Eso no pasó así 7. Un domingo bueno
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7. Un domingo bueno

El domingo siguiente Andrés se despertó antes que yo y salió a comprar churros.

No los compraba casi nunca. Decía que el olor se quedaba en la casa y luego no apetecía comer otra cosa. Aquella mañana los dejó en una bolsa de papel abierta, al lado de dos tazas, y puso la radio muy baja para no despertarme.

Me despertó el olor de todos modos.

—Se te van a enfriar —dijo cuando aparecí.

Llevaba el pijama con una chaqueta encima. Había bajado así a la calle. Me hizo gracia imaginarlo esperando en la cola, con la dignidad que conservaba incluso cuando iba vestido de cualquier manera.

—Podrías haberme avisado.

—Dormías bien.

Era verdad. Había dormido casi ocho horas seguidas, algo que empezaba a parecerme un lujo. Me senté a su lado. Él partió un churro por la mitad y me dio el trozo más grande.

Hablamos de la semana que venía. Andrés tenía una reunión con unos músicos y yo empezaba el primer bloque del curso. Me preguntó si necesitaba que cenáramos más tarde esos días.

—Puedo dejarme algo preparado.

—No hace falta. Ya me encargo yo.

Lo dijo sin añadir lo ocupado que estaría. Sentí una gratitud tan inmediata que me dio vergüenza reconocer cuánto la había estado esperando.

Después del desayuno propuso ir al mercado de segunda mano. Hacía sol. Bajamos andando, despacio, sin discutir por la ruta. Yo llevaba una chaqueta que tenía desde antes de conocerlo. Andrés me subió un poco el cuello porque lo tenía doblado hacia dentro.

En los puestos había libros, lámparas, discos y vajillas incompletas.

Una mujer vendía herramientas sobre una manta.

Me agaché a mirar un cepillo de carpintero.

El mango estaba gastado por un lado, según la manera en que lo hubiera sujetado su dueño.

Pensé en cuánto tiempo hacía falta para dejar una marca así.

—¿Te gusta? —preguntó Andrés.

—No lo necesito.

—No te he preguntado eso.

Le sonreí. La mujer nos dijo un precio y yo le expliqué que tendría que comprobar la hoja. Me dejó hacerlo. Al final no lo compré; estaba demasiado dañada y habría pasado más tiempo reparándolo que utilizándolo.

Andrés no se impacientó. Se quedó mirando una caja de postales mientras yo hablaba con la mujer.

En otro puesto encontró un libro que llevaba tiempo buscando.

Lo abrió con cuidado, pasó varias páginas y me leyó dos líneas de la dedicatoria escrita a mano.

No eran de un escritor conocido, sino de alguien que lo había regalado muchos años antes.

Hablaban de un viaje que no había llegado a hacerse.

—Qué pena que acabara aquí —dijo.

—A lo mejor se murieron de viejos y felices.

Me miró y se echó a reír.

—Tienes razón. Yo ya les había organizado una desgracia.

Compró el libro. El vendedor lo metió en una bolsa de una frutería.

Más adelante nos encontramos con Celia, una mujer que había trabajado en varias actividades del centro.

Estaba con su hijo pequeño y parecía nerviosa porque no conseguía que una tarjeta funcionara en el teléfono.

Andrés se quedó con ella unos minutos. Le explicó que había llamado a una persona del equipo para asegurarle un trabajo el mes siguiente, pero que todavía no podía prometerle una fecha.

—No te preocupes —le dijo—. En cuanto sepa algo te llamo.

Celia le dio un abrazo largo. Él le preguntó al niño por un diente que se le había caído. El niño abrió la boca para enseñárselo.

Seguimos caminando. Andrés no comentó el encuentro. Celia nos adelantó unos minutos después. Llevaba al niño de la mano y alzó la otra para despedirse. Andrés le devolvió el saludo y siguió mirando los discos.

Comimos en una terraza. El camarero nos ofreció una mesa junto al sol y Andrés preguntó si yo prefería sombra. Elegí la sombra. Nos sentamos allí.

Pedí un plato que a él no le gustaba. No hizo ningún comentario. Me contó una discusión absurda entre dos personas del trabajo que querían aparecer en el mismo tamaño en un cartel. Las imitó a ambas sin parecerse a ninguna y me hizo reír hasta que me dolió un poco el costado.

Yo le hablé del aparato de Óscar. Andrés escuchó. Me preguntó por mi madre y dijo que teníamos que invitarla a comer un domingo, con tiempo, para que no fuera siempre yo quien hiciera el viaje.

Pensé que aquello era una vida razonable.

Dos hombres de nuestra edad, después de once años juntos, podían tener malas épocas y tardes como esa.

No todas las parejas tenían que vivir con una alegría permanente.

Yo tampoco era fácil. A veces me quedaba encerrado en una preocupación y respondía con monosílabos.

Otras quería solucionar problemas que nadie me había pedido que solucionara.

Andrés acercó la cesta del pan y me preguntó si quería el último trozo. Lo partí para los dos.

Al volver entramos en una tienda de ropa. Andrés necesitaba una camisa para el estreno de noviembre. Se probó tres y me pidió opinión desde el probador, abriendo apenas la cortina.

La segunda le quedaba bien de hombros, pero él dijo que le marcaba demasiado el abdomen.

—A mí me gusta —contesté.

—Tú no eres objetivo.

—No he venido a ser objetivo.

Se quedó mirándome un momento. Después sonrió de una manera que no veía desde hacía tiempo.

Compró esa.

En casa se quitó la chaqueta, dejó el libro sobre la mesa y me abrazó en medio del salón. Yo lo sujeté por la cintura. Tenía la piel caliente en la nuca y la barba le raspaba un poco contra mi mejilla. Me apeteció besarlo. Lo hice sin preguntarme qué arreglaría ese beso.

Pasamos la tarde juntos, primero en el dormitorio y después en el sofá, medio dormidos. No hubo una conversación importante. Tampoco una promesa. Andrés apoyó los pies en mis piernas y yo le acaricié un tobillo mientras veía una película que ya había empezado.

Cuando se levantó para hacer café me dio un beso en la frente.

—Qué bien estamos así —dijo.

Asentí.

Lo oí abrir el lavavajillas en busca de tazas. Me había quedado su calor en las piernas. Pensé en contarle a Luis dónde habíamos comido, mandarle una foto del libro. No tenía ninguna y no iba a levantarme para hacerla. Me estiré en el sofá, ocupando también el sitio de Andrés.

El teléfono vibró sobre la mesa. Era Tomás. Preguntaba si me apetecía pasar por el taller el sábado siguiente. Iban a comer allí con Miguel y una amiga que yo no conocía.

Le respondí que lo miraba y le decía algo. Después dejé el teléfono boca abajo.

Andrés regresó con el café.

—¿Quién era?

—Tomás.

Lo dije. Podría haber hablado de un mensaje del trabajo, pero acabábamos de tener un día demasiado bueno para estropearlo yo solo con una mentira.

Andrés colocó mi taza en el posavasos.

—Hace tiempo que no sabíamos de él.

—Nos escribimos el otro día.

—Ah.

Esperé.

—¿Está bien? —preguntó.

—Creo que sí.

Andrés se sentó. No hubo ningún reproche. Durante unos minutos me sentí ridículo por haberlo anticipado.

Iba a decirle lo de la comida cuando empezó una escena de la película que quería ver. Esperé a que terminara. Después él recibió una llamada del trabajo y se fue al despacho. Cuando volvió había que pensar en la cena.

No se lo dije aquella noche. Me lo guardé para el día siguiente. Habría que hablar de horarios, de si volvería a cenar, quizá del tiempo que hacía que no lo veía. Andrés se había sentado otra vez a mi lado y me apetecía quedarme allí.

Antes de acostarme abrí la nota donde había escrito lo de la cena. Añadí: «Hoy hemos estado bien. Churros, mercado, comida fuera. Me he sentido querido».

Lo leí dos veces. La frase era cierta. La dejé junto a las otras, sin borrar ninguna.