Capítulo 36
—Estás muy contento y nervioso, ¿eh? —le pregunté a Ray y reí cuando me ladró, confirmándomelo.
Mis padres lo habían traído a mi casa, hacía casi dos horas, para que recibiera una gran sorpresa.
Ray salió corriendo, alejándose de mí, para continuar jugando con sus amigos, Leia y Yoda. Ellos habían sido su sorpresa. Los tres no paraban quietos, emocionados al volver a estar juntos.
Dentro de un rato mis padres aparecerían de nuevo. No era a los únicos que esperaba, hoy mi casa se llenaría de las personas a las que quería cerca de mí, en un día especial.
Habían pasado casi tres semanas desde que visité por primera vez el despacho de Héctor, en el hospital. Tres semanas y unas horas desde nuestra primera cita en su casa y de que yo pasara la noche con él.
A estas alturas ya llevábamos muchas noches compartidas, en su casa o en la mía. No habíamos hablado en ningún momento de una relación seria, pero desde fuera era lo que parecía que teníamos.
Esa conversación no la habíamos tenido, aunque no hacía falta porque nos tratábamos como una pareja, en todos los aspectos.
El tiempo que llevábamos juntos lo habíamos utilizado muy bien, para conocernos. Una persona no se conoce en un día, ni en una semana, ni en un mes, ni siquiera en años, pero nosotros íbamos por muy buen camino.
La base firme la habíamos creado y yo no podía estar más feliz y satisfecha.
Sabía que a Héctor le sucedía lo mismo, lo veía en su mirada y en su comportamiento cada día, e Ismael, su mejor amigo y compañero, me lo decía cada vez que me veía.
Me caía muy bien, habíamos congeniado genial, aunque no hasta el nivel que había alcanzado con Aroa.
Mi amiga se llevó una grandísima sorpresa cuando recibió el primer mensaje de Ismael, en el que le dijo quién era y cómo había conseguido su número de teléfono. A partir de ese momento que comenzaron a hablar no habían parado, y no solo eso, sino que también había quedado.
Quedaban para tomar cafés, para hablar y conocerse. También habían salido varias veces a cenar, incluso en una de esas ocasiones nos apuntamos Héctor y yo.
Mi amiga estaba como flotando entre algodones, irradiaba felicidad y es que Ismael le gustaba muchísimo. Más que eso y no era para menos, porque el amigo de Héctor tenía una planta impresionante y era muy guapo.
En definitiva, que había conquistado a mi amiga a pasos agigantados y ella se había dejado conquistar encantada. A pesar de ello y de que habían intimado varias veces, todavía mantenían ciertas distancias.
Les gustaba compartir tiempo juntos, cuando se veían parecían una pareja, por la cercanía que mostraban, pero a la hora de la verdad ninguno de los dos había querido dar un paso más allá.
De hecho, la semana pasada Ismael quedó con unos amigos suyos entre los que se encontraba una mujer que iba detrás de él, y cuando Ismael se lo contó a Aroa, porque era muy sincero e iba con la verdad por delante, mi amiga le dijo que muy bien, que le aprovechara si sucedía algo entre ellos.
Estaba claro que lo dijo con la boca pequeña, rabiando por dentro, pero no lo mostró ante él. Aroa no tenía ni idea de lo que pasó esa noche, Ismael no entró en detalles cuando mi amiga le preguntó cómo le fue y qué tal se lo pasó.
Él quiso castigarla con el silencio, porque en el fondo le dolió que le dijera que podía liarse con la otra. La jugada le estaba saliendo muy bien porque tenía a Aroa muy celosa e Ismael lo sabía, a pesar de los esfuerzos que hacía ella por ocultarlo delante de él.
Así estaban, aunque hoy llegarían a mi casa sonrientes y muy relajados, después de la noche que habían pasado. Me desperté con un mensaje de mi amiga, el que me envió la noche anterior, antes de ir a la habitación de Ismael.
Yo no veía el momento de que hablaran claro entre ellos, para que se dejaran de tonterías, pero como me había dicho Héctor en varias ocasiones, era mejor que no nos metiéramos nosotros.
La verdad era que Ismael dirigía muy bien a Aroa y yo sabía que mi amiga estaba en muy buenas manos.
Por Héctor estaba al día de lo que sucedió la noche que Ismael salió y coincidió con la mujer que iba detrás de él. El resumen: no sucedió nada entre ellos. Nota importante: porque él no quiso.
Respetó a mi amiga y lo que estaban iniciando, y eso dijo mucho de él y de lo que quería conseguir con Aroa.
Los días que habían pasado habían dado para mucho más.
A Gina le dieron el alta en el hospital y días después regresó para hacerse unas pruebas. Los resultados de estas fueron positivos, Ismael le confirmó que estaba recuperada del todo, que su cabeza volvía a estar perfectamente y sin rastro de inflamación.
Ella había vuelto al trabajo, a su vida, a la que había incorporado a mi amigo Rubén. Se adaptaron perfectamente al otro y la relación les iba genial. Tenían caras de enamorados todo el tiempo, como les decía Aroa. Ellos también llegarían a mi casa en un rato.
Hoy era mi cumpleaños, por lo que también nos acompañarían en mi casa, aparte de los mencionados hasta ahora, Leti, mi amiga y camarera de la cafetería de mi madre, Nadia, mi amiga y compañera de trabajo, y Sergio y Mario, amigos de Rubén y de Aroa y míos también.
Y, por supuesto, Héctor llegaría con Yoda y Leia. Iban a pasarlo muy bien entre tanta gente y, sobre todo, con Ray.
A los padres de Gina los invité. Me lo agradecieron, pero no podían venir porque ya tenían el día comprometido con unos amigos.
Esta mañana había recibido la llamada de Belén, la madre de Gina, y Eduardo, el padre, me aseguró, después de felicitarme también, que el año que viene no se lo perderían por nada.
Me hizo mucha ilusión, por varios motivos. Por tenerlos conmigo y porque el comentario de Eduardo indicaba que quería que mi amigo y su hija fueran una pareja duradera. Yo sabía que sería de esa manera.
Los padres de Gina y yo habíamos conectado genial y mi amigo Rubén, con sus suegros, muchísimo más.
Ah, hoy también estaría en mi cumpleaños la madre de Héctor, Elena. La conocí un día después de que regresara del viaje que ella había disfrutado con sus amigas.
Era una mujer encantadora. Me conquistó nada más verla. La dulzura que desprendía, el cariño con el que trataba, la simpatía con la que acogía…
Le hizo muchísima ilusión que Héctor apareciera en su casa conmigo, sin avisarla. Él quiso darle una sorpresa al presentarme como su pareja y lo consiguió. Elena se asombró al no esperárselo, porque su hijo no le hizo ni un comentario de mí mientras estaba fuera.
Pero del asombro pasó a soltar un grito y a abrazarme, emocionada. Yo recibí la muestra de cariño y la bienvenida a su familia con la misma emoción e ilusión.
Me llevé la taza de café con leche a los labios y di un buen sorbo, mientras observaba como Ray, Yoda y Leia jugaban en mi jardín.
No podía comparar las dimensiones de mi casa con alguna de las de Héctor, ni tampoco con la de mis padres, pero, aun así, la mía era mucho más perfecta para mí sola. No os vayáis a imaginar que mi vivienda era pequeña, para nada.
Era una planta baja con cuatro habitaciones, dos baños, una cocina y un salón grandes. Un garaje, un trastero y un jardín perfecto al que normalmente accedía desde el porche, al que se salía del salón.
Este año todavía no la había montado, pero en cualquier momento le diría a Rubén que me ayudara con la piscina que colocaba a un lado del jardín, como siempre hacíamos. Aunque ahora también estaba Héctor conmigo, porque seguro que si se lo comentaba me diría de montarla él.
En la otra parte del jardín tenía una barbacoa, en la que ya había dejado el carbón porque era día de barbacoa. De ella se encargarían mi padre, Héctor, Rubén, Ismael, Sergio y Mario, mientras que las chicas hacíamos el resto.
Me encontraba en el porche, sentada en un banco acolchado, frente a la mesa en la que me tomaba el primer café del día, desayunaba los fines de semana y cenaba todas las noches que estaba en casa.
Durante los mediodías era imposible, a no ser que fuera un día de piscina y estuviera a remojo. El sol daba directamente en el porche, en la mesa en la que me encontraba.
Hoy, cuando fueran llegando, moveríamos la mesa de sitio para llevarla a una zona del jardín que estaba protegida por las copas de varios árboles. La mesa era rectangular y bastante grande, por lo que pesaba mucho para poder manejarla yo sola.
Igualmente, pondría un par de mesas más, plegables, por si las necesitábamos para estar más cómodos.
Todavía se estaba estupendamente en el porche, así que me quedaba un buen rato para aprovecharlo. Era temprano, faltaba para que los primeros invitados llegaran.
Héctor estaba en el hospital, hacia allí se fue cuando nos despedimos esta mañana, después de desayunar juntos. La noche pasada tocó pasarla en mi casa y como hoy era un día especial, en el que nos reuníamos muchas personas, por la tarde vino a mi casa con Yoda y Leia. Hoy no podían faltar.
Mis padres y Héctor ya se conocían. Cuando les conté a mis padres, bastantes días atrás, que estaba saliendo con un chico, no dudaron en pedirme que, si a él le parecía bien, fuéramos a comer a su casa. Héctor estuvo encantado de aceptar.
Debo decir que los tres encajaron muy bien y Ray se puso muy contento de volver a verlo. Según mi madre, Héctor era el yerno que todos los padres querían para sus hijos. Y no se equivocaba. Al menos hoy día no podía pensar de otra manera y esperaba que mi pensamiento no cambiara nunca.
En mi mente ya me veía compartiendo todo con Héctor, para toda la vida, lo que era muy peligroso y daba vértigo. Pero es que él me lo ponía muy fácil para hacerme ilusiones y las alimentaba diariamente.
Faltaba muy poco para que saliera del hospital, ya que había ido para reunirse con un compañero, por algún problema que tenía este. Vendría directo hacia mi casa.
Sobre el trabajo en la casa de Héctor en la que trabajábamos Nadia y yo, ambas estábamos muy contentas y satisfechas de cómo iba avanzando.
Pablo y su equipo habían adelantado mucho y estaban a punto de finalizar la primera planta. Quedaba toda la planta superior, pero ya se veía de otra manera diferente y era motivador. Por el momento, las obras estaban quedando perfectas.
Nadia y yo ya habíamos empezado a encargarnos de las decoraciones de la planta inferior y de todo el mobiliario, para vestir la cosa como se merecía.
Héctor continuaba sin querer ver nada ni escuchar cómo iba. Hacía tiempo que no miraba por las cámaras, estaba tranquilo porque yo pasaba mucho tiempo allí. Yoda y Leia recibieron estupendamente a los demás trabajadores.
Le había advertido a Héctor, en broma, que iba a dejarse un buen dinero porque yo no iba a escatimar en decoración y mobiliario.
Siempre que se lo decía, él sonreía. Le parecía bien todo lo que yo hiciera.