¡Ese médico es mío! Capítulo 25
61%

Capítulo 25

—¿Cuándo lleguemos al hospital te irás? —le pregunté.

—Sí. Ya sabes el motivo por el que he venido —me contestó, con un guiño.

—Habría sido más fácil que esperaras al siguiente día que me vieras en la casa, para aparecer.

Negué con la cabeza.

—Lo habría sido, pero a veces lo mejor es no adaptarse a lo fácil. Además, me ha salido bien. Nos hemos encontrado mutuamente.

Me hizo un guiño.

—Sí.

Noté que volvía a sonrojarme, aunque no con tanta intensidad.

Héctor me ponía demasiado nerviosa. Cualquier cosa que hacía me afectaba, de la misma manera que algunas de sus palabras me alteraban.

—Me iré al poco de despedirme de ti, aunque antes preguntaré si me necesitan.

—¿Qué tal en urgencias?

—Al final no he tenido que operar.

—Me alegro por el paciente.

—No soy tan malo —sonrió de medio lado.

—No lo he dicho…

—Sé por qué lo has dicho. Te he entendido y pienso igual. Cuando intervengo yo, significa que las cosas están mal para el paciente, así que, por mucho que me guste salvar vidas, prefiero y me alegro cuando esas vidas se salvan solas.

—Tienes que sentir una satisfacción muy grande.

—Sí. Y con la misma grandeza siento la frustración y la tristeza, cuando, por muchos conocimientos que tenga, por mucha experiencia que haya adquirido, una vida se apaga entre mis manos. Mi trabajo no es fácil, pero salva vidas y es con lo que siempre me quedo.

—A veces no puede salir todo bien. Depende mucho del estado en el que lleguen los pacientes a ti. Tú haces todo lo que puedes.

—Te agradezco el apoyo y los ánimos —sonrió—. No te preocupes, tanto lo bueno, como lo malo, es parte del trabajo que me apasiona. Aprendí rápido a vivir con todo, aunque uno nunca se acostumbra a ciertas cosas. Estar mentalizado a que es lo que hay, ayuda.

Asentí.

—Esta noche tendrás una sorpresa en mi casa —dijo, sorprendiéndome—. Pero no esperes gran cosa, quédate con el detalle.

Apretó los labios.

—Yo siempre me quedo con los detalles —hablé con diversión—. Para tu información, no soy materialista. Así que no espero gran cosa.

—No sé si debo ofenderme porque no esperes gran cosa de mí, o tomármelo con diversión.

—Tú sabrás si te apetece enfadarte o reírte.

Sonreí cuando eligió la segunda opción. Soltó una carcajada.

—¿Tengo que llevar algo? —le pregunté.

—Sí, a ti misma. Lo demás lo pongo yo —me contestó con un guiño.

—Vale —sonreí—. Entonces tengo una cita esta noche, con el buenorro del cirujano. En su casa, ni más ni menos.

Volvió a reír.

—¿Buenorro? ¿Te lo parezco?

—No voy a regalarte los oídos —reí—. No necesitas que te digan cómo eres, lo sabes de sobra.

Negué con la cabeza.

—¿Y tú?

—¿Yo qué?

—¿Sabes realmente cómo eres?

—No me líes —le pedí riendo.

—Como sea yo, no me interesa, en absoluto, pero como eres tú, sí. Y no estoy hablando de la belleza exterior, porque eso es obvio.

Las mejillas me ardieron.

—Independientemente de lo preciosa que eres y de la atracción física que ya hemos dejado clara que sentimos los dos, hablo de lo que siento yo cada vez que te veo. Eso va más allá de lo visual, Paula. Y ya, cuando te tengo cerca… Sé que tú también lo sientes. ¿Me equivoco?

—No —le confirmé, con un susurro.

—Puede que esta noche te des cuenta de que, a veces, cuando es el momento perfecto y la persona indicada que te hace sentir algo más especial, no se necesitan muchas citas ni conocerse poco a poco, para lanzarse a lo que se desea.

—¿Qué tengo que interpretar de eso? —le pregunté, con las cejas elevadas.

Mi apariencia tranquila no tenía nada que ver con cómo me encontraba por dentro. Me habían entrado muchos calores de repente, porque sabía que tenía razón en cada una de sus palabras.

Con este hombre notaba que iba directamente hacia un precipicio que me engulliría, para quedarme atrapada en él, sintiendo en el estómago todas las sensaciones y emociones que me provocaba.

—No puedo responder por ti a esa pregunta —me contestó, con una media sonrisa—. Solo tú puedes hacerlo, a mí no me pertenece.

Me hizo un guiño.

—¿Nos vamos? No he recibido ninguna llamada, a pesar de que saben que estoy cerca del hospital, pero igualmente, quiero asegurarme de que no me necesitan.

—Claro.

Nos levantamos de las sillas.

—¿Cuántas horas pasas en el hospital, normalmente? —me interesé.

Héctor colocó una mano en mi espalda y de esa manera, con él muy cerca de mí, a mi lado, caminamos por la cafetería y salimos a la calle.

Una vez fuera se apartó de mí, lo que lamenté mucho. Su contacto me hacía bien, aunque me alteraba.

—No quieres saberlo —respondió.

—Eso no suena muy alentador.

—Porque no lo es —rio.

—A lo mejor la pregunta correcta es: ¿cuántas horas descansas por las noches?

—Las suficientes para mantenerme en pie y despierto —me contestó con un guiño.

Me paré en la acera, por lo que él lo hizo un paso por delante de mí, al reaccionar más tarde.

—¿Qué?

—Que el ritmo de vida que llevas no es sano.

Fruncí el ceño.

—¿Cuándo te diviertes? ¿Cuándo descansas? ¿Cuándo tienes un fin de semana libre? ¿Haces vacaciones? ¿Viajas por placer, no por trabajo? Porque capaz eres de ser de los que no pueden alejarse de tu profesión.

Tuve que levantar la cabeza para mirarlo a la cara, porque se acercó mucho a mí.

Entreabrí los labios, por el simple contacto de sus dedos en mi barbilla. Me hizo unas suaves caricias, mientras nos manteníamos la mirada.

—Ahora, en este momento, lo estoy pasando bien, como quiero. Esta noche volveré a hacerlo y me divertiré en tu compañía. Nos divertiremos juntos.

—Sí, pero…

—Paula, las horas que descanso son suficientes. La mayoría de las veces es así, y las que no, es porque ha habido una urgencia en el hospital lo suficientemente importante como para que tenga que retrasar mi descanso. Yo y todos los que trabajamos en el hospital.

—Eso lo entiendo —susurré.

Tragué saliva, lo que no pasó desapercibido para Héctor, mientras él pasaba el pulgar por mi labio inferior. Ese fue el pequeño problemilla, su dichoso dedo pasando de un lado al otro por mi labio, con mucha tranquilidad y lentitud.

—Estoy preparado para lo que me venga, no me importa ni me preocupa pasar horas interminables en un quirófano. Saliendo de uno y entrando en otro. Ten en cuenta que cuando sucede algo de gravedad, después tengo varios días libres.

Asentí.

—Esos días de descanso son obligatorios y más en mi área. Necesito tener una concentración máxima, porque un error de un milímetro puede ocasionar un daño irreparable en mi paciente.

Solté el aire despacio, cuando apartó el pulgar de mi labio. Se metió las manos en los bolsillos del pantalón.

—Ya te he dicho que vivo para mi profesión, o al menos creo habértelo dado a entender. Pero no por ello dejo de tener fines de semana libres. Sí que es verdad que los cojo de tanto en tanto, por el simple hecho de que yo lo quiero así.

—Por mucho que te guste lo que haces, ¿quién elige el trabajo por encima del descanso?

Y no estoy hablando de dormir, hablo de pasar tiempo en tu casa, de disfrutar de Yoda y Leia, de pasear, de salir a tomar algo con tus amigos, de ir a cenar, al cine, a tomar unas copas…

Me refiero a vivir con la intensidad que quieras en cada momento.

—Muchas veces elijo trabajar porque lo único que necesito es pasar un buen rato con mi amigo Ismael, y eso podemos hacerlo después de las jornadas de trabajo. El resto del tiempo necesito estar activo.

—Eso es un problema. También tienes que saber parar.

—Sé hacerlo, pero no he tenido un buen motivo para ello —sonrió de medio lado—. Hasta ahora.

—¿Y las vacaciones? ¿Cuándo fue la última que hiciste?

—No te lo digo, porque te enfadarás —contestó con diversión—. Lo que necesitas saber es que sí, que me voy de vacaciones de vez en cuando.

Elevé las cejas.

—Vale, muy de vez en cuando —rectificó, carraspeando—.

Ismael lleva el mismo ritmo que yo y solo organizamos algo cuando los dos podemos.

Eso responde también a que viajo por placer, no solo por trabajo, aunque no sea frecuentemente.

Puedo alejarme de mi profesión, sin problema, pero por un motivo de peso.

—¿Cuál sería para ti un motivo de peso?

—Tú. El conocerte, el estar contigo, el disfrutar de todo lo que me des.

Su respuesta me dejó sin palabras.

Los siguientes segundos, o tal vez más, ninguno de los dos nos movimos. Nos quedamos mirándonos a muy corta distancia.

—Llevo tiempo solo, pero de eso te hablaré esta noche. Si quieres.

Asentí, dándole a entender que quería saberlo todo de él.

Para mi sorpresa, me agarró de la mano. Entrelazó sus dedos con los míos y tiró de mí, cuando comenzó a caminar.

Me dejé llevar, como le había dicho a él. Era lo que quería y lo que necesitaba, más que nada porque me salía de manera natural hacer las cosas con Héctor.

Caminamos en silencio, sin soltarnos de las manos. De esa manera llegamos frente a la entrada del hospital, en la que nos encontramos a mis amigos.

Rubén y Aroa no tardaron en vernos, al estar de frente a la calle. Sus miradas cayeron directamente en las manos de Héctor y mía, unidas.

Aroa sonrió con picardía, mientras que Rubén no mostró nada en su expresión.