Capítulo 37
—Refrescaos, chicas —nos pidió Elena, la madre de Héctor.
Aroa, Gina, Leti, Nadia y yo le sonreímos y le agradecimos los botellines de cerveza que traía para nosotras, en una bandeja.
—¿Y para ti, Elena? —le preguntó Aroa.
—Mi botellín lo tengo en la mesa —nos dijo, con un guiño.
Todas miramos en esa dirección, donde estaba mi madre esperando a que Elena regresara.
Le devolví la sonrisa a mi madre.
Cuando llegó Elena y se la presenté a mis padres, sabía con antelación lo que iba a suceder, pero, aunque en mi interior sabía que no tenía que preocuparme por nada, había sentido una pizca de inseguridad cuando llegó el momento. Todo provocado por los nervios.
Como no podía ser de otra manera, la madre de Héctor y mis padres habían conectado genial. Mi madre y Elena ya parecían amigas de años. Elena no había vuelto a irse de viaje desde que llegó, aunque sí que pasaba algunos días seguidos en la casa de la playa de una amiga.
—Bebéroslas rápido, hace mucho calor —nos dijo Elena.
Después de hacernos un guiño, se fue con la bandeja debajo de un brazo.
Sonreí, feliz y emocionada, porque todo estaba saliendo genial. Desde que fueron llegando los invitados, mi sonrisa era constante y cada vez más grande. Empezando por la llegada de Héctor, quien volvió a darme una maravillosa felicitación de cumpleaños, en la intimidad de mi habitación.
Dirigí la mirada hacia la zona de la barbacoa, donde estaban reunidos todos los hombres. Ahí estaba el mío. Sí, hacía un tiempo que había asumido la posesividad que me nacía hacia Héctor.
Él no se quedaba atrás conmigo. Me superaba bastante en eso, pero siempre en el buen sentido, en el que te hace sentir querida, deseada, admirada e intocable.
Me encontré con la mirada de Héctor, quien me hizo un guiño, mientras bebía de su cerveza. Se lo devolví con complicidad. Él estaba muy feliz, por nosotros, por cómo había encajado todo en nuestro mundo y por su madre.
—Se te cae la baba con tu chico —me dijo Leti.
Giré la cabeza hacia ella, con gesto divertido.
—No me extraña —rio Nadia—. Lo raro sería que no se le cayera, ahí tendríamos un grave problema y habría que llevarla corriendo a una revisión de la vista.
Reímos todas.
—Gina, querida, no te quedes callada, que tú estás igual que Paula —le dijo Aroa.
—¿Para qué voy a hablar? —preguntó Gina—. Eso os lo dejo a vosotras, mientras yo me como a Rubén con la vista y me relamo.
Aroa se bajó las gafas de sol y la miró sorprendida.
Soltamos una carcajada.
—Joder, con la calladita —se quejó Aroa, en modo de broma.
—Calladita, pero he conseguido mi objetivo —rio Gina.
Miramos con curiosidad hacia los chicos y también reí, al ver la mirada de Rubén. Pues sí, Gina había conseguido su objetivo. No cabía duda.
—Las dos habéis tenido mucha suerte —comentó Leti, sin perderse detalle. Se refirió a Gina y a mí—. Tenéis al lado a unos hombres increíbles y con todos mis respetos, que están para hacerles favores sexuales el resto de sus vidas.
Soltamos una carcajada.
—No me mires así —continuó hablando, dirigiéndose a Aroa—. De Ismael también te diría lo mismo, pero como no estáis juntos… ¿No? —la pico Leti.
—Pues no. Lo nuestro es pasarlo bien y disfrutar sin compromiso —contestó Aroa.
—Claro que sí —rio Leti.
—¿Entonces puedo tirarme a Ismael? —preguntó de repente Nadia.
—¿Cómo? —gritó Aroa.
—Si no sois pareja y vais por libre… Estoy pensando en darme un homenaje hoy con Ismael, está tremendo —comentó Nadia, despreocupada.
Mi amiga y compañera sabía muy bien lo que estaba haciendo. No necesitaba intercambiar una mirada con Nadia para tener claro que quería darle un escarmiento a Aroa, por ocultar y negar lo que sentía y quería con Ismael.
—¿Tienes algún problema con mi intención? —le preguntó Nadia, insistiendo.
Aroa se había quedado tan sorprendida que le costó reaccionar.
—Eh… —Comenzó a hablar Aroa.
Carraspeé.
—No. Por supuesto que no —terminó de hablar Aroa.
Bufé.
—¿Qué? —me preguntó.
—Que no sé a qué estás jugando, Aroa —me quejé—. Es el día de mi cumpleaños, no me cabrees.
—¡Yo no he hecho nada! —exclamó.
—Ese es el problema, nena —le dijo Leti—. Que no haces nada y el buenorro que tienes para ti solita se te va a escapar, por jugar al «no es nada mío».
—¿Por qué os habéis puesto en mi contra?
—Porque estás haciendo demasiado el tonto y jugando con fuego. Y no queremos que te quemes y después lo pases mal —le contestó Leti.
—¿Entonces? ¿Puedo tirarme a Ismael? —insistió Nadia.
Aroa la miró con los ojos entrecerrados.
—¿Por qué mierda no te fijas en Sergio o en Mario?
—Oh, créeme, me he fijado muy bien en el rubio —rio Nadia.
—¿Cuál de los rubios? —quiso saber Gina, divertida.
—Sergio es rubio. Mario castaño claro, con reflejos rubios —nos aclaró Nadia.
Yo lo tenía más o menos claro, ya que había visto algunos cruces de miradas entre Sergio y Nadia. Había sido muy interesante y ellos no se habían cortado. Tampoco tenían por qué hacerlo y a mí me encantaba la posibilidad de que pasara algo entre mi compañera de trabajo y amiga, y mi amigo.
Como en este instante, que Sergio miró en nuestra dirección. En un principio nos sonrió a todas, pero después se centró únicamente en Nadia, la que le hizo un guiño. Sergio amplió su sonrisa con los labios en el botellín.
—¿Quieres tirártelos a los dos? —le preguntó Aroa, al darse cuenta a qué rubio estaba mirando Nadia.
Nadia soltó una carcajada, pero dejando ver en su cara que no le importaría esa opción. Fue fingido, pero Aroa no se dio cuenta.
—Si puedes no pierdas la oportunidad, nena —animó Leti a Nadia, con un tono de voz divertido—. Joder, quién pillara a los dos.
—¡Haced un trío! —soltó Gina.
Todas la miramos de golpe y ella, aunque se sonrojó, se encogió de hombros y asintió.
—La madre que… —comenzó a decir Leti.
—No ha podido venir, pero opinaría igual que yo —dejó claro Gina.
Soltamos una carcajada. Todas menos Aroa.
—Ya vale —nos pidió Aroa.
—¿El qué? —continuó Nadia.
—Que te tires todas las veces que quieras a Sergio, pero a Ismael ni te acerques con ese propósito —le exigió Aroa.
Sonreí de medio lado.
—¿Por qué? —Se hizo la sorprendida Nadia.
—Yo lo dejaría ya, ¿eh? —propuso Gina.
—Sí. Está muy celosa —añadió Leti.
—Estáis diciendo muchas tonterías —se quejó Aroa.
—Querida, la única que dice tonterías aquí eres tú —le dijo Nadia, con un guiño—. ¿Tienes una relación con Ismael y no me he enterado? ¿Por qué no puedo acercarme a él para echar un polvo? ¿Es algo tuyo?
—¡Eres imbécil! —se quejó mosqueada, alzando la voz.
—Aroa… —la llamé.
—Ahora no —me pidió.
Se levantó de golpe de la tumbona en la que estábamos las dos y caminó rápido hacia el porche, para entrar en mi casa.
Todas la seguimos con la vista y yo desvié la mía hacia los chicos.
Ismael se había dado cuenta de que le pasaba algo a Aroa. Por supuesto que él la había visto, siempre estaba muy pendiente de mi amiga, aunque lo disimulara. Y continuó mirando hacia la corredera del salón, por donde había desaparecido Aroa.
Esperé y el momento llegó, cuando la mirada de Ismael se cruzó con la mía. Tenía el ceño ligeramente fruncido, preguntándose qué había pasado. Le hice un gesto señalando hacia mi casa y lo entendió perfectamente.
Ismael les dijo algo a los demás, dejó su cerveza apoyada en la encimera de la barbacoa, y caminó hacia la casa.
Sonreí porque iba a terminar muy bien. No me cabía duda de que Ismael calmaría y relajaría estupendamente a Aroa.
—Nos hemos pasado —comentó Gina, con pesar.
Ray apareció por un lado de mi tumbona y sonreí, acariciándolo.
Lo abracé y le di un beso, y como no, Leia y Yoda llegaron corriendo para que les diera las mismas atenciones que a mi perro.
—Sí, nos hemos pasado —confirmó Nadia—. Pero no me arrepiento.
—El polvazo se lo va a llevar ella, si es que no están en ello ya —rio Leti.
Gina, Nadia y yo sonreímos.
—A ver si abre los ojos de una buena vez —suspiró Gina—. Hacen una pareja preciosa y si Ismael se cansa…
—Por ahora podemos estar tranquilas con eso —la interrumpió Nadia—. A Ismael se le ve dispuesto a esperar y a todo.
—Sí —lo confirmé, pensativa.
—¿Y tú? ¿Vas a ir a por Sergio? —le preguntó Leti a Nadia.
—Ya te digo. Y tanto que sí —contestó ella, entre risas.
—Tú podrías darle amor a Mario —le propuso Gina, a Leti—. Va a estar muy solito a ratos.
—¿Qué dices? —se sorprendió Leti.
—Otra que no se entera —dije.
Soltamos una carcajada.
—¿Quién no se entera de qué?
La voz de Héctor nos sobresaltó a todas. No lo habíamos visto acercarse, porque en la hierba era imposible escucharlo. Tampoco al resto. Estaban todos, menos mi padre.
Los perros fueron hacia ellos, para recibir más caricias.
Miré de reojo hacia la zona del jardín en la que colocamos la mesa del porche, para tener sombra. En ella estaban mis padres con Elena, sentados y hablando.
Héctor vino a mi tumbona y se sentó en el lateral, levantándome las piernas para colocármelas sobre las suyas.
Nos sonreímos.
Me ofreció su botellín. Estaba recién abierto, por lo que la cerveza estaba muy fresca.
Me sentó genial el sorbo que le di.