Capítulo 27
—¿Estás muy cansado? —le pregunté a mi amigo.
Rubén conducía hacia la casa de Héctor. Cuando le enseñé la dirección me dijo que sabía llegar. Yo, la verdad, no tenía ni idea.
La segunda casa de Héctor se encontraba en una parte del pueblo a la que yo nunca iba.
—Ahora mismo mi contestación es que no, lo normal, pero sé que en cuanto llegue a casa, me dé una ducha y me ponga cómodo, me dará un bajón importante.
—Es normal. Anoche dormiste poco y mal, por los nervios de hoy. Y hoy no has parado, llevas desde primera hora de la mañana en el hospital y casi no te has movido de allí.
—No me gusta nada —suspiró—. Tengo unas ganas de que le den el alta a Gina…
—Lo sé.
Le acaricié el brazo, lamentando el motivo por el que a Rubén no le gustaban nada los hospitales. Esto se debía a la temporada tan mala que pasó con su madre, con la mujer ingresada.
—¿Has preparado a Héctor?
—¿Cómo?
Me giré hacia él.
—Que si has preparado a Héctor para cuando te vea, porque como no esté listo, puede darle algo en cuanto te abra la puerta de su casa. Estás preciosa y pidiendo guerra.
—¿Qué dices?
Solté una carcajada.
—Lo que oyes. Lo sabes perfectamente, pero a ver si entre verdades y diversión te olvidas un poco de los nervios.
Me miró de reojo y yo puse los ojos en blanco.
—Me he vestido normal, como cualquier otra noche que salgo —le dije.
—Yo estoy acostumbrado, pero Héctor no.
Giró la cabeza hacia mí unos segundos, los suficientes para hacerme un guiño y sonreírme.
—Estás increíble.
—Gracias. No me pongas más nerviosa —suspiré.
—Esos nervios son buenos, muy buenos.
Sonrió de medio lado.
—¿Cómo irás a tu casa? —me preguntó—. ¿O tienes intención de pasar la noche en la de Héctor?
—¡No! —exclamé, con sorpresa—. Pediré un taxi para volver a casa, a la hora que sea. Es como tenía pensado ir ahora, hasta que tú me insististe en llevarme.
—No me cuesta nada y me apetecía verte, para cerrar el día.
Sonrió.
—Vale, me gusta lo segundo.
—Lo sé —rio y sonreí.
—¿Qué tal el resto del día con Gina?
—Genial —contestó, pensativo.
—¿Qué pasa?
—Nada.
—Entonces no entiendo por qué te has puesto tan serio, de repente.
Fruncí ligeramente el ceño.
—¿Gina te ha dado a entender algo?
—No, que va. —Negó con la cabeza—. Es solo que todo va genial, como te he dicho, y eso me hace sentirme raro.
—No me lo puedo creer… Joder, qué susto me has dado.
Reímos.
—Lo siento. Es que hoy ha sido un cúmulo de emociones y como todavía no he parado…
—Es normal. No me pidas perdón —le pedí.
Volví a tocarle el brazo, dejando la mano apoyada en él.
—Estamos a punto de llegar.
Miré hacia delante, para ver cómo recorríamos las primeras calles de una urbanización de lujo.
—Qué bonito —dije.
—Sí. Se nota la clase y el estatus que tiene Héctor.
—Pues si vieras su otra casa, en la que estoy trabajando con Nadia… No tiene ni punto de comparación con las que estás viendo ahora. Aquella es de otro nivel, en todo. Te enamorarías al instante y no querrías moverte de allí, a pesar de que todavía no tiene ni un solo mueble ni comodidad.
Sentí la mirada de mi amigo, pero no aparté la vista de las casas por las que pasábamos. Casas, por decirles de esa manera, porque los tamaños eran mucho más grandes de lo que se esperaba de una casa.
Las vistas eran preciosas. Cada propiedad estaba rodeada de vegetación.
—Ahora sí que hemos llegado.
No hacía falta que me lo dijera, porque acababa de parar frente a la verja de una casa.
—Vas a tener una noche perfecta —me dijo.
Giré la cabeza hacia mi amigo y asentí, muy nerviosa.
—¿No es una locura?
—Locura sería desaprovechar la oportunidad —sonrió—. Sé libre y disfruta. No pienses, solo siente. Te lo digo yo, que he estado a punto de perder a la persona que ni sabía que me había robado el corazón.
Le sonreí con cariño.
—En esta vida el tiempo es de prestado, Paula. No dudes y actúa, aunque sea con miedos, aunque sea con vergüenza. Trágatelo todo y sigue adelante, porque puedes tener la felicidad completa al alcance. Una felicidad que no sabías que necesitabas y que querías.
—Me vas a hacer llorar. —Hice un puchero.
—No es mi intención —rio—. No quiero llegar a mi casa con un ojo morado, después del día tan intenso que he tenido. Como Héctor te vea llorar, es lo más seguro que suceda.
Me guiñó un ojo, haciéndome un gesto para que mirara hacia la casa.
Ahí estaba Héctor y al verlo me dio un vuelco al corazón.
Estaba en el hueco de la puerta de su casa, apoyado en el marco. Con los brazos cruzados, como tenía también los pies, a la altura de los tobillos. Nos miraba desde su posición.
Cuando lo miramos, Héctor levantó una mano. Rubén y yo nos bajamos del coche. Justo cuando pisé la acera, me llevé una bonita sorpresa.
Yoda y Leia salieron de la casa, pasaron por al lado de su dueño y vinieron corriendo hacia mí.
—Chicos —dije, riendo feliz.
—Por fin conozco en persona a estas preciosidades —dijo mi amigo, a mi lado.
Los perros continuaron saludándome, hasta que les pedí que le prestaran atención a Rubén.
—Él es mi mejor amigo, Rubén.
Yoda ladró, haciéndonos sonreír.
Rubén los acarició y les dio atenciones. Estaba tan concentrada observándolos a los tres, que no me di cuenta de que Héctor se había movido para venir hacia nosotros.
—¿Te ha gustado la sorpresa? —me preguntó.
Me sobresalté un poco por su susurro y al sentirlo a mi espalda.
—Me ha encantado —le confirmé.
Miré por encima del hombro y me ruboricé más, cuando me dio un beso en la punta de la nariz. El gesto me pareció muy tierno, íntimo, más que cualquier otro beso que pudiera darme en este momento.
—Rubén —dijo Héctor, a modo de saludo—. Me alegra verte otra vez.
—Hola, Héctor. Gracias —le correspondió mi amigo.
—¿Qué tal, Gina? —se interesó Héctor.
—Ha estado muy bien, teniendo en cuenta que se ha despertado hoy de un coma de largos días.
Héctor asintió.
—Mañana estará mucho mejor, notarás el cambio.
—Gracias.
—No hay de qué.
—Bueno, yo me voy ya.
—Puedes quedarte, si quieres —le ofreció Héctor.
—Te lo agradezco, pero no voy a chafaros los planes —le dijo mi amigo.
Héctor sonrió, pero no hubo picardía en ese gesto.
—Además —siguió hablando Rubén—. Necesito llegar a mi casa, estoy apurando mis últimas energías.
—Como quieras. La próxima vez, cuando te apetezca, solo tienes que decírselo a Paula.
—La próxima vez —repetí.
—Eso he dicho —me confirmó, con una sonrisa de medio lado—. Creía que había quedado claro esta mañana.
—Eh, sí —dije, notando el calor en las mejillas.
—Me voy, parejita —se dirigió a ambos, Rubén.
Mi amigo apretó los labios cuando vio mi intención de desintegrarlo en el sitio, por cómo se había referido a nosotros.
—Que termines bien la noche y descanses —le deseó Héctor.
—Gracias. Igualmente, para vosotros.
Yoda y Leia se anticiparon a despedirse de mi amigo. Después de las caricias, Héctor y él se dieron una mano y a mí me abrazó.
—Disfruta, cariño —me susurró sobre la frente, antes de darme un beso.
Yo se lo devolví en la mejilla y asentí.
Héctor llamó a los perros, para que se quedaran sentados a su lado, mientras que Rubén rodeaba el coche y se montaba.
Me despedí por última vez de él levantando una mano y sonreí cuando hizo el gesto de que lo llamara, para cualquier cosa que necesitara.
Enseguida desapareció en la calle y entonces la presencia de Héctor me alteró más.
Estábamos solos, en su casa, donde íbamos a cenar. Debía agradecer que Leia y Yoda estuvieran con nosotros. En cierta manera me ayudaban a sobrellevar la situación, pero igualmente no era suficiente para calmar los nervios que sentía.
—¿Entramos?
Me giré hacia Héctor.
—Sí —le contesté.
Me hizo un guiño y comenzó a caminar por el camino asfaltado que llevaba a la puerta de la casa y separaba las dos partes de césped del pequeño jardín de la entrada.
Los perros fueron detrás de él, pero se pararon y se giraron hacia mí, cuando se dieron cuenta de que no me movía.
Les sonreí, contenta por volver a verlos. Los había echado en falta, al no ir a trabajar hoy.
Caminé con la vista en la espalda de Héctor, agradecida por el detalle que había tenido.
Él sabía el cariño que les había cogido a sus perros, lo bien que se llevaban con el mío. Bueno, Ray era de mis padres, pero para mí siempre sería mío. Era un miembro más de nuestra familia.
Y sí, había sido una gran sorpresa y detalle, porque Héctor también sabía que tener a Yoda y a Leia conmigo me servía para estar más tranquila en su casa.
No porque pensara en algo malo. En absoluto. Mi tranquilidad era por lo nerviosa que me ponía Héctor y por estar a solas con él, lo que Héctor conocía.
En ciertos momentos no podía controlar ser tan transparente, aunque pensaba que solo se daban cuenta las personas más cercanas a mí, como bien había dicho Aroa.
Quizá era porque Héctor me veía, realmente me veía y sabía interpretarme muy bien. A pesar de no conocernos, todavía.