¡Ese médico es mío! Capítulo 39
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Capítulo 39

Varios días después…

—¿A Ismael tampoco lo has visto? —me preguntó Aroa.

—No —contesté, haciendo una mueca.

—Tendrías que haberme llamado antes. Habría avisado a Ismael de que estabas ahí.

—No habría servido de nada, si hubieras tenido el mismo resultado que yo con Héctor.

—Eso no lo sabes.

—Da igual, te he llamado ahora y ya está. Los he intentado encontrar por mi cuenta —suspiré—. Héctor debe estar en el quirófano o con algún paciente.

—¿Cómo se te ha ocurrido ir al hospital sin avisarlo?

—¿Por qué de eso tratan las sorpresas? —le devolví la pregunta.

—Vale, vale… Voy a escribirle a Ismael, espera.

Me senté en los escalones de la entrada del hospital a esperar, como me había pedido.

Llevaba un poco más de media hora dando vueltas por el interior. Durante los primeros quince minutos busqué a Héctor, pero después pasé a buscar también a Ismael. Había hablado con varias personas del hospital, sin embargo, nadie había podido, o querido, darme información sobre los neurocirujanos.

Y eso que les dije que tenía una relación con uno de ellos, Héctor. Nadie lo sabía, por lo que no me creyeron. Era algo normal. Imaginaba que no podían fiarse de la gente que llegaba diciendo algo, sin pruebas.

Yo tenía esas pruebas, muchas fotografías recientes de nosotros, pero no me daba la gana de ir enseñando a cualquiera una parte de mi vida personal.

—No me contesta.

La voz de Aroa me sacó de mis pensamientos.

—Me voy a ir —le dije.

—Me sabe mal, cariño.

—La sorpresa tendrá que esperar en otro momento y otro lugar —suspiré.

—¿Por qué no das una última vuelta?

—No. Le enviaré un mensaje para decirle que he estado aquí y se acabó.

—¿Te vienes a mi casa?

—No sé si…

Me quedé callada de golpe.

—¿Paula?

—Mierda, no me lo puedo creer.

Bufé.

—¿Qué pasa?

—Fabiana está aquí.

—Joder. ¿Qué tipo de imán tienes con ella?

—El peor de todos.

—Si, sí. Acabo de llegar. Voy a buscar a Héctor, a ver si tengo suerte y me lleva a su despacho. Echo de menos su sofá cama —dijo Fabiana, hablando por el móvil—. Ya me he cansado de esperar, es hora de quitar a esa mosquita muerta de su lado.

La risa que le siguió a sus palabras me puse el vello de punta.

—Paula —repitió Aroa.

Mi amiga me había llamado varias veces, pero yo solo había podido estar pendiente de la conversación de Fabiana, con vete a saber quién. No me importaba, lo que sí lo hacía era el nombre que había pronunciado: Héctor. Y lo que había dicho refiriéndose a él, a un despacho y a un puñetero sofá cama.

¿Era una coincidencia? ¿En este hospital?

¿Cuántos hombres que se llamaban Héctor y tenían un despacho con sofá cama trabajaban aquí?

¿A qué mosquita muerta se había referido?

¿A mí? No sería capaz, porque si antes me tenía al límite, en este instante ese límite era inexistente. Fabiana lo había superado.

Me giré con cuidado sentada en el escalón, pero al mismo tiempo fui rápida, para dar la espalda a la mujer que no soportaba. Esta pasó de largo, hacia el interior del hospital. No se fijó en mí, ya que continuaba muy entretenida hablando por teléfono.

—Joder, ¿qué está pasando? —insistió Aroa, preocupada—. ¿Te ha visto esa tía? ¿Va a acercarse a ti?

—No te lo vas a creer —dije, por fin.

—Mierda, pensaba que te había dado algo —suspiró—. ¿El qué no voy a creerme?

—Fabiana ha pasado cerca de mí, hablando por teléfono. ¿A qué no sabes qué ha dicho?

—¿Te ha visto?

—No.

—Vale —suspiró—. ¿Qué has escuchado?

—Antes de que entrara al hospital le ha dicho a alguien que iba a buscar a Héctor, que a ver si tenía suerte y la llevaba a su despacho porque echa de menos su sofá cama. Lo último que he escuchado ha sido que ya se ha cansado de esperar, que era hora de quitar a una mosquita muerta de su lado.

Cuando terminé de hablar, cada vez con más rabia y nerviosismo, la línea se quedó en silencio.

Aroa no habló y yo cerré los ojos, rezando porque no fuera verdad lo que pensaba una y otra vez.

—¿Dónde estás?

Su pregunta me sobresaltó.

—En la entrada del hospital, sentada en los escalones.

—¿Y qué mierda haces ahí, en vez de estar siguiendo a esa desgraciada? —gritó.

—¡Joder!

Me levanté de un salto.

—No tiene porque ser mi Héctor —le dije, caminando hacia la puerta.

Utilicé el posesivo para entenderme con mi amiga, descartando a cualquier otro posible Héctor, no porque lo considerara algo mío de propiedad.

—Cariño, tú misma has escuchado lo que me acabas de decir. De esa, ni más ni menos, y encima acabas de decirlo en voz alta para mí, para contármelo.

—No puede ser Héctor —susurré—. No con Fabiana. Es una jugarreta.

Tragué saliva.

—Atiéndeme. ¿Sí?

—Sí.

—¿Dónde estás ahora?

—Siguiéndola.

Así era. Al entrar al hospital no había tenido problema en localizarla y como nos separaba una buena distancia, había comenzado a perseguirla.

—Joder, joder. Eso va a terminar fatal.

—No tiene por qué. Puedo estar aquí por cualquier cosa, mía o de algún familiar o amigo.

—Vale. Escúchame. Si Fabiana se ha referido a nuestro Héctor…

Sonreí con tristeza, por lo de nuestro.

Tenía una sensación muy mala en el cuerpo, una sensación que ya había vivido y experimentado en el pasado.

No podía volver a repetirse que esa mujer me jodiera una relación. La de Miguel me dolió porque era joven e ingenua en el tema del amor, pero, aun así, agradecía el favor que me hizo Fabiana. Aunque su propósito era joderme.

La relación que tenía con Héctor, si se rompía, me destrozaría de una manera muy diferente a cómo terminé en mi juventud. Lo mío con Héctor era muy distinto y no podía ni pensar en algo malo.

Todavía no me creía lo que había escuchado de Fabiana, ni que yo la estuviera persiguiendo por ese motivo, con el propósito de pillarla con Héctor.

—¿Qué? —le pregunté a Aroa, al darme cuenta de que se había quedado callada.

—Perdona, estaba pensado —suspiró—. Iba a decir que, si es Héctor, debes tener en cuenta que no sabemos qué ha sucedido entre ellos ni qué tienen, porque joder, sería muy mala suerte, pero pueden tener una historia pasada juntos. No quiere decir que ahora tengan algo.

—Mierda —me lamenté.

—Y lo más importante —continuó Aroa—. Paula, por lo que más quieras, no pierdas la cabeza y te vuelvas loca. Habla y pregunta, antes de actuar, para no arrepentirte a lo grande después.

—¿Por qué no puedo avanzar por culpa de esa tía? —le pregunté susurrando.

—Cariño, esa tía no debería tener el poder de hacerte ni un mínimo daño. Tú eres mucho más que ella, en todo. —Hizo una pausa—. Piensa que es imposible que Héctor sepa que os conocéis, él se verá en medio de todo el marrón de vuestro pasado.

—¿Y qué? El tema es si se acuesta con ella en el presente.

—¡Cómo se va a acostar con ella! ¡Por Dios, Pau! ¡Si está contigo como lo está un niño pequeño con el juguete más increíble para él! Héctor besa el suelo por el que pisas, no digas tonterías. ¿Ves? A esto me refiero, ya estás sacando conclusiones por ti misma, sin pararte a averiguar la verdad.

—Te dejo.

—No, no, no… ¡Ni se te ocurra colgar!

—Luego te llamo. Piensa en mí y mándame suerte. Te quiero.

Colgué la llamada.

Lo último que escuché de Aroa fue su amenaza de que iba a hablar con Rubén.

Esperaba que no la cumpliera, porque mi amigo se presentaría aquí en tiempo récord, dejando todo lo que estuviera haciendo. Y más si Aroa le contaba todo.

Puse el móvil en silencio y lo guardé en el bolso, el que me eché hacia atrás para dejarlo cruzado a mi espalda. La correa se quedó entre mis pechos.

Me paré de golpe cuando Fabiana lo hizo. Se puso a hablar con una mujer.

Me fui hacia un lado del pasillo, para no quedarme tan expuesta, aunque si se giraba en cualquier momento me vería igualmente.

Me daba igual, ya me inventaría algo y disimularía sobre la marcha, si la situación se giraba en mi contra. Aunque algo me decía en mi interior que más en mi contra no podía ir el asunto por el que Fabiana había entrado decidida al hospital.

Fabiana volvió a andar, alejándose de la mujer, y yo me moví también, manteniendo la distancia.

Sin ayuda no podía acceder a la última planta, donde estaban los despachos.

Solo había dos maneras de subir. La más rápida era en el ascensor de uso excluso para el personal del hospital, pero era necesario tener una de las tarjetas del personal médico.

Y la otra manera era subiendo por las escaleras, pero para acceder a estas también era necesaria acreditación, ya que también eran de uso privado.

No tenía ni idea de las intenciones de Fabiana. ¿Qué tenía pensado hacer? ¿De verdad iba a verse con Héctor? ¿Él lo sabía? ¿La estaba esperando? ¿Habían quedado? ¿Qué había entre ellos? ¿Cómo se habían conocido y cuánto tiempo hacía?

Se me revolvió el estómago con todo y me sentí fatal, al imaginarme ciertas respuestas.

Apreté los puños, mientras continuaba caminando por detrás de Fabiana.

Para mi sorpresa no intentó subir, ni siquiera a las plantas donde estaban ingresados los pacientes. Se movió por la planta principal y dimos tantas vueltas que terminamos en las consultas de urgencias.

Pasamos de largo de ellas y llegamos a una zona en la que había muy pocas personas, la mayoría de ellas pertenecían al personal del hospital.

—No puede pasar —me dijo un hombre.

Salió de la nada y se interpuso en mi camino, cortándome el paso.

Miré por un costado de él, para ver cómo Fabiana tenía suerte y se colaba, sin que nadie la viera. Tuvo el camino libre y la seguí con la vista, hasta que desapareció por una puerta.

—Perdón —me disculpé con el hombre—. Me he despistado.

—No pasa nada. Si puedo ayudarla…

—Gracias, pero no hace falta. Ahora llamo a mi padre, para que me diga de nuevo dónde está. Seguro que he terminado en la otra punta del hospital, voy a buscarlo —exageré un suspiro.

—De acuerdo, no se preocupe —me sonrió—. Suerte.

Asentí, devolviéndole la sonrisa, y le di la espalda.

Comencé a caminar, por lo que él interpretó que me iba, como le había dicho, cuando en realidad no tenía intención de hacerlo. Caminé por el pasillo y el hombre me adelantó, yendo en la misma dirección.

Hasta que me paré, cuando él ya no podía verme.

Me entretuve mirando dentro del bolso, haciendo un poco de tiempo, pero al ver que el hombre se había olvidado de mí definitivamente, volví a girarme, para desandar los pasos que había dado.

Me di prisa para ir hacia la puerta por la que había entrado Fabiana, mientras miraba disimuladamente hacia los lados.

Esta vez llegué bien y me alegré cuando el pomo giró.

Abrí rápido y me colé dentro, sin pensar en que podía haber alguien. No fue así, entré en una sala pequeña que estaba vacía, por lo que me dirigí hacia la otra puerta que había.

Al tirar de ella y abrirla, aparecí en una sala bastante más grande y para mi sorpresa, me encontré con varios médicos y cirujanos. Se los diferenciaba muy bien porque llevaban batas diferentes.

Se callaron de repente, por mi presencia.

Entre los cirujanos estaban Ismael y Héctor. Mis ojos se quedaron fijos en Héctor y en los brazos de Fabiana, con los que se había agarrado a Héctor.

Entrecerré los ojos hacia ellos y cómo me jodió la sonrisa de suficiencia de la desgraciada de Fabiana.

Al principio se sorprendió, al no esperar verme, pero cuando se recompuso, salió la verdadera cara de ella. Estaba claro que para Fabiana la mosquita muerta era yo, lo que no comprendía porque ¿cómo sabía Fabiana de mi relación con Héctor? ¿Se lo había dicho él?

Esa mujer era la maldad personificada y yo tenía la puñetera mala suerte de darme de frente con ella, siempre.

Héctor e Ismael se sorprendieron al verme y les costó recomponerse. Héctor lo mostró más, aunque claro, teniendo en cuenta que no estaba solo…