Capítulo 19
Me quité las sandalias nada más entrar en mi casa.
Ya tocaba, desde que me fui temprano a trabajar. Eran las ocho y media de la noche.
Hoy había sido el tercer día que Aroa y Ray me habían acompañado a la casa de Héctor y el último de esta semana, ya que yo no volvería hasta el comienzo de la siguiente.
Mañana era viernes, pero yo no trabajaba. Había decidido tomarme el día de fiesta, después de hablar con mi compañera Nadia.
Ella había tenido hoy el día de descanso, el impuesto por nuestro jefe cada vez que terminábamos un trabajo. Se despidió de los que habían sido sus clientes durante largas semanas, sobre las once de la mañana, por lo que ya podía centrarse en el nuevo trabajo conmigo.
Por ese motivo habíamos estado en una videollamada más de una hora, mientras yo estaba en la casa de Héctor.
La había puesto al día de todos los pensamientos e ideas que tenía para la última parte de los planos, a los que no me había dado tiempo a llegar.
También le había comentado las remodelaciones que había hecho en los demás. Lo vería todo al día siguiente.
Debido a su incorporación Nadia me había pedido que me relajara, que me tomara libre el último día laboral de la semana.
Y yo había aceptado encantada, después de consultarlo con nuestro jefe. Iba a disfrutar de un fin de semana más largo, de tres días.
Podía descansar tranquila porque el tiempo en la casa me había cundido mucho. Con el paso de los días había conseguido avanzar, aunque, a pesar de ello, me habían faltado algunas horas más para poder terminar con los últimos planos.
Si no hubiera echado marcha atrás en varias ocasiones, al no quedarme convencida con ciertas distribuciones que yo misma planteé, tal vez hoy o ayer, a última hora del día, ya habría terminado.
Además de las remodelaciones, porque también dejaba plasmado sobre cada espacio la ubicación del mobiliario básico que iría en cada estancia.
Al menos provisionalmente, para tener una idea, porque en eso debíamos trabajar con calma Nadia y yo, mientras se llevaban a cabo las obras. Lo último sería la decoración.
Daba igual el tiempo que tardásemos al comienzo del trabajo, utilizábamos el necesario, hasta que nos quedábamos contentas. La base principal eran los planos, ya que, una vez acabados, todo se basaba en ellos.
Debido a eso nunca nos importaba pasarnos de días al inicio. Lo importante era quedarnos convencidas para que, al final, todo saliera como nos gustaba y según nuestros planes, para estar convencidas.
Todo debía quedar perfecto y calculado al milímetro, de manera que no hubiera fallos, ni al comienzo del trabajo ni durante el proceso.
Nadia trabajaría al día siguiente en los últimos planos y les echaría un vistazo a los demás, para ponerse al día y llamar a Pablo, el jefe de la cuadrilla que se encargaba de las obras.
Faltaba poco para que todo se pusiera en marcha. Era cuestión de días que estuviéramos funcionando al completo, con la cuadrilla trabajando. Pablo y sus chicos aparecerían por la casa de Héctor a la semana siguiente.
Cuando entré en mi habitación fui directa al vestidor, para dejar el bolso después de sacar el móvil. Cogí un camisón corto de tirantes anchos, una braga y el teléfono. Todo ello lo dejé sobre la cama.
Después me dirigí al baño para darme una ducha rápida y una vez terminé, cuando estaba vistiéndome, me entró un mensaje de voz de mi amigo Rubén.
—Hola, preciosa. Espero que estés en casa porque estoy llegando con la cena.
Como me has dicho que mañana no trabajas y yo tampoco, ya que mi querida jefa, tu madre, me ha liberado para que pueda estar mañana más tiempo en el hospital, he pensado que estaría bien cenar juntos.
Entre unas cosas y otras hace días que no nos vemos.
Sonreí y le contesté de la misma manera, grabando un audio.
—Esperándote estoy. Tengo muchas ganas de verte y de pasar un buen rato contigo. Acabo de salir de la ducha. Iba a llamarte para quedar mañana, para desayunar e ir al hospital juntos. Viniendo para casa he hablado con mis padres y mi madre me ha adelantado que tienes el viernes libre.
No esperé a que me contestara. Sabía que no lo haría, una vez que se asegurara de que yo estaba en mi casa. Bloqueé el teléfono, lo dejé sobre la cama y salí de la habitación, para ir hacia el salón.
Fui un momento a la cocina para beber un vaso de agua y cuando estaba terminando, sonó el timbre.
Sonreí y fui a abrirle a mi amigo.
—Hola —lo saludé.
—Hola, preciosa —me devolvió el saludo, sonriendo.
Nos dimos un abrazo con un beso y me aparté para que entrara.
Rubén se dirigió a la cocina y lo seguí, después de cerrar.
—¿Qué cena has traído?
—Comida china.
—Guay —sonreí.
—Y si no, también. Poco puedo hacer ya.
Reímos.
—¿Cómo te ha ido el día? —le pregunté.
—Como últimamente, aunque mi rutina ha variado desde que trasladaron a Gina de cuidados intensivos.
Desde entonces voy a trabajar, salgo sobre las nueve y cuarto para ir al hospital, estoy con Gina todo el tiempo que puedo, me tomo un café con su madre y después regreso a trabajar en la cafetería.
Más tarde vuelvo a ir, a la una y media, y estoy con ella otro rato, antes de comer.
Por la tarde regreso al hospital a las cinco y ya no vuelvo al trabajo.
Leti y tu madre me cubren, hasta el cierre.
Asentí sonriendo, mientras me acercaba a coger varios platos y bandejas para colocar toda la comida de los recipientes que Rubén fue sacando de las bolsas.
—Mañana volverás a tener otro cambio, uno muy importante —le dije, al ponerme a su lado.
—Sí —comentó, serio.
—Irá bien.
Le di un empujoncito con la cadera, en la suya.
Con lo del cambio que le había comentado continuábamos hablando de Gina y de su situación. Faltaban horas para que ella despertara del coma, ya que el médico que la llevaba había decidido que había llegado el momento.
La inflamación de la cabeza se había reducido mucho y ya no corría peligro, aunque todavía no estaba bien del todo. Le quedaban unos cuantos días más.
Este era el motivo por el que mi madre le había dado mañana fiesta a Rubén, para que él no tuviera que estar pendiente del trabajo ni de los horarios. Mi madre, al igual que todas las personas cercanas a mi amigo, quería que por fin pudiera estar tranquilo.
Para conseguir esa tranquilidad, Rubén necesitaba acompañar a Gina, sobre todo, después de que ella abriera los ojos.
Estaba muy nervioso por que llegara ese momento. Y ese era el motivo por el que yo quería estar junto a él, acompañándolo, aunque solo fuera para darle mi apoyo hasta que pudiera entrar a ver a Gina.
Hacía un día y medio que la subieron a planta. Fue un gran alivio que la sacaran de cuidados intensivos, aunque continuaba muy vigilada por las enfermeras.
—Eso espero, que vaya bien —me dijo.
—Ha conseguido lo más difícil, Rubén, superar un traumatismo grave y mejorar día a día. Ya solo es cuestión de tiempo.
—¿Y si pregunta qué hago en el hospital?
—¿Cómo va a preguntar eso? —me sorprendí.
—No lo sé, Paula.
Se apartó de mí para ir hacia el fregadero, para mojarse las manos con agua.
—Sé que a Gina le hará mucha ilusión verte allí. Y le hará mucha más saber lo que te has preocupado por ella, desde que supiste lo que le había sucedido.
—Estábamos conociéndonos, todavía no había nada claro entre nosotros —comentó, volviendo a mi lado.
—Habla por lo que creías tú —le dije, con diversión.
—¿Qué quieres decir?
—Que hables por ti cuando dices que no había nada claro entre vosotros. Todos los que os veíamos, cuando ella iba a la cafetería, nos dimos cuenta de vuestras sonrisillas y miradas, vuestros roces cada vez que Gina te llamaba o tú te acercabas, porque, como mínimo, os tocabais las manos.
Arqueó una ceja y seguí hablando.
—Tu pensamiento es muy diferente a la realidad. Claro que se diferenciaba perfectamente que había algo entre vosotros, todo lo necesario para el comienzo de una bonita relación. Y creo que desde que le sucedió a Gina lo del accidente tú has cambiado bastante. ¿Me equivoco?
—¿En qué sentido? —me preguntó, con una sonrisa.
—En el sentido de que vas a ir a por todas con ella, en cuanto podáis tener una conversación.
—Esa es mi intención.
Me hizo un guiño y reí, feliz por mi amigo.
—Me alegro muchísimo.
Lo abracé por el costado y él me rodeó la espalda con un brazo.
—Lo sé.
Me dio un beso en la cabeza.
—Me encanta Gina para ti. Es una chica estupenda.
—También lo sé —repitió—. Me lo has dicho muchas veces —rio.
—Tienes que estar tranquilo, Rubén. Mañana va a salir todo muy bien y yo estaré a tu lado, para lo que necesites.
Me apretó más a él.
—Me lo has dicho en el mensaje de voz.
—Sí. Tenía pensado dejar el trabajo el tiempo necesario para estar a tu lado y poder ver a Gina despierta, pero al final Nadia me ha empujado a que me tome el día libre y después de hablar con mi jefe, no vuelvo al trabajo hasta el lunes.
—Gracias.
—No digas tonterías. —Negué con la cabeza—. Estoy deseando que llegue mañana, cuando Gina te vea se pondrá muy feliz. No tengo ninguna duda.
—Anda, vamos a cenar antes de que se enfríe.