¡Ese médico es mío! Capítulo 33
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Capítulo 33

Paula

—¿Por qué no le escribes y dejas de darle vueltas al tema? —me preguntó Rubén—. Lo mismo está en un descanso e incluso lo animas, alegrándole la mañana.

—No quiero molestarlo.

Negué con la cabeza.

—Y estoy segura de que está muy liado.

Me llevé la taza a los labios, para beber el primer sorbo del café con leche. Estábamos en un bar que se encontraba cerca del hospital.

Como me desperté temprano y me vi sola de repente, le escribí un mensaje a mi amigo, para decirle que quería acompañarlo al hospital a ver a Gina.

No me quedaría tanto tiempo como Rubén. Yo con unas horitas, entre estar en la habitación de Gina y haciéndole compañía a mi amigo, con algún café, ya tenía de sobra.

Rubén vio mi mensaje nada más despertarse, por lo que me llamó enseguida. Lo hizo extrañado, no por lo que le puse en el mensaje, sino por recibirlo.

Se suponía que yo estaba con Héctor. Fue lo que le dije en un mensaje de texto, en un momento que me tomé de la noche anterior. Le dije a mi amigo que Héctor me había invitado a pasar la noche en su casa y que yo había aceptado.

En cuanto descolgué la llamada esta mañana, dejé tranquilo a Rubén. Le conté rápido que todo había ido estupendamente con Héctor, pero que hacía un rato que él tuvo que irse.

Así era. Sobre las siete de la mañana Héctor recibió una llamada. Lo que me dijo que era muy difícil que sucediera, sucedió.

Se levantó de un salto de la cama y corrió a vestirse, a arreglarse.

Mientras lo hacía todo no pudo darme muchos detalles porque la única información que le dijo quien lo llamó del hospital, fue que había habido varios accidentes graves en una colisión en una vía de circulación rápida y que lo necesitaban.

Me dijo algo de varios heridos graves que él debía atender, sobre todo, remarcó algo de un motorista.

No quise preguntarle al verlo concentrado en correr lo máximo posible y en sus pensamientos. Se vistió en un visto y no visto, me dio un beso en los labios, y se fue.

Me quedé en su cama, con su camiseta enrollada en la cintura y la sábana y la colcha a mis pies. Con la cara de sueño, no muy despierta todavía, pasé un buen rato mirando hacia el pasillo, por el hueco de la puerta.

Hasta que Yoda y Leia me activaron. Entraron en la habitación, como si Héctor les hubiera dicho que cuidaran de mí porque en cuanto me vieron, no se separaron de mí.

Fue ahí cuando le escribí a Rubén y segundos después él me llamó.

Después de ponerlo al día de todo, le pedí que viniera a buscarme a la casa de Héctor. Media hora después, mi amigo picó a la puerta y yo la abrí con una gran sonrisa.

Me aseguré de dejar bien cerrados todos los accesos a la casa y de apagar todas las luces, y me fui. Pero no lo hice sola, Yoda y Leia se vinieron conmigo y con Rubén.

Ellos fueron el motivo por el que no pedí un taxi para ir a mi casa, para que mi amigo fuera directamente hacia allí a buscarme.

Después de saber lo que me contó Héctor, lo mal que lo pasaban los perros cuando estaban solos en esa casa, decidí llevarlos a la otra, donde yo trabajaba.

En ella estaban como reyes y felices. Lo último era lo más importante, por lo que lo tuve claro.

Le indiqué a Rubén cómo se llegaba y mi amigo se quedó muy impresionado al ver la propiedad. Desde la puerta de hierro de la entrada, pasando por el gran jardín con árboles que nos recibió, hasta llegar a la vivienda imponente y a los jardines de alrededor, con piscina y yacusi incluidos.

Leia y Yoda se pusieron muy contentos al estar en la casa, por lo que supimos que habíamos hecho lo correcto.

Les dejé agua fresca en los cuencos y también comida.

Cuando terminamos con ellos, después de despedirnos con caricias, Rubén me llevó a mi casa, para cambiarme. Nada más llegar me di una ducha rápida en la que no me toqué el pelo. Al terminar, me hice un moño alto y me vestí con ropa cómoda.

Me puse un pantalón corto vaquero, una camiseta de manga corta, y las sandalias. Cambié de bolso, metiendo todo lo necesario dentro, y fui al encuentro de mi amigo, que me esperaba en el salón, sentado en el sofá.

Sonreí porque cuando le pregunté estaba hablando por mensaje con Gina.

Nos tomamos el primer café del día y cuando terminamos nos dirigimos al hospital, o más bien al bar que estaba muy cerca de él, donde nos estábamos tomando el segundo café con leche. Con calma.

—Has vivido la experiencia completa de estar con un neurocirujano dedicado en cuerpo y alma a su profesión —comentó mi amigo.

—Desde la parte de la compañía, sí. La experiencia de ponerme en sus manos, por muy buenas que sean, no entra en mis planes.

Negó con la cabeza.

—Ya has estado en sus manos —sonrió de medio lado—. Y debo decir que muy bien, por la cara de felicidad que tienes.

—Eres muy tonto —reí—. Estábamos hablando de su profesión.

Puse los ojos en blanco.

—Pero sí, he pasado por sus maravillosas manos —le confirmé, con un guiño.

—¿Todo bien? —me preguntó apoyando los brazos en la mesa.

—Estupendamente.

Bajé la vista a la taza.

—Te veo diferente.

—¿Eso es bueno o malo?

Busqué su mirada.

—En este caso, muy bueno.

Me hizo un guiño y sonreí.

—Una noche de sexo te ha cambiado hasta el color de la piel.

—¡Quieres hablar más bajo! —exclamé, lanzándole el sobre de azúcar.

Estaba lleno, por lo que le llegó sin problema.

Y tanto que le llegó, le dio en toda la cara.

Reímos.

—El humor lo tienes igual.

—Tonto —dije, sonriendo.

—Anoche llamé a Aroa, antes de irme a dormir —comentó.

—¿Y qué tal?

—Bien. Se iba a la cama, después de hartarse de palomitas, chucherías y helados —me contó lo que ya sabía y sonreímos—. Más la pizza .

—Dentro de un rato la llamaré. Seguro que le apetece quedar.

—A ti también te vendrá bien, para no pensar tanto en Héctor.

—¿Ahora es malo que piense en él?

—Sí, si tus pensamientos te llevan por donde no deben.

Arqueó una ceja.

—Que te conozco y comenzarás a darle vueltas a todo, tanto, que terminarás liada —añadió.

—Todavía me cuesta creer lo que ha pasado entre Héctor y yo.

—¿Después de cuántos orgasmos?

—Idiota —me quejé, haciéndolo reír—. Después de varios —le confirmé.

—Se portó, ¿eh?

—Mucho.

Oculté mi sonrisa con la taza.

—Y si no hubiera tenido que irse, aún continuaríamos en su cama, teniendo un dulce despertar —le dije con un guiño, convencida de ello.

—Me alegro mucho, cariño.

—¿De mis orgasmos?

Rio.

—También, pero me refería a haber encontrado a Héctor.

Me hizo un guiño.

—No sé cómo irá. —Bajé el tono de voz, mirando hacia la calle.

—Estupendamente. Al menos al principio. Con el paso del tiempo es difícil saberlo, pero algo me dice que es él, Paula.

—Él —repetí, pensativa.

—Sí. Él. El hombre perfecto para ti, el que te complementará y el que te pondrá por delante en todo.

—Eso es adelantar mucho las cosas —suspiré.

—Tienes razón, pero te lo he dicho porque yo lo siento de esa manera. Y sabes que casi nunca me he equivocado sobre los tíos que se te han acercado. Incluso acerté con Miguel. Te avisé varias veces sobre la fachada tan perfecta que dejaba ver a los demás.

—Lo de Fabiana no lo supimos ver nadie —dije con rabia.

—Esa víbora supo esconderse muy bien, de todos. Hasta de sus padres. ¿La has vuelto a ver?

—¡No! ¡Ni ganas!

Bufé.

—Ya —dijo pensativo—. Espero que la última vez entendiera definitivamente que no debía acercarse a ti más.

—Yo también lo espero, para ahorrarme un mal momento. ¿Qué? —le pregunté, al ver cómo me miraba.

—Que a veces pienso que tu madre tiene razón.

—¿A qué te refieres?

—A todas las veces que te ha dicho que sería mejor que hicieras las paces con el pasado. Eso no significa que tengas que perdonar a Fabiana, pero sí llegar a una calma con lo que pasó. No puede ser que sigas siendo tú la que sufra cada vez que la ves, cuando a ella le da igual y vive feliz.

Negó con la cabeza.

—No sé hacer eso.

—Todo es proponérselo. Ves haciendo pequeños intentos, poco a poco.

Sé que llegará el día en que escuches el nombre de Fabiana o la veas en cualquier parte, y te dé exactamente igual.

Lo ignorarás todo de ella, y entonces sí que habrás conseguido eliminarla de tu vida.

Por completo. No como ahora o tiempo atrás que lo dices, pero no es del todo verdad.

Bebimos de nuestros cafés.

—Si lo piensas —continuó hablando—. Su situación es triste. Lo único que ha buscado durante toda su vida es llamar la atención porque no consigue por sí misma tenerla de nadie. Tiene tantas faltas que eso la lleva a actuar con desesperación.

—Sinceramente, me importa una mierda. —Me encogí de hombros—.

Lo siento por la niña que fue y se sintió sola y mal, pero tú estabas conmigo, lo viviste todo junto a mí.

Sabes que Fabiana y yo éramos muy amigas, me tenía a mí a su lado y no le importó.

Me hizo muchísimo daño, en vez de proteger nuestra amistad.

Negué con la cabeza.

—Uno puede tener muchas faltas, sufrir por ciertas cosas, pero después en cada uno está cómo se comporta y lo que hace con su vida y con las de los demás.

Conocemos a personas que no lo han pasado nada bien, en varias etapas de su vida, y son buenas personas.

Nada malo los ha incitado a desviarse del camino, por muchas dificultades que hayan tenido.

—Tienes razón. Olvida lo que te he dicho, tu madre no tiene razón.

Nos miramos serios, para segundos después soltar una carcajada.