¡Ese médico es mío! Capítulo 30
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Capítulo 30

Paula

—¿Cuál es tu entorno más cercano? —me preguntó—. Me refiero a amigos y a familia.

—Mis mejores amigos ya los conoces, son Rubén y Aroa. También están Nadia, que es mi compañera de trabajo, y Leti. Ellas son muy buenas amigas. Y después está Gina. Hace poco que nos conocemos y lo que le pasó no ha favorecido, pero sé que nos llevaremos genial. Es la pareja de mi mejor amigo.

Me llevé un tenedor de comida a la boca. La carne que estaba comiendo se deshacía sola, estaba riquísima.

Cuando tragué, continué hablando, mientras Héctor me observaba sentado enfrente. Parecía muy interesado en todo lo que le decía. Casi ni pestañeaba, concentrado en mí.

—Leti trabaja de camarera en la cafetería de mi madre. Hace muchos años que mi madre tiene el negocio, el que le va genial. La cafetería está situada en el centro y es muy conocida.

Le dije exactamente donde se encontraba, por si algún día le apetecía ir. No me preocupaba cómo saliera lo nuestro, eso quedaba aparte.

—¿Y tu padre?

—Trabaja en una empresa. Está allí desde antes de que yo naciera, él y su jefe son muy buenos amigos. Muchos dicen en broma que mi padre parece el dueño de la empresa —sonreí—. Ray vive con mis padres, es el perro de la familia. Aunque algunas de estas cosas ya las sabes, ¿no? Como lo de Ray.

Elevé las cejas, al ver su sonrisa de medio lado.

—Confieso que me he enterado de ciertas cosas, sí. En mi favor diré que las veces que me conectaba a las cámaras de mi casa, desde el hospital, en muchas ocasiones estabas hablando con Aroa, con Nadia o con tu madre. Con las dos últimas por teléfono.

—¿Y te parece bonito espiar de esa manera?

Dejé el tenedor en la mesa y me crucé de brazos.

—Por supuesto. No vas a hacerme sentir mal.

La curva de sus labios se amplió.

—Me interesabas mucho.

—¿De verdad?

—A la vista está. ¿No? Estás en mi casa, te he invitado a cenar y a pasar la noche aquí. En el sofá hemos hecho muchas más cosas que estar sentados, esperando la cena. Yo creo que es evidente hasta qué punto me interesabas.

Cogió su copa y bebió un sorbo de vino, sin apartar la mirada de la mía.

—Debo decir que tu camiseta de trabajo, la del mensaje para mí, me conquistó por completo.

Reí.

—Joder. Al final va a tener razón Aroa —dije, negando con la cabeza.

—¿En qué? —me preguntó, divertido.

—Con lo de la camiseta. Que fue clave.

Puse los ojos en blanco, cuando se rio.

—¿Qué puede decir? Me van los retos y tú me lo pusiste muy fácil para engancharme a ti —me dijo, con un guiño—.

Pero no estaba pendiente todo el día de mirar por las cámaras y de escucharte.

Ahora que sabes dónde trabajo y en qué, entenderás que solo era a ratos.

Cuando tenía un tiempo de descanso, por breve que fuera.

—Sí, y me alegro de que me aclares la duda, porque no sabía si me observabas durante todas las horas que yo estaba en tu casa. Horas que eran muchas.

Me encogí de hombros.

—Te hubiera gustado, ¿eh?

—¿Qué dices? Me daba mucha rabia.

Bufé.

—Mentirosa. Estabas deseando que me hiciera notar, hablándote por cualquier tontería.

—No te lo crees ni tú.

Reí.

—Y tanto que me lo creo. —Arqueó una ceja—. ¿Le pregunto a Aroa? Ha estado contigo todos los días y estoy seguro de que me responderá rápido y lo que quiero oír.

Preferí quedarme callada, por lo que le di la respuesta que quería. Héctor sonrió con satisfacción.

—¿Y tu familia y amigos? Algo me has contado, pero…

—Sí —me interrumpió—. Vamos a ponernos cómodos en el sofá y te cuento más. ¿Quieres postre? Podemos tomárnoslo allí.

—Por ahora no. Me he quedado muy llena.

Cogimos nuestras copas y nos levantamos, para ir al sofá.

Nos sentamos uno al lado del otro, pero nos quedamos de cara cuando nos giramos para vernos de frente.

—Como te he dicho la casa en la que has empezado a trabajar era de mis abuelos maternos. Hace años que no están, así que el dolor lo tengo más que superado. Los llevo en mis recuerdos. Fueron unos abuelos estupendos, dos personas de las que dejan una huella imborrable. Los adoraba.

Asentí.

Lo vi tan concentrado que no quise decir nada, para no interrumpirle.

—Mi madre era igual que ellos, un encanto de mujer y de persona que tuvo la mala suerte de cruzarse con mi padre, y de enamorarse de él.

Apretó la mandíbula, con la vista en su copa.

—Él la destrozó, de muchas maneras que no quiero recordar y durante muchos años. Cuando te he dicho antes que él desapareció, me refería a que murió. Fue en extrañas circunstancias, las que me importan una mierda.

Se encogió de hombros y siguió hablando.

—Gracias a eso mi madre volvió a vivir y es lo que lleva haciendo desde hace años. Ahora mismo está de viaje, lleva lejos diez días, disfrutando con varias amigas que siempre estuvieron a su lado. Aunque no pudieran acercarse a ella, por su seguridad. Aún faltan días para que regresen.

—Me alegro de que esté tan bien —sonreí.

—Gracias. No te imaginas la tranquilidad que es para mí.

Asentí.

—Mi madre puede vivir varias vidas con la herencia que le quedó de mis abuelos, sus padres.

Ellos lo supieron hacer muy bien, para proteger a su hija para el día que faltaran.

Odiaban a mi padre e hicieron todo lo posible para alejarlo de ella.

A sumar a la herencia está todo el dinero y las propiedades que acumuló mi padre.

Aunque, si no tuviera nada de lo anterior, ella podría vivir tranquilamente con parte de mi sueldo.

Hizo una pausa en la que se inclinó hacia la mesa baja, para dejar la copa, después de beber un sorbo de vino.

—Ella siempre está viajando, conociendo mundo y volviendo a los lugares que más le gustan. Yo la animo a hacerlo, sobre todo cuando se queda demasiado tiempo parada. El motivo por el que a veces alarga un viaje de otro siempre es el mismo: yo.

—Se merece disfrutar. Como tú has dicho: vivir. Yo también animo a mis padres a salir más, pero con ellos es complicado porque mi madre no quiere apartarse mucho tiempo de la cafetería y mi padre se adapta a lo que ella quiere y necesita. Para él sería muy fácil viajar cada cierto tiempo.

—Me has dicho que tu amiga Leti trabaja para ella, en la cafetería. ¿No puede dejarla a cargo del negocio? No sé, como mínimo una semana.

—Lo hemos intentado todos, pero debemos hacerlo muy mal porque ninguno de esos intentos nos salió bien. El tiempo máximo que mi madre se fue con mi padre, hace unos años, fueron cuatro días. Y ya está.

Bebí un sorbo de vino.

—Leti no es la única que está en la cafetería con mi madre, Rubén también.

Así que imagínate el nivel de confianza que tiene mi madre en ellos, en mi mejor amigo y en mi buena amiga, a los que trata como si fueran hijos suyos.

Debo decir que Rubén siempre va en cabeza, como es normal por la unión que tenemos él y yo, desde pequeños. Mis padres nos han visto crecer juntos.

—Se nota el nivel de complicidad que hay entre vosotros —comentó—. Solo hace falta ver vuestros gestos y el intercambio de miraditas, para darte cuenta de que, sin hablaros, os comunicáis.

Asentí, sonriendo.

Mi sonrisa se hizo más amplia cuando Yoda se acercó a nosotros. Leia se le adelantó, para apoyar la cabeza en mi pierna. Se la acaricié a ambos.

—Se están despidiendo —me dijo Héctor.

—¿Están dando las buenas noches? —le pregunté.

—Sí —contestó, con diversión.

—Oh. Buenas noches, guapos.

Les di un beso y después se acercaron a su dueño.

Héctor les dio un abrazo y les susurró algo al oído que no escuché. A continuación, Yoda y Leia se fueron hacia las escaleras, las que subieron rápido.

—¿Se van a tu habitación? —le pregunté con curiosidad.

—Cualquier otra noche lo harían, pero esta no.

—¿Y eso?

Me giré hacia él.

—Porque estás tú y les he pedido que vayan a la habitación de al lado de la mía. Llevarán sus camas a ella.

—No te creo. —Agrandé los ojos.

—Ya lo verás más tarde —rio—. Cuando subamos, nos asomaremos y estarán cómodos en sus camas, en la habitación de al lado.

—Joder. Ray es muy bueno y obediente, pero nunca he probado a hacer esas cosas con él —dije pensativa.

—Haría el mismo caso que los míos. He visto cómo se comporta Ray, tanto por las cámaras como cuando fui y me recibió al llegar. Es inteligente y lo pilla todo rápido.

—Sí —sonreí.

—Puedes llevarlo a mi casa todas las veces que quieras, tantas como quieras.

—Gracias. Es lo que llevo haciendo desde el primer día.

Reí con ganas.

—Lo sé. No se me escapa ni una —me dijo con un guiño y reí con más ganas.