Capítulo 32
Héctor
Qué complicado es cuando te obligas a mantenerte a raya, a privarte de lo que deseas más que a nada, mientras que lo que tienes delante te incita a la locura, a perder la cabeza por completo para dejarte llevar.
La necesidad era tan grande…
Paula me estaba arrastrando al camino de no retorno y, para ser sincero, no quería ni tenía la intención de desviarme del puñetero camino.
Quería sentirla de todas las maneras y formas.
Su imagen era espectacular. La tenía tumbada en mi cama, casi desnuda por completo, con las piernas abiertas y cayendo por el lateral, a los lados de mi cuerpo.
Sus mejillas tenían un color rosado precioso. Los labios los mantenía un poco abiertos, enrojecidos e hinchados por nuestros besos. Sus pezones erectos apuntaban al techo y su barriga plana llegaba hasta su zona íntima, la que la braga ocultaba muy poco.
Contuvo la respiración cuando coloqué las manos en sus muslos y me incliné hacia delante.
Atrapé la tela de encaje entre los dientes y jadeó, por la sensación y porque tiré de ella, hacia abajo.
Antes de hacer lo que más me urgía, abrí la boca para colocar los labios sobre su clítoris. Succioné saboreando su esencia y su olor.
Paula arqueó la espalda, agarrándose a la colcha con las manos, al mismo tiempo que empujaba su sexo hacia mí.
Me aparté frustrándola, al no conseguir lo que necesitaba.
Sonreí de medio lado, mientras me echaba hacia atrás. Le junté las piernas y tiré de los laterales de la cinturilla de la braga, deslizándola por sus caderas y sus piernas.
Me ayudó con el movimiento, elevando el trasero de la cama, y cuando la dejé totalmente desnuda ante mí, le abrí de nuevo las piernas y me deleité con la visión de su sexo brillante, muy cerca de mí.
No pude resistirme a probarla sin barreras. Pasé la lengua por su intimidad, de arriba abajo, varias veces, antes de romper el contacto.
Me incorporé para quitarme el pantalón. No podía soportar por más tiempo la presión.
Paula estuvo atenta a todos mis movimientos. Dejó de quejarse cuando vio la intención que tenía.
Llevé las manos al botón del pantalón vaquero y lo desabroché, para bajar la cremallera.
Abrí los laterales de la tela vaquera y los empujé hacia abajo. Me saqué el pantalón por los pies, después de deshacerme de las deportivas y los calcetines.
Me quedé únicamente en bóxer, el que no ocultaba mi erección. Esta asomaba con la punta por la goma de la cintura.
Ver a Paula lamiéndose los labios, sin apartar los ojos, estuvo a punto de catapultarme al final. Imaginarla con la boca llena de mí era demasiado para este momento, después de lo que llevaba controlándome.
Me quité el bóxer, eliminando la última barrera de mi cuerpo, y me agarré con fuerza el miembro, para aliviar un poco la necesidad.
Comencé a deslizar la mano, arriba y abajo, delante de Paula, hasta que solté un gemido y decidí parar.
Me acerqué a la mesita de noche y del único cajón que tenía, saqué una caja de preservativos. La dejé sobre la superficie, después de coger un sobrecito.
Lo lancé a la cama, al lado de Paula, cuando me giré hacia ella.
Volví a ponerme entre sus piernas y mientras volvía a tocarme, me dejé caer de rodillas.
El tiempo de ir lento se acabó, lo decidí rápido, cuando no pude resistirme a lanzarme sobre el sexo de Paula.
Ella gritó al contacto con mi boca, succionándole el botón inflamado. Lo apresé y lo lamí, para hacer después un recorrido de arriba abajo, en el que la embestí con la lengua.
Paula me agarró con fuerza del pelo y comenzó a mover la cadera, buscando su propio placer. Le di todo lo que me pedía y necesitaba, me la comí entera, una y otra vez, y me la follé con la lengua, todo lo que pude dada la limitación.
El orgasmo le llegó con intensidad y de golpe, provocándole gritos y gemidos de placer que fueron la melodía perfecta para el momento.
Mi miembro goteaba del mismo placer, deseando entrar en acción.
Fue lo que hice, sin darle tiempo a recuperarse.
Cogí el sobrecito del preservativo, lo rompí y me lo coloqué en segundos. Cuando se dio cuenta y me miró con los ojos entreabiertos, yo ya estaba entre sus piernas de nuevo, con una de ellas sujetándosela a la altura de mi cadera y con la punta del miembro deslizándome por sus fluidos.
Paula jadeó por la sensación intensa, por lo sensible que estaba. Humedecí bien la barrera que nos separaba, me coloqué en posición y la embestí con fuerza, hacia lo más hondo.
Ambos jadeamos y tuve que parar, detenerme dentro de ella, para no correrme en ese mismo momento.
Me di el tiempo que necesitaba para calmarme, disfrutando y agonizando, a partes iguales, al estar aprisionado en su interior. Apretaba mi miembro de una manera demasiado buena, deliciosa, como para privarme de esto.
Esa posibilidad no era aceptable para mí y haría todo lo posible, jugando todas mis cartas, para que Paula me quisiera a su lado.
Era una completa locura, por lo rápido que estaba sucediendo todo entre nosotros, pero, al mismo tiempo, yo tenía la sensación de que habíamos ido demasiado despacio.
Como había dicho: una locura. Pero una en la que quería verme una y otra vez, perdido completamente en ella.
—¿Te das cuenta? —le dije, con la voz ronca.
—¿De qué estás dentro de mí? —me preguntó—. Como para no notarte.
Ambos jadeamos, cuando se movió y con el movimiento, me enterré más profundo en ella.
—Mierda… —Bufé, al límite.
—No puedo más. —Sus palabras sonaron a súplica, porque lo fueron.
Levantó las piernas para rodearme la cintura y una vez que cruzó los pies a mi espalda, me empujó hacia ella. Entre nuestros cuerpos no hubo ni una mínima separación.
—Me estás matando —susurré, con un gruñido.
—Empieza a moverte —me pidió, con necesidad.
—Con lo que te he dicho de si te das cuenta, me refería a que, ¿dónde está lo de las citas y conocernos despacio, lo máximo posible, antes de avanzar tanto?
—Mierda, cállate —se quejó y solté una carcajada que vibró por toda la unión de nuestros cuerpos—. ¿A quién le importa eso ahora mismo? Lo único que quiero es que te muevas dentro de mí. Ya.
No la hice esperar más. No podía.
Comencé a embestirla. Primero a un ritmo normal, hasta que llegué al punto de no retorno y aumenté la velocidad de mis embestidas.
El sonido del choque de nuestros sexos llenó la habitación, junto a nuestros jadeos, gemidos y gritos. El placer nos consumió a ambos, de la manera más deliciosa posible.
Paula se liberó primero, agarrándose con fuerza a mis brazos. Yo me dejé llevar al cabo de pocos minutos después. Me corrí con una intensidad que me dejó fuera de juego durante bastante rato.
Cuando el placer fue dando paso a la relajación y a la pesadez, me dejé caer al lado de Paula, con los ojos cerrados.
Perdí las fuerzas totalmente, pero no las ganas de sonreír perezosamente, cuando sentí sus manos en mi pelo.
—Contigo era imposible ir despacio —susurró.
Noté su respiración muy cerca, al hablar.
Entreabrí los ojos y giré la cabeza hacia ella. Me encontré con su mirada.
—Debí haberlo sabido, darlo por hecho.
—¿El qué? —le pregunté en un susurro.
—Que estaba perdida desde el momento en el que te fijaste en mí y te acercaste —me contestó, sonriéndome con timidez.
Le rodeé la cintura con un brazo y la atraje hacia mí. Paula apoyó la cabeza en mi pecho y me abrazó.
—Lo estabas. Perdida, me refiero. No ibas a escaparte de mí —susurré sobre su cabeza.
—Tampoco te lo creas tanto —se quejó y sonreí.
—Tienes que ser realista, yo lo soy —le dije, con diversión.
—Me niego. Si lo soy en eso y ahora mismo, se te disparará todo y cualquiera te aguanta.
—Sé de algo que se disparará otra vez dentro de un rato, sí.
Me dio un golpecito en el pecho y reí.
—¿Estás cansada?
—Sí —me confirmó, con un suspiro.
—Pues vamos a meternos en la cama.
Le di un beso en la cabeza, antes de apartarla con delicadeza de encima de mí. Sonreí cuando se quejó.
Me levanté de la cama, para ir al baño. En él tiré el preservativo y después de asearme y de ponerme el bóxer, me tumbé en la cama.
Paula pasó también por el baño y cuando salió noté un pequeño tirón en mi interior, al verla con una camiseta mía. La había visto colgada en el baño, ahí la dejé, después de llevarla puesta un rato.
—Puedo dejarte una limpia —le dije—. Esa no está sucia, pero igualmente…
—Esta está perfecta. Huele a ti, me encanta.
No tuve nada más que decir porque a mí también me encantó su respuesta.
Se metió en la cama, a mi lado, y vi cómo se sonrojaba al sentirse fuera de lugar. No hizo falta que me lo dijera, se notó.
Apagué la luz de la lamparita y acomodé la cabeza en la almohada, de lado, girado hacia ella. Paula estaba en la misma postura, de cara a mí.
—¿Estás bien? —le pregunté.
La oscuridad nos rodeaba.
—Sí —contestó en un susurro—. Aunque me siento un poco rara.
—Se te pasará rápido, solo tienes que relajarte.
—¿Tú estás bien? —me devolvió la pregunta.
—Perfectamente, muy a gusto —le contesté y sonreí, aunque no me vio.
—Vale —suspiró.
—Si quieres puedo ayudarte a relajarte.
—Como estás pensando, no —rio y sonreí.
Chasqueé la lengua.
—Aunque me cuesta dormirme, estoy cansada.
—Ven aquí.
Levanté el brazo y, aunque no me vio en la oscuridad, se acercó despacio. Le rodeé el cuerpo y la atraje hacia mí, pero dejando un poco de espacio entre nuestros cuerpos, para que no se sintiera más agobiada.
Noté muy sutilmente su respiración en la cara y cerré los ojos, disfrutando de su cercanía y de la sensación. Respiración que poco a poco se hizo más lenta y profunda, lo que me indicó que Paula consiguió dormirse antes que yo.
Aunque no tardé en seguirla, en nuestra primera noche juntos.