Capítulo 34
—¿Quieres algo? —le pregunté a Gina.
—No. Estoy bien —me contestó, sonriendo.
—Perfecto. —Imité su sonrisa.
—Tengo muchas ganas de irme de aquí —suspiró.
—Ya queda menos.
—Sí. Dependerá de los resultados de las pruebas que me harán mañana.
—Irán genial —dije convencida.
—Ojalá. Quiero volver a mi vida, a mi rutina.
—Y continuar con Rubén lejos de este sitio, ¿no?
—Sí.
Sonreí al ver el rubor de sus mejillas.
—No nos dio tiempo a mucho, antes de mi accidente.
—A veces no es cuestión de tiempo. Fíjate que en ese poco que dices, os dio tiempo a sentir lo suficiente para saber que sois importantes el uno para el otro.
—Mi último pensamiento fue él. Rubén.
—¿En el accidente?
Era la primera vez que Gina sacaba el tema, la primera vez que se hablaba de ello. Ni siquiera lo habíamos comentado los demás, alejados de Gina.
—Sí —me contestó, susurrando—. Recuerdo pensar en Rubén, sentir la cara mojada por las lágrimas, mientras me sentía indefensa y muy asustada.
Mi coche estaba volcado, con el techo en el suelo, y yo colgaba hacia abajo.
Solo me sujetaba el cinturón de seguridad.
Y todo se volvió oscuro, después de pensar en Rubén.
—Siento que tuvieras que pasar por esa experiencia tan mala.
Le agarré una mano.
Gina estaba sentada en la cama, aunque podía bajarse de ella para dar pequeños paseos. Pero con calma y sin prisa, como le habían recomendado. A pesar de sus avances y de que parecía estar bien, las enfermeras eran claras cada vez que le pedían que tuviera prudencia.
—Yo también —me sonrió.
—¿Quieres hablar de ello? ¿Lo necesitas?
—Es un tema que esquiva todo el mundo —dijo pensativa—. Intenté hablar con mis padres de ello, pero desviaron la conversación. Fue tan evidente que no he vuelto a hablar de ello.
—Con Rubén puedes hablar de todo, sin miedo.
—Lo sé. Él mismo me lo ha dicho —sonrió con timidez.
—Me encanta verte así, cada vez que oyes su nombre.
—Llegué a pensar que no tendría la oportunidad de volver a estar con él, de verlo, de escuchar su voz… Quería conocerlo bien, quedarme a su lado.
—Y es todo lo que tienes. Rubén no va a separarse de ti, te lo aseguro. Lo conozco desde niño y sé perfectamente como es.
—He tenido mucha suerte —susurró.
—Muchísima, pero él también contigo.
Le hice un guiño.
—Formáis una pareja preciosa e increíble.
—Hay varias enfermeras que no pierden mucho de vista a Rubén.
Hizo una mueca y apreté los labios, para contener la risa.
—Mi amigo es un hombre muy atractivo y guapo.
—No soy celosa —me dijo de manera apresurada—. Es solo que es tan evidente que a veces me da rabia. Nunca me había pasado.
—Eso es bueno, porque significa mucho y todo lo que quiero para mi mejor amigo —sonreí.
—¿Qué estáis tramando vosotras dos? ¿Algo en mi contra?
Al escuchar a Rubén ambas miramos hacia la puerta.
Él estaba parado a unos pasos de ella, con las manos en los bolsillos del pantalón y una sonrisa pícara decorando su cara.
Gina se ruborizó. Yo solté una carcajada, pero sin alzar mucho el tono.
Caminó despacio hacia la cama y se puso al otro lado, frente a mí.
—Hola, preciosa —le dijo a Gina.
Se inclinó hacia ella y le dio varios besos, en los labios, en la punta de la nariz y en la frente.
Sonreí de oreja a oreja.
—Hola —le correspondió Gina, acariciándole la cara.
Hacía un rato que se habían saludado, cuando Rubén y yo llegamos a la habitación, pero mi amigo se fue rápido para hablar con las enfermeras, por si tenían algo que decirle del estado de Gina.
Pero daba igual cuántas veces se saludaran, cualquier ocasión era buena para un acercamiento y ellos lo estaban deseando. Por no hablar de las ganas que tenían ambos de verse fuera del hospital.
—Joder —me quejé y los dos me miraron—. Mierda, sois tan monos —lloriqueé.
La habitación se llenó de risas.
—Vaya, así da gusto venir a ver a una paciente.
Volvimos a mirar hacia la puerta, esta vez Rubén también.
El último que había hablado era Ismael, el médico neurocirujano que llevaba a Gina desde que ingresó. El amigo de Héctor.
—Hola, chicos —nos saludó, caminando hacia la cama.
—Hola —le devolvimos el saludo.
—Pensaba que hoy no estabas —le habló Gina, en confianza.
—Y pensabas bien. No tendría que estar aquí —negó—. Pero bien temprano han reclutado a la caballería, por un accidente grave en cadena.
—¿Todo bien? —se interesó Rubén.
—La gran mayoría, sí.
La seriedad con la que contestó Ismael nos hizo saber que no debíamos hacer más preguntas sobre el incidente. Algo no había ido del todo bien, por lo que me preocupé enseguida, al pensar en algún paciente que no hubiera conseguido sobrevivir, y este estuviera a mano de Héctor.
Tragué saliva.
—Ismael… —lo llamé.
Los tres me miraron.
—Dime —me sonrió él.
—¿Héctor sigue en el hospital?
—Sí —me confirmó.
—¿Está operando o…?
—Ahora debe estar en su despacho.
—¿Cómo se encuentra?
—En vez de responderte, creo que es mejor que lo compruebes por ti misma. Si no te retrasas mucho lo encontrarás antes de que se vaya. Ya hemos acabado con lo que vinimos a hacer. Le vendrá bien estar contigo.
La última parte me puso en alerta, por cómo la dijo y por cómo me miró. Supe que Héctor no estaba bien, al menos de ánimos.
—Vale —le dije.
Miré a mi amigo y este asintió.
—Ve tranquila. Si te vas con él envíame un mensaje, para saberlo y no preocuparme.
—Claro —le sonreí—. Ánimo para el día, preciosa —le hablé a Gina.
—Gracias, Paula. Por todo.
Negué con la cabeza, mientras me inclinaba hacia ella. Le di un beso en la mejilla y rodeé la cama, para abrazar a mi amigo y darle otro beso.
Me giré hacia Ismael, quien lo había observado todo sonriente.
—No sé hacia dónde tengo que ir —le dije.
—Ven —me pidió con un guiño—. Te lo explico en el pasillo.
Asentí, les lancé un beso al aire a Rubén y a Gina, y seguí a Ismael.
—Los despachos están en la última planta —me dijo.
Cuando estuvimos en el pasillo caminamos hacia el ascensor que solo utilizaba el personal médico.
—Te llevo hasta la planta, cuando termines bajarás con Héctor. Lo digo para que no tengas que responder a nadie, si te ven sola utilizando este ascensor. Es el único que llega directamente a la planta de los quirófanos y a la de los despachos, aparte de ir con un código personal.
—Vale. Gracias.
—No hay de qué. Me encanta ser de ayuda y más si a quien ayudo es la chica de mi amigo.
—Yo no…
—Sí que lo eres —me interrumpió, riendo—. Ya lo sabía, incluso antes que vosotros. Desde que os vi la primera vez noté la diferencia, saltaban chispas entre vosotros solo con miraros o evitaros. Estoy informado de vuestra cita.
Agrandé los ojos.
—Eh, no, no… —Levantó las manos—. No sé los detalles, solo que anoche tuvisteis una cita y que esta mañana mi amigo ha aparecido aquí con una sonrisa radiante.
Me hizo un guiño y sonreí, ruborizada.
Nos paramos frente a las puertas del ascensor que no tardaron en abrirse. Tuvimos que esperar muy poco y entramos.
Ismael tecleó un código y comenzamos a subir.
—¿Cuántas personas han fallecido en el accidente? —le pregunté, hablando más bajo.
Le di voz al pensamiento que no se me iba de la cabeza, desde que comentó cómo les había ido con los heridos.
—Cuatro.
Cerré los ojos y cuando los abrí y giré la cabeza hacia él, me encontré con su mirada.
—¿Cuántos han pasado por Héctor?
—Solo uno, el más grave de todos.
—El más grave y ninguno de ellos ha sobrevivido…
—Así es.
Respiró profundo.
—¿A quién has atendido tú?
—A una mujer joven. No he podido hacer nada por ella, ha llegado en muy mal estado. No sé ni cómo ha sobrevivido hasta llegar aquí.
—Joder.
—Héctor ha entrado en el quirófano con un motorista.
Ha tenido que abrirle la cabeza para liberarle la presión y después lo ha operado de varios órganos.
Era vital, para salvarle la vida, para que pudiera continuar.
El problema es que cuando ha vuelto a la cabeza, para comenzar con ella, todo se ha venido abajo.
No había nada que hacer, y no ha sido por la espera. El daño era grave desde que llegó.
Negó, con pesar.
Tragué saliva con dificultad, porque por mucho que ellos estuvieran preparados para enfrentar todo tipo de situaciones, eran humanos y el dolor, la rabia y la tristeza estaban ahí, bajo capas de profesionalidad.
A Ismael, por mucho que lo ocultaba, se le notaba.
—Héctor se ha quedado un tiempo indefinido delante de su paciente, con la vista perdida en lo que se veía de su cabeza —suspiró—.
El chico solo tenía veinte años. Han tenido que llamarme a mí para que fuera a sacar a Héctor del quirófano, para que comenzaran con el protocolo del cuerpo, ya que Héctor no quería moverse ni que tocaran al chico.
Giró la cabeza hacia mí y me sonrió con tristeza, al ver mis lágrimas.
—Lo siento —dije, retirándomelas rápido.
—Es de humanos reaccionar así, Paula. No pidas perdón por tener sentimientos y expresarlos.
—Sí —susurré—. ¿Qué ha pasado cuando has ido a por Héctor?
—He conseguido sacarlo del quirófano y lo he llevado a la azotea, para que recuperara el control. Es duro, mucho, pero nunca lo había visto tan afectado por la pérdida de un paciente.
—No todos los días se está igual y Héctor, por muy bueno que sea, por mucha eminencia que esté considerado, es una persona de carne y hueso.
Las puertas del ascensor se abrieron y salimos al largo pasillo. En él había muchas puertas.
Seguí a Ismael.
—Lo sé, soy más consciente que nadie de lo que has dicho. Me dedico a lo mismo.
—Perdona.
—No pasa nada —me dijo, con un guiño.
Recorrimos el pasillo en silencio, a ninguno de los dos le quedaron más ganas de hablar.
Ismael se paró frente a una puerta bastante alejada del ascensor y sacó una tarjeta.
—Los únicos que tenemos acceso somos Héctor y yo —me informó, con la tarjeta levantada—. Nadie más puede entrar sin autorización. Lo mismo pasa con mi despacho.
Asentí.
—Así que puedes estar tranquila. Nadie os molestará —dijo, sonriendo de medio lado.
—Vale.
—Antes de despedirnos quería pedirte un favor.
—¿A mí? —le pregunté, sorprendida.
Asintió.
—Tú dirás —le pedí.
—¿Puedes darme el número de teléfono de tu amiga Aroa?
Elevé las cejas, mirándolo divertida.
—Ya, ya… —dijo con una risilla—. Menuda sorpresa, ¿eh? —Asentí—. Voy a serte sincero, me gustó cuando la vi y estoy esperando para verla otra vez, si regresa, pero eso es muy arriesgado, por si no sucede. Aparte yo soy muy impaciente cuando me pongo una meta. Quiero conseguirla ya.
—¿Qué meta exactamente quieres conseguir?
—La de conocer bien a Aroa —me contestó, con una sonrisilla pícara—. Soy inocente, te lo prometo.
Levantó las manos y reí.
—Creo que eres tan inocente como mi amiga —le dije con humor.
—Me parece que eso es bueno.
—Lo es. Apunta.
Aroa se iba a volver loca cuando se encontrara con un mensaje de Ismael, o si la llamaba directamente.
Le di sin problema el número de mi amiga porque él me daba confianza, ya que conocía lo suficiente de Ismael. Porque era el mejor amigo de Héctor. Porque me caía genial. Y porque sabía que a Aroa le encantaría la sorpresa y la exprimiría al máximo.
Cuando terminé, él grabó el número de mi amiga y se guardó el móvil, haciéndome un guiño.
—Muchas gracias, preciosa.
—Trátamela bien —le advertí, con una pizca de diversión—. Sé donde localizarte, Rubén también, así que por tu bien espero que te portes genial con mi amiga.
—Joder, me has dado hasta miedo.
Reí.
—Si yo te doy miedo, no te imaginas hasta dónde puede llegar Rubén —sonreí.
—Voy con muy buenas intenciones.
—Lo sé, de lo contrario no te habría facilitado nada.
—Me gustas para Héctor. Quiero que os caséis ya.
Ismael rio al ver cómo me ruborizaba, después se quedó callado y se puso un dedo sobre los labios, pidiéndome silencio.
Acercó la tarjeta al lector y la puerta se desbloqueó, para darme paso.
—Todo tuyo —susurró—. Cuídamelo bien, también —me pidió serio.
—Cuenta con ello —le aseguré.
No me dio tiempo a reaccionar cuando me dio un beso en la sien, antes de alejarse de mí. Se fue hacia el ascensor, sin mirar atrás.