6. Lo que faltaba en la foto
Mi madre cumplía setenta y seis años el primer domingo de noviembre. Inés había reservado una mesa en el restaurante de siempre, a las afueras del pueblo, y llevaba dos semanas preguntando cuántos íbamos a ser.
Andrés se levantó con dolor de cabeza.
Le llevé agua, bajé la persiana y fui a la cocina para llamar a mi hermana. No sabía todavía qué iba a decirle. Me quedé mirando su nombre en la pantalla hasta que Andrés me llamó desde el dormitorio.
—Tú ve —dijo cuando entré—. No voy a estropearle el cumpleaños a tu madre.
—Puedo llegar más tarde.
—Como quieras.
Le preparé algo de comer para que lo tuviera listo. Dejé un plato tapado en la nevera, puse una lavadora y bajé la basura. Cuando salí había pasado casi una hora desde que dijo que fuera.
En la carretera ensayé una explicación para el retraso. El dolor de cabeza era verdad. No necesitaba inventar nada. Aun así, me oí decir en voz alta que habíamos pasado mala noche. Lo repetí al adelantar un camión. Cuando vi el desvío del restaurante dejé de hablar.
Mi madre estaba sentada junto a la ventana del restaurante.
Llevaba una blusa azul y unos pendientes que solo se ponía cuando alguien tenía que ayudarla a cerrar el broche.
Inés le había recogido el pelo por detrás.
Mi sobrino Óscar miraba el teléfono con la paciencia teatral de los diecisiete años.
—Ya pensábamos pedir sin ti —dijo mi hermana.
—Perdona. Andrés no se encuentra bien.
Mi madre preguntó qué le pasaba. Se lo expliqué y añadí que nada grave, solo dolor de cabeza, antes de que empezara a preocuparse de verdad.
—Dale un beso —dijo.
Sergio, el marido de Inés, me acercó una silla. Se había sentado en el extremo para poder estirar una rodilla que llevaba meses molestándole. Le pregunté si había ido al médico. Mi hermana respondió por él que todavía no.
—Estábamos esperando a que vinieras tú a insistir —añadió.
Se rieron. Sergio levantó las manos, resignado. Yo también me reí, pero me quedé observando si le había molestado. Al cabo de un momento él dijo que estaba harto de que contaran su vida como si fuera un niño. Inés se volvió hacia él.
—Tienes razón. Perdona.
Después le preguntó qué quería beber. Sergio pidió una cerveza y se apartó un poco para que el camarero pudiera dejar la cesta del pan. Inés le pasó la carta, que yo había dejado encima de la mesa.
Pedimos demasiado. Mi madre quería probar varias cosas y no terminaba ninguna. Inés le cortó un trozo de carne sin interrumpir la conversación que mantenía con Óscar sobre un examen. Él protestó porque todos preguntábamos por los exámenes y nadie por otra cosa.
—¿Qué otra cosa quieres que te pregunte? —dije.
Me enseñó una fotografía de un pequeño aparato que estaba montando con un amigo.
Había piezas sujetas con cinta y un cable claramente fuera de sitio.
Le pregunté qué pretendían hacer. Se animó.
Durante diez minutos habló sin levantar la vista del teléfono, dibujando con el dedo el recorrido que debía seguir algo que todavía no existía.
—Cuando lo tengáis, me lo enseñas —le dije.
—Ya te lo mandé.
Me quedé quieto.
—¿Cuándo?
Buscó en nuestra conversación. Había un mensaje de junio con tres fotografías y una pregunta. Yo había respondido con un pulgar levantado. No recordaba haberlo visto.
—Perdona. Lo miraría deprisa.
—Da igual.
No daba igual del todo; lo noté en cómo guardó el móvil. Quise prometer que iría a verlo al fin de semana siguiente, pero no sabía si podría. Le pedí que me lo enseñara después de comer. Asintió y volvió a sacar las fotografías.
Andrés escribió mientras traían el postre. «¿A qué hora vuelves?». Miré el reloj. Todavía no eran las cuatro.
«Luego te digo», contesté.
Me pareció una respuesta seca. Añadí: «¿Estás mejor?».
No respondió.
Fuimos a casa de mi madre a tomar café. Había sacado álbumes porque Inés quería digitalizar algunas fotos antes de que se deterioraran. Los puso encima de una manta para no rayar la mesa. Mi padre aparecía en muchas con el mismo jersey, como si se hubiera negado a envejecer de otra manera.
Había muerto seis años antes. Durante sus últimas semanas Andrés me llevaba ropa limpia al hospital, contestaba llamadas y conseguía que yo comiera. Mi madre no había olvidado nada de eso. Yo tampoco.
—Aquí estabais recién juntos —dijo, señalando una fotografía en la que Andrés y yo sujetábamos una bandeja.
Él llevaba una camisa que ya no tenía. Yo había salido con los ojos medio cerrados y una expresión de felicidad que me dio pudor mirar delante de los demás.
—Qué guapos —dijo mi madre.
Pasó la página.
En la siguiente había una barbacoa de muchos años antes.
Tomás aparecía detrás de mí, con un delantal demasiado pequeño y unas pinzas en la mano.
Llevaba el pelo largo por entonces. Yo recordaba perfectamente esa tarde: se había puesto a llover, trasladamos la comida al garaje y terminamos jugando a las cartas encima de una puerta apoyada en dos caballetes.
—¿Sabes algo de él? —preguntó Inés.
—De vez en cuando.
Era mentira. Hacía más de dos años que no hablábamos.
Tomás había sido mi amigo desde que hicimos juntos unas prácticas.
Nos ayudamos en mudanzas, nos prestamos dinero sin llevar una cuenta exacta y nos acompañamos a comprar ropa para acontecimientos que nos daban pereza.
Él fue la primera persona a la que le dije que me gustaban los hombres sin rodearlo de una broma.
—A mí también —respondió.
Seguí sujetando el radiador mientras él buscaba los tornillos. Después me preguntó si había alguien en particular. Le dije que todavía no.
Andrés no llegó a prohibirme que lo viera.
Decía que Tomás hablaba demasiado alto, que a veces bebía de más, que sus bromas podían resultar incómodas para otra gente.
Algunas de esas cosas eran ciertas. Tomás también había dicho una noche que Andrés debía de cobrar por corregir a los demás.
Yo me enfadé con él. De ahí pasamos a vernos menos, luego a quedar solo cuando iba yo al pueblo y, finalmente, a enviarnos felicitaciones que se respondían con retraso.
Miré la fotografía. No había rastro de todo eso. Tomás tenía la boca abierta, a mitad de una frase, y yo estaba volviéndome hacia él.
—Sigue en el taller —dijo Inés—. Ahora está con Miguel. Llevan unos años.
Yo sabía que existía Miguel, pero no cuánto tiempo llevaban. Dije que sí, que claro.
Mi madre se levantó para buscar una caja de galletas. Intenté hacerlo por ella. Me apartó con suavidad.
—Puedo andar, hijo.
Me quedé sentado. Mi madre abrió el armario, cambió una caja de sitio y sacó las galletas sin pedirme nada más.
Inés siguió pasando páginas. Encontró una fotografía de mi primer piso. Detrás de mí aparecía una pared con varios agujeros mal tapados.
—Qué desastre de salón tenías.
—No estaba tan mal.
—Había una lámpara sin pantalla durante un año.
—Daba luz igual.
Nos reímos. Mi madre volvió con las galletas y dijo que, por lo menos, siempre tenía algo para invitar a comer. Yo recordé los domingos en que venían amigos sin avisar. Comprábamos pan, abríamos latas y poníamos lo que hubiera. A veces la comida era mala. Nadie volvía a casa ofendido por eso.
El teléfono vibró en mi bolsillo. Andrés había respondido: «Sigo igual. No te preocupes».
Me levanté.
—Me tengo que ir.
Inés miró el reloj.
—¿Ya?
—Para ver cómo está.
—¿Necesita que lo lleves a algún sitio?
—No. Pero está solo.
Mi hermana cerró el álbum con demasiada fuerza.
—Tú también estás solo muchos fines de semana cuando él trabaja.
—Es diferente.
—¿Por qué?
No tenía ganas de explicarlo. Me puse la chaqueta. Inés se levantó para acompañarme hasta la puerta y, cuando mi madre fue a buscar una bolsa con sobras, bajó la voz.
—No quiero discutir. Solo me gustaría que alguna vez te quedaras sin mirar la hora.
—Estoy aquí.
—Sí. Lo sé.
Parecía cansada. Me preguntó si había dejado algo en el salón. Negué y me quedé en el pasillo, buscando qué decirle.
Le dije que lo sentía. Ella me tocó el brazo.
—No te estoy pidiendo que pidas perdón. Te estoy diciendo que te echo de menos.
Mi madre volvió con la bolsa. Me dio dos recipientes y un trozo de tarta para Andrés. Óscar salió de su cuarto con el aparato que estaba construyendo. Lo traía con las dos manos.
—¿Te vas?
Me quité la chaqueta otra vez.
—Enséñamelo.
Nos sentamos en el suelo del pasillo porque allí había más luz. Le señalé un cable que convenía revisar y le pedí que me explicara el resto antes de tocar nada. Había pensado una solución que yo no conocía. Lo escuché.
Llegué a casa casi una hora después de lo que habría llegado si me hubiera ido al primer mensaje. Andrés estaba en el salón, viendo una película. Dijo que se había tomado algo y parecía estar mejor.
Le entregué la tarta.
—No me apetece dulce —contestó.
La guardé en la nevera.
Esa noche, antes de acostarme, busqué a Tomás en el teléfono. Teníamos una felicitación de Navidad sin responder. Era mía. La anterior era suya.
Escribí que había visto una foto de la barbacoa del garaje y que me había acordado de él. No añadí ninguna excusa por el tiempo transcurrido.
Respondió con una fotografía del mismo garaje, ahora lleno de estanterías.
«La puerta sigue aquí. Por si hay que poner la mesa».
Me quedé mirando la imagen. En una esquina se veía un hombre sujetando una taza. Supuse que era Miguel, aunque no estaba seguro. Le pregunté.