Eso no pasó así 16. No me dejes como ese hombre
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16. No me dejes como ese hombre

La llamada sobre el padre de Andrés llegó una noche de diciembre, cuando estábamos guardando unas cajas de adornos que al final no habíamos utilizado.

Contestó en el despacho. Al principio habló con normalidad. Después dejó de hacerlo. Yo seguí en el salón, colocando bolas de cristal entre papeles arrugados, hasta que lo oí preguntar dos veces lo mismo.

Cuando salió tenía el teléfono en la mano.

—Lo han ingresado.

Por la forma de decirlo supe que hablaba de su padre.

No lo veía desde hacía años. Vivía con otra mujer en una ciudad a varias horas de distancia. Andrés tenía una hermana de aquella segunda familia, con la que mantenía un contacto intermitente y cordial. Era ella quien había llamado.

—No parece grave —añadió—. Lo tienen en observación.

Le pregunté si quería ir. Negó con la cabeza antes de que terminara la frase.

—No.

Asentí. Me senté a su lado.

Durante un rato no hablamos. Andrés miraba la pantalla apagada. Yo veía nuestro reflejo en ella, deformado por el ángulo.

Conocía algunas cosas de su padre. Sabía que había sido un hombre difícil, que bebía demasiado en ciertas épocas y que Elisa había tardado años en separarse.

También sabía que Andrés no soportaba que alguien golpeara una mesa para hacerse escuchar.

Una vez, en un restaurante, había pedido que nos cambiaran de mesa porque el hombre de al lado golpeaba el mantel con la palma al hablar.

Entonces me pareció una manía que podía respetar sin preguntarle demasiado.

—Cuando yo era pequeño —dijo al cabo de un rato—, sabía cómo iba a ser la noche por la forma de dejar las llaves.

No respondí. Él continuó mirando el teléfono.

Me habló de cenas en silencio, de su madre pendiente del ruido del ascensor, de notas del colegio que se escondían hasta encontrar un día menos malo.

A veces se detenía para corregir un detalle.

La cena que estaba contando había sido en la otra casa, antes de la mudanza.

Su padre aún trabajaba en aquel sitio. Yo apenas sabía cuáles habían sido sus empleos.

Una vez su padre rompió la autorización para una excursión porque Andrés había contestado mal.

Él tenía doce años. Había ahorrado dinero para comprar algo a su madre durante la salida.

Se acordaba de cuánto había ahorrado y de un compañero que le había encargado un recuerdo.

Dejó de hablar para sonarse. Esperé a que encontrara el pañuelo en el bolsillo.

—Luego decía que no había sido para tanto —añadió—. Que yo me ponía dramático.

No supe qué decir. Andrés me miró de reojo.

—No me mires así.

—No te estoy mirando de ninguna manera.

—Ya sé lo que estás pensando.

—No lo sabes.

Quise preguntarle por Elisa, si lo había sabido, si todavía hablaban alguna vez de aquello. No encontré el momento.

Andrés dejó el teléfono en la mesa.

—Yo no soy como él.

—No te he dicho que lo seas.

—Pero lo piensas.

Le cogí una mano. Estaba fría.

—Estoy intentando escucharte.

No añadió nada durante unos minutos. Después apoyó la cabeza en mi hombro. Lo abracé. Tenía el pelo caliente y se lo aparté de la frente. Lo atraje hacia mí y él se dejó acomodar.

Hablamos hasta tarde. Andrés me contó que, después de salir de casa, pasó años intentando demostrar que podía ser alguien distinto: educado, generoso, capaz de organizar una vida sin gritos.

Le había dado mucha importancia a recibir bien a la gente, a recordar sus necesidades, a no hacerlos sentir pequeños.

—Y ahora me dices que te hago eso —murmuró.

No retiré la mano, pero dejé de acariciarla.

—Te digo que hay cosas que me hacen daño y que necesito que cambien.

Andrés lloró en silencio. Yo miré el reloj y me sentí inmediatamente culpable. Eran casi las dos. Tenía que entrar temprano. Él acababa de hablar de algo que nunca había podido contar de aquella manera.

Me quedé otra media hora.

Cuando dije que necesitaba acostarme, levantó la cabeza.

—¿Ahora?

—Estoy agotado.

—Te estoy contando mi vida, Julián.

Tenía un hombro entumecido y los ojos me escocían. Me incorporé un poco en el sofá. Él se apartó, esperando.

Le dije que podíamos seguir al día siguiente. Contestó que no funcionaba así, que no se podía abrir algo y cerrarlo cuando al otro le venía mal.

Me quedé sentado. Al cabo de un rato volví a decirle que necesitaba dormir. Andrés estaba contando una llamada de su padre muchos años después de la separación y me pidió que lo dejara terminar. A las tres de la mañana ya no conseguía seguirlo; pregunté algo que acababa de explicar y se enfadó.

—¿Me estás escuchando?

Asentí y me froté la cara.

Al día siguiente llegué tarde al hotel por primera vez en meses. Marina me preguntó si había ocurrido algo. Le dije que un problema familiar. Marina miró el reloj del ordenador y me preguntó si podía empezar. Dije que sí y fui a cambiarme.

Gabi había empezado a ordenar los datos de nuestra propuesta. Me enseñó una tabla con tareas repetidas, tiempos y materiales. Lo había hecho bien. Le pedí que me la explicara más despacio porque no conseguía concentrarme.

—¿Has dormido? —preguntó.

—Poco.

No hizo ninguna broma. Me acercó la silla para que pudiera sentarme a su lado.

Esa tarde Andrés estaba más tranquilo. Su padre seguía ingresado, pero las noticias no parecían malas. Había hablado con su hermana y decidido no viajar de momento. Me preguntó si había llegado bien al trabajo.

—He llegado tarde.

Frunció el ceño.

—Tendrías que haberte acostado antes.

Lo miré. Él parecía no comprender por qué me había quedado callado.

—Te lo dije varias veces —contesté.

Andrés bajó los ojos.

—Estaba mal. No puedes tenerme en cuenta todo lo que digo cuando estoy así.

Me senté enfrente.

—No te estoy pasando una factura. Te estoy diciendo que ayer necesitaba dormir y no pude terminar la conversación.

—Podías levantarte.

—Y tú me pediste que me quedara.

—No sabía que estabas tan cansado.

—Lo dije.

Él empezó a doblar un pañuelo que tenía en la mano. Yo me oí volver al principio: a qué hora le había dicho que entraba, cuándo me levanté del sofá, la segunda vez que pregunté si podíamos seguir al día siguiente. Mientras hablaba, Andrés dejó el pañuelo sobre la mesa y se cruzó de brazos.

—Parece que nada de lo que hago sirve —dijo.

No era lo que había dicho yo. Aun así, volví a enumerar las cosas que sí habían cambiado: las notas, los horarios, mi visita al taller, las cenas tranquilas. Quería ser justo. Quería que viera que no estaba buscando una excusa para condenarlo.

Cuando terminé, él respiró más despacio.

—Necesito que estés de mi parte.

—Estoy aquí.

—No es lo mismo.

Me habló de buscar ayuda para sí mismo. Dijo que había llamado a un profesional recomendado por una compañera y que le darían cita después de las fiestas. Me alegré. Le pregunté si ya le habían dado una hora. Dijo que todavía no, que lo llamarían.

—Me parece bien —dije.

Andrés me cogió la mano.

—No me dejes como ese hombre.

Lo dijo otra vez, más claramente que la noche de las notas.

Me apretó los dedos. Quería ayudarlo. Me habría gustado que aquella cita fuera al día siguiente, que alguien lo recibiera y yo pudiera ir al hotel sin sentir que lo dejaba a medias. Abrí la boca y la cerré.

—Yo no puedo hacerlo por ti —contesté.

Andrés soltó mi mano.

No discutimos después. Se levantó para llamar a su hermana y yo fui al cuarto verde. Abrí el documento del hotel. Había comentarios nuevos de Gabi, dos preguntas y una celda marcada en amarillo porque no sabía qué cantidad poner.

Contesté a las preguntas una por una. A las diez cerré el ordenador. Avisé a Andrés de que me iba a dormir y me acosté.

Lo oí moverse por la casa durante mucho rato. Al abrirse la puerta del dormitorio levanté la cabeza. Andrés venía a buscar el cargador. Me preguntó dónde lo había dejado y señalé la cómoda. Lo cogió y volvió al salón. Yo seguí despierto un buen rato, pero no me levanté.