Eso no pasó así Epílogo. Lo que recuerdo
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Epílogo. Lo que recuerdo

Epílogo. Lo que recuerdo

En marzo se cumplió un año desde que me mudé.

La fecha apareció en el contrato cuando fui a buscar el teléfono de Amalia. Había que revisar una persiana. Lo leí encima de la mesa, con una tostada en la mano, y tardé unos segundos en darme cuenta de que el día había pasado sin que lo recordara.

Guardé el contrato y llamé a la propietaria.

Si alguien me preguntaba dos veces dónde había estado, todavía empezaba a ordenar los lugares con demasiada precisión. A veces lo advertía a mitad de la respuesta.

De Andrés sabía poco. Una exposición, un viaje.

Mi madre dejó de contarme cada vez que recibía un mensaje suyo.

Vera y yo volvimos a vernos una tarde a solas; al despedirnos quedamos en llamarnos, sin fijar una fecha.

A Elisa le escribí por su cumpleaños y me contestó con una fotografía de su planta, que tenía flores nuevas.

Amplié la imagen: detrás se veía un trozo de la cocina donde tantas veces había comido.

En mi piso sabía ya qué baldosa estaba más fría en invierno. Cuando venía alguien, le advertía que no dejara el vaso en el brazo del sofá: parecía plano, pero no lo era.

Una tarde saqué la carpeta de los documentos y volví a leer las tres hojas que había llevado a la conversación de enero.

Reconocí el esfuerzo. Los ejemplos ordenados, las expresiones tachadas para que no parecieran una acusación, el espacio reservado al final para escribir lo que acordáramos. En aquel espacio no había nada.

Algunas correcciones a bolígrafo habían dejado surcos en el reverso. Dejé el día equivocado de la cena. Había sido viernes; yo había escrito sábado. Y había estado en una escalera aquella noche, esperando que Andrés me dejara entrar.

Alisé la esquina doblada y guardé las hojas.

Ese mismo fin de semana fui solo a pasar dos días junto al mar.

Había elegido un sitio pequeño, sin nada especial que hacer. Una habitación con una ventana que daba a un patio, un paseo donde las terrazas empezaban a sacar las mesas y una playa demasiado fría para bañarse. El primer día caminé más de lo que pensaba y por la noche me dolían los pies.

El domingo desayuné tarde. En la mesa de al lado había dos hombres de una edad parecida a la mía. Uno estaba mirando un mapa en el teléfono. El otro arrancaba trozos de pan mientras decía que no quería volver a entrar en un museo solo porque hubiera pagado una entrada conjunta.

Sentí curiosidad. Después dejé de escucharlos.

Fuera hacía sol. Volví a la habitación por la novela que había traído y busqué un banco frente al agua.

Durante un rato no leí. Había una mujer quitándose arena de las zapatillas, un perro que no quería devolver una pelota y varios niños cavando cerca de la orilla. Una ola alcanzó el agujero y todos gritaron como si no hubieran contado con esa posibilidad.

Pensé en Andrés.

Me acordé de un viaje en el que habíamos perdido una salida y terminado comiendo en un pueblo al que ninguno de los dos quería ir.

Del modo en que se le cerraban los ojos cuando se reía mucho.

Pensé también en las mañanas en que me despertaba cansado antes de levantarme, intentando averiguar qué versión de mí encontraría aceptable ese día.

El hombre del mapa salió de la cafetería y pasó junto al banco. Su compañero iba unos pasos por delante y se volvió a esperarlo al lado del quiosco.

Abrí el libro por donde había dejado el billete del autobús.

A media mañana llamó Inés.

—¿Qué tal?

Miré el agua antes de responder.

—Bien. Estoy sentado en el paseo.

Me contó que mi madre había preparado demasiada comida y preguntaba si llegaría a tiempo para llevarme un recipiente. Consulté la hora. Podía coger un autobús anterior, hacer la maleta deprisa y regresar antes de que terminaran de comer.

—Voy a quedarme hasta esta tarde —dije.

—Vale. Se lo digo.

Hablamos un poco más. Me preguntó por el hotel y le expliqué que la ventana daba a un patio, pero que había dormido bien.

Cuando colgamos, el sol había alcanzado la mitad del banco. Moví la mano para que la página dejara de hacer sombra sobre las palabras.

Delante de mí, los niños habían empezado otro agujero un poco más lejos del agua.

Seguí leyendo.