Capítulo 21
—Hola, Belén —saludé a la madre de Gina.
—Hola, Paula —me correspondió, con cariño—. Gracias por venir. A los tres.
Pasó la mirada por cada uno de nosotros y Aroa le devolvió la sonrisa. Se presentaron con un abrazo.
—Estamos deseando verla de nuevo activa —comenté.
—Lo sé —habló emocionada.
Esta era la tercera vez que nos veíamos, desde que la conocí la primera vez en el hospital. Para Aroa era la primera.
—Hola —nos saludó un hombre.
Llegó junto a Belén y los tres tuvimos claro quién era, aunque no lo conocíamos.
—Él es el padre de Gina. Eduardo, mi marido —nos lo presentó Belén—. Ellos son amigos de nuestra hija. Rubén, algo más.
Las últimas palabras las dijo con una mirada cómplice hacia Rubén.
—Ya veo —carraspeó un hombre—. Es un placer conoceros. Gracias por estar para mi hija. Belén me ha contado vuestra preocupación y cada vez que os habéis encontrado aquí.
—El placer es nuestro —dijo Rubén.
Le ofreció una mano y Eduardo se la agarró con firmeza.
—¿El médico o las enfermeras os han dicho algo? —les preguntó mi amigo.
—Por ahora nada —le respondió Belén—. Cada pocos minutos entran varias enfermeras en la habitación, pero solo para revisar que todo va bien.
—¿No sabéis cuándo comenzarán a pasársele los efectos? —quise saber.
—No —contestó—. Tenemos la misma información que vosotros. No quieren decirnos nada porque en cada persona varía, así no nos preocupamos y les preguntamos si pasa de la hora.
—Es normal —comentó Aroa.
—¿Habéis desayunado? —nos preguntó Eduardo.
—Sí. Antes de venir —respondió Rubén—. ¿Vosotros? —Los miró a ambos—. Podéis bajar tranquilos, si hay algún cambio te llamo —le dijo a Belén.
Tenían el número del otro, para cualquier cosa que pudiera ocurrir.
—Lo sé —sonrió ella—. Pero no creo que sea rápido, así que podemos ir los cinco a la cafetería del hospital. Un café siempre sienta bien, se tenga el estómago lleno o vacío.
—Toda la razón, Belén —confirmó Aroa.
Rubén y yo miramos a nuestra amiga, sonriendo.
—¿Conoces bien a nuestra hija? —se interesó Belén.
—Sinceramente, no. La he visto en contadas ocasiones, pero en cuanto despierte nos pondremos al día. Ahora ya es oficial —dijo con una pizca de diversión.
Intenté no reírme, mirando de reojo a Rubén. Él estaba muy tranquilo a mi lado.
Me agarré de su brazo, lo que provocó que bajara la mirada hacia mí y me sonriera.
—¿El qué es oficial? —le preguntó Eduardo a Aroa, con curiosidad.
Su mujer rio, porque sin conocer a nuestra amiga supo perfectamente a lo que se había referido.
—Es oficial que Rubén y Gina son una pareja, además de las buenas —le aclaró Aroa—. Verás, Eduardo.
Como si lo conociera de toda la vida, se agarró del brazo del hombre, de la misma manera que estaba yo con Rubén, y comenzó a caminar con él. Enseguida llamó a Belén, para que se les uniera.
La mujer nos miró sonriendo y fue con ellos.
Mientras se alejaban unos pasos escuchamos cómo Aroa se extendía en su explicación, para dejar claro lo que ya era oficial. Sobre todo, se lo contó a Eduardo, y aprovechó para decirle maravillas de Rubén.
—Cuando Aroa termine con ellos van a adorarnos —le dije a mi amigo.
Rubén y yo soltamos una carcajada.
Comenzamos a caminar detrás de ellos, dejando la distancia suficiente para hablar y reír con normalidad. No nos oían, nosotros tampoco a ellos.
Al final se alejaron mucho porque nos paramos en el pasillo, cuando Rubén me pidió que lo hiciera.
—Estaba esperando a que lo dijeras —hablé sonriendo—. Entra a saludarla y a darle un beso, dentro de poco podrás hacerlo mientras ella está despierta.
—Eso si no me manda a la mierda por tomarme tantas libertades.
Debajo de las capas de humor que dejó ver al hablar se escondía cierto miedo e incertidumbre.
—Si yo fuera Gina y me despertara de un largo sueño, con un tío como tú besándome en los labios y estando a mi lado, te aseguro que me enganchaba a ti y no te soltaba durante el resto de mi vida.
Volvimos a reír y me alegré muchísimo al ver la ilusión en sus ojos.
Le hice un guiño, con un gesto de la cabeza le señalé la puerta de la habitación de Gina, y me apoyé en la pared del pasillo.
Rubén entró para darle a Gina el saludo de cada mañana.
Todavía no lo había hecho porque al llegar nos encontramos a Belén, a unos pasos de la puerta, y nos pusimos a hablar con ella.
Yo también tenía ganas de ver a Gina, pero podía esperar, ya que mi urgencia no era la misma que la de mi amigo. Y más cuando sabía que faltaba poco para que ella también me viera a mí.
Pensar en ese momento me emocionó, hasta que la voz de una enfermera me hizo volver al momento en el que me encontraba.
—Por fin lo encuentro, doctor Durán —dijo. La escuché muy cerca—. Perdone, pero llevo un tiempo buscándolo. Lo necesitan en urgencias, y rápido.
Hubo un momento de silencio.
—Lamento que hayas tenido que dar vueltas por el hospital, me he dejado el móvil en el despacho.
Fruncí el ceño, al escuchar la voz masculina.
—¿Sabes si se trata de una operación? —continuó hablando.
—No te preocupes.
Noté la sonrisa en la voz de ella, cuando pasó a tutearlo.
—Es posible que tengas que operar. Solo sé que necesitan que vayas para que valores la gravedad y des la solución más rápida.
—De acuerdo. Ve preparando mi equipo, por si aca…
En el momento en el que el hombre apareció, cuando salió por la puerta de la habitación de al lado de la de Gina, ya sabía a quién iba a ver. Aunque no me lo creyera.
Héctor, el dueño de la casa en la que yo estaba trabajando, se paró de golpe, después de dar el primer paso en el pasillo.
La enfermera lo hizo a su lado, extrañada porque no se moviera con la rapidez que debía, dado lo que acababa de contarle.
Héctor me encontró con los ojos abiertos al máximo, con los mismos ojos que lo observaban de arriba abajo.
Iba vestido con unas deportivas, un pantalón vaquero que se ajustaba perfectamente a las zonas de sus piernas, exactamente donde debía hacerlo, y una camiseta de la que no pude apreciar mucho, ya que llevaba por encima una bata de médico.
—¿Doctor? —le habló la enfermera.
Mi amigo eligió justo ese momento para salir de la habitación de Gina, cuando Héctor iba a mover los labios.
—Ya está —me dijo Rubén, sin darse cuenta de cómo estaba yo.
Caminó directo hacia mí.
—Vamos a tomarnos un buen café con los demás. Gina sigue muy dormida —me informó—. ¿Qué te pasa? —me preguntó, cuando se dio cuenta de mi sorpresa.
Con el ceño fruncido, apartó la atención de mí, para seguir la dirección de mi mirada. Al hacerlo, se encontró con los ojos de Héctor. Él no había apartado su mirada de mí, en ningún momento, hasta que se fijó en Rubén.
—Paula… —dijo a modo de saludo.
Me sorprendí al escuchar mi nombre de boca de Héctor, tanto que di un pequeño respingo, sin moverme del sitio.
Fue lo único que dijo, antes de salir corriendo.
Corrió por el pasillo, seguido por la enfermera. Ambos se montaron en un ascensor que solo podía utilizar el personal sanitario.
Continuamos mirándonos, desde la distancia, hasta que las puertas del ascensor se cerraron. Con ellas desapareció Héctor.
—¿Qué ha pasado aquí?
Miré a mi amigo, quien me esperaba con las cejas arqueadas.
—¿Quién es ese tío? Ahórrate lo de médico porque es obvio.
—La enfermera le ha dicho doctor —susurré.
Tuve que carraspear para aclararme la voz, o para que me regresara con normalidad.
Apretó los labios, conteniéndose para no reír, al mismo tiempo que se cruzaba de brazos.
—Doctor o más bien cirujano. Se diferencian bastante, empezando por la bata que llevaba Héctor. Lo sé porque el cirujano que se encarga de Gina tiene una igual.
Asentí, sin encontrar las palabras.
—¿Quién es? —insistió.
Me agarró de un brazo y tiró de mí, con suavidad.
Nos dirigimos hacia los ascensores, otros diferentes que estaban en sentido contrario al que habían utilizado Héctor y la enfermera.
—Héctor, mi cliente. El dueño de la casa en la que estoy trabajando.
Se paró de repente, a unos pasos de llegar.
—No jodas. ¿En serio es él?
Asentí.
—Me he preguntado varias veces qué pasaría cuando os volvierais a ver, cómo reaccionaríais —rio—. Joder, ha sido mejor de lo que esperaba. Qué casualidad.
Negó con la cabeza.
—¿Por qué se ha ido de esa manera?
—Porque la enfermera lo buscaba para que bajara a urgencias. Por algo de una operación. Mierda, todavía no me lo creo.
Bufé.
—Podemos preguntar por él, saber más cosas —dijo con una media sonrisa.
—No vamos a hacer nada de eso —hablé sorprendida—. Este es su lugar de trabajo y todos lo conocen, aunque sea por su nombre.
—Ya veremos.
Me hizo un guiño, antes de volver a tirar de mí.
No tuvimos que esperar al ascensor, las puertas se abrieron enseguida y nos montamos. Mientras bajábamos y sentía la mirada de mi amigo, no pude dejar de pensar en lo que acababa de pasar.
—Hoy volverás a verlo —comentó, sonriente.
—No voy a buscarlo.
—Si no lo haces tú, lo hará él.
Se encogió de hombros.
—Lo dices con mucha seguridad y Héctor no va a buscarme —dije, convencida.
—Paula, él sabía que estabas aquí. Nadia se lo dijo cuando le preguntó esta mañana por ti, así que, apostaría todo lo que tengo porque sé que era cuestión de tiempo que Héctor hiciera sus averiguaciones. Os lo habéis puesto fácil mutuamente.
—¿De verdad crees que él se molestaría tanto por mí?
Reí, con incredulidad.
—Me encanta reírme el último —dijo con diversión—. No solo va a molestarse en averiguar todo lo que pueda de ti, sino que irá a por ti. Y para que no tengas dudas, en mi apuesta de antes ganaría.
—Estás fatal. —Bufé—. A ver si Gina despierta de una vez porque no te centras.
—Prepárate —me pidió, cuando llegamos a la planta principal.
—¿Para qué? —Lo miré extrañada.
—Para la próxima vez que veas a Héctor. Me he dado cuenta de cómo te miraba él, lo que estaba escondiendo, así que ese es mi gran consejo del día. Por ahora.
Me rodeó los hombros con un brazo y dio la conversación por terminada. Lo agradecí porque todavía no me había recuperado de la impresión y con todo lo que me decía Rubén menos podía conseguirlo.
Me reí sola, al pensar en Aroa y en el momento en el que se lo dijéramos. Iba a alucinar.
Se lo comenté a Rubén y terminamos los dos riéndonos, mientras nos dirigíamos hacia la cafetería.