8. El historial
En la primera clase del curso nos pidieron que contáramos un problema reciente sin explicar todavía cómo lo habíamos resuelto.
Éramos doce. Había responsables de edificios, un hombre que trabajaba en una residencia, dos personas de una empresa de instalaciones y una mujer que llevaba el mantenimiento de un colegio. Yo elegí la humedad del hotel.
A los treinta segundos ya estaba hablando de la conducción.
—Todavía no —me interrumpió el profesor—. Primero, qué sabías cuando te avisaron.
Volví al principio. Una mancha en la segunda planta, otra más pequeña en la primera, ninguna pérdida visible en las habitaciones superiores. Me preguntó quién había comprobado cada dato. Tuve que consultar el parte.
La mujer del colegio levantó la mano.
—A mí me pasa que me cuentan una avería y enseguida les digo lo que creo que es. Luego dejan de contarme lo demás.
Se llamaba Eva. Tenía el pelo corto y una carpeta tan llena que no cerraba bien.
Durante el descanso me preguntó de qué hotel venía.
Le dije el nombre y resultó que había celebrado allí una comunión muchos años antes.
Recordaba la escalera principal y una camarera que llevaba los platos como si no pesaran.
—La escalera sigue —dije—. De la camarera no sé.
Nos reímos. Compramos café en una máquina que tardó una eternidad en devolver el cambio. Eva me contó que había empezado trabajando de conserje y que aprendió a hacer cosas porque el presupuesto nunca llegaba para llamar a nadie. Yo le hablé de Gabi. No hablamos de nuestras parejas.
Al salir tenía seis mensajes de Andrés. Dos eran sobre la cena. Uno preguntaba dónde estaba una fuente. Los otros tres decían que Elisa necesitaba ir a una consulta el sábado porque le habían cambiado la cita.
Llamé mientras caminaba hacia el coche.
—Salgo ahora.
—Ya he cenado —dijo.
—Pensaba que íbamos a cenar juntos.
—No sabía a qué hora llegarías.
Había dejado las horas del curso en el calendario y se las había enviado por mensaje. Se lo recordé. Contestó que tenía demasiadas cosas en la cabeza para acordarse de todo.
Pregunté por Elisa. No era una urgencia; una revisión que se había movido al sábado por la mañana en la clínica donde la atendían. Andrés tenía una visita técnica al centro cultural.
—Puedo llevarla yo —dije.
Pensé en la comida de Tomás. La consulta acabaría antes. Podía hacer ambas cosas. Le recordé a Andrés que el sábado había quedado en el taller; se lo había contado el lunes, mientras guardábamos la compra. Dijo que no creía que tardaran mucho en la clínica.
—Gracias. A mí me quitas un peso de encima.
Cuando llegué, Andrés estaba preparando documentación en el despacho. Me señaló un plato tapado en la cocina y preguntó cómo había ido el curso sin apartar la vista de la pantalla.
Le conté el ejercicio de la avería. Respondió que parecía interesante. Me senté a comer. Al terminar seguía trabajando. Fregué el plato y me acosté.
El sábado llevé a Elisa a la consulta. La recogí a las nueve y media, aunque la cita era a las once. Siempre quería llegar pronto por si había que hacer algún trámite. Le ajusté el asiento del coche y esperé a que encontrara las gafas dentro del bolso.
—Mi hijo no para —dijo.
—Está con el estreno.
—Tú tampoco paras.
Lo dijo mirándome. Yo estaba comprobando que llevara el cinturón bien puesto. Le pregunté si el asiento iba demasiado atrás y me dijo que la dejara, que estaba cómoda.
En la sala de espera sacó un caramelo y me ofreció otro. Me preguntó por mi madre. Le enseñé una fotografía del cumpleaños. Comentó que el pelo recogido le quedaba bien.
Nos atendieron con retraso. A las doce y media todavía esperábamos unos papeles. Escribí a Tomás para decirle que llegaría tarde. Contestó que no había prisa, que la comida no tenía horario de restaurante.
Elisa salió del despacho con ganas de hablar. Quiso que la acompañara a la farmacia y después propuso comer en casa porque había hecho sopa.
—No te vas a ir sin probarla.
—He quedado.
Me oyó perfectamente. Se quedó un momento mirando la receta y luego la dobló despacio.
—Claro. Tú tendrás tus cosas.
Era una frase que podría haber sido comprensiva. Yo la escuché como una decepción.
Llamé a Andrés para preguntarle a qué hora terminaría. Dijo que no lo sabía y que, si podía, me quedara con su madre a comer.
—Está un poco nerviosa con las consultas.
—Le han dicho que está todo bien.
—Ya, Julián. Pero es mayor. No es solo lo que le digan.
Me quedé con Elisa. Le escribí a Tomás una explicación larga que borré para enviar otra más breve: «Se ha complicado la mañana. Lo dejamos para otro día».
Él respondió: «Vale. Cuidaos».
No hubo reproche. Me pareció que lo merecía.
Durante la comida Elisa me contó una historia de Andrés cuando era niño. Había organizado una función en el patio del colegio y se pasó una semana recortando entradas de papel. No dejaba que nadie entrara sin una, ni siquiera las madres que habían ido a recogerlos.
Se rió al recordarlo. Yo también. Quiso enseñarme una fotografía de aquella función, pero no recordaba en qué álbum estaba. Me pidió que se lo preguntara a Andrés, a ver si él sabía. Yo recogí los platos.
Al volver a casa, Andrés había terminado antes de lo previsto. Estaba tendiendo ropa.
—Podrías haberme dicho que habías salido —comenté.
—¿Para qué?
—Para ir tú con tu madre. Yo había quedado con Tomás.
Se volvió con una camiseta entre las manos.
—No sabía que seguías con ese plan.
—Te dije que me había invitado.
—Y tú te ofreciste a llevar a mi madre.
—Porque tenías trabajo.
—No te obligué.
Le dije que no estaba hablando de obligarme, sino de avisarme cuando había acabado. Andrés dejó la camiseta en el cesto.
—Estás haciendo que parezca que me he aprovechado de ti. Te ofreciste tú. Mira el mensaje.
Lo busqué. No había un mensaje en que me ofreciera porque lo había dicho por teléfono, pero sí uno posterior: «La recojo a las nueve y media. No te preocupes».
Andrés señaló la pantalla.
—Ahí lo tienes.
El mensaje era mío. Volví al anterior, que hablaba del detergente. La llamada no aparecía ahí. Bloqueé el teléfono antes de que Andrés pudiera señalar otra vez la hora y las palabras que yo mismo había escrito.
Me guardé el móvil.
—Solo quería que me avisaras.
—Pues dilo así desde el principio.
Volvió a tender. Yo me quedé en la puerta de la cocina, tratando de recordar si no había empezado precisamente de ese modo.
Aquella tarde repasé conversaciones antiguas. Empecé por Tomás. Había un mensaje suyo con la dirección de un restaurante y otro, una semana después, preguntando qué tal estaba. Entre los dos, yo le había escrito que al final no iba a poder. Le debía una llamada desde entonces.
Seguí con otras conversaciones. Una comida con mi hermana.
El cumpleaños de un compañero. Un fin de semana con Tomás que había terminado reducido a un café.
Había mensajes de Andrés preguntando por horarios y otros completamente cariñosos.
También había silencios: conversaciones mantenidas de palabra que no aparecían en ninguna pantalla.
Busqué la palabra «sábado» y aparecieron más resultados de los que esperaba. Dejé de leerlos a mitad. La pantalla se había oscurecido dos veces mientras yo seguía repasando el mismo intercambio.
Abrí la nota de casa y escribí lo ocurrido con Elisa. Puse la hora de la consulta, el retraso y la invitación a comer. Añadí que yo me había ofrecido. Lo había dicho antes de preguntar cuánto duraría la consulta; también apunté eso.
Después escribí: «Que yo me ofreciera a llevarla no significa que no pudiera necesitar que me avisaran».
La frase me resultó extrañamente difícil. La releí como quien comprueba una cuenta sencilla porque desconfía del resultado.
Andrés entró en el salón mientras yo seguía con el teléfono.
—¿Qué haces?
—Apuntar unas cosas.
—¿Del curso?
Negué.
No preguntó más. Cogió la tableta que utilizábamos para ver recetas y se fue a la cocina. Al desbloquearla apareció un momento mi foto en la esquina de la pantalla. Yo había dejado allí mi cuenta mucho tiempo antes, al descargar una aplicación.
Oí que buscaba algo en un cajón. Me preguntó dónde estaba la báscula. Le dije que debajo del escurridor y volví a mi nota. Al final añadí que tenía que llamar a Tomás. Había pasado toda la tarde mirando sus mensajes antiguos y aún no había contestado al de aquel día.