4. Una mesa para seis
Acepté la cena el viernes por la noche, después de hacer cuentas con el tiempo. Había pasado cuarenta minutos explicando por qué no me apetecía, y calculé que prepararla, sentarnos y recoger nos ocuparía unas cuatro horas. Seguir hablando podía llevarnos hasta el sábado.
No lo decidí de manera tan ordenada. Me escuché decir «bueno, que vengan» mientras doblaba una camiseta. Andrés respondió que tampoco me estaba obligando. Yo metí la camiseta en el cajón y di por terminada la conversación.
El sábado pusimos seis cubiertos. Vera había confirmado a última hora y traería a Mateo, que estaba ayudándola con unas fotografías para un recital. Andrés preparó carne al horno. Yo lavé hojas de lechuga, retiré las que tenían los bordes oscuros y puse las demás a secar sobre un paño.
—Así nunca vas a terminar —dijo, y vació el resto de la bolsa en el escurridor.
Aparté una hoja marrón. Él me vio y sonrió.
—Mi perfeccionista.
Me quedé con la hoja entre los dedos, sin saber qué podía hacer con ella que no resultara antipático.
Luis y Rafa llegaron a las nueve. Luis me abrazó y preguntó cómo estaba. Dijo las dos palabras muy juntas, sin la pausa que habría indicado una pregunta de verdad.
—Bien.
Me pareció que agradecía la respuesta.
Rafa traía una botella y unas flores para Andrés. Se las entregó con una solemnidad cómica y dijo que no podíamos seguir invitándolos a comer así porque iban a malacostumbrarse. Andrés lo llamó exagerado. Buscaron juntos un jarrón.
Cogieron el jarrón alto del salón. Lo había fregado yo dos días antes; el agua del ramo anterior olía tan mal que tuve que dejarlo en remojo. Fui a buscar las tijeras para cortar los tallos, pero Rafa ya tenía unas en la mano. Me volví a la cocina.
Vera apareció poco después con Mateo. Nos besamos en la entrada. Ella se quitó los zapatos porque venía de ensayar y le dolían los pies.
—No os importa, ¿verdad?
—En esta casa no hay protocolo —dijo Andrés.
Miré las servilletas dobladas junto a los platos. Era una afirmación que podía ser cierta para los invitados.
Durante la primera hora me relajé. Mateo contó una sesión de fotos en la que habían alquilado una bañera antigua sin comprobar si cabía por la puerta.
Vera añadió detalles que él prefería olvidar.
Luis imitó al encargado del hospital que llevaba meses anunciando que iban a cambiar las taquillas.
Rafa se atragantó de risa y Andrés le dio golpes suaves en la espalda.
Nos conocíamos desde hacía años. Había cumpleaños, enfermedades y vacaciones compartidas detrás de cada gesto.
Luis y yo habíamos pasado una tarde entera en urgencias con Mateo por un corte que se hizo preparando una barbacoa.
Todavía nos acordábamos de la camisa que llevó para ir al campo.
Vera la llamó su uniforme de explorador con cita posterior.
Me levanté a buscar pan.
—¿Has hecho tú esta salsa? —preguntó Vera.
Andrés levantó las cejas, fingiendo ofensa.
—¿A quién más vamos a atribuírsela?
—A mí no —dije desde la cocina—. Yo estoy en la comisión del pan.
Se rieron. La broma era mía y me hizo gracia. Volví a sentarme, contento de haber encontrado una manera de estar sin vigilarme.
Luis preguntó por la humedad del hotel. Le expliqué que abriríamos el techo el lunes.
—Y me he apuntado a un curso —añadí.
En realidad solo había enviado una solicitud a Marina, la directora. Utilicé «me he apuntado» porque, por una vez, quería hablar de algo como si fuera a suceder.
Andrés dejó de cortar la carne.
—¿Qué curso?
—El que te dije. De coordinación de mantenimiento.
No se lo había dicho. Había tenido intención de hacerlo; en algún momento esa intención ocupó el lugar de la conversación. Me di cuenta mientras terminaba la frase y sentí un calor rápido en la cara.
—No me has dicho nada —contestó.
—Pensaba que sí. Es por las tardes.
—¿Todas?
—Seis. En dos bloques.
Rafa me preguntó si serviría para ascender. Le expliqué que no lo sabía, que la empresa había hablado de reorganizar el departamento y convenía tener formación.
—Él ya coordina —dijo Andrés—. Lo que pasa es que a veces necesita un papel que se lo recuerde.
Sonrió hacia mí. No supe si era un elogio. Luis dijo que nunca venía mal que las cosas se reconocieran también en la nómina. La conversación siguió por ahí: los sueldos, la gente que se iba, las empresas que pretendían sustituir a dos trabajadores por uno.
Comí tres bocados seguidos. Andrés me llenó el vaso de agua sin preguntar.
Más tarde, cuando Vera hablaba de una actuación, Andrés apoyó la mano en mi rodilla debajo de la mesa. Yo la cubrí con la mía. Durante unos minutos me pareció que todo estaba bien otra vez.
El problema llegó con el postre. Rafa preguntó si al final pasaríamos el puente fuera.
—No tenemos nada decidido —dije.
—Estamos agotados —respondió Andrés al mismo tiempo—. Nos vendría bien desconectar.
Rafa asintió.
—Luis me dijo que andabas algo agobiado, Julián.
La cucharilla se me quedó en el aire. Miré a Luis. Él miró a Rafa y luego bajó los ojos hacia su plato.
—Por el trabajo —añadió Rafa—. A veces os exigís demasiado.
Andrés se volvió hacia mí despacio.
—¿Has estado hablando con Luis de eso?
Se me secó la boca. Oía el pulso en una oreja. Volví a apoyar la cucharilla en el plato, despacio, mientras Rafa partía otro trozo de tarta.
—Tomamos un café ayer.
—Ah.
No dijo más. Vera quiso saber si alguien había probado un restaurante que acababan de abrir. Mateo sacó el teléfono para enseñar una fotografía del local. Agradecí aquel desvío tanto que estuve a punto de darle las gracias en voz alta.
Andrés siguió siendo un anfitrión impecable.
Sirvió café. Recordó que Mateo lo tomaba sin leche.
Encontró unas galletas que, según dijo, había comprado pensando en Vera.
Yo solo podía mirar la mano con la que sujetaba la cafetera.
No temblaba. No golpeó nada. La mía dejó una pequeña mancha de café junto al mantel.
Luis me siguió a la cocina cuando fui a buscar las copas.
—No le he contado todo —dijo en voz muy baja.
Abrí el armario.
—Te pedí que no se lo contaras.
—Solo que estabas preocupado y que convenía no hacer demasiados planes.
Saqué dos copas. Luego otras dos.
—Lo siento.
—Ahora no.
Me costó decirlo. No porque quisiera seguir hablando, sino porque temía que él se ofendiera y perdiera al único hombre al que había conseguido contarle una parte.
Luis cogió las dos copas que quedaban y volvió al salón detrás de mí.
Antes de irse nos hicimos una fotografía. Vera puso el teléfono sobre una estantería, apoyado en un libro. Hubo que repetirla porque alguien salió con los ojos cerrados. En la segunda Andrés me rodeó los hombros. Yo me incliné hacia él y sonreí.
A las doce y cuarto cerramos la puerta detrás del último invitado.
—¿Qué le has dicho? —preguntó Andrés.
Todavía tenía la mano en el picaporte.
—Que no estaba bien.
—Eso ya lo he oído. ¿Qué más?
Fui hacia la mesa. Necesitaba una tarea. Empecé a poner las cucharillas dentro de un vaso.
—Le hablé de la otra cena.
Andrés se pasó una mano por la cara. Se quedó unos segundos mirando el techo, como si necesitara pedir paciencia a alguien que no estaba allí.
—No me lo puedo creer.
—Necesitaba hablar con alguien.
—¿Y yo qué soy?
—Contigo lo he intentado.
—No, Julián. Conmigo has repetido una acusación. Hablar es otra cosa.
Le dije que no quería volver a discutir aquella noche.
Contestó que resultaba muy cómodo soltar una bomba y acostarse.
Yo no había dicho que fuera a acostarme.
Señalar esa diferencia habría sido absurdo, pero me quedé pensando en ella mientras él enumeraba las personas a las que podía llegar el asunto.
Rafa trabajaba con gente a la que Andrés conocía.
Vera colaboraba de vez en cuando en el Centro La Estación.
Mateo hacía fotografías para varias actividades culturales.
La semana siguiente iban a verse en una presentación.
Vera había hablado de ella mientras tomábamos café; ahora intenté recordar quién más estaría allí.
—Van a pensar que soy un maltratador —dijo.
No había utilizado esa palabra. Me golpeó escucharla en su voz.
—Yo no he dicho eso.
—¿Entonces qué has dicho? Explícamelo. Porque no veo otra interpretación.
Intenté reconstruir la conversación con Luis. No pude repetir cada frase. Andrés me interrumpió para preguntar si también había contado que yo había gritado, si había mencionado el desayuno, si había explicado el estrés que él llevaba aquellos días.
—Estabas tú en esa cena —dije—. Yo no tengo que contarla como si no supieras qué pasó.
Me salió más alto de lo que pretendía.
Andrés señaló con la barbilla la pared que daba al vecino.
—Otra vez.
Bajé la voz tanto que casi dejé de oírme.
La discusión siguió en la cocina. Yo lavaba copas. Él las retiraba del escurridor porque no era ahí donde debían secarse. En algún momento dejé una con demasiada fuerza. El sonido fue seco, pero no se rompió.
Andrés la levantó para mirar el borde.
—Mira cómo te pones.
Cerré el grifo. Tenía los dedos enrojecidos por el agua caliente.
—Voy a dar una vuelta.
—Haz lo que quieras.
Fui a la entrada. Esta vez cogí las llaves delante de él. Las metí en el bolsillo, busqué el teléfono y abrí la puerta.
Andrés no me siguió. Tampoco intentó detenerme. Bajé por la escalera sin llamar al ascensor. En la calle olía a aceite de un bar que todavía estaba abierto. Caminé hasta la farmacia de guardia y regresé por la acera contraria.
Estuve fuera diecisiete minutos. Lo sé porque miré la hora al salir y al volver. Volví a comprobarlo cuando estaba dentro. Había restado mal y lo hice otra vez, apoyado junto al paragüero.
Andrés estaba terminando de recoger. Había guardado las sobras en recipientes y limpiaba el horno.
—Ya lo he hecho yo —dijo.
—Gracias.
No preguntó si me encontraba mejor. Yo no pregunté si seguía enfadado.
Dormimos de espaldas. Antes de apagar la luz recibí un mensaje de Luis: «He metido la pata. Lo siento de verdad». Otro, en el grupo de los seis, contenía la fotografía de la cena. Vera había escrito que había sido una noche estupenda.
Amplié la imagen. Se veía la mano de Andrés sobre mi hombro y una esquina de la mesa perfectamente recogida. Mi sonrisa no parecía falsa. Probablemente no lo era en el instante en que se tomó la foto.
Abrí la aplicación de notas del teléfono. La utilizaba para apuntar medidas y listas de compra. Escribí debajo de una que se titulaba «Casa»: «Yo no quería esta cena. Vinieron. Después discutimos porque hablé con Luis».
Estuve a punto de borrar la primera frase. Me pareció poco generosa con los demás. Al final la dejé.