12. La factura
El frigorífico empezó a hacer ruido un martes de madrugada. No era una avería peligrosa ni dejó de enfriar. Tenía una vibración molesta que se oía desde el dormitorio cuando el resto de la casa estaba en silencio.
Andrés me despertó para preguntarme si podía hacer algo.
Me levanté, comprobé que no hubiera ningún objeto tocando la parte trasera y moví un poco una bandeja interior. El ruido disminuyó, pero no desapareció. Le dije que lo miraría con luz al día siguiente y que, si hacía falta, llamaríamos al servicio técnico.
—Pensaba que estas cosas las sabías arreglar tú.
—No todas.
Volvimos a la cama. Yo tardé más en dormirme que el frigorífico en empezar otra vez.
A la tarde siguiente busqué la factura en el archivador de la casa. Andrés estaba trabajando. Sabía dónde guardábamos los documentos porque durante años me había encargado de ordenarlos: suministros, seguros, comunidad, electrodomésticos. Cada apartado tenía una pestaña escrita por mí.
Encontré primero la reforma de la cocina.
El presupuesto estaba en una funda transparente, junto a varios justificantes de transferencia.
Habíamos hecho la obra cinco años antes.
Recuerdo el polvo dentro de los armarios, comer durante semanas en una mesa pequeña y dormir una noche con la ventana abierta porque todavía olía a pintura.
Yo había aportado cinco mil ochocientos euros. Lo sabía. No fue una sorpresa encontrar la cifra. La sorpresa fue verla fuera del recuerdo de lo contentos que habíamos estado al terminar.
La factura estaba a nombre de Andrés. La vivienda también. Nunca habíamos hecho un documento sobre mi aportación. Hablamos de una cocina nuestra y pagamos cosas como se pagan cuando no se está imaginando una separación.
Me senté en el suelo con los papeles alrededor.
Mi sueldo entraba en una cuenta propia. Conservaba mis tarjetas, mi coche y mis ahorros.
No tenía que pedirle dinero para ir a trabajar ni justificar cada compra al céntimo.
Aun así, había aprendido a calcular qué gastos le parecerían razonables antes de hacerlos.
Podía pasar una semana comparando una herramienta que necesitaba y aceptar en un minuto el precio de una cena con sus amigos, porque discutirla parecía mezquino.
Cada mes ingresaba seiscientos cincuenta euros en la cuenta de la casa.
Andrés aportaba más y pagaba la hipoteca desde la suya.
La distribución había ido cambiando con los años, con las subidas de sueldo, con meses mejores y peores.
No creía que todo hubiera sido injusto. Precisamente por eso me costaba preguntar qué parte de aquella vida me pertenecía cuando dejábamos de llamarla nuestra.
Encontré la factura del frigorífico y la separé. Guardé el resto, salvo los justificantes de la cocina. Les hice una fotografía para recordar las cantidades. No sabía aún para qué.
Andrés llegó mientras yo terminaba de colocar el archivador.
—¿Has encontrado lo que buscabas?
Le enseñé la factura.
—Voy a llamar mañana.
Miró los demás papeles.
—¿Qué haces con eso?
—He visto lo de la reforma.
—¿Qué pasa con la reforma?
Tuve que elegir entre devolverlo todo al archivador o formular una pregunta que llevaba un rato creciendo.
—Nunca hablamos de cómo quedaba lo que puse yo.
Andrés dejó el bolso de trabajo en una silla.
—¿Cómo quedaba en qué sentido?
—La casa es tuya.
—Eso lo sabes desde el primer día.
—Ya.
Me habría gustado encontrar una frase sin amenaza, una manera de hablar de dinero que no sonara a despedida. No la encontré.
—Solo digo que invertí bastante aquí y no hicimos ningún papel.
Andrés se sentó enfrente. Parecía más cansado que enfadado.
—Llevas once años viviendo en una casa que, si hubieras tenido que alquilarla, te habría costado mucho más. Yo he pagado la hipoteca, derramas, reparaciones. ¿Vamos a empezar a sumar ahora?
No negué ninguna de esas cosas. Había pagado mucho. Había meses en que sus ingresos sostenían planes que con los míos no habríamos podido permitirnos.
—No te estoy pidiendo que me devuelvas todo lo que he gastado viviendo.
—¿Entonces qué me estás pidiendo?
—Saber cómo lo hablamos.
Sacudió la cabeza.
—Antes hablábamos de una vida. Ahora hablas de facturas.
El frigorífico volvió a vibrar detrás de nosotros.
La normalidad de aquel sonido me produjo una tristeza repentina.
Habíamos elegido ese aparato juntos. Yo había medido el hueco tres veces para asegurarme de que entraría.
Andrés quería que la puerta quedara alineada con los muebles.
Nos habíamos dado un beso en una tienda de electrodomésticos porque el dependiente, un chico muy joven, nos dijo «vuestro hogar» sin titubear ni corregirse.
Busqué la fecha en la factura. El papel seguía entre nosotros, junto a una cesta con dos plátanos demasiado maduros.
Andrés me preguntó si estaba preparando algo. Le dije que no. No tenía un piso buscado, una fecha, ni siquiera sabía qué tendría que llevarme. Andrés señaló los justificantes con la barbilla. Los había puesto yo unos encima de otros, por orden de fecha.
—¿Has hablado de esto con tu hermana?
—No.
—Últimamente hablas mucho con ella.
Me quedé mirándolo.
—Es mi hermana.
Asintió, como si yo hubiera respondido a una pregunta distinta.
—Solo digo que no conoce todo lo nuestro.
—Claro que no.
Se quedó esperando que añadiera algo. Volví a mirar la factura.
Andrés recogió los justificantes y los metió en la funda.
—Cuando estés más tranquilo lo hablamos.
Le pedí que los dejara sobre la mesa. Se detuvo.
—¿Por qué?
—Quiero tener una copia de lo que pagué.
Me sostuvo la mirada. Al final dejó la funda.
—Haz las copias que quieras.
Esa noche cenamos separados. Él dijo que no tenía hambre y luego se preparó algo cuando yo ya estaba en la cama. Lo oí abrir cajones y mover un plato. Miré la hora. Podía levantarme a beber agua y preguntarle si quería hablar, como tantas veces. Me giré hacia mi lado. Tardé en dejar de escuchar.
Al día siguiente hubo una reunión en el hotel. Marina nos explicó que la empresa estaba revisando costes y estudiaba centralizar parte del mantenimiento. No había una decisión tomada. Gabi preguntó si eso afectaría a su contrato, que terminaba al acabar el invierno.
—Todavía no lo sé —respondió ella.
Yo quería que le diera una seguridad. Ella no la tenía. Se notaba que le molestaba decirlo delante de nosotros.
Después Gabi me alcanzó en el pasillo.
—¿Tú crees que me renovarán?
Me salía decirle que sí. Había trabajado bien, aprendía rápido y necesitábamos sus manos. Ninguna de esas cosas garantizaba lo que decidiría una persona que no lo conocía.
—No lo sé —contesté—. Voy a preguntar qué alternativas están estudiando.
Él asintió, decepcionado. Yo me quedé con ganas de añadir una promesa que aliviara el momento. No lo hice.
Pasamos la mañana revisando tareas. Gabi sacó los partes de las últimas semanas y empezó a separar los avisos que habíamos resuelto nosotros de los encargados fuera. Yo abrí el registro de compras.
—Estas piezas las pedimos dos veces —dijo, mostrándome una línea.
—Las primeras llegaron equivocadas.
—Aquí no lo pone.
Tenía razón. Busqué el correo de devolución y se lo pasé. Empezábamos a preparar una explicación para la empresa y ya nos faltaba explicar nuestro propio registro.
Había reparaciones que necesitaban un especialista. No íbamos a hacerlas nosotros por muy ajustadas que salieran las cuentas. Pero también había avisos que, encargados fuera, obligarían a dejar una habitación sin vender mientras alguien llegaba. Gabi propuso sumar esas horas al ahorro.
—No todas se habrían vendido —le dije.
—Pero algunas sí.
—Entonces habrá que saber cuáles. Si las ponemos todas, Marina nos lo va a preguntar.
Llevamos dos partes a recepción. Nos cruzamos allí con Nadia.
Recordaba que, en uno de los casos, tuvo que preparar una habitación a toda prisa para cambiar a un huésped, pero no sabía cuánto tiempo quedó vacía la primera.
Pedimos que nos ayudaran a comprobarlo. Volvimos con una lista más corta de la que Gabi había preparado.
—Parece menos trabajo —protestó.
—Es el que podemos explicar.
No le gustó demasiado. A mí tampoco. Dejamos aparte los casos que no teníamos claros y acordamos distinguir el tiempo de reparación del tiempo de espera.
Él se encargaría de ordenar los avisos; yo revisaría materiales y llamadas externas.
Después tendríamos que preguntar a Marina qué decisiones podíamos tomar sin esperar cada autorización.
Antes de irnos al comedor, Gabi me enseñó un paquete de piezas que llevábamos meses buscando cuando lo necesitábamos. Estaba en una caja rotulada con otro nombre.
—Esto también lo arreglamos nosotros —dijo.
Arranqué la etiqueta y le pedí un rotulador.
Durante la comida abrí mi aplicación del banco. Miré el saldo de la cuenta personal. Tenía algo más de tres mil euros disponibles, aparte de un pequeño ahorro que no quería tocar. Empecé a buscar alquileres en la ciudad.
No guardé ninguno. Los precios me parecieron altos, los pisos pequeños, las fotografías engañosas. En uno se veía la cocina desde la almohada de la cama. Cerré la aplicación con una sensación de derrota que me avergonzó. Yo tenía un sueldo y un coche. Había gente con mucho menos margen.
Nadia se sentó a mi lado y dejó una mandarina en mi bandeja.
—Me han dado demasiadas en casa de mi padre.
Le di las gracias. No preguntó qué estaba mirando.
Esa tarde, al volver, vi que Andrés había pedido cita con el servicio técnico del frigorífico. Había dejado un papel en la puerta con la hora, dentro de mi turno de trabajo.
—Yo no puedo estar —dije.
—Pensaba que podrías cambiarte.
Miré la fecha. Coincidía con la mañana que teníamos prevista para preparar la propuesta de mantenimiento.
—Esta vez no.
Andrés se quedó callado. Yo esperé a que viniera una explicación de por qué debía poder. No vino. Al cabo de un rato cogió el teléfono y llamó para cambiar la cita.
Lo escuché ofrecer dos horarios distintos. Resolvió el asunto en menos de tres minutos.