Eso no pasó así 10. En la mesa baja
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10. En la mesa baja

La tableta estaba encendida encima de la mesa cuando llegué.

Andrés estaba sentado en el sofá. Me hizo sitio apartando un cojín, pero yo seguí de pie: había visto mi nota abierta en la pantalla.

—Tenemos que hablar —dijo.

Dejé la bolsa del trabajo junto a la puerta. No me quité la chaqueta.

—¿Has estado leyendo eso?

—Ha aparecido aquí.

Señaló la pantalla con un dedo. Había dejado iniciada mi cuenta meses antes. Recordé haber aceptado que se sincronizara, sin leer demasiado, y mi primer impulso fue pedir perdón por aquel descuido.

—Es privado.

Andrés levantó la vista.

—¿Y escribir esto sobre mí qué es?

Me acerqué lo suficiente para leer. Había seleccionado la frase de la cena: «Yo no quería esta cena. Vinieron. Después discutimos porque hablé con Luis».

—Estoy apuntando cosas.

—Ya lo veo.

Deslizó el dedo. Aparecieron la consulta de Elisa, el mensaje de Tomás, las palabras sobre que me avisaran cuando él terminara.

—¿Para quién es esto?

—Para mí.

—No me lo creo.

Lo dijo sin levantar la voz. Se quedó esperando, como si yo tuviera que aportar una respuesta mejor.

Me senté en el borde del sofá. La chaqueta empezó a darme calor. Me la quité con movimientos torpes, sin saber dónde dejarla. Andrés miró el respaldo, donde acabé colocándola, y luego volvió a la pantalla.

—Aquí solo hay cosas malas.

—También he escrito lo del domingo.

Busqué la entrada. Los churros, el mercado, sentirme querido. Andrés la leyó por encima.

—Qué bien. Me has puesto una nota positiva.

Me dolió que lo dijera así. Había escrito aquello para no ser injusto, y ahora parecía otra manera de hacerle daño.

—No es un examen.

—Pues lo parece.

Cogí la tableta. Él no intentó quitármela, pero siguió mirando mis manos mientras cerraba la aplicación.

—No vuelvas a leerlo —dije.

Se echó hacia atrás.

—Llevas semanas observándome, apuntando cada palabra, y el problema es que yo lo haya visto.

No había apuntado cada palabra. A veces pasaban varios días sin que escribiera nada. Había olvidado cosas importantes y registrado detalles que, al leerlos después, me parecían insignificantes. Intenté explicárselo.

—No sé lo que está pasando entre nosotros —añadí—. Necesito poder pensarlo.

—Lo que está pasando es que has decidido interpretar todo de la peor manera.

Me señaló la nota sobre Elisa, aunque ya no se veía.

—¿Sabes lo que habría sentido mi madre si leyera eso?

—No lo escribí para tu madre.

—Pero la has metido.

Le dije que quería a Elisa. Que no me molestaba llevarla al médico. Empecé a recordar consultas anteriores, una tarde en urgencias, las sesiones de rehabilitación. Andrés me escuchaba con los brazos cruzados.

—No estoy hablando de eso —dije.

Pero lo estaba contando yo.

Andrés se levantó y fue a la cocina. Lo seguí con la mirada, pero no me moví. Oí un vaso, el grifo, la puerta del armario.

Cuando volvió traía agua para los dos. Colocó mi vaso en la mesa baja.

—Estás mal, Julián.

No lo dijo con desprecio. Parecía preocupado. Eso hizo más difícil rechazar la explicación que venía detrás.

—Duermes poco, estás irritable, todo te lo tomas como una agresión. Te vendría bien hablar con alguien.

—Puede ser.

Le sorprendió que no discutiera.

—Con un profesional —aclaró—. No ir soltando cosas a nuestros amigos.

Dije que podía buscar uno. Andrés me habló de un psicólogo al que conocía por el trabajo, alguien que había participado en unas jornadas y le parecía sensato. Se ofreció a pedirle una recomendación.

—Prefiero buscar yo.

—Claro. Como quieras.

Se sentó de nuevo. Dejé la tableta boca abajo sobre mis rodillas. Andrés miró el movimiento y estuve a punto de volverla otra vez para que no pensara que ocultaba algo.

—No sé cómo vivir con alguien que está preparando un expediente contra mí —dijo al final.

—No es un expediente.

—¿Entonces por qué necesitas fechas?

—No todas tienen fecha.

En cuanto lo dije supe que iba a pedirme que le enseñara cuáles. Agarré la tableta por los bordes. No quería volver a abrirla.

Andrés se inclinó hacia delante. Tenía los ojos húmedos.

—Yo he construido una vida contigo. He estado cuando tu padre se murió. He cuidado de ti cuando no podías más. Y ahora resulta que soy esto.

No dijo qué era «esto». No hacía falta. La palabra de la otra cena seguía entre nosotros, aunque ninguno la pronunciara.

Me acordé de él en el hospital, trayendo una bolsa con ropa limpia. De cómo me cogió la nuca cuando tuve que llamar a mi hermana. De su manera de quedarse a mi lado sin pedir que yo hablara. Me entraron ganas de acercarme a él. También tenía ganas de que me dejara marcharme de aquella habitación.

—No he dicho que no estuvieras —contesté.

—Pero no lo escribes.

Me levanté para buscar el teléfono. Abrí la nota y añadí una línea sobre el hospital. Escribí con él mirando. Al terminar extendí el teléfono hacia su lado del sofá.

Andrés no quiso leerla.

—No quiero que lo pongas porque te lo digo yo.

Bajé el teléfono. La línea seguía allí. No sabía si borrarla sería peor.

La conversación duró hasta después de la hora de cenar. En algunos momentos Andrés lloró. Yo también. Nos abrazamos de pie, junto al sofá. Él tenía la cabeza apoyada en mi hombro y yo le acariciaba la espalda, intentando calmarlo sin prometer cosas que no podía cumplir.

—No me conviertas en ese hombre —murmuró.

No pregunté a qué hombre se refería. No aquella noche.

Le dije que no quería hacerle daño. Lo repetí varias veces. Él me preguntó si entonces podía dejar de escribir las cosas como si estuviera siempre solo contra alguien.

No contesté de inmediato.

—Voy a seguir apuntando lo que necesite —dije al fin—. No voy a enseñarlo por ahí.

Se separó lo suficiente para mirarme.

—Tú verás.

Andrés fue a preparar algo de cenar. Me preguntó si quería una tortilla y respondí que sí, aunque no tenía hambre. Volví al sofá hasta que me llamó. Comimos poco.

Durante la cena habló de la reunión del día siguiente. Le hice una pregunta y me contestó con interés. Seguimos hablando. Al recoger los platos dudé de que tuviera sentido volver a sacar lo de la tableta.

Cuando me fui a la cama, cerré mi sesión en la tableta. Comprobé que, al abrir las notas, pidiera una contraseña. Andrés estaba en el baño. Oí el grifo y dejé el aparato donde solíamos guardarlo, junto al mando de la televisión.

Me acosté con el teléfono en la mesilla. La nota seguía abierta. Al releerla, encontré la línea que había añadido sobre el hospital. La conservé. No quería deshacer un recuerdo bueno para compensar que hubiera sido utilizado en una discusión.

Después escribí: «No quería enseñarle esto. Lo ha leído. Hemos terminado hablando de lo que le debo».

Me quedé mirando la palabra «debo». Sonaba ingrata. La cambié por «lo que ha hecho por mí».

Volví a cambiarla.

Apagué el teléfono sin decidir cuál de las dos frases era más justa. Andrés salió del baño y yo fingí que ya estaba dormido. No me apetecía explicarle por qué aún tenía el aparato en la mano.

A la mañana siguiente, mientras esperaba el ascensor para ir al trabajo, envié un mensaje a Inés. Le pregunté si conocía a alguien con quien pudiera hablar. Añadí que prefería una persona que no conociera a ninguno de los dos.