Capítulo 31
—¿Todos tus trabajos son como el que haces en mi casa?
—No, pero sí una gran mayoría —le contesté—. Trabajamos mucho con particulares, pero también con empresas e incluso una vez he decorado un barco de crucero, enterito.
—Vaya…
—Eso fue guay. Cuando terminé el trabajo me invitaron a una travesía de una semana a gastos pagados, con dos acompañantes. Quise llevar a mis padres, pero como ya he dicho, convencer a mi madre es casi misión imposible. Así que fui con mis amigos, Rubén y Aroa.
—Entonces no siempre trabajas en equipo con Nadia.
—No. De hecho, antes de tu casa, en las que trabajábamos lo hacíamos de manera independiente.
—Entiendo.
—Es lo normal, que vayamos por libre. Trabajamos individualmente, a no ser que la vivienda o el lugar a remodelar y decorar sea muy grande.
También está la excepción de que los clientes quieran solo a un interiorista, como fue mi trabajo anterior, a pesar de que se trataba de una mansión.
Me llevó más tiempo terminar, pero tanto los clientes como yo quedamos muy satisfechos.
Cogí la copa de la mesa baja y bebí un sorbo de vino. Héctor me rellenó la copa, igual que hizo con la suya.
—Tu casa sobrepasa lo de muy grande, por eso estamos Nadia y yo.
—¿Cómo lo lleváis? No iba a sacar el tema, pero ya que estamos… Solo es para estar informado.
—Vamos según lo previsto. Nadia habrá terminado hoy de trabajar con los últimos planos que dejé sin tocar, y la semana que viene comenzaran las obras, con nuestro equipo de trabajo.
Te lo adelanto, para que no te asustes cuando veas, por las cámaras de la casa, muchas caras nuevas, ir de un lado para el otro —sonreí.
—No está de más saberlo —comentó, sonriendo.
—Espero que te gusten todas las modificaciones y los cambios que he hecho.
Nadia me ha enviado varios mensajes esta tarde en los que, entre varias cosas más, me ha dicho que no ha modificado nada de mi trabajo.
Lo digo porque a excepción de un par de habitaciones que ha hecho ella hoy, el resto de la casa la he diseñado yo.
Esperé a que me dijera algo, pero no le vi ninguna intención de hablar, por lo que insistí.
—¿Estás seguro de que no quieres que te enseñe cómo quedará la casa con todos los cambios, antes de comenzar las obras? Todavía estamos a tiempo de hacer modificaciones, porque cuando empiece nuestro equipo de trabajo ya no habrá marcha atrás.
Mi jefe Alejandro ya me informó de que, el nuevo cliente, Héctor, del que no supe el nombre hasta que Nadia me lo dijo, no quería saber nada de lo que hiciéramos en su casa. En lo que respecta al trabajo.
Cuando Héctor contrató nuestros servicios le dejó claro a mi jefe que cuantas más modificaciones hiciéramos mejor, pero que no quería saberlas hasta que el trabajo estuviera terminado.
Con sus siguientes palabras me lo dejó muy claro.
—Todo lo que hayas hecho y cómo lo hayas planteado, está bien, Paula. Confío en tu profesionalidad y en tu criterio. Totalmente —me dijo con seguridad.
—No conoces cómo trabajo.
—Te equivocas —sonrió de medio lado—. Me he informado sobre ti y sobre tus trabajos, tu jefe me ofreció ver algunos de los últimos y yo por mi cuenta también investigué. De manera que estoy muy tranquilo, Paula. Por lo que te he contado de esa casa, ya sabes que quiero un gran cambio en ella.
Asentí.
—Alejandro no me dijo nada de que te había hablado de mí. Se le pasaría —dije distraída.
—Se acabó hablar por esta noche.
Me quitó la copa de las manos y la dejó en la mesa baja. Todo ello sin dejar de mirarme.
Sentí los nervios en el estómago, al notar el cambio en el ambiente.
—Ven aquí —me pidió, hablando más bajo.
Me humedecí los labios, mientras me movía en el sofá, para quedarme pegada a su lado.
Héctor pasó un brazo por mi espalda. Me la rodeó y me empujó hacia él. Me llevó a ponerme como antes de que nos interrumpiera el repartidor, sentada a horcajadas sobre sus piernas.
Yo lo agarré de la nuca, con ambas manos. La posición nos dejó muy cerca del otro.
—Espero que al decirte que pases la noche conmigo, no estés pensando en hacerlo en la habitación de invitados.
Dejé salir el aire entrecortadamente, cuando me agarró de las nalgas.
La falda se me había subido por la postura, así que tocaba más tela de la braga y la carne.
Eché la cadera hacia delante, colocándome bien, justo encima de la bragueta de su pantalón. Esta ya estaba abultada, por lo que ocultaba dentro.
—No, a no ser que tú también vayas a dormir en la habitación de invitados.
Sonrió de medio lado, antes de atrapar mi labio inferior entre los suyos.
El beso que iniciamos fue lento, como si fuera el primero en el que estábamos descubriéndonos. Hasta que la fuerza y la intensidad cambiaron de repente y comencé a notar un calor exagerado entre sus brazos, con su boca apoderándose de la mía y su lengua tentándome, sin descanso.
Me pegué más a su cuerpo, con necesidad.
No tenía ni idea de cuánto tiempo pasamos enredados, con las bocas unidas y las manos acariciando y tocando todas las partes del cuerpo a las que llegábamos.
A esas alturas mi braga parecía un tanga. Héctor la había ido moviendo con cada caricia y movimiento de sus manos, torturándome con la tela en las zonas que más lo necesitaba.
Cuando conseguimos separarnos, con los pechos subiendo y bajando acelerados y cogiendo grandes bocanadas de aire, le acaricié los labios enrojecidos.
Héctor atrapó varios de mis dedos y se los metió en la boca. Los succionó y los lamió, sin apartar la mirada de la mía.
Estaba tan embobada observándolo que me sobresalté con su siguiente movimiento. No me esperaba que se moviera, por lo que solté un grito cuando se levantó y me llevó a mí con él.
Me agarré con fuerza a su cuello y le rodeé la cintura con las piernas, cruzando los pies al final de su espalda.
Héctor extendió más las manos en mis nalgas y solté un jadeo, al notar la punta de sus dedos demasiado cerca de mi sexo.
Él sonrió con satisfacción. Yo me acomodé entre sus brazos, dejándome caer sobre él.
Me mordí el labio inferior, al mismo tiempo que atrapaba su cabello entre mis dedos.
Héctor comenzó a caminar, yendo directo a las escaleras. Apagó las luces del salón y subió los escalones, sin aflojar la fuerza con la que me mantenía pegada a él.
No hablamos, solo nos miramos, hasta que llegamos a la planta superior. Antes de ir a su habitación fue hacia la de al lado y se paró en el pasillo, a la altura de la puerta abierta.
—¿Ves? —me preguntó.
Se refirió a Yoda y a Leia.
Se los veía bien por la luz del pasillo y sonreí. Estaban tumbados en sus camas, las mismas que vi en la habitación de Héctor, cuando me enseñó la casa al poco de llegar.
—Es una pasada —dije.
Leia entreabrió los ojos, nos vio y los volvió a cerrar.
Héctor apagó la luz del pasillo cuando encendió la de su habitación, al entrar.
Dejó la puerta entornada y me llevó hasta la cama, donde me bajó despacio.
Me deslicé por su cuerpo, sin separar las manos de su cuello.
Cerré los ojos cuando sus manos hicieron presión en mis nalgas y la punta de sus dedos se clavaron cerca de mi zona íntima.
No tardó en deslizarlos entre mis piernas, las que me abrió separándome los pies con el suyo.
—¿Estás muy preparada para mí? —me susurró al oído.
—Sí —Jadeé.
Pegué el pecho al suyo, cuando sus dedos se deslizaron por mi sexo, resbalando con mis fluidos. Jadeé de nuevo, por el tirón que dio hacia arriba del tanga improvisado en el que se había convertido la braga.
La tela enrollada se me clavó exactamente donde él quería y yo necesitaba.
Agarré el bajo de su camiseta y se la subí con urgencia, para sacársela por la cabeza. Me ayudó a conseguirlo.
Sus hombros anchos, y su pecho, espalda y brazos fibrados, aparecieron ante mí. Los recorrí con las manos, acariciándole todas las zonas a las que alcanzaba, mientras Héctor me bajaba la cremallera de la falda y esta caía a mis pies.
Dejamos de tocarnos cuando él dio un paso hacia atrás. Me giró para verme de espalda y noté un calor intenso en la cara, sobre todo, aunque el sofoco lo sentía en todo el cuerpo.
Héctor se tomó su tiempo en observarme, hasta que agarró mi camiseta y me la sacó de un movimiento rápido.
Me dejó en sujetador y braga, convertida en tanga.
La piel se me erizó cuando volví a notar el calor de su cuerpo, su cercanía.
Pegó el pecho a mi espalda y el contacto de piel contra piel me hizo estremecer.
Una de sus manos quedó atrapada entre nuestros cuerpos, agarrándome de una nalga. La otra la dirigió hacia delante, para ponerla extendida entre mis piernas.
Solté un pequeño jadeo con necesidad, pero no aceleró la situación.
Comenzó a mover despacio la palma de la mano sobre mi zona íntima, mientras que con la otra mano me apretaba más la nalga y me la separaba.
Me besó en el hombro e inició un camino de besos hacia abajo. Recorrió un lateral de mi espalda, mientras se agachaba.
Lo sentí ponerse de rodillas detrás de mí y gemí por el mordisco que me dio en la nalga que no me agarraba.
El mordisco no fue fuerte, pero sí con la suficiente intensidad para notarlo mucho. Estaba segura de que me había dejado una buena marca.
Después de la sorpresa y de la ligera punzada de dolor, lamió la zona, haciéndome temblar ligeramente.
Héctor me apartó la tira de la braga enrollada y deslizó los dedos en mi interior. Los coló con mucha facilidad, por lo excitada y resbaladiza que estaba.
Gemí cuando con la otra mano me apresó el clítoris. Sintiéndome llena por sus dedos y con la necesidad por las nubes, mientras no me soltaba el clítoris y movía los dedos en él, presionándomelo, su boca me succionó la nalga y sus dientes salieron de nuevo, justo cuando noté un latigazo de placer.
Estaba disfrutándolo cuando se apartó y me giró de golpe. Bajé la mirada para verlo arrodillado delante de mí y me mordisqueé el labio inferior.
Sus ojos reflejaban puro deseo y fuego.
Me empujó de la barriga y caí sentada en el borde de la cama.
Me abrió las piernas y se colocó entre ellas.
La mirada de Héctor se fue hacia mi sexo, el que la braga ocultaba poquísimo, a estas alturas.
Cuando buscó mi mirada de nuevo en la suya, el deseo se había disparado.
Me rodeó con los brazos y desenganchó muy rápido el cierre del sujetador. Lo lanzó hacia un lado, dejándome solo con la braga.
Volvió a empujarme hacia atrás y me dejé caer sobre la cama. Me quedé de espaldas y me abrió más las piernas.