Capítulo 20
Miré el reloj de pulsera y me apresuré a terminar de arreglarme.
Ya estaba vestida con una falda corta vaquera y una camiseta de tirantes anchos, solo me faltaba ponerme las sandalias y coger el bolso.
Me crucé este último al pecho, después de asegurarme de que llevaba dentro lo necesario, y fui hacia la puerta de mi habitación dando pequeños saltitos, mientras me calzaba las sandalias.
Pasaban unos minutos de las nueve y media de la mañana de mi día libre, mi amigo Rubén acababa de avisarme de que ya había llegado.
Me esperaba frente a mi casa, así quedamos cuando se fue la noche anterior sobre las diez y media, después de cenar juntos.
Salí de mi casa con prisa y caminé por la acera con pasos rápidos, yendo hacia el coche de mi amigo.
—Lo siento —le dije, nada más sentarme en el asiento del copiloto.
Nos saludamos con besos.
—¿El qué? —me preguntó, mirando la hora en su reloj de pulsera—. ¿Puedes relajarte un poco? Estás más nerviosa que yo. Solo has salido unos minutos tarde y ni eso, porque vamos bien de tiempo. Quedamos antes para desayunar.
—Ya.
Respiré profundo.
—Creo que es mejor que desayunemos después, cuando veamos a Gina despierta. ¿No te parece? —le propuse.
—Si tengo que decirte otra vez que te relajes, no lo haré tan calmado. No quieres estresarme, precisamente hoy, no.
—Perdón, perdón…
Puso los ojos en blanco y reí.
Rubén arrancó y se incorporó a la carretera.
—¿Cómo has dormido? —le pregunté.
—Más o menos. A ratos.
—Me hago una idea. Si a mí me costó conciliar el sueño, me imagino cómo fue para ti —suspiré.
—No podía dejar de darle vueltas a la cabeza.
—Anoche tendrías que haberte quedado a dormir en mi casa. Nos habríamos hecho compañía.
Me encogí de hombros, cuando me miró de reojo, sonriendo.
—Necesitaba mi tiempo de soledad —comentó.
Asentí, porque también lo entendía.
—Avisa a Aroa de que salimos ahora para su casa —me pidió.
Saqué el móvil del bolso para escribirle un mensaje a nuestra amiga. La noche anterior, mientras Rubén y yo cenábamos, la llamamos para preguntarle si quería venir con nosotros al hospital.
Como ya sabía, Aroa se unió encantada, así que quedamos en recogerla para ir los tres.
Después de escribirle un mensaje diciéndole lo que me había pedido Rubén, cuando iba a guardar el teléfono, este me sonó con una llamada de mi compañera Nadia.
—Hola, preciosa —la saludé.
—¡Holaaa! —me contestó y sonreí.
—¿Pasa algo?
—No. No te preocupes.
—Entonces… ¿Ya estás aburrida ahí sola, sin mí? —le pregunté con diversión.
—Yoda y Leia me hacen mucha compañía. Desde que he llegado a la casa no se han separado de mí.
Sonreí.
—Son así de especiales. Me va a dar una pena cuando ya no pueda verlos más… —suspiré.
—Lo sé. Bueno, no pensemos en eso ahora que todavía quedan semanas.
—Sí.
—¿A qué hora te puedo llamar para saber cómo está Gina, después de que despierte?
Nadia sabía quién era Gina y lo que le había sucedido, de manera que también estaba al tanto de la relación que la unía a mi amigo Rubén. Mi compañera lo conocía, al igual que a Aroa.
—No tengo ni idea, Nadia. Es mejor que te llame yo. La madre de Gina nos dijo que le habían informado que era algo lento, así que no puedo decirte nada claro.
—Vale, pues tú me dices cuando la veas.
—Claro. ¿Todo bien por ahí? —insistí.
—Estoy tomándome un café, mientras disfruto de las vistas del jardín y la piscina y el yacusi de fondo. ¿A ti qué te parece?
Reí.
—Te he llamado para aclarar lo de Gina, pero también para decirte que acabo de hablar con Héctor.
—¿Está contigo en la casa?
Miré por la ventanilla.
—No ha venido en persona.
—¿Te ha llamado?
—No se ha molestado. Ha sido más directo y rápido —me contestó divertida.
—Ah. Te ha asustado al hablarte por las cámaras —aseguré.
Ella rio.
—Me ha hablado por las cámaras, o por donde narices salga el sonido, pero esta vez ha sido muy considerado. Ha hecho ruiditos como si estuviera picando a una puerta, antes de hablar.
—Cuánta amabilidad y consideración contigo.
Bufé y Nadia volvió a reír.
—No tengas envidia —dijo entre risas.
—Esa no es la palabra correcta —suspiré—. ¿Y qué quería? ¿Qué te ha dicho?
—Se ha despedido de mí deseándome un buen inicio de trabajo.
—Estupendo.
—Antes de la despedida me ha preguntado por ti.
—¿Por mí?
—Sí. Le ha extrañado no verte, ya que siempre llegas mucho antes de la hora en la que he aparecido yo.
No la tenía delante, pero sabía que Nadia estaba sonriendo.
Las dudas que tenía desde la tarde anterior quedaron resueltas con el último comentario de mi compañera. Durante todo el tiempo que Nadia y yo estuvimos en videollamada, en la casa de Héctor, dudé de si él nos observaba y escuchaba.
Ya sabía que Héctor no hizo ninguna de las dos cosas, si no hubiera sabido que yo no iba hoy a su casa, que la única que trabajaba este viernes era Nadia, porque yo tenía el día libre.
Además, en la videollamada salió el tema del hospital, de Rubén y de Gina, por lo que Héctor tendría que haber sabido el motivo de mi ausencia. Pero se había extrañado.
—¿Qué te ha preguntado de mí? —quise saber, con demasiada curiosidad.
—Si llegabas tarde por algún motivo, y entonces le he dicho que hoy tenías fiesta porque yo me incorporaba.
Le he comentado que debías estar en el hospital, solo eso, sin entrar en detalles.
Bueno, lo único que le he aclarado ha sido que tú estás bien, que lo del hospital no era por ti.
También le he dicho qué hospital era, cuando se ha interesado en saberlo.
—Vale.
—Quédate tranquila.
—Lo estoy —sonreí—. Que vaya bien el día, vamos hablando.
—Igualmente para vosotros. Dale ánimos a Rubén.
—Ahora mismo, de tu parte —le dije, mirando a mi amigo.
Me despedí de Nadia, leí el breve mensaje de respuesta de Aroa en el que me decía que nos esperaba mientras se terminaba el café, y guardé el teléfono en el bolso.
—Ánimos de Nadia —le dije a Rubén.
Él asintió.
—¿Vas a contarme algo de ese interés por Héctor?
—¿Qué dices? —me giré para mirarlo de perfil.
—Te has preocupado mucho por saber qué le había dicho a Nadia, insistiendo en cómo había hablado con ella —sonrió de medio lado.
Continuó con la mirada hacia delante, en la carretera.
—¿No sabes que no se escuchan las conversaciones ajenas?
—¿Y tú no sabes que estás en mi coche, conmigo al lado, con el volumen alto y que me he enterado de todo?
Elevó las cejas, antes de reír.
—Tenías muchas ganas de saber si el cliente había aparecido por su casa —continuó.
—Simple curiosidad —dije.
—Ya…
Me miró de reojo.
—Si Nadia te hubiera dicho que el cliente…
—Héctor —le interrumpí.
—Por supuesto —dijo con diversión—. Admite que te habría fastidiado si Nadia hubiera hablado con Héctor en persona.
—¿Y esa tontería? —le pregunté sorprendida.
Rio.
—Esa tontería viene a que te conozco lo suficiente como para saber interpretarte. De manera que, cuando me contaste tu primer encuentro con Héctor, en el porche de la casa de él, donde apareció, lo hice, te interpreté perfectamente. No solo a ti, sino cómo se dio la situación.
—Porque te dije que, aparte de listillo, Héctor era un creído demasiado atractivo. Eso llamó tu atención.
—Lo que llamó mi atención fue lo que él hizo para acercarse a ti. Exactamente lo que tú le permitiste. Aparte de los demás detalles que me diste.
Sonrió.
—No tengo ningún interés en Héctor.
—Claro. Tú sigue poniéndote tu camiseta mágica, la que tiene el mensaje de: cállate tus tonterías, me importan una mierda . Mensaje que solo te crees tú, por cierto.
—¿Cómo hemos acabado hablando de esto?
Bufé.
—Porque eres muy transparente —contestó, riendo—. Estás deseando saber algo de él, aunque sea que te hable por las cámaras de su casa.
—Te estás equivocando mucho.
Puse los ojos en blanco.
—Si tú lo dices… Aroa no piensa lo mismo, te recuerdo que ella presenció vuestro primer encuentro.
—El único encuentro que hemos tenido. No he vuelto a ver a Héctor.
—¿Ya no es cliente o dueño de la casa? —me preguntó con diversión.
—Vete a la mierda —me quejé, antes de soltar una carcajada.
—Estoy muy bien en mi coche, gracias —rio también.
—Vamos a dejar el temita —suspiré.
—¿Por qué no provocas un encuentro?
—Estás peor de lo que creía —dije, sorprendida.
—Sería la solución que necesitáis. La actitud de él también la veo clara.
—Rubén, por Dios, ¡si no lo conoces!
—Ni falta que hace para según qué cosas. —Me hizo un guiño—. ¿Por qué no actúas con normalidad con él, como lo harías con cualquier otro que te gustase?
—Porque es mi cliente.
Negué con la cabeza.
—¿Y? ¿Es que acaso no puedes enrollarte con un cliente? No pondrías nada en juego.
—Estás diciendo muchas tonterías —suspiré—. Pero te lo perdono. Sé que estás muy inquieto por lo de Gina. Estás deseando verla con los ojos abiertos y poder hablar con ella. No queda mucho para eso —sonreí.
—Joder, sí. —Respiró profundo—. Me refiero a lo de Gína, porque por lo demás… no he dicho ni una tontería. —Me miró de reojo—. Si quieres perdonarme por algo, que sea por decir la verdad, aunque no tenga sentido.
—Mira, Aroa ya está.
Señalé hacia delante.
Nuestra amiga estaba sentada en uno de los escalones de la entrada de su casa y en cuanto nos vio llegar, se levantó, para venir al coche.
—Hola, corazones —nos saludó.
Pusimos las mejillas para recibir sus besos, los que le devolvimos como pudimos. La postura no era muy cómoda.
—¿Qué tal? —nos preguntó, mientras se abrochaba el cinturón.
—Aquí, hablando de la vida. De Gina y de su inminente despertar —contesté.
—Y de Héctor y de lo que este altera a nuestra amiga —añadió Rubén—. No quiere reconocer que está coladita por el buenorro y atractivo de su cliente.
—¡Te quieres callar! ¡Eres muy tonto! —me quejé, entre risas.
—Joder. ¡Es normal que esté así! Yo todavía tengo sueños húmedos con ese hombre —suspiró de manera dramática Aroa.
—Anda, la otra.
Bufé.
—Me estáis dando el día —los avisé.
—Pues te queda mucho hasta que nos pierdas de vista —rio Aroa—. A lo que iba —se dirigió a Rubén—. Voy a detallarte lo increíble que es ese hombre, Héctor, para que lo visualices.
—Ya le dijiste cómo era, cuando le contamos que apareció en su casa —comenté.
Quería que dejaran el tema porque me ponía nerviosa. No tuve suerte.
—¡Qué va! Ahí pasé muchas cosas por alto. Pues, como iba diciendo…
Miré por la ventanilla, mientras escuchaba todos los piropos de Aroa hacia Héctor. Rubén a veces reía, en otras ocasiones la escuchaba atento. Yo continué a mi rollo, negándome a participar.