Capítulo 35
Héctor
Al escuchar la puerta desbloquearse entreabrí los ojos y giré la cabeza hacia ella, esperando ver entrar a mi amigo en cualquier momento.
Solo podía ser él, ya que Ismael era el único, aparte de mí, que tenía la tarjeta de mi despacho. Lo mismo me sucedía a mí con el suyo.
Pero para mi sorpresa no fue él quien apareció al abrir.
—Paula —susurré, sentándome con la espalda más recta en el sofá.
Mi despacho no tenía grandes cosas, pero este mueble, el sofá, no podía faltar.
Era donde descansaba las noches de guardia y no solo en su forma de sofá, sino cuando lo convertía en cama.
Las horas interminables por las noches se hacían más llevaderas cuando podía tumbarme y descansar durante los breves espacios de tiempo que tenía libres. El sofá cama era el elegido para esos descansos, ya fuera en mi despacho o en el de mi amigo Ismael.
Las noches que coincidíamos en las guardias, siempre que podíamos, nos reuníamos en un despacho u otro. De esa manera nunca nos quedábamos dormidos, si conseguíamos coger el sueño.
—Hola —me saludó Paula.
La puerta se cerró de golpe a su espalda.
—No sabía que ibas a venir a ver a Gina —le dije.
—Yo tampoco, hasta poco después de que me dejaras sola en tu cama. He venido con Rubén, pero él le hará compañía a Gina hasta última hora del día. Yo tenía intención de estar un rato. No pensaba verte, la verdad, por lo de estar liado y eso.
Sonreí.
—Ya he terminado por hoy.
—Lo sé. Me lo ha dicho Ismael.
Asentí.
—¿Cómo estás? ¿Cansado?
—No es eso lo que quieres que te responda.
Ladeé la cabeza, observándola fijamente.
—Ismael te ha contado algo.
—Algo, sí.
—No tendría que haberlo hecho —suspiré—. Tienes la preocupación por mí reflejada en la cara. Estoy bien, Paula.
—No es verdad. Estás afectado y es normal.
Caminó hacia mí y se paró delante.
Dejó el bolso en el sofá, sin apartar la mirada de la mía.
Estaba preciosa. Se había recogido el pelo en un moño y ya no había rastro de la ropa del día anterior.
Llevaba un pantalón corto vaquero que le quedaba demasiado bien para mi cordura y una camiseta de manga corta que se ajustaba a sus curvas de una manera deliciosa. La tela no le quedaba pegada, a la altura de la barriga la tenía un poco suelta.
En los pies calzaba unas sandalias planas.
—¿Cómo estás? —insistió.
Cerré los ojos unos segundos y los entreabrí cuando sentí que se había arrodillado frente a mis piernas.
Las abrí para darle espacio entre ellas y se echó hacia mí, para abrazarme. Me rodeó con los brazos y apoyó la mejilla en mi pecho.
Yo la abracé con un brazo, por la espalda, y con la mano del otro brazo la agarré de la nuca, la que comencé a acariciarle.
—Ahora mismo estoy jodido, pero es cuestión de tiempo que remonte. Después de horas en el quirófano, hace apenas unos minutos que he hablado con la familia del que era mi paciente.
—No sé cómo puedes hacerlo, yo no lo conseguiría —susurró.
—Lo harías. No te quedaría más remedio y si mi profesión fuera la tuya y sintieras la misma pasión que yo por ella, sería un gran aliciente, el suficiente para que superaras cualquier situación en el hospital.
Ya te dije que en ocasiones es muy duro ocupar mi lugar, pero por los cientos de vidas que salvo, por no decir más, merece la pena sufrir de tanto en tanto.
—Lamento cómo ha ido tu día.
—Yo también. —Cogí una bocanada de aire—. Me hubiese encantado quedarme en la cama contigo.
—Y a mí.
—Tenemos el resto del día para no movernos de ella. ¿Qué me dices?
Rio.
—Quería quedar con Aroa.
—¿Ahora? ¿En algún momento del día o para cenar? Regálame un poco de tu tiempo.
—Quiero regalártelo todo.
La agarré del pelo y tiré de él hacia atrás, para levantarle la cabeza.
—Paula…
—Shhh… —me pidió silencio—. También quiero que te relajes, que por un momento dejes de pensar en los problemas y en las tristezas.
Tragué saliva, cuando hizo presión con la mano.
La había colocado sobre la bragueta de mi pantalón y mi miembro, bien escondido dentro, se había alegrado al instante.
—Vamos a hacer lo siguiente… —me dijo.
—¿Sí?
Mi voz sonó ronca y apreté la mandíbula, cuando me desabrochó el botón del pantalón.
—Voy a probarte, como hiciste tú ayer.
Solté un gruñido.
—Y cuando termine, me llevarás a mi casa y tú te irás a la tuya, a descansar. Yo quedaré con mi amiga y cuando me despida de ella, iré a tu casa con la comida. ¿Qué te parece? Comemos juntos y pasamos el resto del día donde quieras.
—Me parece el mejor plan que he escuchado en mi vida.
Rio, antes de bajar la mirada a mi miembro.
Lo liberó, dejándolo a la vista, una vez que deslizó la cremallera, abrió hacia los lados las partes del pantalón y bajó el bóxer lo suficiente para que yo estuviera cómodo y ella tuviera libre acceso a mi erección.
Ya estaba completamente duro y preparado.
—Por cierto —me dijo.
Jadeé cuando la vi lamerse los labios, sin apartar la mirada de sus dedos, mientras los pasaba por mi glande. Arrastró las primeras gotas, esparciéndolas por la cabeza. Después deslizó la mano hacia abajo y me puse más en tensión.
Adelanté la cadera hacia ella, para profundizar el movimiento. Paula lo captó al instante y a partir de ese momento movió la mano como yo necesitaba, hasta bien abajo y con fuerza, haciendo todo el recorrido, aumentando cada vez más la velocidad.
—¿Te gusta? —le pregunté, por lo que veía y hacía.
—Mucho.
—Mierda —me quejé, al ver cómo volvía a lamerse los labios.
—Me has despistado.
—¿No me digas?
Apoyé la cabeza en el respaldo y le acaricié de nuevo la nuca.
—Iba a decirte que esta mañana me he llevado a Yoda y a Leia.
—Te has acordado…
—Claro —sonrió—. Sabiendo lo mal que lo pasan solos en la casa en la que estábamos, no iba a dejarlos allí.
—¿Los has llevado a la otra?
Asintió.
—Cuando te has ido, le he escrito a Rubén.
Como era temprano sabía que todavía estaba en su casa, así que le he pedido que viniera a por mí.
Le he explicado por encima por qué y ha llegado muy rápido.
Me habría ido en taxi hasta mi casa, para que Rubén me recogiera allí para venir al hospital juntos, pero con Yoda y Leia he preferido que viniera a por nosotros.
—Gracias.
Negó y sonreí.
—Se han quedado contentos en la otra casa, les he dejado agua y comida, así que están servidos hasta que puedas ir a verlos.
Después he ido con Rubén a mi casa, me he dado una ducha rápida, me he arreglado y hemos venido hacia aquí, haciendo una parada para tomarnos un café en un bar que hay cerca del hospital.
—¿Dónde has visto a Ismael? —le pregunté.
—En la habitación de Gina. Ha ido a verla.
Asentí.
—Está preocupado por ti. Me ha contado lo que te ha sucedido en el quirófano. ¿Te había pasado alguna otra vez?
—No —contesté serio, pensativo—. Sinceramente, no sé bien lo que me ha pasado. Me he quedado completamente bloqueado, atrapado en algo de lo que no podía salir.
Negué con la cabeza, recordando las sensaciones.
—No podía apartar la mirada de la cabeza del chico, la que no he llegado a tocar en profundidad porque, en cuanto he mirado un poco por dentro, me he dado cuenta de que hacía tiempo que ya era demasiado tarde.
Cerré los ojos y continué hablando.
—Seguramente lo perdieron en la ambulancia, de camino al hospital. O antes. Es imposible saber en qué punto sucedió. Cuando llegó al quirófano todavía respiraba, por eso pensé que…
—Eh…
Abrí los ojos despacio.
—No pudiste hacer nada más por él. Lo siento muchísimo, pero tú no tienes la culpa. Ismael me ha dicho que lo operaste de varios órganos, si hubiera estado estable lo habrías salvado.
—Lo sé. Todo —susurré—. Por eso mismo no sé por qué me ha afectado tanto hoy.
Negué con la cabeza.
—No le des más vueltas. Se lo he dicho a Ismael, hay días que estamos más sensibles y las cosas nos afectan de diferente manera.
—No puedo dejar de pensar en todo. Joder…
Terminé jadeando, por la lengua juguetona de Paula. La pasó por el glande, varias veces, mientras me miraba a los ojos.
La agarré del moño, con todo el cuerpo en tensión. La sonrisa que me regaló, con los labios sobre el glande, casi me hizo correrme.
—Ya verás como no piensas en nada, al menos por un rato —me dijo.
—Demuéstramelo —le exigí.
Apreté la punta del miembro en sus labios cerrados y aproveché su jadeo, para meterme dentro de su boca.
Ella gimió, moviéndose inquieta. Sabía lo excitada que debía estar y tuve que bloquear esos pensamientos para no terminar antes de tiempo.
Estaba demasiado a punto como para permitirme poner imágenes en mi cabeza. Aunque no tuve que imaginar nada, Paula me dio una visión perfecta con mi miembro llenándole la boca.
Una vez dentro, una vez que empujé hasta el fondo de su garganta, a lo más profundo que podía llegar, todo se volvió un caos de gemidos, gruñidos y golpeteos incansables con los que no paré hasta que me corrí.
Quise apartarla, alejarla a tiempo para liberarme fuera de su boca, pero no supe si fui yo, que no llegué a tiempo, al no poderme contener por más tiempo, o fue Paula la que me sujetó con fuerza de la cadera, manteniéndome dentro de ella.
La respuesta la vi clara cuando, al terminar, pasó la lengua por todo el largo de mi miembro y atrapó entre sus labios el glande, para succionarlo. Me provocó un jadeo profundo y cuando se apartó, se lamió los labios, con una sonrisa traviesa.
—Quiero más de esto —le dije, con la voz ronca.
Le pasé el pulgar por la comisura de la boca, limpiándole el exceso que se le había escapado.
Paula atrapó mi dedo y lo chupó con fuerza, poniéndome en tensión de nuevo.
—Lo tendrás —susurró.
Me eché hacia delante y la agarré de la nuca, para acercarla a mí. Le devoré la boca, besándola con ansiedad, intensidad y posesividad, porque así era como me sentía hacia ella.
Lo quería todo, tanto para dárselo como para recibirlo, sin reservas.