Eso no pasó así 14. Las palabras necesarias
40%

14. Las palabras necesarias

La consulta de Clara estaba en un primer piso encima de una tienda de persianas. Llegué veinte minutos antes y di dos vueltas a la manzana para no llamar demasiado pronto.

Llevaba la dirección escrita en un papel, aunque también la tenía en el teléfono. Inés había buscado varias opciones conmigo. No conocía a Clara personalmente; comprobé dos veces que no hubiera trabajado en el centro cultural ni participado en las jornadas de las que hablaba Andrés.

En el portal había tres timbres. Pulsé el que correspondía y una voz me dijo que subiera. Mientras esperaba el ascensor pensé que todavía podía marcharme. Me habría bastado con decir que me necesitaban en el hotel. Cuando se abrieron las puertas, guardé el teléfono.

Clara me recibió, me indicó dónde dejar la chaqueta y me ofreció agua.

Había dos sillones, una mesa pequeña y una estantería con carpetas.

Elegí el sillón más cercano a la salida y enseguida me pregunté si aquello tendría algún significado.

Estaba dispuesto a descubrir problemas hasta en la manera de sentarme.

Me explicó el tiempo de las sesiones, cómo trabajaba y la confidencialidad, incluidos sus límites. Le pedí que repitiera una parte. Me había distraído intentando recordar si había silenciado el teléfono.

—Puedes comprobarlo —dijo.

Lo saqué. Tenía la mano sudada y la pantalla no reconoció bien mi dedo.

—Ya está.

Lo dejé sobre la mesa, con el cuaderno debajo.

—¿Qué te ha traído aquí?

—Mi pareja dice que estoy mal.

Clara esperó.

—¿Y tú qué dices?

Me eché hacia atrás. Había pensado que me preguntaría por qué lo decía Andrés y llevaba preparada una respuesta bastante larga.

—Que no estoy bien en casa.

—Cuéntame lo que puedas.

Empecé por la cena. Dije que había ocurrido meses antes, que no recordaba exactamente la fecha y que podía equivocarme en alguna palabra. Le conté quién había ido, lo que habíamos comido, una broma. Al llegar a la escalera me detuve para beber.

—¿Dónde estaban las llaves? —preguntó.

—Dentro.

—¿Pudiste volver a entrar cuando quisiste?

Negué. El vaso seguía en mi mano y lo apreté demasiado. Era de plástico.

—Luego estuvimos bien —añadí.

—También podemos hablar de eso.

Le conté el desayuno y el domingo de los churros. En medio volví a la cena porque me parecía que había dejado fuera una frase mía. Clara me pidió que aclarara si estaba hablando de la misma noche. Le dije que no y perdí el hilo.

—¿Qué ocurre cuando intentas hablar de lo que te hizo daño?

Así pude seguir. Le hablé de las discusiones, de Luis, de la tableta. Me oía repetir «entonces él dijo» y «yo lo que quería decir». En algún momento cogí el teléfono.

—Lo tengo escrito.

—Puedes consultarlo si te ayuda.

Busqué la nota. Había escrito dos cosas el mismo día y no sabía por cuál empezar. Clara me preguntó cómo estaba durmiendo y dejé el aparato sobre mis piernas.

Le conté que en el hotel había confundido un número de habitación. Que tenía que pedirle a un compañero que repitiera las preguntas. Me preguntó si había alguien que supiera lo que estaba pasando.

—Mi hermana. Llevo dos noches en su casa.

—¿Te sientes seguro allí?

—Sí.

—¿Y cuando piensas en volver?

Tardé en responder.

—No creo que me vaya a pegar.

Clara esperó unos segundos.

—¿Hay algo más que te preocupe de volver?

Me pasé una mano por la cara.

—Que estemos hablando hasta las tres de la mañana. Que diga que tengo que dormir y empecemos otra vez. Luego me levanto, voy al trabajo… —Hice un gesto hacia la ventana—. Él también trabaja. No entiendo cómo aguanta.

—¿Qué pasó el domingo cuando dijiste que necesitabas parar?

Le expliqué lo de la bolsa. Había salido, conservaba las llaves y podía volver a la casa. Tenía acceso a mi documentación y a mis cuentas. Andrés sabía dónde estaba. Me había escrito y se había disculpado. También decía que no sabía qué haría si yo seguía destruyendo lo nuestro.

Clara se detuvo en esa frase. Me preguntó si él había explicado qué quería decir. Negué.

—¿Te lo ha dicho otras veces?

Intenté recordarlo. Había frases parecidas, pero no estaba seguro de las palabras y empecé a buscar en los mensajes.

—Podemos volver a ello —dijo—. Ahora me interesa saber si te ha hecho sentir en riesgo.

No sabía. Me preocupaba que le pasara algo, que se quedara solo, que tomara una decisión por mi culpa. Dije todo eso atropelladamente.

—No tienes que resolver tú solo lo que pueda querer decir con esa frase.

Hablamos de pedir ayuda si me sentía en riesgo y de mantener el contacto con Inés. Clara me preguntó si mi hermana sabía que estaba allí. Le dije que la llamaría al terminar.

Durante unos minutos miré el cuaderno sin abrirlo. Había una palabra que quería preguntarle. Cada vez que llegaba cerca, me ponía a contar otra cosa.

—¿Esto es maltrato? —dije al fin.

Clara apoyó el bolígrafo sobre la carpeta.

—Hay conductas de maltrato psicológico en lo que me cuentas, Julián. Las humillaciones, lo que ocurre cuando intentas poner límites, no poder discrepar sin temer lo que vendrá después. Tenemos que tomarlas en serio.

Me quedé esperando. Había imaginado una respuesta a la que pudiera oponer una lista: todo lo que Andrés hacía por mí, por Elisa, por otras personas. La lista me salió igualmente.

Le hablé del hospital cuando murió mi padre. De cómo Andrés se había quedado conmigo y había sabido qué llevar sin preguntarme. Noté que Clara miraba el reloj.

—Hay más cosas —añadí.

—Me hago cargo de que son muchos años. Podemos seguir hablando de ellas.

—No quiero que pienses que es solo eso.

—No estoy diagnosticando a Andrés. Estoy escuchando qué te ocurre a ti.

Me eché hacia delante para dejar el vaso. Tenía una abolladura donde había estado apretándolo. Intenté alisarla.

—Yo también le he hablado mal.

—¿Qué te preocupa de tu comportamiento?

Le conté veces en que había gritado, una mentira sobre dónde estaba para evitar otra discusión, cómo me encerraba sin explicar nada. También la respuesta que le había dado a Gabi por un error mío.

—¿Pudiste hablar después con tu compañero?

—Le pedí perdón. Corregí el parte.

—¿Y con Andrés?

La respuesta me llevó más tiempo. A veces pedía disculpas enseguida.

Otras me resistía porque sabía que, en cuanto reconociera algo, la conversación iba a quedarse allí.

Clara me pidió que volviéramos sobre esas situaciones en la siguiente sesión.

Lo anotó. No me dijo que daba igual porque yo estuviera sufriendo.

Nos quedaba poco tiempo. Me preguntó qué necesitaba en los próximos días.

—Dormir. Ir a trabajar y hacer el trabajo. No pasarme la mañana pensando en lo que voy a decir al llegar a casa.

Tenía que hablar con Andrés. Quería hacerlo, pero de día. Clara me preguntó qué podía ayudarme a terminar si la conversación se alargaba. Pensé en tener el coche, en avisar a Inés, en no llevar todavía toda mi ropa de vuelta.

Lo dije en voz alta y me sonó más definitivo de lo que pretendía.

—No sé si me voy a separar —aclaré.

—No tenemos que decidirlo hoy.

Me ofreció varias horas para la siguiente cita. Consulté el calendario del hotel antes de elegir una. Pagué con mi tarjeta, guardé el recibo y, al salir, me quedé un momento apoyado en la pared de la tienda de persianas. Dentro, un hombre desenrollaba una muestra de tela.

Llamé a Inés.

—He terminado.

—¿Cómo estás?

Una mujer pasó a mi lado con una planta grande abrazada contra el pecho. Me aparté para que no tuviera que bajar a la calzada.

—Cansado.

—Hay lentejas.

Me reí, y al reír noté que estaba a punto de llorar otra vez.

—Voy para allá.

En el autobús abrí el mensaje que Andrés había enviado mientras yo estaba en consulta. Preguntaba si podíamos cenar al día siguiente, en un restaurante tranquilo, para hablar sin estropear otra noche en casa.

Leí dos veces el nombre del restaurante. Me gustaba. Habíamos ido alguna vez después del cine y siempre pedíamos demasiado pan.

Respondí que sí, pero que después volvería a dormir a casa de mi hermana. Añadí ese detalle antes de enviar el mensaje; sabía que, si lo dejaba para la cena, me costaría más decirlo.

Andrés contestó: «Como necesites».

Seguí mirando la pantalla. Por la ventanilla pasó la farmacia donde tenía que bajarme. Pulsé el botón para la parada siguiente.