13. Dormir fuera
La primera noche que dormí fuera no llevé las cosas importantes.
Metí en una bolsa dos camisetas, ropa interior, el cargador y un pantalón que después resultó estar manchado de pintura.
Dejé en casa las fotografías, la documentación y casi todo lo que habría elegido si me hubieran pedido que imaginara una salida.
No pensé que me estuviera yendo. Pensé que necesitaba dormir en un sitio donde nadie me preguntara por qué no podía dormir.
La discusión había ocupado toda la tarde del domingo.
El asunto había empezado antes de comer: yo quería dedicar dos horas a la propuesta del hotel y Andrés había invitado a su madre.
Me había avisado, pero no había preguntado si ese día me venía bien.
Dije que podía estar durante la comida y trabajar después.
—No vas a dejarla aquí como si molestara —contestó.
Le expliqué que no me iba de casa, que estaría en el cuarto verde. Andrés dijo que era lo mismo. Su madre notaría que no quería estar con ella.
Al final no preparé nada. Comimos los tres, vimos un concurso y acompañé a Elisa hasta el taxi. Ella me dio un beso y me dijo que estaba muy callado.
Cuando volvió a cerrarse la puerta, fui al cuarto verde. Andrés entró unos minutos después para preguntarme si ya estaba contento. No entendí la pregunta y se lo dije.
—Has conseguido que se sintiera incómoda.
—No he dicho nada.
—Precisamente.
Me levanté de la silla. Tenía abierto un documento con tres líneas y una tabla vacía. Llevaba todo el día pensando en ese trabajo y, aun así, me pareció que debía cerrarlo para demostrar que lo estaba escuchando.
La conversación se extendió por la casa.
En el pasillo, en la cocina, junto al sofá.
Yo iba cambiando de habitación para hacer cosas que no terminaba.
Andrés me seguía algunas veces; otras me llamaba desde donde se había quedado.
Desde el dormitorio lo oí preguntar si ahora iba a ignorarlo.
Volví al pasillo y respondí que estaba buscando una camiseta.
—No hace falta que me hables en ese tono —dijo.
En un momento le dije que no podía más.
—Pues imagínate yo —contestó—. Viviendo con alguien que lleva la cuenta de todo lo que hago mal.
Me apoyé en la encimera. Notaba la piel de la cara demasiado caliente.
—Hoy solo quería trabajar dos horas.
Andrés soltó una risa corta.
—Ahora resulta que no te dejo trabajar.
Yo no había dicho eso. No quería repetirlo otra vez. Tampoco quería concederle que sí lo había dicho para terminar antes. Me quedé callado. Pensé en enseñarle el documento vacío, pero el ordenador seguía en el otro cuarto.
Fui al dormitorio y cogí la bolsa.
Andrés apareció en la puerta.
—¿Qué haces?
—Voy a dormir a casa de Inés.
Se quedó inmóvil. Yo abrí la cremallera de la bolsa y la cerré otra vez: todavía no había metido nada.
—¿Ya lo has organizado todo?
—No he organizado nada.
—Claro. Coges una bolsa por casualidad.
Busqué el cargador. Estaba detrás de la mesilla. Tuve que arrodillarme para desenchufarlo. Me sentí ridículo en el suelo mientras él me miraba desde arriba.
—Necesito descansar —dije.
—Y yo necesito una pareja que no salga corriendo cada vez que hay un problema.
Me incorporé. Quería decirle que no había salido corriendo durante once años. Que a veces me había quedado tanto tiempo en una discusión que al día siguiente no recordaba cómo había empezado. Dejé las camisetas dentro de la bolsa sin doblarlas.
—Mañana hablamos.
—No. Las cosas se hablan cuando pasan.
Andrés se apartó para que pasara. Llegué hasta el recibidor y me detuve delante del perchero. Había olvidado la chaqueta. Metí un brazo por la manga equivocada y tuve que empezar de nuevo.
Cogí las llaves del cuenco.
—No vuelvas mañana como si aquí no hubiera pasado nada —dijo.
—No voy a hacerlo.
Cerré despacio. Bajé en ascensor porque no quería oír mis propios pasos en la escalera.
Dentro me vi reflejado en el espejo: la bolsa en una mano, el pelo aplastado por detrás, la chaqueta abierta.
No parecía un hombre que estuviera tomando una decisión.
Parecía alguien que había olvidado parte de un equipaje.
Llamé a Inés desde el coche. Contestó al segundo tono.
—¿Puedo ir esta noche?
No preguntó por qué.
—Sí. ¿Vienes conduciendo?
—Sí.
—¿Estás bien para conducir?
Miré mis manos. No temblaban, pero me costaba concentrarme. Le dije que iba a sentarme un rato antes de salir. Ella me pidió que avisara cuando arrancara y no me llamó durante el trayecto.
En su casa olía a cebolla. Sergio estaba preparando una tortilla y Óscar tenía los apuntes extendidos sobre la mesa del salón. Levantó la cabeza cuando entré.
—¿Te quedas?
—Esta noche.
—Ah. Vale.
Volvió al cuaderno. Me quedé un momento junto a la mesa, esperando otra pregunta, pero él ya estaba subrayando.
Inés me enseñó el cuarto. Había una cama estrecha, una tabla de planchar plegada y varias cajas debajo de la ventana. Sacó un juego de sábanas del armario.
—Son un poco feas, pero están limpias.
Tenían dibujos de pequeñas bicicletas. Me ayudó a ponerlas. Yo estiré las esquinas con demasiada fuerza, empeñado en que no quedara una arruga.
—Déjalo así —dijo—. Vas a dormir encima, no a fotografiarlo.
Me reí por primera vez en todo el día.
En la cena hablamos de cosas corrientes.
Sergio preguntó por el hotel. Le conté la posible reorganización y lo de Gabi.
Él trabajaba en un almacén y conocía bien las reuniones en las que nadie sabía nada hasta que lo sabía todo de golpe.
No me dio una solución. Se enfadó conmigo durante un rato contra una empresa que no conocía y después me pasó el pan.
Inés no sacó el tema de Andrés delante de los demás. Lo agradecí tanto que casi no pude comer.
Al terminar me puse a recoger. Sergio me quitó dos platos de las manos.
—Yo friego hoy. Tú busca un sitio para la bolsa, que está en medio.
La había dejado junto a la entrada. Fui a llevarla al cuarto. Cuando regresé, Inés estaba secando la mesa.
—¿Quieres hablar un rato o dormir?
Me senté.
—No sé.
Ella dejó el paño y ocupó la silla de al lado.
Le conté lo de la tarde. No desde el principio; empecé por la bolsa, volví a la comida y después salté a una frase sobre su madre. Inés me pidió una aclaración porque se había perdido. Me disculpé.
—No pasa nada —dijo—. Estoy intentando seguirte.
Me oí responder que yo también.
Nos quedamos callados. En el cuarto de Óscar sonó un vídeo y enseguida bajó el volumen. Sergio abrió un armario buscando algo para desayunar al día siguiente. Preguntó si quedaba leche. Inés respondió que en el armario de abajo y él volvió a abrir el de arriba.
—Andrés no es siempre así —dije.
Mi hermana asintió.
—Lo sé.
—No lo sabes todo.
—Claro que no.
Esperé un «pero». Mi hermana se frotó los ojos y miró el reloj de la cocina.
—¿Tienes que madrugar? —le pregunté.
—Sí. Tú también.
Inés apoyó las manos sobre la mesa.
—No hace falta que me convenzas de que también ha hecho cosas buenas para quedarte esta noche.
Bajé la cabeza y aparté una miga con el dedo. Me había ofrecido aquella cama antes de que le contara lo de la tarde.
El teléfono vibró. Era Andrés. No abrí el mensaje. Vi en la pantalla las primeras palabras: «Espero que estés satisfecho...».
Inés miró el aparato y después me miró a mí.
—¿Necesitas contestar ahora?
—No lo sé.
—Puedes pensarlo.
Fui al cuarto y cerré la puerta, sin echar llave. Leí el mensaje entero. Andrés decía que lo había dejado solo con todo, que había convertido una comida con su madre en una crisis y que no sabía cómo explicarse mi comportamiento. Al final preguntaba si había llegado bien.
Respondí solo a eso: «He llegado. Estoy en casa de Inés. Necesito descansar. Mañana hablamos».
Dejó de escribir durante casi una hora. Yo me duché, me puse la camiseta menos vieja de las dos y me acosté. La cama tenía un colchón blando que se hundía hacia el centro. Oía las tuberías cada vez que alguien abría un grifo.
Pensé en el lado de la cama que Andrés estaría ocupando. En si habría cenado. En si seguiría con dolor de cabeza. Me pregunté si debía volver por la mañana para preparar café antes de ir al hotel. La idea apareció con la naturalidad de una obligación.
El teléfono vibró otra vez.
«Siento haberte hablado así. Me has hecho mucho daño y no he sabido gestionarlo. Te quiero».
Volví al principio del mensaje. «Siento haberte hablado así». Quería responder a eso. Cada vez que bajaba los ojos encontraba también «me has hecho mucho daño» y empezaba a discutirle la tarde por escrito.
Escribí «Yo también te quiero». No lo envié enseguida. Era verdad, pero sabía que abriría una conversación que podía durar hasta el amanecer.
Al final puse: «He leído tu mensaje. Hablamos mañana».
Dejé el teléfono en el suelo, junto a la cama, porque no había mesilla. Desde el pasillo llegó la voz de Inés preguntando si necesitaba otra manta. Dije que no. Me dio las buenas noches y siguió hacia su cuarto.
Dormí mal. Me desperté varias veces, confundido por la oscuridad y por no oír la respiración de Andrés. En una de ellas estuve a punto de coger el teléfono del suelo. El colchón se hundió cuando me incliné; me volví hacia el otro lado y lo dejé donde estaba.