Eso no pasó así 1. La cena del sábado
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Eso no pasó así

Eso no pasó así

Por Thom Ramus

© inepub.com

1. La cena del sábado

—El sábado vienen Luis y Rafa —dijo Andrés—. No compres pescado.

Estaba de espaldas, removiendo algo en una cazuela. Había dejado el teléfono junto al aceite y, cada vez que se encendía la pantalla, miraba de reojo sin soltar la cuchara.

Yo acababa de llegar del trabajo. Llevaba en el bolsillo una junta de goma para el grifo del baño. Me había pasado por la ferretería antes de que cerraran y todavía tenía las manos frías.

—¿Este sábado?

—Sí.

Dejé las llaves en el cuenco de la entrada. Una cayó fuera. Me agaché a recogerla.

—No me habías dicho nada.

Andrés probó la salsa.

—Te lo dije el otro día.

Intenté recordar qué habíamos hecho el otro día, cuál de todos era. El lunes cenamos viendo una serie. El martes él llegó tarde. El miércoles fui a comprar cuando salí del hotel y, al volver, estuvimos hablando de una carta del seguro. Podía habérmelo dicho cualquiera de esas noches.

—No me acuerdo.

—Por eso te lo repito.

Se volvió y me acercó la cuchara.

—Prueba. Creo que le falta algo.

Soplé. Estaba buena; tenía albahaca y una dulzura que no supe identificar.

—Está bien.

—¿Bien o buena?

—Buena.

Sonrió, satisfecho, y regresó al fuego.

Durante unos segundos pensé que podía dejarlo ahí.

El sábado pondríamos la mesa, abriríamos una botella y hablaríamos de sus vacaciones.

Yo recogería mientras ellos tomaban la última copa.

Andrés me diría después que había estado muy callado o que para qué había contado lo de la avería del ascensor, con lo poco que interesaban esas cosas durante una cena.

Pero quizá no. Quizá lo pasaríamos bien.

Me saqué la junta del bolsillo y la dejé junto al frutero.

—Preferiría que no vinieran.

Andrés bajó el fuego.

—¿Quiénes?

—Luis y Rafa.

Miró el teléfono. Leyó algo antes de responder.

—Ya les he dicho que sí.

—Podemos quedar fuera.

—¿Ahora quieres gastar dinero en un restaurante?

—No he dicho eso.

—Acabas de decir que quedemos fuera.

Me quité la chaqueta. Había entrado con calor de la calle y seguía teniéndola puesta.

—Me refiero a que no quiero otra cena aquí.

Andrés dejó la cuchara en un plato. Lo hizo con cuidado, evitando que la salsa manchara la encimera.

—¿Por qué?

Lo preguntó sin enfadarse. Cuando preguntaba así, con aquella disposición tranquila, yo sentía que debía encontrar una respuesta a su altura. Una respuesta breve, razonable, que no estropeara la salsa ni la noche.

—Por lo que pasó la última vez.

Se quedó mirándome. Después apartó un trozo de papel de cocina que había junto a la tabla.

—¿Qué pasó la última vez?

Habíamos tenido esa conversación antes. La última vez había terminado prometiéndole que buscaríamos un momento mejor. Ahora no parecía tener prisa; la salsa aún tenía que reducirse.

—Lo de después de la cena.

—Julián, habla claro.

Me apoyé en el borde de la mesa.

—Que me hiciste salir de casa.

Andrés soltó el aire por la nariz. No fue una carcajada; apenas un gesto de cansancio.

—Yo no te hice salir de casa.

Miré sus zapatillas. Eran azules, con la suela de goma despegada en la punta derecha.

Llevaba semanas diciéndole que se iba a tropezar.

Aquella noche se había quedado en calcetines.

Recordaba eso porque, cuando se detuvo delante de la puerta, tenía un hilo blanco pegado al talón.

Mientras hablaba lo arrastraba por el suelo.

—Me dijiste que me fuera.

—Te dije que salieras a tomar el aire. Estabas muy alterado.

No recordaba haber oído nada sobre tomar el aire. Recordaba mis zapatos junto al paragüero. Uno estaba volcado. Me lo puse sin enderezar la lengüeta y luego, sentado en la escalera, tuve que quitármelo porque me hacía daño.

Pero no dije lo de los zapatos. Andrés habría preguntado qué tenían que ver los zapatos.

—Me quedé fuera sin llaves.

—Porque no las cogiste.

—Cerraste la puerta.

—Porque te habías ido.

En el salón, el televisor cambió de volumen. Había terminado un anuncio y empezaba otro. Una mujer hablaba con entusiasmo de unas vacaciones que se podían pagar a plazos.

Andrés volvió a encender el fuego.

—De verdad, no sé por qué tienes que hacer esto hoy.

Me quedé mirando la junta. Era negra y pequeña, del tamaño de una moneda. Había estado toda la tarde pensando en cambiarla después de cenar.

—No estoy haciendo nada.

—Estás convirtiendo una cena con amigos en un problema.

El primer impulso fue decirle que no era mi intención. Llegué a abrir la boca. Luego bebí del vaso que había junto al fregadero, aunque no sabía si era mío.

Aquella otra noche habíamos cenado seis.

Luis y Rafa llegaron los últimos, con una tarta que necesitaba nevera.

Vera trajo vino y Mateo, una bolsa de hielo que nadie había pedido.

Andrés llevaba dos días preparando cosas.

Yo había salido tarde del hotel y, cuando entré, me pidió que me duchara deprisa porque todavía había que poner la mesa.

Durante la cena alguien habló de un libro. No recuerdo cuál.

Antes me daba vergüenza no recordarlo. Había llegado a buscar entre los del salón, como si encontrar el título pudiera ayudarme a contar correctamente el resto.

Pregunté algo sobre el autor. Andrés me corrigió.

Yo confundía a dos escritores, o una novela con su adaptación al cine. Hasta ahí no hubo nada.

Después dijo:

—Perdonadlo. En casa le tenemos prohibido tocar los libros que no llevan instrucciones.

Pudo decir «los libros sin dibujos». Esa parte tampoco la recuerdo con seguridad. Lo que sí recuerdo es la voz. No era la suya normal, sino la que utilizaba a veces para imitar mis preguntas: un poco más aguda, con las palabras separadas, como si yo necesitara ayuda para terminar una frase.

Me reí. No esperé a ver qué hacían los demás. Me reí y me levanté a buscar agua, aunque la botella de la mesa todavía estaba por la mitad.

Luis me siguió a la cocina con los platos del entrante.

—Déjalos ahí —le dije.

—Te echo una mano.

—No, anda. Ve con ellos.

Abrió el lavavajillas de todos modos. Recuerdo que le agradecí no hacerme ninguna pregunta. Después, durante meses, me molestó que no la hubiera hecho.

Cuando se fueron, Andrés estaba contento. Había salido todo bien. La tarta era demasiado dulce, pero Rafa había repetido de su plato dos veces y Luis le pidió la receta. Yo limpiaba una mancha de vino junto a la pata de la mesa.

—No me gusta que pongas esa voz cuando hablas de mí —dije.

Andrés estaba contando las copas.

—¿Qué voz?

Intenté explicárselo. No bien. A esas horas ya estaba cansado, me dolía la espalda y había bebido más de lo habitual. Dije «siempre». Andrés dejó de contar las copas y me pidió un ejemplo de la semana anterior. No se me ocurrió ninguno. Tenía todavía la voz de aquella cena metida en la cabeza.

Él recordó una cena en la que yo había contado que se perdió buscando un aparcamiento. Dije que no era lo mismo. Me preguntó quién decidía lo que era lo mismo. Seguí con el trapo en la mano mucho después de que desapareciera la mancha.

No sé en qué momento acabamos en la entrada. Sé que dije que estaba harto. Sé que levanté la voz. También sé que, cuando Andrés abrió la puerta y me dijo que saliera, le pregunté adónde quería que fuera.

—Donde te dé la gana, Julián. Pero así no te quedas aquí.

Aquello sí lo recordaba. Entero.

En la escalera hacía frío. El sensor apagaba la luz si dejaba de moverme.

Al principio levantaba un brazo para encenderla; después preferí quedarme a oscuras.

Oí el ascensor y subí al rellano siguiente.

No quería que un vecino me encontrara sentado delante de nuestra puerta.

Me pareció importante evitarle esa incomodidad a todo el mundo.

Al cabo de un rato llamé. Andrés contestó desde dentro que entraría cuando se me pasara.

No sé cuánto tiempo esperé. Miré el teléfono varias veces, pero no pensé que algún día necesitaría memorizar una hora de entrada y otra de salida.

Al final volvió a abrir. Yo recogí las copas que faltaban. Él se acostó.

—Además, luego estuvimos bien —dijo ahora.

Saqué la mirada del frutero.

—¿Cuándo?

—Al día siguiente. Fuimos a desayunar. Parece que se te olvidan las partes buenas.

No se me habían olvidado. Habíamos ido a una cafetería cerca del mercado. Me quitó una miga del jersey y me dijo que tenía que descansar más. Me preguntó si quería que nos fuéramos un fin de semana, solos, sin teléfonos.

Yo lloré un poco. No tanto como para que nos miraran. Andrés me cogió de la mano por encima de la mesa. Cuando me acordaba de la escalera, intentaba acordarme también de aquel desayuno. A veces conseguía dormirme así.

—No se me ha olvidado —dije.

—Pues cualquiera lo diría.

Se acercó y me tocó el brazo. Conocía perfectamente aquel gesto: el pulgar subía y bajaba una vez sobre la manga, cerca del codo. Lo hacía en los supermercados mientras esperábamos, en el cine antes de que se apagaran las luces, cuando me notaba preocupado.

Me siguió gustando. Eso fue lo que me hizo bajar la mirada.

—Yo no quiero estar mal contigo —dijo.

—Yo tampoco.

—Entonces no busques siempre lo peor.

Me dio un beso breve. Olía a la salsa que acababa de probar. Después abrió el cajón de los cubiertos.

—Pon la mesa, anda. Se va a pasar.

Saqué dos platos. El segundo tenía una pequeña muesca en el borde y estuve a punto de cambiarlo. A Andrés le molestaba que siguiéramos utilizándolo, aunque tampoco quería tirarlo porque pertenecía al juego que nos regaló su madre. Lo puse en mi sitio.

Cenamos viendo las noticias. Andrés me contó que una compañera estaba de baja y que iba a tener que ocuparse de una presentación que no había organizado él. Escuché. Le pregunté si podía aplazarla. Me explicó por qué no.

En algún momento se inclinó para mirar debajo de la mesa.

—¿Te has vuelto a dejar las botas del trabajo?

Las llevaba puestas.

—Ahora me las quito.

—Te lo digo por ti. Luego dices que te duelen los pies.

Deshice los nudos. Dejé las botas junto a la silla, fuera de su paso.

Cuando terminamos, Andrés recogió los vasos.

—Yo friego la cazuela. Tú has tenido un día largo.

La cazuela tenía salsa pegada hasta el borde.

Él empezó a echarle agua caliente y yo seguí sentado.

Se había acordado de que estaba cansado.

Me dieron ganas de acercarme a darle un beso.

También de preguntarle por qué había decidido invitar a Luis y a Rafa sin esperar a hablar conmigo. Me quedé donde estaba.

—Gracias —dije.

Mientras él estaba en la cocina, saqué el teléfono. Busqué a Luis. Nuestro último mensaje era de hacía casi tres meses: la fotografía de una pieza que necesitaba para el baño, seguida de mi respuesta con la dirección de una tienda.

Escribí: «¿Te apetece tomar un café mañana?».

Lo leí dos veces. Añadí: «Tengo que contarte una cosa».

Eso me pareció excesivo. Luis podía pensar que estaba enfermo, que había ocurrido algo grave. Lo borré.

Desde la cocina, Andrés preguntó:

—¿Qué haces?

Bloqueé la pantalla.

—Nada.

El agua siguió corriendo. Me quedé con el teléfono en la mano. La invitación al café todavía no estaba enviada.

Andrés asomó la cabeza.

—Oye, ¿qué le digo a Rafa? ¿Carne entonces?

Miré los dos platos que seguían en la mesa.

—No lo sé.

—Pero ¿te parece bien o no?

—Hoy no quiero decidirlo.

Frunció el ceño, como si hubiera oído mal. Después volvió a la cocina sin decir nada.

Esperé a que abriera otra vez el grifo. Desbloqueé el teléfono y envié el mensaje a Luis, sin añadir ninguna explicación. Al levantarme recogí mi plato. El de Andrés lo dejé donde estaba; había vuelto a sentarse un momento antes para terminar el pan y todavía tenía la servilleta debajo.

—Te dejas ese —me señaló desde el fregadero.

—Sí —dije—. Lo he visto.

Lo recogí unos segundos después. No sabía qué hacer con el pequeño ruido que había dejado mi respuesta.