¡Ese médico es mío! Capítulo 29
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Capítulo 29

Héctor

Cállate y bésame .

Esas palabras eran todo lo que necesitaba oír en este momento.

Y sus labios sobre los míos, acariciándomelos, mordisqueándomelos, mientras acomodaba los suyos, atrapando los míos…

Eso era todo lo que necesitaba que hiciera Paula.

Quise darle espacio, que fuera ella la que comenzara, mientras la agarraba con fuerza y firmeza de las caderas.

Sentirla tan cerca, de una manera tan íntima, era demasiado para mi cordura.

Sabía lo que me atraía Paula. Al menos creí saberlo, de la misma manera que creí que era muy consciente de lo que me provocaba. Pero acababa de darme cuenta de que ignoraba hasta qué punto esta mujer me afectaba.

Todo mi cuerpo estaba en una tensión constante. La contención se me hacía insoportable. Cada vez más. No recordaba haber estado tan excitado en mi vida. Mi cuerpo reaccionaba de una manera que era chocante y, al mismo tiempo, vibrante.

Apreté los dedos en sus caderas, por encima de la ropa.

Me encantaba como iba vestida. La camiseta y la falda le quedaban de escándalo, pero en este instante me sobraba todo lo que ocultaba su cuerpo.

La quería tener para mí, completamente desnuda y libre.

Lo necesitaba, pero continué conteniéndome porque, una vez que comenzara, no querría parar ni terminar rápido.

Tenía claro que quería alargar todos los momentos con Paula y eso no era posible en este instante, ya que el repartidor llegaría pronto con la comida.

Pero contenerme para no ir a más no significaba que tuviera que hacerlo en todo, por lo que entré en acción con el beso.

Atrapé su labio inferior con los dientes y tiré de él, provocándole el primer jadeo. Fue leve, pero algo maravilloso de escuchar.

Tomé el control del todo. Me apoderé de su boca, mientras ella me rodeaba el cuello con los brazos y pegaba su pecho más al mío.

La alcé de las caderas y entendió muy bien lo que le pedía. Pasó una pierna por encima de las mías, para quedarse sentada a horcajadas sobre mí.

Cuando nos separamos para coger aire, me eché hacia atrás, hasta que apoyé la espalda en el respaldo del sofá.

Le retiré el pelo de la cara. Mientras se lo colocaba detrás de las orejas, cerró los ojos y yo intenté memorizar cada centímetro de piel.

—No me he traído ropa para mañana, ni para esta noche.

—Esta noche no la necesitas.

Atrapó su labio inferior con los dientes y mis ojos se fueron hasta ellos.

—Y si en algún momento lo quieres, tienes pijamas míos para elegir.

Asintió.

—Mañana irás perfecta con lo que llevabas puesto hoy. Si hacemos planes y te apetece, podemos ir a tu casa para que te cambies de ropa.

—Piensas en todo.

—Lo intento —le confirmé, sonriendo.

—¿Mañana no trabajas? ¿No te llamarán por alguna urgencia?

—Tengo libre hasta el lunes. Son de esos fines de semana extrañísimos en los que solo tengo que disfrutar y descansar, lejos del hospital.

Me acarició el pelo, sonriendo.

—Eso suena genial.

—Sí.

Moví los dedos, acariciándole las caderas por encima de la falda.

—Podrían llamarme por alguna urgencia, pero no lo harán. Tendría que haber una emergencia muy grave para que descolgaran el teléfono para llamarme. En el hospital hay varios más neurocirujanos, empezando por mi amigo Ismael. Él y yo no somos los únicos, así que puedo estar tranquilo.

—Vale —suspiró—. Aunque si tienes que atender tu trabajo no me molestaré. Solo para que lo sepas. Lo he preguntado porque no sé lo que es normal o no.

Asentí.

—Entiendo la importancia de tu profesión y la respeto muchísimo —añadió.

Se me escapó un pequeño gruñido, cuando se movió intencionadamente sobre mí.

Mi miembro duro se quejó por dentro de la ropa, tensándose en pequeñas sacudidas, en varias ocasiones.

Paula repitió el mismo movimiento de caderas, una vez detrás de otra, y yo se las sujeté con más fuerza, apretándola hacia abajo con una mano. La otra la llevé detrás de su cabeza y la agarré del pelo, acercándola a mí.

Soltó un pequeño jadeo cuando me clavé en el punto exacto entre sus piernas, al mismo tiempo que le tiraba del pelo hacia atrás.

La besé con la necesidad palpitando por cada poro de mi piel y me dediqué a enloquecerla. Le di mucho más de lo que ella había iniciado, tanto que pensé que en cualquier momento me correría, sin haberme quitado ni una prenda de ropa.

Nuestras caderas se movieron al mismo tiempo, buscando más placer, mientras en mi boca se quedaban sus jadeos y gemidos.

Le atrapé el labio inferior con fuerza, antes de liberarle la boca.

Apoyé la cabeza en el respaldo del sofá y le solté el pelo, para llevar la mano a su pierna, donde tenía la otra mano en la contraria.

Le subí la falda despacio, con la mirada hacia abajo. Poco a poco descubrí la braga de encaje, transparente, que me dio un buen anticipo de lo que escondía.

Aparté la goma por un lateral, dejando más visible su zona íntima, e introduje varios dedos.

Paula jadeó cuando le acaricié el sexo, sin ninguna prisa. Me puse más duro, si cabe, al resbalarlos por sus fluidos. Los extendí por toda la zona, deslizándome de una manera deliciosa.

Me regaló el primer gemido fuerte, en el momento en el que le apresé el clítoris. Se lo froté, se lo acaricié, se lo pellizqué… una y otra vez, variando la intensidad, mientras la llevaba al borde del orgasmo.

Pero como no era lo que tenía en mente, no quería que se corriera ya. Abandoné ese botón inflamado y delicado, para dirigir los dedos a la apertura que me esperaba excitada. Colé un dedo en su interior, tanteándola, y no tardé en añadir otro.

Paula me agarró del cuello y empezó a ir al encuentro de mis dedos, mientras nos mirábamos fijamente.

Su respiración se convirtió en un caos precioso y junto a sus sonidos de placer, creí que explotaría de un momento a otro.

Dirigí el pulgar al clítoris y aumenté la velocidad de las embestidas de mis dedos. En el momento en el que iba a parar, cuando noté su cuerpo tensarse de una manera maravillosa, retiré la mano, justo cuando el timbre de la casa sonó.

Yoda y Leia, que hasta este instante se habían mantenido con los ojos cerrados, los abrieron de golpe y se incorporaron de la misma manera. El primero en hacerlo rápido fue Yoda. Leia lo siguió.

Paula soltó un bufido y yo mejor me reservaba lo que pasó por mi cabeza ante la aparición inoportuna.

Me levanté del sofá y fui hacia la puerta, con mis perros a los lados. Al abrir me encontré con un chico joven.

—Buenas noches. Su cena.

—Buenas noches. Gracias.

Cogí las bolsas que me ofreció y le pedí que esperara un momento. Leia y Yoda no se movieron, se quedaron sentados frente al chico.

A él no pareció intimidarle. Todo lo contrario, miraba a mis perros con una gran sonrisa.

Sabía que Yoda y Leia estaban esperando una orden mía para poder acercarse a él, pero no la di.

Llevé las bolsas a la cocina y de vuelta al salón, cogí la cartera y saqué un billete pequeño.

—Para ti —le dije al chico.

—Muchas gracias. —Me sonrió y le devolví la sonrisa.

Asentí y cerré la puerta, donde me apoyé de lado, con el brazo.

Mis perros regresaron a sus camas, pero se quedaron mirándome porque sabían que a ellos también les tocaba comer.

La sonrisa que no se había borrado de mi cara se amplió al ver cómo estaba Paula. Tenía el pelo un poco alborotado, los labios enrojecidos y la falda más subida de lo normal.

Cuando se dio cuenta de esto último, se la colocó bien y chasqueé la lengua, desaprobándolo.

Solté una carcajada por la cara que puso, antes de ir de nuevo a la cocina. Paula no tardó en aparecer, para unirse a mí en la isla de la cocina.

Me lavé las manos y una vez las tuve secas, saqué varios platos y bandejas, para repartir la comida en ellos.

—¿Qué hago yo? —me preguntó.

—Sentarte y esperar.

—Quiero ayudarte.

—Esto lo tengo hecho en nada —le aseguré.

La miré de reojo, para evitar la tentación.

Me centré en vaciar los recipientes, colocando la comida en los platos y en la bandeja. Cuando terminé y coloqué un mantel en la mesa del salón, le pedí que llevara las cosas.

Yo saqué un vaso para ella, por si quería agua, aparte de la jarra de agua, los cubiertos y las servilletas.

—La comida tiene muy buena pinta y huele muy bien.

—Ya verás cuando la pruebes… —sonreí.

Silbé para que Leia y Yoda vinieran a la cocina.

Les puse pienso en los cuencos, mezclado con varias carnes que había dejado en los recipientes del restaurante. Ellos también iban a comer tan bien como Paula y yo.

Los dejé comiendo tranquilos y regresé al salón, para sentarme frente a Paula.

Ella había puesto en la mesa la botella de vino y las copas, las que había llenado.

Cogió la suya y bebió un sorbo, mirándome, antes de desviar la vista a la comida.