Capítulo 40
Héctor
—Es raro que Roberto haya decidido hacer la reunión aquí —comentó Ismael, antes de beber un sorbo del café que había sacado en una máquina.
—No sé cómo puedes beberte eso —le dije.
—Tengo hambre tío y la reunión no tiene pinta de que termine pronto.
Negué con la cabeza.
Levanté el brazo, para mirar la hora en el reloj de pulsera.
—¿Tenías pendiente alguna llamadita con Paula? —me preguntó, con diversión.
—Pues sí. Era lo que tenía pensado hacer después de terminar de visitar al último paciente ingresado, así que me está jodiendo el retraso.
Me crucé de brazos y seguí hablando, al cabo de un rato.
—No sé qué narices quiere Roberto, reuniendo tan solo a unos cuantos y encima de diferentes áreas —dije pensativo.
Roberto era el jefe del equipo médico al completo.
—Te doy la razón. Es raro —comentó Ismael.
—Héctor. Ismael.
Nos giramos hacia Fernando, que era un compañero, un cirujano de otra especialidad a la de mi amigo y mía.
—¿Qué? —le preguntó Ismael.
—¿Cómo os han avisado a vosotros de esta reunión?
Su pregunta me extrañó y miré a Ismael. A mí me lo había dicho él.
—He recibido un correo electrónico, en él nos citaban aquí —contestó mi amigo.
—Yo también —dijo Miriam, otra cirujana.
—Y yo —confirmó Pablo, otro compañero.
—¿Y os habéis fijado bien quién envía el correo? —nos preguntó Fernando, a todos—. Yo acabo de hacerlo y esto me huele raro. Creo que ha habido un fallo en el sistema o algo. Miradlo vosotros.
Todos cogimos los móviles. A mí también me llegó el correo de la reunión, pero no lo tenía sin abrir, ya que Ismael me avisó antes y lo dejé estar.
—¿Desde cuándo Roberto, el jefe, le dice a Cristóbal de Cuidados Intensivos que envíe un correo para programar una reunión urgente? —pregunté, levantando la cabeza.
—Esto más que un fallo es una broma —se quejó Miriam—. Con el trabajo que tenemos, estamos perdiendo el tiempo.
—Estoy de acuerdo.
—No era normal que solo estuviéramos nosotros —comentó Ismael, a mi lado.
—Menuda mierda.
Bufó, Fernando.
—Pues ya está. Si queremos vernos quedamos otro día en la cafetería, estaré encantada de estar con vosotros, pero por hoy ya he tenido suficiente —comentó Pablo.
—Totalmente de acuerdo —rio Miriam.
Después de despedirnos comenzaron a caminar hacia la puerta, justo cuando esta se abrió de golpe.
—¿Qué mierda…? No me jodas —susurró Ismael.
Apreté la mandíbula al ver a la mujer que acababa de entrar. Sin autorización y sin ser invitada.
Nuestros compañeros que se quedaron parados, mirándola con curiosidad.
—Hola, cariño —se dirigió ella a mí—. ¿Me has echado de menos? Creo que nuestro tiempo de descanso se acabó, ya te has divertido bastante sin mí —sonrió.
Su sonrisa pretendía ser sensual y provocativa, al igual que su caminar, y tal vez para alguien o para muchos lo fuera, pero para mí no era nada. Absolutamente nada.
—¿Qué mierda haces aquí, Fabiana? —le pregunté directamente.
—No seas tan seco, cariño —me dijo con una risilla.
Se paró a mi lado, demasiado cerca.
Ismael se pegó más a mí, por el otro costado.
—Ha pasado mucho tiempo, años, amor. Hemos tenido otras relaciones y…
—¿Relaciones tú? —le preguntó Ismael—. Lo único que has hecho es usar a los hombres con los que has estado. Por suerte, el tío con el que te comprometiste abrió los ojos antes de tiempo. Normal que lo celebrara tirándose a alguna amiga tuya, para dejarte claro lo que te quería y le parecías.
—Veo que estás al día de mis redes, guapo.
Le dio un buen repaso visual.
—Si la boda hubiera seguido adelante no estarías aquí, lo que hubiera sido perfecto para nosotros.
Aunque sería una putada para tu ex, no pararías hasta hacerte con una gran parte de su fortuna —continuó Ismael—.
Debes sentir mucha rabia, porque con Héctor no pudiste —rio—.
Olvídate de él y deja de hacer el ridículo.
—¿No vas a decirle nada? —me preguntó Fabiana a mí.
A nuestros compañeros de profesión de repente se les habían quitado las prisas. Parecían dispuestos a sentarse en primera fila, para ver el espectáculo. Ninguno de ellos dejó la sala.
—Si digo algo será a ti y créeme, no quieres escucharme —le dije a Fabiana—. No me provoques más porque estoy conteniéndome —le advertí—. Lárgate de aquí y no vuelvas a acercarte a mí, ni a los lugares que frecuento. Desaparece de mi vida como lo hiciste hace años.
Apreté la mandíbula.
—Amor, no desaparecí, tú me echaste de tu vida. —Hizo un puchero.
—Gracias a Dios que me libré de ti.
—Solo necesitas que te recuerde lo que éramos tú y yo, lo bien que nos entendíamos sin ropa —rio ella.
Lo ignoró todo, como siempre.
Se lanzó a mí, a abrazarme, y estaba a punto de quitármela de encima, cuando la puerta se abrió de nuevo.
Me llevé una grandísima sorpresa al ver a Paula. Agrandé los ojos y el agobio se apoderó de mí, al tener a Fabiana enganchada en una postura poco favorecedora para mí.
Eso era lo que estaba mirando Paula, cómo Fabiana me sujetaba y se pegaba a mí.
—¡Ya está bien, joder! —se quejó Ismael, cabreado.
Mi amigo también se agobió por la presencia inesperada de Paula, por lo que podía estar pensando al encontrarse de golpe con esta escena.
Tampoco era tan malo. Me refiero a que estábamos en una sala con más personas y yo no había movido los brazos, por lo que la única que abrazaba aquí era Fabiana.
—No sé bien qué está pasando, solo lo que intuyo y percibo —dijo Miriam, con la vista fija en Fabiana—.
Pero no puedes entrar aquí, a un sitio privado del hospital, y lanzarte a un compañero sin que él te dé permiso.
Está claro que Héctor no te quiere cerca, te lo ha dicho y como te ha aconsejado, no hagas más el ridículo y tampoco hagas sentir incomodidad a los demás que estamos presenciándolo todo.
Le hubiera aplaudido a Miriam, por sus palabras y por la frialdad con la que le habló a Fabiana. Pero no era el momento, ni siquiera la miré.
Mi atención estaba puesta en Paula, que seguía mirándome fijamente. Aunque había estado muy atenta a cada una de las palabras de Miriam y parecía que eso la había tranquilizado un poco.
Ya no estaba tan tensa, rígida, y yo estaba dispuesto a quitarle toda la tensión, hasta que no quedara ni rastro en ella de incomodidad, dudas, miedos o rabia.
Mi compañera del hospital, Miriam, había intuido muy bien lo que estaba pasando, por suerte. Agradecía su intervención, por la que le daría las gracias personalmente.
—¿Quién te crees que eres tú para hablarme así? —se encaró con ella Fabiana, hablándole mal—. No tienes ni idea de…
—La que no se entera de nada eres tú, o más bien no te da la gana de enterarte. Apártate de mí y no vuelvas a acercarte jamás —le exigí.
Mi voz autoritaria y tajante dejó a Fabiana cortada y sin reaccionar los segundos suficientes para que yo pudiera deshacerme de sus brazos y de su cercanía.
Ismael me guardó las espaldas, colocándose entre Fabiana y yo, mientras que yo caminaba directo hacia Paula.
—¡Héctor! —me llamó Fabiana.
—Esta vez no te libras de la denuncia, Fabiana —le comuniqué, sin molestarme en girarme hacia ella.
Me paré frente a Paula y nos quedamos mirándonos. Yo continué hablando, sin apartar los ojos de los suyos.
—Voy a ir a por todas, Fabiana. Ahora sí que sí, ya no hay marcha atrás. Te lo advertí. Te dije que, si había una próxima vez y me jodías, de cualquier manera, por poco que fuera, iría a por ti con todas las pruebas que tengo en mi poder.
Paula, frente a mí, entreabrió los labios y agrandó los ojos, sorprendida por el giro que había dado la situación.
—¡¡No hablas en serio!! —me gritó Fabiana.
—Nunca ha hablado más en serio en su vida —le dijo Ismael, soltando una carcajada fría, al terminar—. Esta vez lo has sobrepasado todo. Si pudiera expresar cómo me alegro…
Chasqueó la lengua.
—¿Sabes por qué esta vez es diferente? Porque hasta antes de hoy solo le habías tocado los cojones a Héctor, pero ahora… —volvió a reír mi amigo.
Ismael continuó cuando se tranquilizó, sin perder el punto de diversión. Se lo estaba pasando en grande, odiaba a Fabiana. Y con razón.
—Joder, hoy la has cagado hasta el fondo, pero bien —le dijo—. Has implicado a esa mujer que ves con Héctor, haciendo que ella vea algo que no es real, que crea lo que no es. Héctor está enamorado, está loco por ella, y daría lo que fuera por su mujer. Va a protegerla de todo, sobre todo, de ti.
—¡Nosotros tenemos una historia! ¡Tenemos que intentarlo otra vez! —exclamó Fabiana, más alterada—. Conozco a esa, ¡no vale la pena!
Agarré del brazo a Paula, cuando quiso pasar por mi lado, para ir directa hacia Fabiana.
Negué y tiré de ella hacia mí, hasta que nuestros cuerpos chocaron. Levantó la cabeza, para mirarme a la cara.
—No merece nada la pena —le susurré—. No quiero que te acerques a ella, te quiero lejos de su veneno. Eres demasiado importante para mí como para permitir que te rocen si quiera sus palabras. Lo que has visto…
—Es verdad que nos conocemos —dijo y tragó saliva.
—Luego me lo explicas —le pedí.
Asintió.
—Voy a avisar a seguridad —dijo Miriam—, para que vengan cuanto antes.
Caminó hacia la puerta y cuando pasó por nuestro lado, nos hizo un guiño a Paula y a mí. Ambos le sonreímos, agradecidos, antes de que saliera de la sala.
—Héctor —me llamó Pablo—. Creo que lo de la reunión ha sido cosa de ella.
—Señaló a Fabiana—. Si no, ¿qué hace aquí?
¿Cómo sabía dónde encontrarte en esta sala apartada?
Ha entrado decidida, sabía a lo que venía.
De alguna manera habrá manejado a su antojo a Cristobal, para que él enviara un correo a algunos, y de esa manera, en un principio, a ti no te parecería rara esta reunión.
Tampoco me molesté en mirar hacia Fabiana cuando soltó una carcajada. Eso fue la confirmación de lo que acababa de decir Pablo.
No me preocupé por ella porque sabía que Ismael la mantenía controlada, y continuaría siendo de esa manera, aunque tuviera que lanzarse encima de ella para retenerla hasta que llegaran los de seguridad.
—Salid de aquí, Héctor —me pidió Fernando—. Pablo y yo nos quedamos con Ismael, hasta que vengan a por esa loca.
El grito de Fabiana no se hizo esperar, pero los de mi amigo tampoco, callándola de golpe.
—Gracias —les dije.
Sin soltar a Paula la llevé hacia la puerta y salimos de la sala, por fin. El ambiente cada vez estaba más viciado, costaba respirar cerca de Fabiana.
Coloqué una mano por detrás de la cabeza de Paula y acerqué nuestras caras.
—Dime que me crees cuando te digo que la odio y que, por supuesto, no ha pasado nada entre Fabiana y yo. Hacía mucho tiempo que no la veía.
—Te creo —me confirmó con sinceridad y respiré profundo.
No tuve duda de su respuesta, al igual que ella no la tuvo de mí.
Busqué sus labios, para besarla, aunque no lo hice como deseaba y necesitaba.
Fue demasiado breve, antes de que la agarrara de la mano y la llevara a mi despacho.
Una vez llegamos y nos sentamos en el sofá, Paula me contó su historia y todo lo que tenía que ver con Fabiana. Supe entonces que Fabiana fue la que se metió en la relación de juventud de Paula, la que me contó cuando comenzamos a conocernos.
La escuché atento, dándome cuenta del dolor y de la impotencia que le provocaba esa mujer. La ira también estaba ahí, por cada una de las veces que Fabiana se le había acercado con falsedades y mentiras, queriendo que Paula la perdonara.
Me dio mucha rabia y me prometí que iba a llevar hasta el final la amenaza que le había hecho a Fabiana. Ya no había vuelta atrás, no cuando Paula estaba de por medio y sufriendo.
Por mi parte, yo le expliqué que conocí a Fabiana a través de unos amigos, años atrás, y que terminamos teniendo una relación. Fue mi última relación, por lo que Paula supo que Fabiana fue la mujer de la que salí muy escarmentado.
Fue desconcertante darnos cuenta de que la misma mujer nos había jodido a ambos, en diferentes etapas de nuestras vidas.
Paula terminó sentada sobre mis piernas, de lado, con la cabeza apoyada en mi hombro y mis labios en su cabeza. De esa manera dejamos pasar el tiempo en mi despacho, abrazados y en contacto.
Ismael me envió un mensaje, en el que me decía que ya se habían llevado a Fabiana, para echarla del hospital.
—¿Qué pruebas tienes contra ella? —me preguntó en un susurro, al cabo de un buen rato.
—Te sorprenderías, pero no voy a hablarte de ello. —Le di un beso en la cabeza—. No quiero que tengas nada más que ver con esa mujer. Solo te diré que tengo suficientes pruebas para denunciarla y para que la juzguen por ello. No saldrá bien parada y tampoco puede librarse del final que le espera.
—¿De verdad?
—Sí.
—Por fin va a pagar.
—Te aseguro que no descansaré hasta que pague. El daño que me hizo a mí me da igual, pero el tuyo, no.
—Héctor…
—¿Qué?
—Ismael ha dicho que estás enamorado de mí.
—Y que me tienes loquito, sí.
Separó la cabeza de mi hombro, para colocar nuestras bocas juntas.
—Tú también me tienes loca. —Me acarició los labios al hablar, moviéndolos sobre los míos—. Y enamorada, mucho.
Cerré los ojos cuando me pasó las manos por el pelo.
—Te quiero —me dijo, besándome al decirlo.
—Te quiero —repetí, antes de apoderarme de su boca.