Capítulo 26
—Joder, no me pongas más nerviosa —le pedí a Aroa, a través del teléfono.
Mi móvil y yo estábamos en mi vestidor. Supuestamente, mi amiga estaba ayudándome por videollamada a elegir la ropa para ir a la casa de Héctor.
—Tú hazme caso y quítate esa braga ahora mismo —me ordenó.
Solté una carcajada.
—Voy a cenar, a tomar una copa, a tener una conversación agradable…
—Ya, ya… todo eso me parece genial, pero de tu casa no sales con la braga que llevas ahora puesta.
—Oye, que es muy bonita —me quejé.
Joder, claro que lo era. Tenía hasta un poquito de encaje.
—No digo que no, pero esta noche tienes que quitar la respiración. Por completo.
—Estás apuntando muy alto.
Negué.
—Confío en Héctor y en sus habilidades. Me tiene totalmente conquistada —rio.
Puse los ojos en blanco y continué pasando las perchas, centrada en encontrar qué ponerme.
Nada me convencía, pero no porque no fueran buenas opciones, sino porque los nervios me hacían dudar y nada me parecía bien, para mi primera cita con Héctor.
Cuando llegamos al hospital, de la cafetería, Héctor se despidió de mis amigos y de mí. Él entró y yo me quedé con Rubén y Aroa en la entrada, los que no tardaron en querer saber cómo me había ido con Héctor.
Les conté todo, incluyendo la cita de esta noche.
Mi amigo tuvo una sonrisa constante en la cara, desprendiendo felicidad y tranquilidad, por lo que yo me sentía feliz y satisfecha.
Una vez que yo los puse al día de las novedades con Héctor, Rubén me contó lo bien que le había ido con Gina. Aroa ya lo sabía. Oficialmente eran una pareja, habían dejado claro entre ellos que estaban juntos. Se acabaron los tonteos, conociéndose.
Después de estar un buen rato hablando en la entrada del hospital, sentados en un banco, Rubén nos llevó a Aroa y a mí a la casa de mis padres. Mi amiga y yo habíamos comido con ellos, con la compañía de Ray que nos recibió muy contento.
Rubén, en cambio, comió con los padres de Gina, sus suegros.
Una vez que nos despedimos de él Rubén volvió al hospital para reunirse con Belén y Eduardo. Los tres se quedaron un rato más con Gina, antes de irse a comer a un restaurante que había cerca del hospital.
Mi amigo había estado todo el día junto a Gina, a excepción del rato de la comida y alguno más. Dentro de poco saldría del hospital para irse a su casa, para terminar el día, pero antes de eso venía a recogerme, para llevarme a la casa de Héctor.
Le había dicho varias veces que no hacía falta. Debía estar cansando porque el estar en el hospital agotaba, sin importar lo que hicieras en él. Y después de pasar todo el día allí…
Al menos a mí me dejaba para el arrastre, de ahí la siesta larga que me eché en mi casa, cuando mi padre me dejó en ella. Antes llevamos a Aroa a la suya.
A pesar de mis intentos, Rubén no me había escuchado. Estaba empeñado en llevarme a la casa de Héctor, por lo que dentro de poco picaría a mi puerta o me avisaría de que estaba fuera, según si llegaba con tiempo o no.
—¿Qué te parece esta falda, con esta camiseta?
Cogí la percha de la falda y saqué la camiseta, para volverme hacia la cámara.
—Ah, ¡me encanta! —exclamó emocionada.
Dio varias palmadas y sonreí.
—Súbete la cinturilla todo lo que puedas —me pidió.
Reí.
—Claro, y voy enseñando el culo.
—Perfecto. Vas pillando mi idea —rio ella.
—Ya te vale…
Negué con la cabeza.
—Déjate de tonterías —le pedí.
—¿Cuándo he dicho alguna, desde que estamos en videollamada?
—Menos mal que has reducido el tiempo, porque no te sabría responder por todas las tonterías que dices.
Reí, al ver su cara.
—¡Eres mala!
—Realista, cariño. Muy realista —le dije con un guiño.
—Imbécil.
Reímos.
—Valeee… reconozco que se me van las tonterías por la boca, pero ¿y lo que os hago reír?
Sonreí, asintiendo.
—Ponte la falda y la camiseta, estarás preciosa —insistió.
—Gracias.
—Con las sandalias que me encantan. Las que algún día serán mías.
Me agaché riendo, para cogerlas.
Cuando lo tuve todo fui a la habitación, con el móvil también. Liberé las manos y los brazos, soltando todo en la cama, para poder vestirme.
Al final le hice caso a Aroa. Me cambié la ropa interior para no escuchar sus quejas durante días.
Elegí un conjunto monísimo, de braga y sujetador, al que Aroa le dio el visto bueno. Me vestí cuando lo tuve puesto, mientras mi amiga me explicaba su plan para esta noche.
Cuando colgáramos iba a ver una película cenando pizza y al terminar, se rodearía de palomitas, helado y chuches. Después se iría a la cama a leer, hasta que se durmiera.
Si Rubén no hubiera estado tan cansado, habrían hecho algo juntos, pero en lo único en lo que pensaba nuestro amigo era en llegar a su casa, darse una ducha, cenar cómodo e irse a la cama, para regresar al hospital a la mañana siguiente.
Todo eso después de dejarme en la casa de Héctor.
—¿Qué tal? —le pregunté, cuando terminé.
Aroa silbó, haciéndome reír.
—Estás preciosa, cariño.
—Gracias, pero no es para tanto. Una faldita y una camiseta.
—Lo que tú digas —habló poniendo los ojos en blanco.
Me contuve para no reír.
—Venga, llévame al baño y te maquillas.
Me puse las sandalias y me la llevé en el móvil al baño, para continuar con mi amiga.
Coloqué el teléfono en el espejo y empecé a echarme crema en la cara. Estaba recién duchada. A Aroa la llamé en cuanto terminé de secarme el pelo.
Cuando terminé con la crema pasé a maquillarme un poco. Lo único que me eché en la piel fue un poco de colorete, ya que tenía un color muy bonito. El poco sol que me había dado en la cara me había dejado un tono que me encantaba.
Después del colorete me puse la máscara de pestañas a toquecitos, para solo remarcar las puntas, y me pinté los labios. Me cepillé el pelo por última vez y me perfumé, antes de salir del baño llevándome a Aroa con mi móvil.
—Héctor no tiene nada que hacer, va a caer rendido a tus pies en cuanto te vea —dijo, muy animada.
—Gracias por quererme tanto. —Utilicé un punto de diversión.
—Claro que te quiero, pero también tengo ojos en la cara, querida.
Me sacó la lengua y reímos.
—¿Ya has metido la pizza en el horno? —le pregunté.
Llegué al salón, pero antes de ir al sofá a esperar a Rubén, fui a la cocina para llenarme un vaso de agua.
—Me ha dado pereza, ahora iré —me contestó—. Es pronto todavía.
—Sí, pero me has dicho varias veces que querías cenar pronto. Después te entrarán las prisas, pondrás el horno muy alto y se te quemará la cena.
—Cómo me conoces…
Reímos.
Volví al salón con el vaso de agua, bebiendo un sorbo. Me senté en el sofá y una vez dejé el vaso en la mesa baja de enfrente, entré en la conversación de mensajes de mi amigo Rubén.
—Rubén ya viene hacia aquí —le dije a Aroa.
—¿Te ha escrito?
—Sí, hace un rato. No me he dado cuenta, habré quitado la notificación sin querer.
Me encogí de hombros.
—Bueno, ya estás preparada. No tienes que correr.
Asentí, sonriendo. Cogí el vaso y di varios sorbos al agua.
—Disfruta de la noche, cariño. Pásatelo genial y no pienses en nada más que en dejarte llevar por las situaciones. Héctor merece que te olvides del mundo, cuando estés con él.
—Estoy nerviosa —le confesé.
—Lo sé. Se te nota.
—¿Tanto? —Bufé.
—Para mí sí, pero porque te conozco muy bien. Rubén también se dará cuenta, en cuanto te vea, al mínimo movimiento que hagas o por lo que digas. Aunque puede que no te lo diga para no ponerte más nerviosa.
—No creo que tenga tanta suerte, no se quedará callado —le dije y rio.
—Tienes razón. Tus padres también te harían algún comentario si te vieran. Y ya está, somos los únicos que podemos notártelo, ah, y Leti.
—No sé cómo he terminado teniendo una cita con mi cliente, en su casa —suspiré.
—Joder, cómo mola —habló emocionada—. Desde el primer susto que te dio Héctor, cuando estabas en su casa con Nadia, supe que de ahí saldría algo.
—No es verdad —reí—. Era imposible saberlo.
—Nena, ese hombre cayó rendido a tus terribles encantos. ¿Y lo de la camiseta con el mensaje? Ahí lo conquistaste por completo.
Soltó una carcajada que me contagió.
—¿Terribles encantos? ¿En serio? —le pregunté.
—No puedes negar que vuestros primeros intercambios de palabras estuvieron cargaditos de piques. Sobre todo, por tu parte.
—Con más motivo —dije pensativa, con un suspiro—. No entiendo cómo Héctor se ha fijado en mí.
—Y tanto que no lo entiendes si te lo preguntas, cariño.
—¿El qué? Mierda, Rubén ya está aquí. Me ha escrito para avisarme.
—Tranquila, estoy segura de que Héctor te aclarará esa duda y todas las demás que tengas —dijo con diversión—. Como ya te he dicho, disfruta y olvídate de todo lo demás. Te quiero, mañana esperaré a que me escribas o me llames, para no cortarte la diversión o el descanso.
—¿Qué diversión? —reí.
—Yo sé lo que digo —rio también—. Adiós, cariño. No estés muy nerviosa, te va a ir genial. —Me hizo un guiño.
—Gracias —le sonreí—. Nos vemos mañana. Adiós.
Nos lanzamos un beso a través de la cámara y cuando la videollamada se cortó, entré en la aplicación de mensajes.
Le respondí a Rubén, ya que me esperaba para saber si estaba preparada o me quedaba mucho, para quedarse en el coche o venir a mi casa.
Paula: Ya estoy. Voy a por el bolso y salgo ya. Acabo de colgar una videollamada con Aroa.
No esperé su contestación. Me levanté del sofá para ir a mi habitación y, aparte del bolso, también cogí una chaqueta fina, por si entrada la noche tenía fresco.