¡Ese médico es mío! Capítulo 38
93%

Capítulo 38

—Cuando queráis cambiamos —comentó Mario, con diversión.

Él y Sergio habían traído hasta las tumbonas dos sillones de jardín, cómodos y anchos.

En ellos estaban sentados, mientras que Rubén se había puesto en la tumbona de Gina, al igual que Héctor estaba en la mía.

Había pasado un rato desde que Aroa e Ismael entraron en mi casa, donde continuaban.

Ray, Yoda y Leia estaban tumbados en la hierba, frescos y relajados, entre las tumbonas.

A mi alcance tenía a Ray, al que acariciaba de vez en cuando. Leia estaba tumbada cerca de los pies de Héctor y Yoda, entre el sillón de Sergio y la tumbona donde estaban Rubén y Gina.

—No queremos, guapo —le dijo Leti.

—No, ¿eh? —le habló Mario, directamente—. ¿Entonces qué queréis?

—¿En plural? —sonrió de medio lado Leti.

—¿Qué quieres? ¿Así está mejor?

—Por supuesto, así es perfecto. ¿Nos apartamos un poco en el jardín y te cuento lo que quiero y me gustaría mucho? —le preguntó ella.

Mario observó a Leti detenidamente, como interpretando bien lo que estaba entendiendo, para no equivocarse.

—Vamos a otra parte del jardín y me cuentas qué quieres y te gustaría —aceptó él.

Leti sonrió y se levantó de su tumbona. Mario la imitó en todo, incorporándose del sillón.

Los vimos caminar por la hierba, alejándose de nosotros hacia un lateral alejado del jardín. Algunos más sorprendidos que otros, por lo que acababa de pasar.

—Joder —dijo Gina—. Y se ha hecho la sorprendida.

Después de unos segundos, Nadia, Gina y yo soltamos una carcajada. Rubén, Sergio y Héctor nos miraban con mucha curiosidad.

—Respondiendo a tu pregunta… —le dije a Héctor—. La que no se enteraba era Leti, aunque ya ha dejado claro que no era cierto.

—Eso, o ha reaccionado muy rápido. Joder, así da gusto dar consejos —comentó Nadia.

Las chicas volvimos a reírnos.

—¿Nos podéis explicar de qué va todo esto? —nos preguntó Sergio.

—A mí me parece que hoy más de uno va a llevarse un buen regalo —comentó Rubén—. Algunos ya se lo están llevando.

—Sí —le confirmé, cuando me miró.

Sonrió con picardía, al mismo tiempo que asintió.

—¿Podemos esconder a vuestros padres en la casa, taparles los ojos y los oídos, y dar rienda suelta a nuestras necesidades? —nos preguntó Nadia, a Héctor y a mí.

Soltamos una carcajada.

—Vale, ya lo pillo —comentó Sergio, divertido.

—Menos mal, rubio. Aunque me hubiera encantado explicártelo en privado —le dijo Nadia, con un guiño.

—¿Cómo? —se hizo el desconcertado Sergio, siguiéndole el juego—. ¿A qué te refieres? Me he liado, no estoy entendiendo nada. ¿Me lo explicas? ¿Vamos a otra parte del jardín?

Reímos todos con ganas, aunque saltaban chispas entre las miradas de Nadia y Sergio.

—Oye, que mi jardín no es tan grande —dije.

—Lo suficiente, preciosa. —Me hizo un guiño Sergio.

—Cuando se quiere, se puede —añadió Rubén divertido, animándolos.

—Ven, rubio —le pidió Nadia a Sergio—. Voy a contarte bien lo que ha pasado mientras vosotros estabais en la barbacoa.

Mi compañera y amiga se levantó de su tumbona con decisión y extendió una mano hacia Sergio. Él sonrió de medio lado y no dudó en aceptarla.

Se agarró de su mano, levantándose, y se fueron caminando tranquilos hacia el lado opuesto en el que continuaban Leti y Mario.

—Cada vez somos menos —dijo Gina y reímos.

—Os voy a hacer el regalo de daros privacidad —les dije a ella y a Rubén.

Me separé de Héctor para levantarme. Les hice un guiño a la parejita y agarré a Héctor, el que ya se había incorporado para seguirme.

—Cuidado con las manitas que hacéis y hasta dónde vais a caldear el ambiente, os quedáis bajo la vigilancia de Ray, Yoda y Leia —les advirtió Héctor.

Reímos los cuatro con ganas.

Era verdad, los perros no tenían intención de moverse y se quedaban con ellos. Estaban tumbados en la hierba, como desde hacía rato, pero lo de vigilar era un decir, porque se habían quedado dormidos disfrutando de la hierba fresca y de la sombra de los árboles.

Héctor tiró de mi mano y nos movimos, para ir hacia la corredera del salón.

—¿Dónde quieres ir? —me preguntó—. Lo mismo nos llevamos una sorpresa al encontrarnos con Ismael y Aroa.

—¿Los has visto entrar?

—Sí, y con la intención que ha entrado mi amigo —comentó con diversión y sonreí—. Espero que tus padres y mi madre no estén enterándose de nada.

Reímos.

—Saben muy bien hacer como que no se enteran —le dije con un guiño—. Vamos a la cocina, voy a preparar varias sangrías que entrarán de lujo.

—¿Te salen bien? —me preguntó, con curiosidad.

—Mira y aprende, novato.

Solté una carcajada, entrando en la cocina.

—¿Perdona? ¿Me has llamado novato?

—Qué oído más fino tienes —hablé con humor.

—Vas a tener que esmerarte para que te dé una buena nota. —Negó con la cabeza.

Cuando nos paramos junto a la encimera de la isla, me moví para que Héctor se quedara entre mi cuerpo y la isla.

—Paula… —carraspeó.

—¿Qué? —le pregunté, inocentemente—. Tengo que sacar buena nota y estoy dispuesta a esmerarme para conseguirla.

Me mordí el labio inferior cuando coloqué una mano sobre su miembro y se lo presioné.

—Mierda… —susurró—. Vas en serio.

—Mucho. —Le acaricié los labios con los míos, al hablar—. Vamos a la despensa para que nada ni nadie nos interrumpa.

—No tienes ni idea de lo que he estado conteniéndome.

Sonreí, pegando mi cuerpo más al suyo.

—Lo mismo que yo. Esta camiseta de tirantes anchos. —Tire de ella—. Y el bañador. —Ejercí más presión en su miembro duro—. Son demasiado tentadores.

—¿Tú me hablas de tentación, con el bikini que llevas puesto?

Soltó un pequeño gruñido cuando moví la mano, al mismo tiempo que empujaba la cadera hacia mí, para notar más presión.

Yo iba sin camiseta, dejando ver la parte de arriba de mi bikini. Esta era con forma de triángulos, los que tenían un tamaño muy pequeño. Me cubrían poco los pechos y la braga que mostraba a medias iba en la misma línea de la cantidad de tela.

Me lo había puesto para alterarlo, porque era uno de los bikinis más minúsculos que tenía.

La braga era tipo tanga y estaba tapada por el pantaloncito corto que llevaba encima, aunque la tela de este se transparentaba y dejaba ver lo que había debajo.

Sabía muy bien dónde y cuándo podía ponerme ciertas cosas, ya que todas las personas que se encontraban en mi casa hoy, para celebrar mi cumpleaños, eran de mi total confianza y podía estar completamente tranquila, sin pasar vergüenza.

Con Sergio y Mario, incluso un verano estuvimos Rubén, Aroa y yo en una playa nudista.

Entre todos los que estábamos en mi casa no había ni una mirada fuera de lugar, estuviéramos como estuviéramos.

Todo lo veíamos normal hacia las personas que considerábamos importantes en nuestras vidas, de ahí que no me importara mostrarme más de la cuenta.

Había excepciones para ciertas reacciones y miradas, claro, como era el caso de las parejitas que parecían haberse formado hoy de improviso. Todavía estaba un poco sorprendida por eso, pero al mismo tiempo encantada por lo que estaba sucediendo entre ellos.

—Dentro de un rato nos pondremos a montar la piscina —me dijo Héctor—. Con tantas manos lo haremos pronto. Tu padre ya nos ha advertido que no nos quiere cerca de la barbacoa, cuando comience con la carne.

El agua para refrescarnos en la piscina llegaría más tarde, pero todos íbamos en traje de baño para aprovechar el buen tiempo que hacía, para que nos diera el sol en los momentos que nos exponíamos a él.

—A mi madre y a mí también nos echa siempre. Quiere que disfrutemos y descansemos, mientras que a él le encanta estar al cargo de la barbacoa.

Le besé el cuello y me agarró de las nalgas, con fuerza.

—Igualmente iremos acercándonos —me susurró al oído.

—Me parece bien.

Le mordí la curva del cuello.

—Como sigas así, no llegamos a la despensa.

—Pues date prisa en llegar —le pedí, con necesidad.

Solté una carcajada cuando me levantó para cogerme. Dejé de tocar el suelo con los pies y enrollé las piernas en su cintura.

Nos olvidamos completamente de las sangrías.

Cuando llegamos frente a la puerta de la despensa, la abrí y al entrar, cerré rápido. Héctor me empujó contra la pared.

Jadeé al sentirlo duro, clavándose en mi zona íntima.

—Va a ser rápido —me dijo, de manera apresurada.

—Todo lo rápido que queramos y podemos repetir tantas veces como necesitemos.

—Vas a acabar conmigo —gruñó.

—Si es de esta manera, no creo que tengas quejas.

—En absoluto.

Me besó con fuerza, abriéndose paso en mi boca con su lengua. Nuestros besos nos hicieron arder, mientras sus manos recorrían todo mi cuerpo.

Apreté las piernas a su alrededor, pidiéndole más.

Mis jadeos y gemidos quedaron silenciados en la boca de Héctor, la que no me dio ni un descanso, devorándome.

Retiró la tela de los triángulos, dejando al aire mis pezones, los que me torturó pellizcándolos y tirando de ellos, con fuerza. Las punzadas de dolor se mezclaron con otras mucho más placenteras e intensas.

Mi excitación aumentó, mojando mi ropa, mientras Héctor hacía todo lo anterior y, además, frotaba su erección en mi sexo.

No supe cuánto tiempo pasamos así, ni cuándo comencé a moverme sobre él. Me sentía desesperada por sentirlo piel con piel y me dio lo que deseábamos ambos.

Después de pisar el suelo otra vez, durante unos segundos, para quitarme el pantalón corto, volví a subirme sobre su cuerpo, agarrándome muy fuerte a él.

Héctor se bajó la cinturilla del bañador, liberó su miembro, y me apartó la tela del tanga.

En cuanto tocó mis fluidos y comprobó lo excitada que estaba, me apretó más contra la pared y me embistió hasta el fondo.

Ambos gemimos. Héctor apoyó la frente en la mía.

—Esto es el puto paraíso, cariño —susurró, con la voz ronca.

—Estoy de acuerdo y quiero perderme en este paraíso.

—¿Siempre?

Lo agarré del pelo con fuerza y tiré de él, para separarlo un poco y poder mirarlo bien a los ojos. Nos observamos fijamente, a centímetros de distancia, unidos por completo, con su miembro llenándome de una manera maravillosa.

—Siempre —repetí con decisión, como respuesta.

Héctor soltó un gruñido y comenzó a moverse. Ya no hubo más palabras. Nuestras bocas se encargaron de silenciar al otro, mientras me embestía con fuerza y acelerado.