Eso no pasó así 5. El turno de mañana
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5. El turno de mañana

El lunes confundí dos números de habitación y dejé a un hombre esperando en pijama en el pasillo por una avería que no era la suya.

No pasó nada grave. Recepción había bloqueado la trescientos dieciocho y yo apunté la trescientos ochenta y uno en el parte de trabajo.

Esa habitación ni siquiera existía en el hotel.

Gabi había encontrado también una queja de la trescientos dieciséis sobre una mancha y supuso que hablábamos de la misma.

Fue a comprobarlo. El huésped salió para enseñarle una mancha que no tenía relación con la avería.

Yo llegué cuando los dos estaban discutiendo si la mancha era anterior a su estancia.

—El error es mío —dije.

El hombre me miró. Tendría mi edad. Llevaba unas zapatillas de viaje, de esas que apenas separan los pies del suelo.

—¿Entonces puedo volver a acostarme?

—Claro. Disculpe.

Le prometí que recepción lo llamaría más tarde por lo de su pared. No intenté convencerlo de que la confusión había sido razonable.

Gabi esperó a que cerrara la puerta.

—En el parte pone ochenta y uno.

—Ya lo he visto.

Me salió con sequedad. Él bajó la mirada hacia la carpeta.

Lo llamé antes de que llegara al ascensor.

—Perdona. Lo he escrito mal yo. Has hecho bien en preguntarlo.

Asintió, aunque tardó un rato en recuperar su manera habitual de hablarme. Tenía veintiséis años y la costumbre de llevar siempre un lápiz detrás de la oreja, incluso cuando estaba buscando otro para anotar algo. Yo había aprendido a no cogerle aquel lápiz sin avisar. Al principio le daba un susto.

Trabajamos toda la mañana en el pasillo de la tercera planta. No abrimos hasta comprobar el estado de la zona y coordinarlo con recepción. La avería era pequeña; llegar a ella era lo complicado. Gabi acercó la escalera y me preguntó dónde debía colocarse para sujetarla.

—Ahí, pero deja libre el paso.

Mi teléfono vibró mientras estaba arriba. No lo cogí.

Volvió a vibrar.

—Te llaman —dijo Gabi.

—Que esperen.

La tercera vez bajé. Andrés quería saber dónde había guardado un recibo. Le expliqué que estaba trabajando.

—Solo te pregunto una cosa.

—No lo sé ahora.

—Lo dejé encima de la mesa. Tú recogiste.

Recordé que el sábado había colocado varios papeles en una bandeja del despacho. Se lo dije. Escuché cómo movía cosas al otro lado.

—Aquí no está.

Tenía a Gabi esperando con la escalera. Le hice un gesto para que empezara a ordenar las herramientas, aunque no había necesidad de ordenarlas todavía.

—Lo miro cuando llegue.

Andrés no contestó enseguida.

—Déjalo. Ya me buscaré la vida.

Colgó. Yo seguí sujetando el teléfono, dispuesto a llamar de nuevo para ofrecer una solución más satisfactoria.

—¿Todo bien? —preguntó Gabi.

—Sí. Un papel que no aparece.

Volví a subir. Me llevó varios minutos recordar exactamente en qué punto del trabajo estaba.

A media mañana Marina nos reunió en el despacho de dirección.

Quería saber cuánto tiempo tendríamos cerrada la habitación.

Gabi había traído fotografías y yo, las medidas.

Explicamos el problema. Marina preguntó por las dos plantas de abajo y por el ruido que haríamos al abrir.

Tenía una llegada de grupo el miércoles.

Acercó una de las fotografías y quiso saber si necesitábamos cerrar también el pasillo.

—No puedo vender una habitación así —dijo al final—. Hacedlo bien y decidme una fecha realista.

Le dimos dos días para la reparación y el secado, más el remate de pintura. Marina lo anotó. Después me pidió que me quedara un momento.

Pensé en el error del parte. Me preparé para explicarlo.

—He visto lo del curso —dijo—. Te autorizo las tardes, pero tenemos que organizar quién cubre.

La convocatoria estaba sobre su mesa, impresa en color.

—No quiero que lo hagas deprisa y luego faltes a la mitad —añadió—. Ya lo intentamos hace tres años.

Hacía tres años había renunciado a otra formación.

La madre de Andrés acababa de caerse y yo la llevaba dos tardes a rehabilitación.

En el hotel dije que tenía un problema familiar.

Andrés no me había prohibido asistir, pero tampoco había encontrado otra manera de organizar los traslados.

Cuando anuncié que dejaba el curso me agradeció que fuera una persona en la que se podía confiar.

Marina no sabía nada de eso. No tenía por qué saberlo.

—Esta vez iré —contesté.

—Necesito que me confirmes las fechas hoy. Y no te prometo un ascenso por hacerlo. Estamos revisando los puestos, ya lo sabes.

—Lo sé.

Asintió y me entregó la hoja.

Al salir fui al vestuario. Me senté en el banco, entre dos bolsas de deporte, y comprobé las seis tardes.

No coincidían con ninguna obligación que yo conociera.

Abrí el calendario compartido con Andrés.

Había una cena de su trabajo, una revisión de Elisa y un recordatorio para cambiar el seguro del coche. La revisión era por la mañana.

Escribí las fechas en mi propio calendario antes de enviárselas a nadie.

Comimos en el comedor del personal. Nadia se sentó enfrente con un plato de arroz que había traído de casa. Gabi estaba viendo vídeos sin sonido. En la pantalla una persona desmontaba algo tan deprisa que era imposible aprender cómo volver a montarlo.

—¿Eso te sirve para trabajar? —le preguntó Nadia.

—Para entretenerme.

—Ah, entonces sí.

Se rieron. Yo sonreí un segundo después, cuando comprendí que no tenía que participar más de lo que me apeteciera.

Nadia me miró por encima del tenedor.

—Tienes mala cara.

—No he dormido mucho.

—Pues hoy no te quedes de regalo.

Era como llamaba a las horas que yo echaba por terminar una tarea sin anotarlas. Marina decía que no las hiciera; luego siempre había algo que convenía resolver antes de irse.

—Hay que dejar cerrada la zona.

—Eso sí. Hacer el trabajo de mañana hoy, no.

Tenía una cita con su padre después del turno y llevaba toda la mañana calculando qué autobús debía coger. Miró el reloj de la pared y dijo que iba adelantado. Gabi comprobó el del teléfono: solo dos minutos. Nadia dejó de comer para enviar un mensaje.

Gabi se levantó a calentar una fiambrera. Nadia esperó a que se alejara.

—¿Es algo más que dormir poco?

La pregunta me encontró cansado. No tenía energía para preparar una versión elegante.

—En casa no estamos bien.

Asintió sin mover el tenedor.

—Lo siento.

Esperó. Yo también.

No sabía qué añadir. Si empezaba a contar lo del sábado, Gabi volvería antes de que hubiera terminado. Me quedé mirando el plato de arroz de Nadia y una pequeña rodaja de zanahoria que no había llegado a mezclar.

—No sé muy bien qué está pasando —añadí.

—¿Quieres que te pregunte o prefieres dejarlo?

Bajé la voz, aunque seguíamos solos en la mesa.

—Hoy prefiero dejarlo.

—Vale.

Gabi volvió con la fiambrera y nos explicó que se le había olvidado echarle sal. Nadia le señaló un sobre encima de la mesa. La conversación siguió.

A las tres y media terminé el turno. Antes de irme dejé corregido el parte de trabajo, comprobé que recepción conocía las habitaciones afectadas y envié la confirmación del curso a Marina. Después mandé las fechas a Andrés.

Contestó casi al momento: «No sabía que ya estaba decidido».

Escribí que se lo había contado el sábado. Borré la frase. El sábado lo había contado delante de otros y él podía sentirse, con razón, excluido de una decisión que afectaba a nuestras tardes. Añadí que lo hablaríamos al llegar.

La respuesta fue un pulgar levantado.

Me quedé diez minutos en el coche, dentro del aparcamiento de personal. El motor estaba apagado. Tenía las manos apoyadas en el volante y podía ver, a través de la rampa, un rectángulo de cielo bastante azul para finales de octubre.

Pensaba qué comprar para cenar, si quedarían sobras y cuánto tardaría en cambiar por fin la junta del baño. Podía dejar lo del curso para después de cenar. Si estaba con la televisión quizá sería mejor esperar, pero entonces se haría tarde.

Nadia pasó delante del coche de camino a la parada. Se inclinó para mirar por la ventanilla. La bajé.

—¿No arranca?

—Sí, sí. Ahora me voy.

Me estudió un instante, pero no preguntó más.

—Hasta mañana, Julián.

—Hasta mañana.

La vi alejarse deprisa, buscando algo en el bolso mientras caminaba. Esperé a que saliera del aparcamiento. Luego puse el motor en marcha.

En casa, el recibo estaba sobre la mesa. Andrés lo había encontrado dentro de una carpeta suya.

—¿Dónde estaba? —pregunté.

—Da igual. Ya está resuelto.

Guardé la compra. Aquella tarde no volvimos a hablar del papel. Sí hablamos, durante casi una hora, de las seis tardes del curso.