¡Ese médico es mío! Capítulo 23
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Capítulo 23

Héctor

—¿Me acompañas? —le pregunté a Paula.

Insistí, al verla dudar.

—Quiero saludar a Gina. Acaba de despertarse y quiero que me vea. Llevo horas aquí únicamente para eso, y días viniendo con la ilusión de este momento —me contestó.

Asentí y le señalé la puerta, con una mano.

—Adelante —la invité a entrar, cuando no se movió.

—¿Yo también puedo entrar? —me preguntó su amiga, Aroa—. No sé cuántas personas pueden estar dentro.

—Antes no os ha importado. Cuando he llegado con Ismael estabais todos en la habitación.

Elevé las cejas.

—Ya —rio ella—. Es que queríamos estar presentes en el momento en el que Gina abriera los ojos por primera vez —suspiró.

—Puedes entrar también —le confirmé, con una pequeña sonrisa.

—Gracias. Cada vez me caes mejor —me dijo, de manera natural y alegre.

Me dio un buen repaso, de la cabeza a los pies, antes de entrar la primera a la habitación. Lo hizo con una risilla.

—¿De qué quieres hablar? —me preguntó Paula—. Si es por algo de mi trabajo, sobre tu casa, hoy no es el día para…

—No es nada de eso —la corté.

—¿Entonces?

—¿Sueles ser siempre tan impaciente?

—En muchas ocasiones sí, en otras me dejo llevar.

Sonreí de medio lado.

Di un paso hacia delante, recortando la distancia que me separaba de ella.

A pesar de que tenía las manos en los bolsillos del pantalón y de que no me aproximé tanto, como para que algunas partes de nuestros cuerpos se rozaran, pude notar cómo le afectaba mi proximidad.

Para empeorar la situación, me incliné hacia delante.

Paula cerró los ojos y yo no desaproveché la ocasión para ponerla aún más nerviosa, haciéndole notar mi respiración en su cuello.

Su olor lo inundó todo y mi cuerpo la reconoció, de la única vez que entre nosotros no hubo una mínima separación. En el porche de mi casa, cuando la sorprendí pegándola a mí.

—Pues esta es una de esas ocasiones en las que tienes que dejarte llevar —le susurré cerca del oído.

Con mi cercanía la callé del todo. No supo qué más decir cuando me separé y nuestras miradas se encontraron, a muy corta distancia.

Tuve que ser yo el primero en reaccionar, para movernos, mientras que ella me miraba fijamente.

Coloqué una mano en su espalda, la separé de la pared y le di un pequeño empujón, para que entrara en la habitación.

La seguí. No me aparté de ella, hasta que todos los que había dentro dirigieron su atención hacia nosotros.

En ese momento, aunque no era lo que quería, no tuve más remedio que separar la mano de la espalda de Paula y quedarme retrasado.

Me puse al final de la cama, aguantando las miradas de todos, las que alternaban con Paula. Solo había tres personas que no buscaban algo entre Paula y yo. Esos eran Gina, que estaba muy emocionada, y sus padres, los que me dedicaban sonrisas de agradecimiento.

Ismael debía haberles dicho en privado, para que nadie más lo oyera, porque así se lo pedí, que yo había participado mucho más en la recuperación de Gina, de lo que mi compañero y amigo les había dicho en un principio.

—Gina.

La voz de Paula me hizo centrarme solo en ella.

—Paula…

Gina volvió a llorar. Ya tenía la cara húmeda por las lágrimas, por los reencuentros que nos habíamos perdido Paula y yo, y seguramente algunos Aroa.

—Hola, preciosa —le habló Paula—. Cuántas ganas tenía de volver a verte y de hablar contigo —le sonrió, con cariño.

Se inclinó hacia ella, para darle un beso en la mejilla.

—Yo me alegro muchísimo de poder verte otra vez. —Tragó saliva, con dificultad—. Rubén me ha contado rápido que gracias a ti supisteis lo que me pasó, cuando fuiste a mi empresa.

Paula miró a su amigo Rubén y este le sonrió, con un guiño.

—Sí —le confirmó Paula.

—Siento la que he liado —susurró Gina.

—No tienes que disculparte. No fue culpa tuya, aunque si lo hubiera sido, daría lo mismo. Tú no serías culpable de ninguna manera, nadie quiere pasar por lo que tú has pasado. Lo importante es que estás bien, mejorando, y que por fin estás de vuelta.

Paula le sujetó una mano a Gina y ambas se agarraron a la otra.

—El médico me ha dicho que si sigo portándome igual de bien me recuperaré en unos días y podré irme a casa.

—Me encanta escuchar eso —le dijo Paula, con un guiño.

—Chicos, ¿vaciamos un poco la habitación? —preguntó Ismael—. No quiero que mi paciente se sienta sobrepasada. Son muchas emociones al mismo tiempo.

—Claro —dijo la madre de Gina—. Rubén, si te parece bien, puedes quedarte tú haciéndole compañía. Yo pasaré la noche aquí y Eduardo se irá tarde, a última hora del día.

—Gracias, Belén.

—No hay de qué —le sonrió ella—. Cariño, nos vemos en un rato —se dirigió a Gina.

Esta asintió, emocionada, de la misma manera que recibió el cariño de sus padres, antes de que se fueran de la habitación.

Ismael y yo fuimos los siguientes en salir, después de que yo me despidiera de Gina. Ella me dio las gracias y yo las acepté con asentimiento de cabeza.

Cuando estuvimos en el pasillo, mi amigo me arrastró lejos de la puerta, por la que no tardaron en salir Paula y Aroa.

—Me he perdido algo importante ahí dentro —me dijo mi amigo.

—¿De qué hablas? —le pregunté, haciéndome el despistado.

—Vamos, Héctor. No me fastidies.

Me dio un ligero empujón y lo miré con las cejas arqueadas. Hasta ese momento no había apartado la atención de Paula.

Ella y su amiga estaban hablando con los padres de Gina, a un lado del pasillo.

—¿De qué conoces a la mujer que ha hablado con mi paciente, antes de decir yo que salieran de la habitación? Y no solo a ella. Menos los padres de Gina, los demás te miraban todo el tiempo.

—Porque soy llamativo —le dijo con humor.

—No te lo crees ni tú.

Rio.

—Claro que lo eres, no hace falta que te lo diga yo —añadió, al ver mi cara—. Pero ese no es el motivo por el que…

—A ellas las conocí días atrás, aunque poquísimo. A él lo he visto hoy por primera vez.

—¿De qué las conoces?

—La mujer por la que me has preguntado se llama Paula. Ella es la interiorista que está encargándose de reformar mi casa y después la decorará, junto a su compañera de trabajo que se llama Nadia.

—Joder, qué casualidad.

—Ya ves… Aroa, la otra mujer, es amiga de Paula, al igual que Rubén. Digamos que he escuchado más de una conversación entre ellas, en mi casa. Por eso tengo muy claro quiénes son cada uno —carraspeé.

—No me lo puedo creer. ¿Has estado espiando en tu propia casa?

Soltó una carcajada.

—No sé dónde le ves la gracia. Es algo muy normal.

—No.

—Sí —le contradije.

—Es muy normal cuando te interesa algo mucho. De ahí la insistencia —comentó con diversión—. Y está claro que con Paula saltan chispas. Lo he notado desde el primer momento que os he visto compartiendo el mismo espacio.

—Aroa también ha estado varios días en mi casa. Le ha hecho compañía a su amiga y a los perros. Paula se lleva el perro de sus padres a mi casa, cada día. Encajó perfectamente con Yoda y Leia, parecen inseparables. En un principio pensé que era su perro, pero…

—No me lo digas, averiguaste que no es así por otra de tus jornadas intensivas al otro lado de las cámaras de tu casa.

Sonreí de medio lado, confirmándoselo.

—Joder, tío, pareces un acosador —rio, sorprendido.

—No te pases, que sé en qué momentos parar.

Puse los ojos en blanco.

—Además —continué—. No estoy todo el día pendiente de las cámaras y de escuchar lo que sucede en mi casa. Solo miro de vez en cuando, para asegurarme de que todo está bien. Yo no tengo la culpa de que precisamente en esos momentos en los que decido observar, me entere de información.

Me encogí de hombros.

—En eso tienes razón.

Asintió.

—Por supuesto, como en todo lo demás.

Rio.

—¿Y ahora qué?

—Ahora te quedas aquí solo. Yo me voy con Paula. Antes de entrar en la habitación le he pedido que fuéramos a un sitio tranquilo, para hablar.

En esta ocasión el que sonrió fue mi amigo Ismael.

—Claro, sobre todo, para hablar. Pues date prisa.

Me hizo un gesto para que mirara hacia donde estaba Paula con los demás y cuando lo hice, vi que ella, los padres de Gina y Aroa se dirigían hacia el ascensor.

—Mierda.

—Exacto. Lárgate ya —me pidió.

No esperé a que lo repitiera. Comencé a caminar hacia ellos, reduciendo la distancia que había.

Llegué a la espalda de Paula cuando las puertas del ascensor se abrieron frente a ella.

—Paula —la llamé.

Se giró al momento, sorprendida.

—¿Te vas?

—Todavía no —me contestó susurrando—. Esperaré a que mi amigo salga, para estar un rato con él.

Asentí.

—Iba hacia la cafetería porque creía que te habías olvidado de lo de hablar.

—Solo estaba hablando un rato con mi compañero y amigo.

Metí las manos en los bolsillos.

—Si te apetece, puedo quitarme la bata, dejar apartado quién soy aquí, y salir del hospital. Muy cerca de aquí hay una cafetería a la que solemos ir, para alejarnos un poco del trabajo cuando tenemos un tiempo libre.

—Suena genial. ¿No tienes que trabajar?

—En realidad hoy no tendría que estar aquí.

—¿No?

Negué.

—Solo he venido porque esta mañana he hablado con tu compañera Nadia y me ha comentado que tú estarías en el hospital. —Agrandó los ojos—. Quería asegurarme de que no necesitaras algún tipo de ayuda.

Sonreí de medio lado y continué.

—Pero al final, cuando he llegado, me he liado con varias cosas. Pensaba que había perdido la oportunidad de encontrarte, hasta que has aparecido de la nada. Al final estábamos más cerca de lo que pensaba.