3. Antes de las llaves
Conocí a Andrés porque una puerta no cerraba.
En el Hotel Aldama se celebraba un encuentro de pequeñas editoriales.
Yo llevaba dos años en plantilla y todavía procuraba estar disponible para todo, incluso para problemas que nadie había terminado de identificar.
Aquel sábado bajé al salón cuando recepción avisó de que una puerta estaba rota.
No estaba rota. Habían colocado detrás un expositor de cartón y una de las patas impedía que la hoja llegara al marco.
Andrés sujetaba una caja de libros contra el pecho. Tenía treinta y ocho años, dos más que yo, y un auricular que se le caía cada vez que inclinaba la cabeza.
—Dime que no hay que cambiarla —pidió.
Le enseñé el expositor.
—Basta con mover esto.
Cerré y abrí dos veces para que lo viera.
—He llamado a recepción como si se hubiera hundido el techo.
—No eres el primero.
Dejó la caja en el suelo y se echó a reír. Tenía un diente ligeramente montado sobre el de al lado. Años después se lo arregló; a mí me dio pena, aunque fui con él a la primera consulta y no dije nada.
Durante aquella mañana me llamó otras tres veces. Faltaba un alargador, había que bajar la calefacción, una autora quería agua sin que estuviera demasiado fría. Lo del agua no me correspondía, pero él pareció tan avergonzado al pedirlo que fui a buscar una botella a la cocina.
—Me estás salvando la vida —dijo.
—De momento solo estamos evitando la deshidratación.
No recuerdo de qué se rió más, si de mi respuesta o de mi cara al decirla. Me pidió el nombre. Cuando volvió a necesitarme ya no dijo «el de mantenimiento».
Al terminar apareció en el cuarto donde guardábamos las herramientas. Llevaba dos bocadillos envueltos en papel y una bolsa con mandarinas.
—No te he visto comer.
Me senté en una caja de filtros y él ocupó la silla del ordenador. Le advertí que tenía una rueda rota. Apoyó los pies en el suelo para estabilizarse.
Hablamos de trabajo. Andrés llevaba la organización de las jornadas por encargo de una asociación.
Acababa de pasar de una empresa grande a trabajar con un equipo pequeño y estaba aprendiendo que encargarse de una actividad cultural incluía también perseguir facturas, encontrar sillas y hacerse responsable de la temperatura del agua.
—La gente cree que me paso el día leyendo —dijo.
—¿Y lees?
—Menos de lo que me gustaría. ¿Tú?
Le dije que leía novelas de vez en cuando. Me preguntó por la última y le hablé de una que había dejado a la mitad. No me examinó. Quiso saber por qué la había abandonado. Contesté que todos los personajes parecían hablar igual, incluso cuando estaban enfadados, y que a mí eso me cansaba.
Andrés asintió con un interés que no parecía educado ni fingido.
—Es una buena razón.
Yo había esperado que defendiera el libro sin conocerlo. Me hizo otra pregunta. Respondí.
A las seis me quedé sin tema y empecé a limpiar una llave inglesa que ya estaba limpia. Él todavía no se iba.
—¿Trabajas mañana?
—Por la mañana.
—Entonces no te propongo salir hasta las cuatro.
Levanté la vista.
—¿Hasta las cuatro de qué?
—De la mañana. Era una exageración. A mi edad me duermo antes.
Me sostuvo la mirada. Yo llevaba un rato buscando alguna alusión a una mujer o a un hombre en lo que me contaba. Dejé la llave inglesa encima del trapo y le pregunté a qué hora salía él.
Fuimos a cenar a un sitio cerca del hotel. Yo me cambié de camiseta en el vestuario y llegué con la marca del cuello del uniforme todavía en la piel. Andrés pidió permiso antes de coger una patata de mi plato. Después cogió otras cuatro sin preguntar y me gustó esa confianza recién inaugurada.
Al despedirnos me dijo que quería volver a verme. No lo disfrazó de una posible coincidencia ni me obligó a descifrar cuánto interés era prudente mostrar.
Durante meses, esa claridad fue lo que más quise de él.
Yo ya había vivido con otro hombre. Una relación de cuatro años que acabó sin una escena importante, a fuerza de aplazar viajes y cenar a horas distintas.
También había pasado temporadas solo. Tenía un piso de alquiler pequeño y algunos sábados me tocaba a mí dar de cenar a los amigos.
Discutíamos de fútbol sin que a ninguno nos gustara demasiado.
A veces, cuando se iban, salía un rato solo.
Me cambiaba dos veces de camisa antes de decidir que la primera me quedaba mejor; tenía mis arreglos con la barriga y con los espejos del ascensor.
Él me miraba sin hacer sugerencias. Me acariciaba la barriga cuando nos quedábamos hablando en la cama.
Nunca durante aquellos primeros meses me preguntó cuánto pesaba ni si me había planteado comer otra cosa.
A veces me pedía que lo abrazara por detrás mientras cocinaba y yo me quedaba ahí, con la barbilla en su hombro, hasta que protestaba porque no podía moverse.
—Tendré que acostumbrarme —decía, y me cogía una mano para impedir que me apartara.
Lo acompañé a conocer a su madre un domingo de junio.
Elisa abrió con un delantal puesto y me estrechó la mano antes de decidir que aquello quedaba demasiado formal.
Me dio dos besos. Durante la comida me preguntó por el hotel, por mis padres, por si sabía arreglar una lámpara que solo se encendía cuando uno le daba un golpe.
—Mamá, acaba de entrar —dijo Andrés.
—No se la voy a dar ahora.
Me la dio después del postre. Andrés puso los ojos en blanco y yo me reí. A la semana siguiente se la devolví arreglada. Seguía teniéndola en la mesa junto al sofá.
Las llaves llegaron al cabo de nueve meses. No en una cena preparada para eso, sino una mañana en que yo tenía que salir antes. Andrés las dejó junto a mi cartera.
—Para que no tengas que esperar abajo la próxima vez.
Llevaban un aro de plástico rojo. Había escrito mi nombre en una tira de papel y la había metido dentro con una letra pequeña, inclinada hacia la derecha.
Las guardé en el bolsillo y comprobé que seguían allí varias veces a lo largo del día. No tenía nada que abrir con ellas en el hotel. Aun así, me acompañaron en cada escalera y en cada pasillo.
Nos fuimos a vivir juntos tres meses después. El piso era suyo. Lo había comprado antes de conocerme y pagaba una hipoteca que siempre describía como razonable. Yo dejé mi alquiler, vendí el sofá a una compañera y llevé mis libros en cajas de aceite que olían ligeramente a almacén.
Andrés vació dos baldas del salón y un armario del dormitorio.
—No quiero que te sientas de visita.
Pasamos el primer fin de semana pintando un cuarto.
Discutimos por el color. Él quería gris y yo había elegido un verde muy claro que, una vez abierto el bote, parecía bastante menos claro.
Nos manchamos las manos intentando mezclarlo con blanco.
Al final salió un tono que ninguno habría comprado y durante años lo llamamos «el verde nuestro».
Aquella discusión no me dio miedo. Dije que el gris me parecía triste. Él dijo que yo había elegido un color de consulta veterinaria. Nos enfadamos un rato y después encontramos una solución mala que nos hizo gracia a los dos.
Para celebrar que habíamos terminado pedimos comida. Tuvimos que cenar con la ventana abierta por el olor de la pintura. Andrés levantó la caja de cartón, la comparó con la pared y dijo que el restaurante había elegido el mismo verde. Le tiré una servilleta.
El sábado de la nueva cena fui a la ferretería a comprar una pieza que me faltaba para el baño.
Mientras esperaba, un chico pidió una copia de llaves.
Se las entregó al dependiente sujetándolas con dos dedos, como si fueran prestadas.
Dijo que acababa de mudarse con su novia y preguntó cuánto tardaría.
Saqué las mías del bolsillo para buscar la llave del coche. El aro rojo se me enganchó en el forro; llevaba tiempo partido por una esquina. Dentro seguía la tira de papel con mi nombre, aunque ahora solo se leía «lián».
El dependiente me preguntó si también quería una copia.
—No. Lo otro.
Señalé la pieza que había dejado en el mostrador.
Al salir llamé a Andrés para preguntarle si necesitaba algo.
Dijo que pan, pero no del supermercado; del sitio que a él le gustaba.
Había cola cuando llegué. Delante de mí una mujer preguntaba por los ingredientes de cada barra.
Yo consulté el teléfono, impaciente, y luego me enfadé conmigo mismo por querer que terminara deprisa.
Ella tenía el mismo derecho que yo a comprar lo que le viniera bien.
Andrés volvió a llamar cuando todavía esperaba.
—¿Dónde estás?
—En la panadería.
—Pensaba que ibas a tardar cinco minutos.
—Había cola.
—Ya. Es que aquí hay cosas que hacer.
Miré el número de mi turno. Faltaban tres.
Estuve a punto de salir sin pan, pero eso también habría estado mal. Me quedé. Cuando me atendieron compré dos barras, una más de la que necesitábamos, por no tener que regresar.
En casa, Andrés abrió la bolsa.
—Esto se va a poner duro.
—Lo congelamos.
Asintió sin interés y me pidió que colocara las copas buenas. Después me tocó la nuca al pasar. Era un gesto que conservaba desde el principio y que mi cuerpo seguía reconociendo antes que yo.
Metí una de las barras en el congelador. La otra la corté para la cena, procurando que las rebanadas salieran del mismo grosor. Andrés estaba detrás de mí, sacando una fuente del armario.