¡Ese médico es mío! Capítulo 22
54%

Capítulo 22

—Estoy flipando —susurró Aroa.

—¿Por qué hablas tan bajo? —le preguntó Rubén, divertido.

—Porque estoy flipando —repitió, de la misma manera.

Reímos.

Continuábamos en la cafetería, pero solos.

Los padres de Gina hacía unos minutos que subieron a la habitación de su hija. En cuanto llegaron Belén llamó a Rubén, para decirle que su hija todavía no había despertado. Así que no nos habíamos movido de la cafetería.

Los padres de Gina eran muy simpáticos, nos habíamos sentido muy a gusto y cómodos con ellos. Eduardo y Rubén habían congeniado estupendamente, a pesar de que se habían conocido hoy.

Las veces que mi amigo había coincidido con alguien en el hospital fue con Belén. Eduardo visitaba a su hija en otros horarios, debido a su trabajo.

—Pues si tú estás así, imagínate cómo me he quedado yo al ver de repente a Héctor —comenté.

Cogí la taza, para acercármela a los labios.

Era el segundo café con leche que me tomaba en la cafetería del hospital y al ritmo que llevaba, no sería el último. Mis amigos iban por el mismo camino, hoy íbamos a tener el día movidito.

—Es que es muy fuerte —dijo Aroa—. Joder, yo quiero verlo con la bata —rio.

—Confórmate con eso, porque solo se la quitará para Paula —habló Rubén.

Puse los ojos en blanco, aunque por dentro noté una sensación muy agradable, a la vez que desconcertante.

—Créeme, lo sé de sobra —comentó Aroa, con diversión—. Después de mi triste presentación, en la que ni rocé a Héctor, la que vino después de que quisiera comerse a nuestra amiga, delante de mí, me quedó claro que mis posibilidades con ese hombre eran menos que nulas.

Rio, haciendo sonreír a Rubén.

—Dejad de hablar de mí como si no estuviera —suspiré.

—Es que cuando hablamos de Héctor es exactamente así, como si no estuvieras. Te quedas callada y a veces pensativa —dijo mi amiga.

Se encogió de hombros. Yo negué con la cabeza.

—Si me quedo callada es porque es imposible razonar con vosotros —les dije.

—Porque sabemos lo que realmente piensas y sientes, y lo que dices no se corresponde con tu realidad —comentó Rubén.

Sonrió detrás del borde de la taza de su café y bebió sin apartar los ojos de los míos.

—¿Veis? Sois muy pesados. ¿Podemos dejar de hablar de Héctor? A ver si conseguimos tener una conversación en la que no salga su nombre.

Los tres miramos la pantalla del móvil de Rubén. Lo tenía sobre la mesa y vimos que Belén lo estaba llamando.

—Dime —contestó mi amigo.

Cuando se levantó de la silla, Aroa y yo supimos que había llegado el momento.

Nos incorporamos segundos después de él.

Podíamos irnos de la cafetería tranquilamente porque todo lo que habíamos pedido estaba pagado. Los padres de Gina nos habían invitado cuando se fueron.

—Claro. Subimos ya —fue lo último que le dijo Rubén a Belén, antes de colgar.

Agarré de la mano a mi amigo y le di un ligero apretón, para abrazarlo después.

—Por fin vas a verla otra vez despierta —le susurré—. Todo va a ir genial, confía en ello.

Le di un beso en la mejilla y asintió, mirándome emocionado. Aroa también lo abrazó y le dijo otras palabras de ánimos.

Nos fuimos de la cafetería, para ir hacia los ascensores.

—¿Qué te ha dicho exactamente Belén? —le pregunté.

—Que Gina ha empezado a moverse —contestó, sonriendo.

Imité su sonrisa.

—Según le ha dicho una enfermera que la está controlando, es cuestión de minutos para que abra los ojos.

—Pues vamos a darnos prisa —comentó Aroa.

Se adelantó para llegar antes, a uno de los ascensores.

Pulsó el botón y no tuvimos que esperar. Las puertas se abrieron rápido, pero no las que esperábamos, sino las del ascensor de al lado.

Nos montamos en él y subimos en silencio, de la misma manera que cuando salimos, recorrimos el pasillo.

Cuando entramos en la habitación Belén estaba junto a la cama, al lado de su hija. Eduardo estaba mirando por la ventana y al escucharnos, se giró hacia nosotros.

Gina tenía los ojos cerrados todavía, como desde hacía días.

—¿Se ha movido más? —les preguntó Rubén.

Se acercó a la cama, por el lado contrario al que estaba su suegra. Sí, en mi mente ya lo era porque, a pesar de la conversación que Rubén insistía en tener con Gina, yo sabía lo que ella decidiría.

Así que sí, suegra y yerno se quedaron cara a cara, mirándose emocionados por el momento que estaban viviendo.

Eduardo se puso junto a su mujer y la abrazó. Aroa y yo nos quedamos al final de la cama, un paso separadas de ella para darles intimidad.

—No —contestó Eduardo—. Es como si continuara dormida profundamente —suspiró.

—Es cuestión de tiempo, cariño —le sonrió Belén—. Nuestra hija está bien.

Él asintió y le di un beso en la frente.

—El médico vendrá ahora, con la enfermera que más ha cuidado de Gina —nos informó Belén.

—Aquí estamos.

Al escuchar la voz del médico que llevaba el caso de Gina todos miramos hacia la puerta por la que entró.

Contuve la respiración al ver quién apareció detrás de él: Héctor.

La última fue la enfermera, quien cerró la puerta.

Nerviosa, porque cuando este hombre aparecía, de la manera que fuera, siempre me alteraba, busqué la mirada de mis amigos.

Rubén y Aroa también se sorprendieron, pero se recompusieron rápido. Poco tiempo estuvimos mirándonos, porque yo aparté la vista al sentir otra mirada diferente.

Dirigí la atención a Héctor, quien me observaba fijamente.

—Hola a todos —nos saludó el otro médico, cirujano o lo que fuera.

Era el de la bata parecida a la de Héctor.

Le devolvimos el saludo.

—Esta señorita está a punto de volver del todo con nosotros —dijo sonriendo—. Se acabó la espera.

—Gracias, Ismael —le dijo el padre de Gina.

—No hay de qué, Eduardo. Me hubiese gustado que fuese más rápido, pero era necesario esperar.

El matrimonio asintió.

—¿Preparados?

La pregunta la hizo hacia todos, aunque miró durante más tiempo a Belén, a Eduardo y a Rubén. Estaba claro que mi amigo conocía al médico, seguramente hasta habían hablado.

—Perfecto —dijo, cuando todos respondimos con un sí—. Puedes comenzar, Lucía —le pidió a la enfermera.

La chica nos sonrió y caminó hacia el lateral de la cama en el que estaba el gotero que le suministraba la medicación a Gina.

Sacó varias jeringas y dejamos de prestarle atención cuando el médico, Ismael, volvió a hablar.

—Quiero presentaros a un buen amigo y a un genio en su especialidad —habló, con una mano en su hombro—. Él es Héctor, una eminencia en neurocirugía. No os dejéis engañar por su edad. Aparte, también es experto en cirugía cardiovascular y cardiotorácica. Me ha aconsejado mucho con el caso de Gina.

—Muchas gracias —se dirigió Belén a Héctor—. Estamos encantados de conocerlo. Nosotros somos Eduardo y Belén, los padres de Gina.

—Sé quiénes son. El placer es mío —le correspondió Héctor.

Les ofreció la mano y los padres de Gina la aceptaron encantados, mientras yo continuaba subiendo algunos peldaños más en mi alucine. Aroa no podía ocultar la sorpresa, al escuchar quién era realmente Héctor.

—Gracias —le dijo mi amigo—. Mi nombre es Rubén.

Héctor asintió por el agradecimiento y no dudó en ofrecerle también la mano.

—Bueno, hechas las presentaciones —habló de nuevo Ismael, sonriéndonos a Aroa y a mí, que éramos las que seguimos calladas—. El momento ha llegado.

Ismael miró su reloj de pulsera y durante unos segundos no apartó la vista de la esfera.

En ese momento me di cuenta de que la enfermera ya había terminado. Después de recoger, se dirigió hacia el lado de la cama en el que estaban los dos cirujanos y Rubén. Se quedó junto a Héctor, observando a Gina.

Yo era consciente de todo lo que sucedía en la habitación, pero no podía apartar la mirada de Héctor. Este agarró de la muñeca a Gina y cuando no lo soltó, entendí que estaba controlando sus pulsaciones.

Aroa me agarró una mano y entrelazamos los dedos. Dimos el paso que nos separaba de la cama.

Héctor no desvió la atención de lo que hacía.

—Por fin.

La voz de Ismael me hizo mirar a la cara a Gina y los ojos se me nublaron cuando vi cómo levantaba los párpados, pero despacio y con dificultad.

Miré a Rubén y sonreí al verlo muy emocionado.

—Vamos fuera —le susurré al oído a Aroa.

—¿Ahora? —me preguntó, sorprendida y afectada.

—Sí. Dejemos que vivan este momento en privado —le dije, inclinándome más hacia ella—. Ya está abriendo los ojos, podemos estar tranquilas. Entraremos dentro de un rato, ahora necesita estar con sus padres y con Rubén.

—Sí, sí… tienes razón —suspiró.

Como no me había soltado de la mano, tiró de mí y nos dirigimos hacia la puerta. Nos fuimos sin hacer ruido.

Dada la situación dentro de la habitación nadie se dio cuenta de nuestra ausencia. Nadie excepto Héctor, quien nos vio en el último momento.

—Jo, qué ganas tengo de llorar —dijo Aroa.

Se apoyó en la pared del pasillo y cerró los ojos.

—Yo también.

Coloqué la cabeza en su hombro y ella dejó caer la suya en la mía. De esa manera nos encontró Héctor, o más bien lo encontré yo pocos segundos después, cuando se puso delante de mí.

—Hola —dijo, como si nada.

—Hola —le devolvimos el saludo.

—Volvemos a vernos, y de qué manera —habló Aroa—. ¿Te acuerdas de mi triste existencia? —le preguntó, con diversión.

—Por supuesto —le confirmó Héctor—. Tengo muy buena memoria. Me dijiste que te llamabas Aroa, después de encontrarte en el porche de mi casa, con mis perros y disfrutando de mi propiedad.

—Eh… vale —dijo mi amiga, ruborizada.

Él sonrió de medio lado, antes de encontrarse de nuevo con mi mirada.

—¿Podemos hablar en un sitio más tranquilo? —me preguntó.

—¿Has terminado con Gina?

—Sí. Es paciente de Ismael, yo solo me he presentado por la pequeña implicación que he tenido en la recuperación de Gina. El mérito es de Ismael.

—Con tu ayuda.

—Nada que no haría cualquier compañero de profesión.