¡Ese médico es mío! Capítulo 18
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Capítulo 18

—¿Qué pasa? ¿Hay algún problema?

No pude contenerme por más tiempo. Al final tuve que hablarle al dueño de la casa porque estaba poniéndome muy nerviosa.

Llevaba un rato sin moverse, desde que se inclinó hacia la mesa, muy cerca de mí. Si su intención era la de hacerme hablar, al mantenerse de esa manera, lo consiguió tan solo con su presencia y proximidad.

Caí en la trampa, pero no me importó. Solo quería tomar distancia.

Me eché hacia atrás, para apoyar la espalda en el respaldo de la silla. Una vez que hubo una buena separación entre los dos, dejé el lápiz sobre el plano.

Aroa no movió la cabeza. La tenía inclinada hacia abajo, supuestamente mirando su móvil, cuando en realidad, no nos perdía de vista al dueño y a mí.

—Estoy haciéndome una idea de cómo vas a dejar mi salón —habló él, como respuesta a mis preguntas.

Apoyó las manos en la mesa, manteniendo su posición.

—¿Algún problema? —me devolvió la pregunta.

Elevé las cejas, al mismo tiempo que crucé las piernas.

—Muchos —contesté—. Para empezar, cuando estoy trabajando no me gusta tener a nadie encima, y, para terminar, con muchos más puntos entre medio que no voy a molestarme en detallar, nunca dejo que supervisen mi trabajo.

Lo último no era del todo cierto porque hacía excepciones con algunos clientes a los que incluía durante todo el proceso.

—Yo soy el cliente, el que ha contratado a tu empresa, por lo tanto, el que pago. Esta es mi casa, así que me da igual que no te sientas cómoda por mi observación e interés. Y, por supuesto, apareceré por aquí siempre que pueda y me apetezca.

—¿Eres siempre tan agradable?

Fruncí ligeramente el ceño.

—Tanto como tú —respondió, con una sonrisa de medio lado—. Todavía estoy esperando a que me digas qué has querido decir con lo de que puede que os vayáis en breve. También te he preguntado con qué permiso traes a tu perro y a tu amiga a mi casa, cuando se supone que estás trabajando.

—He querido decir exactamente lo que ha dicho. —Arqueé una ceja—. Todavía estoy pensándome si me voy a mi casa o no, allí puedo hacer lo mismo que aquí. Hasta que comiencen las obras.

Me encogí de hombros e hice una pausa.

—Me he tomado la libertad de traer a mi perro y a mi amiga porque me ha dado la gana. Sin faltar —sonreí—. La casa está vacía, a excepción de Yoda y Leia, quienes se han puesto muy contentos al vernos a todos. Deberías estar agradecido por ellos, pasan muchas horas solos.

Suspiré.

—Estoy muy tranquila con lo que he hecho. Confío en los míos plenamente, y no porque estén aquí yo voy a dejar de avanzar en mi trabajo. No creo que sea para tanto. ¿Qué problema hay? La vivienda está completamente vacía, lo único que se puede romper lo he traído yo.

Señalé la mesa y las sillas.

—No te costaba nada comunicármelo.

—Y a ti tampoco te costaba nada presentarte como corresponde, en vez de entrarnos a mi compañera Nadia y a mí de manera que nos asustaste. Al igual que has hecho hoy, en persona.

Me crucé de brazos.

—Cuando venga tu compañera, ¿te irás tú? ¿Cuándo será?

Entrecerré los ojos.

—Nadia se incorporará en el momento que pueda y siento mucho decirte que yo estaré hasta el último día. Me tomo muy en serio mi trabajo, pero tranquilo, evitaré ser yo quien te devuelva la llave de tu casa, así que mi compañera se encargará de ello y de enseñarte el resultado final.

—No he dicho que sea lo que quiera.

Nos quedamos callados, mirándonos a los ojos. Tuve una sensación extraña, pero, como todo lo que tenía que ver con este hombre, lo ignoré. Aun así, me costó apartar la mirada de la suya.

Dirigir la vista a mi amiga fue peor, porque me encontré con su sonrisa pícara.

—Ya… lo que quieres es que mi perro y mi amiga desaparezcan de tu propiedad.

Él se tomó unos segundos más para hablar, tiempo en el que se incorporó para quedarse recto de pie, sin apartar la atención de mí.

Su actitud estaba poniéndome nerviosa, cada vez más.

—Tampoco he dicho eso —repitió—. Solo quería estar informado de lo que sucede en mi propiedad, creo que es entendible.

—Totalmente, pero no las maneras que utilizas para hacer las cosas. Te ahorrarías muchas preguntas y dudas si te comportaras de otra manera.

Elevé las cejas.

—Está bien saberlo —dijo.

Sus labios fueron curvándose poco a poco.

—Genial —hablé con ironía.

—Héctor —se presentó.

Me ofreció una mano mirándome fijamente a los ojos y se la acepté de la misma manera.

—Paula.

Asintió.

—¿Así mejor? ¿Te parece lo suficientemente correcto?

Puse los ojos en blanco y negué con la cabeza.

—¿No? Vaya…

Su reacción a mi actitud tuvo una consecuencia y esta no la vi venir cuando Héctor, que todavía tenía mi mano agarrada, tiró de ella hacia él.

Con el movimiento me levantó de golpe de la silla y me llevó hasta él. La sorpresa me hizo abrir los ojos al máximo. De esa manera levanté la cabeza para poder mirarlo a la cara, por lo cerca que nos quedamos.

—¿Qué…? —comencé a preguntar.

Me quedé callada de repente, cuando se inclinó para darme un beso en la mejilla, lo que aún me pilló mucho más de sorpresa.

Sus labios acariciaron mi piel, provocándome una sensación extraña y al mismo tiempo demasiado agradable.

Fue muy breve, ya que se apartó tan rápido como se acercó, pero la sensación y su olor se quedaron conmigo.

Dio un paso hacia atrás y al hacerlo, me soltó la mano. Sus ojos no se desviaron de los míos, hasta que me dio la espalda.

Se giró hacia mi amiga, a la que le costó reaccionar.

—Aroa —se presentó ella, levantando una mano.

Héctor asintió, antes de silbar.

Eso fue suficiente para que Yoda y Leia aparecieran corriendo, al cabo de unos segundos.

Ray llegó junto a ellos y sonreí. Estaba pasándoselo estupendamente con sus nuevos amigos y en un terreno tan grande.

—Me voy, chicos —les dijo Héctor a sus perros—. Portaros bien y proteger a los invitados.

Ambos soltaron un ladrido y mi sonrisa se amplió.

Héctor les hizo unas caricias, les dio un beso, y volvió a dejarme asombrada cuando tuvo en cuenta a Ray, para todo. También le tocó la cabeza y recibió su beso, gestos que mi perro aceptó encantado.

Después de esa despedida Héctor comenzó a caminar.

—Hasta pronto —habló, mirándonos por encima del hombro.

—¿Eso quiere decir que puedo venir más veces? Si lo hago, ¿no la tomarás con mi amiga? ¿Ray también? —le preguntó Aroa.

Héctor curvó los labios en una pequeña sonrisa. Esa fue la única respuesta que le dio a mi amiga y lo último que nos dejó ver de su cara.

Miró hacia delante, mientras se alejaba del porche. Los perros corrieron detrás de él, para acompañarlo a la salida.

—Joder. ¿Te has dado cuenta de lo que ha pasado?

—¿De qué hablas? —le pregunté, sin apartar la vista de la espalda del dueño de la casa.

Fue haciéndose cada vez más pequeño, hasta que desapareció entre los árboles que llevaban hacia la puerta de hierro.

—No te hagas la tonta. Todavía noto la tensión que ha dejado ese hombre.

Bufó.

Me giré hacia ella.

—Sí, tensión ha habido —estuve de acuerdo.

—Ya… pero una muy diferente a la que estás pensando —rio—. Me han entrado hasta calores por la forma en la que te miraba y por lo que ha hecho al final. Solo contigo, por cierto, porque hacia mí ha tenido de sobra con un simple asentimiento, cuando le he dicho mi nombre.

Sonrió con picardía.

—No digas tonterías.

Me senté en la silla.

—Ya te lo diré el próximo día, porque tengo el permiso del dueño para acompañarte cuantas veces queramos —dijo animada.

—Eso parece, ¿no?

Sonreí.

—Sí, y Ray también —rio—. Después de todo me ha caído bien.

Me hizo un guiño.

—Eres demasiado blanda —le dije con diversión—. Yo todavía tengo que pensármelo bien.

—Ya… a mí no me engañas —volvió a reír.

—¿Por qué no buscas un bar o un restaurante cerca de aquí para ir a comer? Todavía queda un rato, pero así vamos viendo.

—Da igual que desvíes el tema, no se me va a olvidar —sonrió con picardía—. Voy a ver qué hay por esta zona.

—Aunque tengamos que coger el coche no pasa nada, siempre que no nos alejemos mucho —le dije.

Solo le eché cuenta a lo que me interesaba.

—De acuerdo.

Dejé a mi amiga entretenida con el móvil y entré a la casa, para ir a la cocina para beber un poco de agua.

Necesitaba refrescarme de alguna manera, para sofocar el calor tan grande que me había provocado Héctor. Todavía continuaba sintiéndolo y echarme el agua por la cabeza no entraba en mis planes, aunque era exactamente lo que necesitaba.