¡Ese médico es mío! Capítulo 24
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Capítulo 24

Paula

Por fin habíamos conseguido salir del hospital, después de que muchas de las personas que nos habíamos encontrado en nuestro camino pararan a Héctor, para una cosa u otra.

Si tenía alguna duda de lo conocido que era, a estas alturas ya no quedaba ninguna.

Todos se habían dirigido a él con mucho respeto. Se notaba la admiración que sentían por él. Admiración mezclada con deseo, para algunas de esas personas.

Esto último también me había quedado claro y me había sorprendido, a partes iguales, al darme cuenta de mis primeras reacciones.

Buenas no habían sido, aunque las había disimulado bien. Al menos eso esperaba, para que Héctor no se hubiera dado cuenta de ningún cambio en mí.

—Estás muy callada —me dijo.

Giré la cabeza hacia él.

—Estaba pensando.

—¿Puedo saber en qué?

—En las casualidades de la vida.

Sonrió de medio lado.

Llegamos frente a la puerta de una cafetería, la que abrió para que pasara yo primero.

No pude controlar el calor que se extendió por mi cara, por lo que pasé rápido por su lado, entrando en el local.

Fui directa hacia una de las mesas libres y ocupé una silla. Héctor hizo lo mismo, al otro lado, delante de mí.

Por suerte, no dijo nada sobre el rubor que todavía me cubría, sobre todo, las mejillas.

—Yo le he dado un empujoncito a la casualidad de encontrarnos en el hospital.

—Pero no te ha salido bien —comenté.

—No —rio, negando—. Mi plan se ha ido al traste, aunque te confieso que igualmente tenía muy difícil dar contigo. Si hubieras sido una paciente te habría encontrado rápido. No sabía qué te había traído hasta el hospital.

—¿Hace mucho que trabajas en él?

Tuve que esperar para su respuesta, ya que vino una camarera a tomarnos nota. Le pedimos dos cafés con leche y se fue.

—Hace muchos años, sí. Como sabes, he regresado hace poco de viaje, aunque no tan poco como te piensas.

Ya llevo aquí unas semanas, pero las únicas personas que lo sabían eran los del hospital.

Las noticias corren rápido. No me he preocupado de que lo supiera nadie más, tampoco me importa.

He permanecido una buena temporada fuera.

—¿Por qué? —pregunté con curiosidad.

—He estado en otros países, especializándome en técnicas más avanzadas e innovadoras en el campo de la neurocirugía.

—El médico de Gina…

—Ismael.

Me recordó y asentí. Él continuó hablando.

—Somos muy amigos, desde hace muchos años. Él también es neurocirujano, como yo. Trabajamos en la misma especialidad.

—Él ha dicho que eres una eminencia en tu trabajo.

—Es un exagerado.

La camarera volvió con nuestras tazas de cafés con leche y Héctor aprovechó para pagarle. Le dijo que se quedara con el poco cambio que debía devolverle.

—¿Lo es en realidad? —le pregunté.

—¿El qué?

Negué con la cabeza.

—¿Qué si Ismael ha exagerado o el modesto eres tú? —insistí.

Sonrió de medio lado, llevándose su taza a los labios.

—No me gusta presumir de mi profesión, así que únicamente lo diré una vez. Sí, estoy considerado uno de los neurocirujanos de más prestigio, una eminencia o como quiera decirlo. En España y en otros países.

—Vaya…

—Solo me dedico a realizar el trabajo que me apasiona, me vuelco por completo en él.

—Igual que yo, aunque nuestras profesiones no puedan compararse —comenté.

Me encogí de hombros.

Desvié la mirada a mi taza, para endulzar el café y darle el primer sorbo.

—¿Has sido siempre interiorista?

—Sí —le contesté, sonriendo—. E intento ser una de las mejores en mi trabajo.

—Así me habló tu jefe de ti.

—No me sorprende, Alejandro habla maravillas de sus trabajadores —mencioné a mi jefe.

—Algo me dice que lo que me dijo de ti fueron más que palabras.

—Todavía no has visto nada de mi trabajo —dije, divertida—. Puede que cuando veas la primera reforma te lleves las manos a la cabeza.

—Lo dudo. Aunque teniendo en cuenta que me mandaste a callar con el mensaje de tu camiseta… sobre lo que, por cierto, debo decir que ni yo digo tonterías ni a ti te importa una mierda cada vez que escuchas mi voz.

Sonrió de medio lado.

Solté una carcajada.

—Lo siento, me lo pusiste muy fácil para utilizar esa camiseta como un uniforme de trabajo.

Le hice un guiño.

—Por mí puedes ponértela cada vez que quieras. Te queda genial.

Volví a sonrojarme, pero esta vez le mantuve la mirada.

—¿Querías hablarme de algo en concreto? —le pregunté.

—No. De todo en general. Cuando te lo he propuesto mi intención era conocerte.

—¿Por qué?

Ladeé un poco la cabeza.

—Porque hay algo que me interesa de ti.

—¿El qué?

—Aún no lo sé.

Golpeó la mesa con los dedos, sin dejar de mirarme.

—Solo sé que algo, o más bien todo, me impulsa a acercarme a ti cuando tengo la oportunidad.

—No sé qué decir.

—No hace falta que digas nada.

—Sí, porque a mí me sucede lo mismo. Me… me siento atraída por ti y no lo entiendo.

La intensidad con la que me miró me provocó pequeños escalofríos.

—¿Qué hay que entender? —me preguntó—. La atracción surge sin más. La sientes o no. Así de simple. Y por lo visto a ambos nos sucede lo mismo. Solo hay una pregunta importante que tenemos que responder.

—¿Cuál? —Bajé el tono de voz.

—¿Qué vamos a hacer al respecto?

—Es una locura pensar en…

—Eso no encaja con la respuesta —me interrumpió—. ¿Vas a dejar escapar la oportunidad? O, por el contrario, ¿vas a dejarte llevar como te he pedido?

—¿Y tú?

—Mi turno de respuesta es el último.

Bebió otro sorbo de café, sin apartar los ojos de los míos.

—No nos conocemos, hoy es el primer día que estamos hablando con normalidad.

—Sí que nos conocemos. Hace días que nos presentamos. Para hacerlo con más profundidad se necesita tiempo y para eso siempre debe haber un comienzo. ¿No te parece? Te estoy proponiendo conocernos bien, por si no he sido claro.

—¿En un encuentro? —le pregunté.

Se echó hacia delante. Apoyó los brazos en la mesa y unió las manos, para entrelazar los dedos y apoyar la barbilla.

—Si solo me interesara un polvo, créeme que me molestaría en hablar tanto.

Arqueé las cejas.

—No soy de actuar así —me aclaró—. Sí, claro que he tenido encuentros de una noche o para un rato, pero ya hace bastante de eso.

—¿Entonces qué esperas de mí?

—¿A qué vienen tantas preguntas? ¿De verdad quieres que tengamos una cita y se acabó?

Frunció ligeramente el ceño.

—No he dicho que quiera eso —negué—. Es solo que me parece extraño todo lo que está pasando.

—¿Nunca has conocido a alguien por el que has sentido una atracción al instante?

—No. Hasta ahora.

Con mi respuesta lo dejé callado, totalmente. Aunque si las miradas pudieran hablar…

—No soy de rollos de una noche, ni de un día —continué hablando—. Eso no va conmigo. —Me encogí de hombros—. Todas las relaciones que he tenido han ido despacio. Citas, conocernos lo máximo posible, aunque es muy difícil… no sé. Lo digo porque…

—¿Por qué?

—Porque lo mismo no te interesa.

—Lo primero que he hecho ha sido proponerte conocernos.

Y no quiero que sea en una única cita. He tenido tiempo para pensar, Paula.

Me conozco perfectamente y si hoy he dado el paso de venir al hospital, con el único propósito de coincidir contigo, ha sido por el impulso que he tenido, ante una necesidad.

—Voy a dejarme llevar —le dije, convencida—. No tengo ni idea de hacia dónde, pero voy a hacerlo.

Mis palabras provocaron que sonriera de medio lado.

—Esta noche en mi casa —dijo.

—¿Qué?

—Que te invito a cenar en mi casa.

—¿En mi mesa y sillas?

Quise sonar divertida, despreocupada, pero por dentro me había alterado mucho.

¿Cómo había terminado quedando con mi cliente?

—No hablo de esa casa —negó—. No es la que conoces, sino en la que vivo provisionalmente.

—Ah. Vale.

—También es mía, aunque tengo en mente venderla.

—Cuando puedas mudarte a la que vamos a arreglar —dije y asintió—. Por cierto, es increíble, aunque imagino que ya sabes lo que pienso de tu propiedad.

—No sé qué te hace pensar eso —sonrió de medio lado.

Entrecerré los ojos, provocando que Héctor riera.

—¿Cuántas veces te conectas a las cámaras? —le pregunté.

—No sabría decirte. Poco.

Elevé las cejas.

—¿Mucho? —rectificó—. Es broma, solo me conecto en algunos ratos libres, pero te aseguro que trabajando en el hospital hay días que no me da tiempo a nada más que a estar centrado en mis pacientes. Aunque no voy a negarte que te he escuchado hablar en varias ocasiones.

—Al menos eres sincero —suspiré.

—No tengo por qué mentir. No es mi intención ni lo pretendo. Eres muy consciente de que voy mirando, por lo que también escucho. Si no, no te habrías puesto varias veces tu camiseta de trabajo favorita que va contra mí.

Reí.

—Sabía que captarías el mensaje —dije entre risas.

—¿Qué me dices? ¿Tenemos nuestra primera cita en mi casa?

Cogí la taza y me la acerqué a los labios, para beber un buen sorbo de café con leche. Se me había quedado la garganta seca.

—¿Por qué no en la mía?

—Quería sorprenderte con una cena especial, pero si es lo que quieres, no tengo ningún problema en ir a tu casa. Estaré encantado.

—¿Y en un restaurante?

—¿Tienes miedo de quedarte a solas conmigo?

—¿Yo? —Me señalé—. En absoluto.

Bufé, para dejarle más claro lo que pensaba al respecto.

—Estupendo, entonces —dijo, con una sonrisa—. Decide, ¿en tu casa o en la mía?

—Me gustan las sorpresas —le contesté.

—Y a mí me gusta tu respuesta.

Me hizo un guiño.

—A las ocho en mi casa. ¿Te va bien?

—Sí.

—Si quieres que vaya a por ti…

—No hace falta. Iré en taxi a la dirección que me digas. No quiero privarme de una copa de vino.

—Dime tu número de teléfono.

Sacó su móvil y cuando lo desbloqueó, se lo dije número a número, nerviosa.

—Ya te tengo —comentó, cuando lo grabó en su agenda.

Me llegó un mensaje y comprobé que era de él. Me había enviado la dirección de su segunda casa, a la que iría al final de la tarde.

Grabé su número con su nombre y levanté la cabeza, para encontrarme con su mirada.