11. La noche del estreno
El Centro La Estación llevaba meses preparando una programación de música y memoria del barrio. Había entrevistas a vecinos, fotografías antiguas y un concierto en el que participaban músicos de edades muy distintas. Andrés estaba orgulloso del proyecto. Yo también lo estaba por él.
El día del estreno pedí salir una hora antes del hotel para ayudar con el montaje. No me obligó. Me lo pidió de una manera corriente, explicando que se les había caído una persona del equipo y necesitaban manos. Yo podía hacerlo y quería estar allí.
Llegué con la camisa buena dentro de una funda.
La colgué en un cuarto donde había cajas de programas y una percha de plástico.
Durante dos horas movimos sillas, comprobamos recorridos y discutimos con una empresa de reparto que había dejado material en la entrada equivocada.
El conductor quería marcharse y un voluntario propuso guardar las cajas detrás de una salida.
—Ahí tienen que poder pasar —dije.
—Es hasta que empiece.
Celia, que venía contando programas, dejó el montón sobre una silla.
—Cuando empiece no tendremos tiempo de quitarlas. ¿Dónde caben?
Abrimos un almacén pequeño. Hubo que sacar dos mesas plegables y cambiar de sitio un perchero, pero dejamos libre el paso. El conductor se fue mientras nosotros seguíamos cargando.
Celia estaba al cargo de los voluntarios. Me dio una acreditación y una botella de agua.
—Menos mal que has venido —dijo.
Tenía ojeras y una mancha de tinta en la muñeca. Le pregunté por su hijo. Apartó los ojos de los programas y sonrió, sorprendida de que se lo preguntara.
—Con mi hermana. Hoy me ha preguntado si podía venir al concierto en pijama.
—Sería el más cómodo de todos.
Se rió y volvió a contar programas.
Andrés apareció varias veces, siempre de paso.
Me tocaba el hombro o levantaba el pulgar para agradecer algo.
Llevaba la camisa que habíamos comprado el domingo.
Le quedaba bien. Lo vi hablar con una mujer mayor que había prestado fotografías de su familia; se agachó un poco para escucharla y le prometió que después le enseñaría dónde aparecían.
La mujer no encontraba una palabra y Andrés esperó, aunque Celia lo llamaba desde el otro extremo del vestíbulo. Cuando la recordó, los dos se rieron. Me gustó verlo así.
A las siete y media me cambié en un baño. La camisa se había arrugado dentro de la funda. Intenté alisarla con las manos húmedas y conseguí dejar una mancha más oscura en el pecho. Esperé a que se secara mirando el espejo.
Tenía cuarenta y ocho años y seguía sin saber qué hacer con las manos cuando me quitaba el uniforme. En los bolsillos de aquella camisa no cabía nada. Los palpé, absurdamente, y salí.
El vestíbulo estaba lleno. Vera me saludó desde un grupo y me preguntó cómo había ido el curso. Le dije que el primer bloque había terminado bien. Una de las personas que estaban con ella, Héctor, me puso una mano en el brazo.
—Me alegro. Andrés nos tenía preocupados contigo.
Miré su mano antes de mirarlo a él.
—¿Por qué?
Héctor retiró los dedos, incómodo.
—Por el estrés. Me dijo que estabas pasando una época complicada, durmiendo mal. Que estabas buscando ayuda.
Vera se volvió hacia la entrada, como si hubiera visto a alguien.
Yo todavía no había ido a ninguna consulta. Inés me había pasado el contacto de una psicóloga llamada Clara y tenía ya una primera cita. Se lo había contado a Andrés la víspera, en la cocina, mientras guardábamos la compra.
—Estoy bien —dije.
Héctor asintió demasiado deprisa.
—Claro, hombre. Todos tenemos rachas.
Me preguntó por el hotel. Le respondí de una manera tan breve que la conversación terminó enseguida. Quise encontrar a Andrés, pero estaba recibiendo a unos invitados cerca de la puerta. Se inclinó para dar dos besos a una mujer y después señaló la sala principal con un gesto amplio.
Luis y Rafa llegaron unos minutos más tarde. Luis se acercó a mí con una cautela que no había tenido antes del café.
—¿Podemos hablar un día? —preguntó.
—Hoy no.
—No, hoy no. Cuando tú digas.
Rafa nos saludó a los dos y comentó que el lugar había quedado precioso. Yo asentí. Rafa me preguntó por Elisa y, antes de contestarle, miré a Luis. Ya no sabía con cuál de los dos estaba hablando de cada cosa.
Nos sentamos en la cuarta fila. Elisa ocupaba un asiento reservado delante. Me vio y levantó la mano. Le devolví el saludo. Andrés salió al escenario y esperó a que terminara un aplauso que no había pedido.
Habló bien. Siempre había hablado bien en público. No leía de manera rígida ni fingía espontaneidad. Había preparado lo suficiente para poder mirar a la gente. Dio las gracias al equipo, a las asociaciones del barrio y a las familias que habían prestado sus recuerdos.
Después mencionó a quienes los sostenían en casa.
—Los que soportan nuestros horarios, nuestras obsesiones y nuestras ausencias —dijo—. Sin ellos no llegaríamos hasta aquí.
Me buscó entre las filas. Cuando me encontró sonrió.
La gente de alrededor volvió ligeramente la cabeza. Sentí cariño, vergüenza y una especie de enfado que no quería tener en aquella sala. Le sonreí tarde. La mujer sentada a mi lado me miró con simpatía y yo bajé los ojos al programa, como si estuviera buscando el nombre del siguiente músico.
Aplaudí con los demás.
El concierto me gustó. Una mujer mayor cantó con una voz que se quebraba al final de algunas frases y no intentó ocultarlo.
Un chico joven la siguió con el piano, atento a su respiración.
En una canción se adelantó al piano y el chico la alcanzó sin apurarla.
Dejé el programa sobre las rodillas. Hasta que terminaron no volví a mirar dónde estaba Andrés.
Después hubo vino y comida en el vestíbulo. Yo ayudé a retirar unas sillas antes de acercarme a la mesa. Celia me guardó un plato con dos trozos de tortilla.
—Come antes de que desaparezca todo.
Lo cogí. Andrés estaba rodeado de gente. Lo vi reír, inclinarse, recordar nombres. Se le había aflojado la cara. En las últimas semanas lo había visto llevarse listas a la cama; aquella noche por fin podía dejarlas en un bolsillo.
Cuando por fin se quedó solo, me acerqué.
—Ha salido bien —dije.
Me abrazó.
—Gracias por venir antes. Nos has salvado.
Esperé a que se separara.
—¿Le has contado a Héctor que voy a una psicóloga?
Su expresión cambió muy poco. Miró hacia un grupo que nos observaba a cierta distancia.
—No he dicho eso exactamente.
—Me ha hablado de que estoy buscando ayuda.
—Porque estoy preocupado por ti.
La frase era casi la misma que yo había utilizado para explicar por qué hablé con Luis. Se lo señalé.
Andrés apartó la mirada un momento.
—No es lo mismo. Yo no he contado intimidades para dejarte mal.
—Es una intimidad mía.
—Julián, hoy no.
Había ruido alrededor. Una persona pasó detrás de nosotros con una bandeja vacía. Me aparté para dejarla pasar y perdí el sitio desde el que estaba hablando. Cuando volví a mirarlo, Andrés ya estaba pendiente de la puerta.
—Necesito disfrutar una noche de algo que ha costado mucho —añadió—. ¿Puedes darme eso?
No contesté. Cogí el plato que había dejado en una mesa y me fui hacia el otro extremo del vestíbulo.
Elisa estaba sentada, cansada. Me pidió que le acercara el bolso. La acompañé hasta un sillón más cómodo. Habló del concierto, de lo bien que había estado su hijo y de una fotografía que le recordaba una tienda de su infancia. La escuché sin mirar el teléfono.
—¿Estás contento? —me preguntó.
—Ha quedado muy bonito.
No era lo que había preguntado, pero aceptó la respuesta.
A las once empezaron a hablar de ir a cenar a otro sitio. Andrés daba por hecho que yo iría. Tenía que entrar temprano al día siguiente y llevaba desde las seis de la mañana despierto.
—Me voy a casa —dije.
Lo pronuncié delante de Celia y de dos personas del equipo. Andrés sonrió, como si la decisión fuera razonable.
—Claro. Descansa.
Me besó en la mejilla. Yo le dije que disfrutara. Me ajustó el cuello de la chaqueta, que llevaba doblado por dentro. Le dejé hacerlo y salí.
En el taxi me quité la acreditación. Mi nombre estaba escrito debajo de la palabra «Apoyo». La dejé sobre la funda de la camisa. Al llegar a casa bebí agua, comí un poco de pan y me acosté sin esperar a Andrés.
Me despertó el teléfono a las dos y dieciséis.
«Me has dejado solo en una de las noches más importantes para mí».
Vi el mensaje y miré la hora otra vez. Había una fotografía en el grupo del equipo: Andrés en el centro de una mesa, rodeado de personas que levantaban sus vasos.
Amplié la foto. Después volví a su mensaje y empecé a enumerar lo que había hecho: dos horas de montaje, el concierto, su madre, levantarme temprano al día siguiente.
Lo borré antes de enviarlo.
«Hablamos mañana. Necesito dormir».
Dejé el teléfono en la mesilla, con el sonido quitado. Me quedé despierto mucho rato, escuchando si el ascensor se detenía en nuestra planta.