirando con una mezcla de ternura y agotamiento.
Volví al salón y me senté a su lado. Hablamos unos minutos. Le pedí perdón por haberle mentido sobre el turno. Después le dije que por la mañana iba a salir hacia el pueblo.
—¿A qué hora? —preguntó.
Se lo dije.
—No sé si estaré para levantarme entonces.
—Si quieres venir, salimos a esa hora. Yo voy a ir igualmente.
Andrés apagó la televisión.
—Estás cambiando mucho.
Asentí. Andrés dejó el mando en la mesa y se frotó los ojos. Le pregunté si quería que apagara la luz del salón al irme. Dijo que sí.
Esa noche no discutimos más. Dormimos separados por una franja de sábana que ninguno cruzó. Al amanecer, cuando me levanté para ir al pueblo, encontré un mensaje de mi hermana: «Mamá ya ha puesto tu plato. Esta vez sí es para ti».
Me senté en el borde de la cama y sonreí. Después terminé de vestirme.