Eso no pasó así 9. Tus cosas
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9. Tus cosas

Inés me llamó para preguntar qué quería hacer con mis cajas.

—¿Qué cajas?

—Las del cuarto de mamá. Las que trajiste cuando te fuiste a vivir con Andrés.

Habían pasado once años. Recordaba haber dejado allí apuntes, fotografías y algunas herramientas de mi padre que todavía vivía por entonces. Pensaba que después me lo había llevado casi todo.

—Mamá quiere poner una cama más cómoda —explicó—. Hay que vaciar el armario.

Le dije que iría el sábado por la mañana. No lo consulté antes con Andrés. Lo anoté en el calendario, junto a las últimas dos tardes del primer bloque del curso.

Cuando lo vio preguntó si pensaba pasarme todo el día fuera.

—No lo sé. Depende de lo que haya.

—Podrías traerlo aquí y mirarlo con calma.

—No tenemos sitio.

—Siempre encontramos sitio para lo que hace falta.

Miré las estanterías. Había libros suyos en doble fila y un pequeño grupo de los míos en una balda baja, detrás de una figura que nos habían regalado.

No se lo señalé. Para alcanzar uno de mis libros tenía que apartar la figura y volver a ponerla mirando hacia fuera.

Lo hacía siempre sin pensarlo demasiado.

El sábado encontré seis cajas, no dos. Mi madre las había cubierto con una sábana para que no cogieran polvo. Inés había llevado bolsas de basura y rotuladores. Tenía una manera de empezar las tareas que dejaba poco espacio para la nostalgia.

—No hace falta que lo tires todo —dijo—. Solo decidir qué hacemos.

Abrí la primera. Había revistas de mecánica, un diccionario escolar, una calculadora que ya no funcionaba y un sobre con fotografías.

En la segunda aparecieron los apuntes de un curso antiguo.

Mi letra era más redonda que ahora. Había dibujado esquemas con paciencia, usando colores distintos para que se entendieran.

—Qué ordenado eras —dijo Inés.

—Sigo siéndolo.

Me miró, sorprendida por mi tono.

—No he dicho que no.

Me agaché sobre la caja.

—Ya. Perdona.

Inés me acercó otra bolsa sin decir nada. La abrí con demasiado cuidado. Había hablado con mi hermana como si llevara horas discutiendo con ella.

Encontramos un casete sin carátula. Mi hermana quiso tirarlo, pero le pedí que esperara. No sabía qué había grabado. Probablemente canciones de la radio o alguna voz que ya no podíamos escuchar de otro modo.

—Tendrás que encontrar dónde ponerlo —dijo.

Lo dejé en el montón de conservar.

Mi madre entró para ofrecer café. Se quedó mirando una fotografía en la que mi padre me enseñaba algo dentro del motor de un coche. Yo debía de tener quince años. Su mano aparecía apoyada en mi hombro, pero no me estaba abrazando; intentaba apartarme para ver mejor.

—Siempre estabais con algo desmontado —comentó.

No siempre. Hubo una época en que mi padre dejó de entrar en los sitios donde yo estaba. Fue después de saber que me gustaban los hombres. No gritó ni me echó. Simplemente empezó a preguntar por mí a mi madre cuando yo estaba delante. Tardamos bastante en volver a hablar sin intermediarios.

También hubo un día en que me pidió ayuda para llevar un armario y dijo que podía venir Andrés, si le apetecía. Yo le di a esa frase más importancia de la que él habría reconocido. Me la repetí camino de casa, incluyendo el «si le apetece».

Mi madre dejó la foto encima de la cama.

—Voy poniendo el café.

Inés esperó a que saliera.

—¿Estás bien?

Me senté en el suelo.

—Últimamente me lo pregunta todo el mundo.

—Será por algo.

—O porque tengo mala cara.

Se sentó a mi lado. Las rodillas le crujieron y se quejó de que ya no podía hacer esas cosas sin pensarlo antes. Durante un momento hablamos de hacernos mayores. Inés sacó del bolsillo las medidas de la cama nueva.

—No cabe con la cómoda donde está —dijo—. Y mamá dice que la cómoda no se mueve.

—La cómoda sí se mueve. El problema es mamá.

Mi hermana se rio. Había ido dos veces a la tienda esa semana; yo ni siquiera sabía que ya tuvieran un modelo elegido.

—El próximo día voy contigo —dije.

—El próximo día tienes que venir con un metro. Conmigo ha ido bastante gente.

Guardó el papel. Me habría gustado seguir hablando de dónde poner la cómoda.

—¿Qué pasa con Andrés? —preguntó al final.

Cogí un cuaderno y empecé a pasar páginas. Había una lista de herramientas que quería comprar cuando tuviera dinero. Algunas las había comprado. Otras ya no se utilizaban en el trabajo que hacía.

—No sé si puedo contártelo sin que cambie todo.

Mi hermana no respondió deprisa.

—¿Todo qué?

—Lo que piensas de él. Las comidas. Mamá preguntando. Que luego estemos bien y no sepamos dónde poneros a vosotros.

Inés apoyó los brazos en las rodillas.

—Puedo escuchar sin llamar a nadie.

—Luis también dijo eso.

Se volvió hacia mí. No me pidió enseguida que explicara esa frase. Esperó a que quisiera hacerlo.

Le conté primero lo de Luis, porque era más fácil estar enfadado con él. Después hablé de la cena y de la escalera. Añadí, casi sin respirar, que Andrés no me había pegado.

Mi hermana me miró como si no supiera qué hacer con esa aclaración.

—No te estaba preguntando eso.

—Ya, pero... No quiero que pienses una cosa que no es.

—Estoy intentando escuchar la que sí es.

Lo dijo con más dureza de la que pretendía. Se disculpó enseguida. Yo empecé a llorar y me enfadé porque me parecía una forma poco seria de contar algo que llevaba tanto tiempo organizando.

Inés me puso una mano en la espalda. No la movió. Me dejó respirar hasta que pude seguir.

—A veces creo que estoy exagerando —dije—. Luego intento decirle algo y termino sin saber qué estaba pidiendo.

—¿Tienes miedo de él?

Negué. Después dije que no sabía.

Pensé en Andrés descalzo por la cocina, preguntándome qué me pasaba. Me imaginé intentando contarle aquello a Inés mientras él me escuchaba. Me dio vergüenza hasta pensar en la expresión que pondría.

Inés esperó. No parecía necesitar que yo eligiera una respuesta de inmediato.

—Me da miedo cómo vamos a acabar si digo que no —añadí.

Mi madre nos llamó desde la cocina. Contestamos los dos al mismo tiempo que ya íbamos.

Inés se levantó y me tendió una mano. No la cogí. Me apoyé en el borde de la cama y me levanté despacio. Ella bajó la mano sin comentar nada.

Antes de salir del cuarto me dijo que podía quedarme allí a dormir cuando necesitara. En su casa, no en la de nuestra madre. Tenían un cuarto pequeño donde guardaban la plancha y algunas cajas de Sergio.

—No te estoy diciendo que te vayas hoy —aclaró—. Te estoy diciendo que hay un sitio.

Asentí sin mirarla.

Tomamos café. Mi madre preguntó si había que llevar algo al punto limpio.

Le dijimos que todavía no. Óscar llamó por teléfono a Inés para preguntar qué había de comer.

Ella le dijo que mirara en la nevera. Mientras Inés hablaba, mi madre echó un poco más de café en mi taza. No le dije que ya tenía bastante.

Me llevé tres cajas. Las otras quedaron separadas entre lo que podía donarse y lo que había que revisar otro día. Inés escribió mi nombre en cada una con un rotulador negro.

—Por si se mezclan —dijo.

En el coche llamé a Andrés. Le conté que llevaba algunas cosas y que necesitaría hacer sitio.

—¿Muchas?

—Tres cajas.

Suspiró.

—Bueno. Ya veremos dónde las metemos.

Al llegar me ayudó a subirlas. No discutimos. Miró el casete, se rió de que yo guardara semejante reliquia y quiso saber qué tenía grabado. Le dije que no lo sabía.

—Podemos buscar un aparato —propuso.

Le di las gracias. Después abrí la conversación con Inés y escribí: «Andrés me ha ayudado a subirlo todo». Me quedé mirando la frase. Ella todavía no me había escrito y yo ya estaba enviándole un parte de cómo seguíamos. Lo borré.

Pusimos dos cajas en lo alto del armario. La tercera se quedó detrás de la puerta del cuarto verde.

—Solo hasta que lo ordenes —dijo Andrés.

Asentí. Después de cenar saqué de la caja un cuaderno y el sobre de fotografías. Los dejé en mi mesilla, ocupando parte del espacio donde solía poner el teléfono.

Mi hermana escribió al cabo de un rato: «¿Has llegado bien?».

Respondí que sí. Añadí que no le contara nada a mamá.

«No lo haré», contestó. «Lo que me has contado es tuyo».

Leí el mensaje varias veces. Después apagué la pantalla y coloqué el cuaderno encima, sin abrirlo todavía.