Eso no pasó así 15. La semana que mejoró
43%

15. La semana que mejoró

Andrés llegó al restaurante antes que yo. Había elegido una mesa junto a la pared, lejos de la puerta y de una pareja que hablaba por teléfono a turnos. Se levantó cuando me vio, pero no vino a besarme. Esperó a que yo decidiera cómo acercarme.

Le di un beso en la mejilla. Nos sentamos.

Durante unos minutos hablamos de cosas prácticas. El frigorífico ya estaba arreglado. La avería había sido menor de lo que parecía. Elisa había llamado para preguntar por mí y Andrés le había dicho que estaba pasando unos días con mi hermana porque necesitaba descansar.

—No le he contado más —añadió.

Se lo agradecí.

El camarero dejó las cartas. Yo no tenía hambre, pero pedí algo para que la conversación no se convirtiera en una reunión sin otro propósito. Andrés eligió un plato sencillo y agua. No propuso vino.

—He pensado en lo que me dijiste —empezó.

Dejé de mirar la carta. Hasta ese momento había estado leyendo una y otra vez los mismos entrantes.

—No debería haber leído tus notas.

Lo dijo entero. Sin una explicación inmediata detrás. Me quedé esperando y él no añadió nada durante varios segundos.

—Gracias por decirlo.

Andrés se frotó las manos debajo de la mesa.

—Me asustó encontrarlas. No sabía que estabas así.

Metí las manos entre las rodillas para no interrumpirlo con un gesto. Yo había ensayado lo que iba a pedirle; no sabía cómo escuchar que empezara él.

—Y no tendría que haberte imitado delante de los demás —continuó—. A veces hago bromas y no pienso en cómo caen.

El camarero volvió para preguntar si queríamos pan. Asentimos los dos. La interrupción me permitió respirar.

—Te lo había dicho —contesté cuando se alejó.

Andrés apretó los labios.

—Sí.

El camarero dejó la cesta de pan. Cogí un trozo y Andrés siguió esperando mi respuesta.

—Eso es lo que necesito que recuerdes —dije.

Hablamos de la noche de la escalera. Él seguía recordándola de otro modo. Dijo que pensó que salir me ayudaría a tranquilizarme, que no comprendió por qué no había llamado otra vez, que jamás había querido hacerme sentir que aquella no era mi casa.

—Yo llamé —dije.

Andrés cerró los ojos un momento.

—No lo recuerdo así.

Noté que empezaba a alejarse todo lo que habíamos conseguido en los minutos anteriores.

—No quiero volver a discutirlo hasta las dos de la mañana.

—Yo tampoco.

Dejamos el asunto ahí, sin resolverlo. Me pareció insuficiente y, al mismo tiempo, más de lo que había ocurrido otras veces.

La comida llegó. Comimos despacio. Andrés me preguntó cómo había sido la consulta. Le dije que todavía no quería hablar de eso. Asintió.

—Está bien.

Me quedé mirándolo. Andrés bebió agua y me preguntó si quería probar su plato. Le pasé el mío para que él también pudiera coger.

Le expliqué algunas cosas concretas. No quería que me imitara para hacer reír a otras personas.

Necesitaba que pudiéramos parar una conversación cuando estuviera agotado.

Quería acordar los planes que afectaban a los dos antes de confirmarlos.

No estaba dispuesto a que leyera mis notas ni contara a sus compañeros que yo estaba buscando ayuda.

Andrés escuchó sin interrumpir. Después dijo que él necesitaba no sentirse juzgado por cada error y que le avisara cuando quisiera estar solo, en lugar de desaparecer detrás de un silencio.

Acepté esto último. Podía decirle que necesitaba estar solo, en vez de esperar que se diera cuenta por la manera de recoger mis cosas. También le dije que avisar no podía convertirse en pedir autorización.

Me miró con cansancio.

—No quiero ser tu carcelero, Julián.

—Yo tampoco quiero sentirme así.

La frase quedó entre nosotros. No la retiré.

Al terminar, Andrés pagó su parte y yo la mía. Los dos recibos salieron grapados. Andrés separó el mío con cuidado, lo leyó para asegurarse de que me daba el correcto y me lo tendió.

Salimos a la calle. Hacía frío. Andrés se subió la cremallera de la chaqueta y me preguntó cuándo volvería.

—No esta noche.

Asintió.

—¿Mañana?

No había decidido una fecha. Podría quedarme más tiempo con Inés, pero su casa era pequeña y yo sentía que empezaba a ocupar demasiado.

Óscar estudiaba en el salón porque la mesa del cuarto donde dormía yo era la que utilizaba a veces cuando necesitaba silencio.

Sergio no se había quejado de nada. Esa ausencia de quejas no me impedía imaginar las molestias.

—El viernes —dije al fin.

Andrés me abrazó. Yo lo abracé también. Durante unos segundos volvió a ser sencillo reconocer la forma de su espalda debajo de la ropa.

Regresé a casa de Inés y le conté la cena. Escuchó sin preguntar por qué quería volver. Cuando terminé me dijo que el cuarto seguiría disponible.

—No quiero que pienses que estás haciendo todo esto para nada —añadí.

Mi hermana frunció el ceño.

—¿Para nada? Julián, has dormido aquí. Eso era lo que necesitabas.

Se levantó a recoger unas sábanas que había dejado en el respaldo de una silla. Me entregó un extremo.

—Ayúdame con esto, anda.

La doblamos entre los dos. Cuando tiré demasiado de mi lado, protestó; aflojé y juntamos las esquinas.

Volví el viernes. Andrés había cambiado las sábanas y comprado fruta. Mi caja seguía detrás de la puerta del cuarto verde, pero había hecho sitio en una estantería para que pudiera vaciarla. No puso una nota explicándolo. Me lo enseñó al pasar.

—Aquí caben tus cuadernos.

Saqué varios de la caja. Los coloqué sin ordenar demasiado. Andrés no corrigió su posición.

La primera semana fue buena de una manera modesta.

No hubo un viaje ni un regalo caro. Cenamos a horas razonables.

El martes él llamó a su madre para decirle que no podríamos ir a verla porque yo tenía una cita.

No especificó cuál. El jueves me preguntó si me apetecía salir y aceptó que prefiriera quedarme leyendo.

Me sorprendió descubrir que yo no sabía leer tranquilamente. Pasaba una página, levantaba la vista para comprobar dónde estaba Andrés y volvía a la misma línea. Él estaba viendo una serie con auriculares. No me pedía nada. Aun así, tardé casi una hora en dejar de esperar una interrupción.

El sábado fui al taller de Tomás. Andrés me preguntó a qué hora creía que volvería. Le dije que por la tarde, sin concretar. Respondió que me divirtiera.

Tomás tenía menos pelo y la barba casi blanca. Lo vi a través del cristal, con las manos en la cintura, inspeccionando algo que yo no alcanzaba a ver. Tardó en darse cuenta de que estaba allí.

Nos abrazamos entre dos estanterías. Olía a madera, polvo y café.

—Te has hecho caro de ver —dijo.

—Sí.

No intenté discutirlo. Él me sostuvo la mirada un segundo y después señaló hacia el fondo.

—Ven, que Miguel está convencido de que vas a darle la razón con una chapuza.

Miguel estaba intentando montar una balda. Era más alto de lo que parecía en la fotografía y tenía una voz suave que no encajaba con la manera en que sostenía el taladro, como si quisiera discutir con él. Me saludó y me enseñó el problema.

Les propuse otra forma de colocarla. Tomás iba a sacar la cinta métrica, pero Miguel ya estaba haciendo sitio debajo.

—Si vais a consultarlo mucho, comemos mañana —dijo.

La presentamos entre los tres. Tomás sostenía un extremo, yo el otro y Miguel se alejaba para ver si estaba recta.

—Ahora parece que baja por tu lado —le dijo a Tomás.

—Es que estoy pasando hambre.

Dejamos marcada la altura en la pared y nos lavamos las manos. No hacía falta terminarla antes de comer, aunque a mí me costara separarme de ella a medias.

Nos sentamos en una mesa pequeña junto a la puerta del taller. La amiga que iba a venir no pudo hacerlo. Había demasiada ensalada y pocas servilletas. Tomás se levantó a buscar papel de cocina y volvió contando una historia que había empezado antes de irse.

Era sobre un cliente empeñado en recoger un mueble el día anterior a que estuviera acabado. Le pregunté qué mueble. Tomás se detuvo con el rollo de papel en la mano.

—Te lo acabo de decir.

—Estoy un poco espeso.

—Una cómoda. Cajones con un sitio para poner fotos arriba.

Miguel le dio un golpecito en el antebrazo.

—No le hagas caso. Lleva ensayando la historia toda la mañana.

Me reí. Tomás me enseñó después una foto de la cómoda sin terminar y hablamos de lo que aún le faltaba hacer. Miguel aprovechó para preguntarle cuándo iba a recoger un pedido que tenían pendiente. Discutieron un rato sobre si podían hacerlo aquella tarde. Yo seguí comiendo.

Más tarde Tomás me preguntó por Andrés.

—Estamos intentando arreglar algunas cosas —dije.

Él dobló su servilleta de papel y la dejó junto al plato.

—Cuando cancelaste lo del otro sábado pensé que otra vez… Bueno. Que no iba a verte.

—Lo siento.

—Ya estás aquí.

Se quedó un momento serio. No lo arregló con una broma, y yo tampoco encontré nada que añadir. Miguel preguntó si queríamos café; me levanté a llevar las tazas.

Antes de irme, le pedí que mirara si podía conseguir un aparato para escuchar el casete que había encontrado. Me dijo que lo llevara la próxima vez.

—Y no dentro de otros dos años —añadió.

—No.

Volví a casa antes de las siete. Andrés estaba preparando una cena sencilla. Me preguntó por Tomás y por Miguel. Le conté lo de la balda. Se rio y quiso saber si la habíamos dejado torcida. Le dije que seguía sin terminar.

—Milagro —contestó.

Me dio a probar un poco de lo que estaba cocinando.

Aquella noche escribí en mi cuaderno, no en el teléfono. Anoté cosas concretas que habían cambiado. Puse lo de la estantería y la llamada a su madre. Me detuve al llegar al taller: había pasado una tarde entera allí y no había tenido que mirar el teléfono más que para saber la hora.

Empecé a imaginar que lo habíamos conseguido. Me veía dentro de unos meses contándole a Clara que ya no necesitaba ir tan a menudo. Me veía invitando a Luis a un café y diciéndole que había sido una mala época. Me veía dejando atrás la escalera sin tener que abandonar la casa.

El domingo Andrés me abrazó mientras yo fregaba una taza.

—Te echaba de menos así —dijo.

Dejé la taza en el escurridor y apoyé mis manos sobre las suyas. Nos quedamos un momento así, estorbándonos delante del fregadero. Cuando intenté girarme le pisé un pie. Andrés protestó, se rio y me besó junto a la oreja. No saqué el cuaderno aquella noche.