Eso no pasó así 2. El vaso de agua
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2. El vaso de agua

Luis eligió una cafetería al otro lado de la avenida del hospital. A las cuatro de la tarde todavía quedaban dos mesas con platos de menú. El camarero recogía servilletas del suelo empujándolas primero con el pie, como si las concentrara en una zona menos difícil de alcanzar.

Yo había llegado diez minutos antes. Pedí café y agua. Cuando Luis apareció, ya había bebido la mitad del vaso.

—Tienes mejor horario que yo —dijo, dejando la mochila en una silla.

—Hoy he entrado a las seis.

—Retiro lo dicho.

Nos dimos un abrazo torpe, por encima de la mesa.

Fuera de las reuniones de los cuatro casi nunca nos veíamos.

Luis cambió su silla por la de al lado, que cojeaba menos, y buscó al camarero con la mirada.

No recordaba haber elegido un sitio con él.

Solíamos seguir a Andrés hasta la mesa que nos señalaba.

Luis pidió una tostada. Me ofreció la mitad.

—He comido en el hotel.

—Tú te lo pierdes. Aquí tuestan el pan por las dos caras. Parece una tontería, pero en el bar de al lado lo dejan como una esponja.

Me habría gustado pasar el resto de la tarde hablando del pan. Había llevado en la cabeza tres comienzos posibles, y ninguno servía cuando tenía a Luis delante, con la marca de una mascarilla todavía dibujada junto a una oreja.

—¿Qué tal el trabajo? —preguntó.

Le conté lo de la habitación trescientos dieciocho. La humedad había aparecido dos pisos por debajo y todos daban por hecho que procedía de una ducha. Me llevó casi una semana convencerlos de que había que revisar también una conducción que cruzaba el falso techo del pasillo.

—Al final era eso —dije.

Luis sonrió.

—Tenías que traerme un parte firmado para que me entere de esas victorias.

—No es una victoria. Ahora hay que abrir.

—Eso lo hace menos vistoso.

Me reí. El camarero dejó la tostada y un cuchillo que resbaló del plato. Lo cogí antes de que cayera.

—Buenos reflejos —dijo Luis.

Saqué el teléfono para comprobar la hora y lo dejé otra vez sobre la mesa. Todavía podía decirle que solo quería verlo, que hacía tiempo. Luis cortó la tostada por la mitad y apartó una parte para mí.

—Lo del sábado —empecé.

Luis dejó el cuchillo.

—¿Hay que llevar algo?

—No. Es que yo preferiría que no vinierais.

Vi cómo levantaba un poco los hombros. Me apresuré a explicar que no era por ellos, que me apetecía verlos, que ya sabía que llevábamos mucho sin reunirnos.

—Julián, tranquilo. Se cambia de día y ya está.

—No es el día.

Su teléfono vibró dentro de la mochila. No fue a buscarlo.

—¿Habéis discutido?

Asentí.

—¿Por la cena?

Volví a asentir, aunque aquello dejaba casi todo fuera. Luis seguía esperando. Yo había empezado a explicar aquello demasiadas veces en casa y nunca llegaba al final que había previsto.

—La última vez acabé en la escalera —dije.

Esperó, creyendo quizá que venía una segunda parte más comprensible.

—Después de que os fuerais. Andrés me echó.

El camarero pasó entre nosotros llevando una bandeja de vasos. Lo seguí con la mirada hasta la barra.

—¿Te echó de casa?

—Dijo que saliera. Yo salí. No cogí las llaves.

—¿Y luego?

—Cerró la puerta.

Luis se frotó la frente. Había una miga pegada al dorso de su mano.

—¿Cuánto tiempo estuviste fuera?

—No lo sé. Un rato.

—¿Y por qué no llamaste a uno de nosotros?

—No sé.

Lo había pensado muchas veces. Tenía batería, dinero para un taxi y varios números a los que llamar.

En lugar de usarlos miré fotografías en el teléfono.

Pasé de una puesta de sol a una caja de herramientas que quería comprar.

Hice esas cosas sentado en un escalón, esperando que Andrés me dijera que podía volver.

—Podrías haber venido a casa —añadió Luis.

—Ya.

—No te lo digo como reproche.

—Ya lo sé.

Me imaginé llamando al timbre de su casa, a Rafa con el pijama puesto, los dos buscando sábanas. Claro que podía haber ido. Ahora incluso parecía lo más fácil.

Luis empujó hacia mí el plato.

—Come algo.

Cogí un extremo de la tostada para ocupar las manos. Todavía estaba caliente en el centro.

—¿Qué pasó antes?

Le conté la broma. El libro del que no recordaba el título. Mi risa. La discusión mientras recogíamos. También le dije que había gritado, antes de que pudiera sospechar que estaba intentando ocultárselo.

—¿Qué gritaste?

—Que estaba harto. Que me tratara así delante de vosotros.

—¿Y él?

—Que yo tampoco me había portado bien. Que era capaz de estropear una noche por cualquier cosa.

Luis miró por la ventana. En la parada del autobús un hombre doblaba un carrito de compra para subirlo sin golpear a los demás.

—Andrés, cuando se pone nervioso, tiene una manera de hablar... —empezó.

—No estaba nervioso durante la cena.

—Quiero decir después.

—Yo tampoco sé si estaba nervioso después.

Luis seguía mirándome, como si yo pudiera aclararle también esa parte. Aparté el plato. No había podido terminar la tostada.

Luis soltó el cuchillo.

—Perdona. Estoy intentando entenderlo.

Volví a beber. El agua se me fue hacia el lado equivocado y tosí. Él me acercó una servilleta. El camarero preguntó desde la barra si estaba bien. Levanté la mano para que no viniera.

Me pasaba a veces: cuanto más intentaba hablar con serenidad, menos colaboraba el cuerpo.

—Ahora dice que no me echó —continué cuando pude—. Que me fui porque quise.

—¿Habéis podido hablarlo sin discutir?

Miré la superficie pegajosa de la mesa. Tenía un pequeño círculo de quemadura, seguramente de un cigarrillo de cuando todavía se podía fumar dentro. También podía haberlo dejado una vela. Pasé un dedo por el borde negro, que no estaba tan hundido como parecía.

—Lo he intentado varias veces.

—¿Y qué te gustaría que hiciera?

No esperaba la pregunta. Había imaginado muchas veces a Andrés diciendo que no debió hacerlo. Yo le contestaba que ya estaba y nos abrazábamos. En otras versiones seguía hablando, aprovechando que por fin escuchaba. Ninguna había sucedido.

—Que no diga que me lo he inventado.

Luis bajó la mirada. Se terminó el café de un trago, aunque debía de estar frío.

—No creo que te lo hayas inventado.

Sentí alivio, pero no el alivio limpio que había imaginado.

Me dieron ganas de suavizar enseguida lo que acababa de contar.

Explicarle que Andrés también se quedaba despierto cuando yo tenía fiebre.

Que me había acompañado al hospital cuando murió mi padre.

Que había hecho una lista de medicamentos para mi madre sin que nadie se lo pidiera.

Le hablé del desayuno del día siguiente.

Luis escuchó. No pareció sorprendido ni decepcionado. Cuando terminé, preguntó:

—¿Quieres dejarlo?

Negué demasiado deprisa.

—No he dicho eso.

—No, claro. Solo preguntaba.

Su teléfono volvió a vibrar. Lo sacó para mirar la pantalla.

—Es Rafa. Me pregunta dónde estoy.

Sentí una presión desagradable debajo del esternón. Luis debió de notarlo porque dejó el móvil boca abajo.

—No hace falta que le cuentes esto —dije.

—Es mi marido.

Lo dijo enseguida, antes de mirar el teléfono otra vez. A Rafa le contaba hasta lo que había comido en el hospital.

—Ya. Pero te lo estoy contando a ti.

Luis tardó un momento en asentir.

—De acuerdo.

Esperé algo más, aunque no sabía qué. Luis guardó el móvil en la mochila. Me preguntó si quería otro café y le dije que no.

Pagamos cada uno lo suyo. En la puerta volvió a abrazarme. Esta vez me sostuvo un poco más, aunque yo ya me estaba separando.

—Lo del sábado no tiene importancia —dijo—. Ya se lo diremos a Andrés.

—No. Espera. Déjame hablarlo yo.

—Vale.

Nos alejamos en direcciones distintas. Antes de llegar a la esquina tuve ganas de volver para aclarar que no estaba pidiéndole que eligiera, que podían seguir siendo amigos, que sabía que Andrés era importante para ellos. No lo hice porque el semáforo cambió y la gente empezó a cruzar.

En el hotel había olvidado el cargador del teléfono. Regresé a buscarlo. Por la entrada de servicio salían dos compañeras con el uniforme doblado en bolsas de tela. Una me preguntó si volvía al turno.

—Solo un momento.

Nadia estaba en el office de la segunda planta, contando toallas.

—¿No habías terminado?

Le enseñé el cargador cuando lo encontré.

—Un día vas a dejarte la cabeza —dijo.

Era una frase corriente. Me la había dicho otras veces y nunca había tenido que defenderme de ella. Aquel día me quedé inmóvil un segundo más de la cuenta.

Nadia señaló un carro.

—Hay un ruido en la rueda. Cuando puedas.

Me agaché. Un hilo de sábana se había enrollado en el eje. Lo saqué tirando despacio para no dejar un trozo dentro.

—Prueba ahora.

Empujó el carro y lo hizo girar.

—Perfecto. ¿Te tomas un café?

Le dije que acababa de tomar uno. Se encogió de hombros y volvió a las toallas. Empujó con el pie la caja vacía que estorbaba junto al carro.

Estuve a punto de contarle lo de la escalera. La vi apartarse un mechón con el antebrazo y buscar el lápiz detrás de la oreja. Pensé que tendría su propia vida, sus problemas, una compra pendiente. Guardé el cargador.

Antes de salir miré el tablón del personal. Habían colgado la convocatoria de un curso de coordinación de mantenimiento. Tres tardes de noviembre y otras tres después de Navidad. Llevaba años haciendo buena parte de ese trabajo sin la categoría correspondiente.

Hice una foto del anuncio.

En el teléfono había un mensaje de Andrés: «¿Has comprado detergente?».

Respondí que sí, aunque todavía no había entrado en el supermercado. Después miré la fotografía del curso y la envié a mi correo, por si la perdía entre las demás.