¡Ese médico es mío! Capítulo 28
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Capítulo 28

—¿Te gusta? —me preguntó Héctor.

—Sí. Mucho —sonreí.

Estábamos en la última estancia de la planta principal.

Héctor me había hecho un recorrido por la casa. Me había enseñado cada rincón de la vivienda y del exterior, y se había interesado por saber mi opinión sobre todo lo que veía.

—Haría algunos cambios, pero como algo personal mío. La casa está perfecta y decorada con mucho gusto.

—¿Qué cambiarías? —me preguntó, con curiosidad.

—Si empiezo a hablar de trabajo, no podrás pararme —le dije con diversión.

—Vale, vale… Ya me responderás otro día.

Me hizo un guiño.

—Claro —suspiré.

Héctor fue hacia el salón y al regresar, traía mi bolso y mi chaqueta. Yo los dejé sobre la mesa alta del salón, donde me dijo, nada más entrar en la casa.

Él los entró en la habitación y los colocó en un sillón.

—¿Por qué no tienes a Yoda y a Leia aquí contigo?

Como si los hubiera llamado para que vinieran, los perros aparecieron en el salón, al mismo tiempo que Héctor y yo llegamos a él.

—Porque en esta casa se estresan si no estoy yo —me contestó.

—¿De verdad? —me sorprendí.

—Sí —me confirmó, acariciándoles la cabeza—. No sé el motivo, pero no lo pasan bien cuando se quedan solos aquí.

Se encogió de hombros, antes de agacharse para quedar a la misma altura que sus perros.

Sonreí al ver el amor que había entre ellos. Yoda y Leia se le echaron encima, pidiendo más mimos.

Héctor continuó hablando, mientras los atendía.

—En cambio, en la otra casa en la que estás tú, puedo dejarlos tranquilamente, que no sufren de ninguna manera.

Allí disfrutan y están relajados, sin importar el tiempo que estén solos.

Los controlo por las cámaras, aunque puedo estar muy tranquilo.

A esta casa los traigo únicamente cuando sé seguro que tengo un tiempo de descanso.

—Qué raro —comenté, pensativa.

—Sí, pero es lo que hay.

Asentí.

—Es cuestión de semanas que estemos de nuevo los tres viviendo juntos.

—¿Ahí va escondido algún tipo de presión para que mi equipo y yo acabemos antes el trabajo? —le pregunté, con diversión.

Héctor rio, yendo hacia la cocina.

Yoda y Leia se tumbaron en las camas que tenían en el salón y yo seguí a Héctor.

Lo vi sacar de la nevera una botella de vino y cuando se giró hacia mí me hizo un guiño. Dejó la botella sobre la encimera de la isla y fue a por dos copas y a por el abridor.

—Yo no he sugerido nada —dijo, con diversión—, pero por poco que pueda presionar…

—No trabajo bien bajo presión —le advertí—. Ahí lo dejo.

Héctor rio y yo sonreí.

—Si a Leia y a Yoda no les gusta estar aquí, ¿dónde vivíais antes?

Me senté en un taburete y acepté la copa que me ofreció, después de que la llenara.

—En la casa que vas a reformar —me contestó.

Apoyó los brazos en la encimera, sin apartar la mirada de la mía. De esa manera bebió el primer sorbo de vino y yo lo imité. Tenía la garganta seca, por los nervios que me provocaba cada vez que me observaba con tanta intensidad.

—Pensaba que la otra casa era una compra nueva, de hace poco, y que la querías reformar antes de irte a vivir allí.

—No. Llevo años viviendo en esa casa, al igual que mis Leia y Yoda.

—Vaya… ¿Y no estabas contento con ella? Quiero decir… Tiene una buena distribución y todo está como nuevo, quitando el polvo que se ha creado de no utilizarla. Decorada y vestida, debía ser una preciosidad.

—Me cansé de lo mismo, por eso quise darle un aire nuevo. Necesitaba sentirla diferente.

—¿Por algún motivo en concreto?

—¿Tiene que haber alguno? —Ladeó un poco la cabeza.

—Siempre los hay, y de peso, para unos cambios tan drásticos e importantes. Los cambios son como un limpiado de cara, por así decirlo.

—La casa fue de mis abuelos maternos, una pequeña mansión en una zona que poco a poco fue convirtiéndose en una urbanización de lujo. Mucho más que esta en la que está esta casa.

Se quedó callado y aprovechó para beber otro sorbo de vino, antes de volver a hablar.

—El motivo no son mis abuelos, los que ya no están conmigo, sino por mi padre. Él fue el ser humano más malo que me he echado a la cara, en toda mi vida. No me arrepiento de decir que, por suerte, desapareció años atrás, para siempre.

—Lo siento.

—Te lo agradezco, pero no hace falta —sonrió—. A mis abuelos siempre los llevo conmigo. —Se tocó el pecho—. Y sobre el que participó en mi creación… él no es nadie para mí, desde hace muchísimo tiempo.

—Vale —susurré.

—Durante todos los años que viví en la otra casa, me dije que no me afectaban ciertas cosas, pero hay recuerdos que son como losas que van aplastándote lentamente.

—Lo entiendo. —Asentí.

—Y si le sumo a todo eso, que durante un tiempo viví con alguien más allí, pues creo que es entendible que quiero esa vivienda, pero con un enfoque nuevo y pareciendo otra.

—¿Hace mucho que compartiste tu vida con esa persona?

—Algunos años, sí.

Cogió la botella y su copa.

—Vamos al sofá —me pidió y lo seguí, con mi copa.

Leia y Yoda continuaban en el salón. Abrieron los ojos al escucharnos, pero los cerraron enseguida.

Nos acomodamos en el sofá, dejando en la mesa baja de enfrente todo lo que llevábamos en las manos.

—¿Y tú? —me preguntó.

—¿Yo qué?

—Te he dicho que la última relación seria, por decirlo de esa manera, fue hace años. ¿Cuándo terminó la tuya?

—¿Qué te hace pensar que he tenido alguna relación seria?

—¿No la has tenido? —quiso saber, sorprendido.

—Sí, pero hace tanto que no me acuerdo muy bien —reí, haciéndolo sonreír—.

Y salí tan escaldada que ni ganas he tenido de repetir la experiencia.

Yo era joven, pero tenía las ideas muy claras.

Lo que no puedo decir de Miguel. Así se llamaba él.

Estuvimos cuatro años juntos, desde muy jóvenes, y terminamos porque él fue muy inmaduro y un traidor.

Me encogí de hombros.

—¿Cuándo fue eso? —se interesó.

—Ya te he dicho que hace muchísimo tiempo, que yo era muy joven —sonreí—. Terminamos antes de que yo cumpliera los diecinueve años.

—Joder, pues qué mal te lo hizo pasar para que se te quitaran las ganas de volver a intentarlo —dijo, con el ceño ligeramente fruncido.

—Estaba muy enamorada, si es que existe el muy al hablar de amor. Pero, sinceramente, no es por él y esa experiencia negativa, por la que no he vuelto a tener pareja.

Hice una pequeña pausa, perdida en los recuerdos.

—Fue muy doloroso, por varios motivos de los que no me apetece hablar. Uno de esos motivos fue que una, a la que creía una buena amiga, se metió en la relación y lo jodió todo. Aunque debo admitir que lo tuvo tan fácil que eso estaba destinado al fracaso.

—A pesar de lo doloroso que debió ser para ti, te hizo un favor.

—Sí y muchos noes. Pero bueno, a lo que iba, si no he repetido la experiencia de tener una relación, ha sido porque simplemente no he conocido a alguien con el que me dieran ganas de intentarlo. Más allá de tener breves citas algún fin de semana.

Me encogí de hombros.

—Pues, aunque suene mal, me alegro de que sucediera todo de esa manera.

—Eres muy amable —dije con ironía.

—Gracias —sonrió de medio lado y reímos—. Como para no alegrarme, porque si no, a saber, dónde estaríamos nosotros ahora. Quizá no nos hubiéramos conocido.

—Pensándolo de esa manera…

—No hay otra forma. —Me hizo un guiño—. Yo tampoco lo pasé muy bien en mi última relación. Ni durante ni después, una vez que terminó. Fue complicado, por muchos motivos que no quiero recordar, pero la suerte es que ya es pasado.

—Me has dejado más tranquila al saber que la otra casa en la que estoy yo trabajando es herencia de tus abuelos maternos.

Me incliné para coger la copa y me la llevé a los labios. Bebí sintiendo su mirada.

—¿Por qué? —terminó preguntando.

—Porque si era una adquisición tuya, aparte de esta en la que estamos… —Miré el gran salón—. Tu nivel económico sería muy…

Me quedé callada, al ver su expresión con las cejas arqueadas.

—¿Lo es? Mierda. ¿Cuánto cobra un neurocirujano de prestigio? ¿Una eminencia?

—Me parece que, por las reacciones que estás teniendo, no es muy recomendable que te responda con sinceridad —comentó, con una pizca de humor.

—¿De verdad que da para tanto tu sueldo?

Mi voz sonó aguda y tuve que carraspear.

Héctor rio, por mi desconcierto e incredulidad. Estaba pasándoselo en grande a mi costa.

—Si te digo que sí y que incluso mi sueldo da para muchísimo más, ¿saldrás huyendo? —Arqueó una ceja.

—No —susurré.

—Pero te intimida que mi nivel económico sea muy elevado.

—Un poco.

—No tienes por qué sentirte de esa manera, ni de ninguna otra.

El dinero va relacionado con mi profesión, con lo que hago, con lo que soy en el trabajo.

Contigo está el hombre, el que siente y el que lo único que quiere ahora mismo es gustarle tanto a la mujer que tiene al lado, que ella no pueda resistirse a pasar la noche conmigo.

—¿Acabas de pedirme que pase la noche contigo? —Agrandé los ojos.

—Has oído perfectamente —habló serio—. ¿Qué me dices? ¿Vas a dejarte llevar tanto como para quedarte conmigo aquí?

—Héctor…

—Tengo la cena encargada, nos la traerán en unos veinte minutos.

Solo tenemos que comer, disfrutar de la velada hablando y bebiendo un buen vino, y dejar que la noche pase como tenga que pasar.

Si en algún momento quieres irte, yo mismo te llevaré a tu casa.

O, si lo prefieres, te acompañaré en un taxi.

Pero no te adelantes respondiendo que no.

—No iba a decir que no.

—Ah, ¿no?

Negué con la cabeza.

—No voy a decir que la situación no me supera por momentos, pero quiero estar contigo, seguir conociéndote. Y la noche no ha hecho más que empezar.

Héctor se acercó a mí, para quitarme la copa de las manos. La dejó junto a la suya y cuando volvió a mirarme a los ojos, se me cortó la respiración durante un breve tiempo.

Supe lo que quería, lo que pretendía. Exactamente lo que yo también necesitaba, pero no por ello me estremecí menos, cuando me agarró con suavidad de un brazo.

Me lo rodeó con su mano y tiró de mí hacia él.

El movimiento provocó que me echara encima de él, que nuestros pechos se tocaran y que nuestras caras se quedaran a centímetros de distancia.

—Cualquier cosa que no quieras o que te haga sentir incómoda, házmelo saber. ¿De acuerdo? —me pidió y asentí—. Quiero conocerte, por completo, saber interpretarte perfectamente, pero hasta que llegue ese momento, necesito y te pido que me guíes tú.

—Lo haré. Ahora cállate y bésame.

No solo encontré el valor para decirle esas palabras, sino que también puse mis labios sobre los suyos.

El primer contacto fue electrizante, al menos para mí. Lo sentí por todo el cuerpo. Un escalofrío me recorrió entera, al mismo tiempo que movía los labios despacio sobre los de Héctor.

Él me dejó hacer. Jugué con su boca, sin prisa, tanteándola, para conocer sus labios.

Su respiración comenzó a alterarse, mientras sus manos me agarraban con fuerza de las caderas.