Capítulo 17
—La piscina está llamándome a gritos —dijo Aroa.
Rio y sonreí.
Estaba delante de mí, sentada en la hierba a unos metros de distancia.
Los perros se acercaban a ella de vez en cuando y después se iban para continuar jugando.
Habían encajado los tres estupendamente, como ya esperaba.
—Se han hecho muy amigos.
Me leyó el pensamiento Aroa.
—¿Cómo sabes que ya son muy? —le pregunté, con diversión.
—¡Solo hay que verlos! Desde que se han conocido no se separan y ya han pasado más de dos horas. —Miró la hora en su móvil—. Joder, qué rápido se ha ido el tiempo.
—Porque no estás trabajando —reí.
—¿Quieres un café?
Se levantó y se acercó a la mesa.
—A esta hora no.
—¿Agua? ¿Un refresco?
—No me apetece nada. Gracias.
—Vale. Yo voy a hacerme un café.
Asentí.
Sonreí al verla caminar descalza. Estaba en la gloria, palabras de mi amiga.
Le había propuesto que se viniera cada día. Total, no me molestaba para hacer mi trabajo y ella era feliz, al estar entretenida. Mi compañera y amiga Nadia estaría encantada de que Aroa estuviera con nosotras, no necesitaba preguntárselo para saberlo.
Lo de no encontrar trabajo cada vez la tenía más agobiada, le vendría bien distraerse. La entendía, porque debía ser frustrante, pero le habíamos pedido que se relajara un poco. Difícil conseguirlo con Aroa.
Levanté la mirada hacia la cámara que había colgada en la esquina del techo del porche. Se me iban los ojos hacia ella sin darme cuenta.
Me pregunté si el dueño se había conectado para vigilar, si nos había visto, o si desde la primera vez que pasó ya no se había molestado en observar lo que sucedía en su casa.
Lo mismo cuando nos habló por sorpresa a Nadia y a mí, asustándonos, fue para presentarse. Aunque eligiera una manera poco acertada.
Me daba rabia no saber si estaba siendo observada o no. Aunque solo me encontraba en esta casa para realizar mi trabajo, me fastidiaba de todas maneras.
Aroa salió con su café con leche recién hecho y se sentó a mi lado, en una de las sillas plegables que me traje de mi casa.
—¿Qué estabas pensado?
—En las cámaras y en el dueño de esta casa.
—Te dejó marcada —dijo con una risilla.
Elevé las cejas.
—No sé por qué lo dices tan alegre. No es nada bueno.
—Tal vez te lo ha dicho alegre porque te conoce bien y sabe cómo piensas.
Nos sobresaltamos al escuchar a nuestras espaldas la voz de un hombre.
Fue imposible que alguna de las dos nos lo esperásemos, cuando estábamos convencidas de que nos encontrábamos solas.
Dimos un bote en las sillas, por el susto. El sobresalto de Aroa provocó que a ella se le derramara un poco de café, sobre el plano que tenía extendido en la mesa.
—Mierda —dije.
Me levanté rápido y me apresuré a secar las gotas, con un pañuelo y con cuidado.
—Joder, lo siento —se disculpó, preocupada.
—Tú no tienes la culpa —hablé con rabia.
En cuanto terminé me incorporé y observé fijamente al hombre que no se había movido.
—¿Quién eres? ¿No sabes picar al timbre o hacer notar tu presencia sin asustar? ¿Dónde están tus modales? ¿De dónde sales?
Arqueó una ceja.
Mi cabreo aumentó por su reacción.
Se cruzó de brazos y se dejó caer con uno de ellos en la pared del porche. Nuestras miradas no se separaron ni un momento.
—Estás muy cómoda en esta casa, por lo que parece.
—Pau…
—No pasa nada —le dije para tranquilizarla—. ¿Dónde están los perros?
Salí al jardín pisando la hierba, para mirar a los lados.
—¿Por qué no han venido? —Quiso saber Aroa.
—Están en la zona de la piscina —dijo él.
En la parte trasera de la casa, pensé. Pero ¿por qué no habían ladrado ante le presencia de un…?
Me giré hacia él.
—Vuelve a hablar —le pedí.
Su sonrisa de medio lado y de suficiencia me dio la respuesta que quería saber.
—Mierda —susurré.
—Efectivamente. Mierda —repitió él.
—¿Qué pasa, Paula?
—Es el dueño de la casa —le contesté, con un bufido.
Mi amiga agrandó los ojos y se fijó mejor en él. Cosa difícil porque una vez que se le pasó el susto, le hizo un buen escaneo.
No era para menos, el tío estaba y era impresionante. En fin, un pequeño contratiempo en mi misión de cagarme en él. Nada importante.
Ya iban dos sustos, no habría un tercero.
—¿No estaba de viaje? —me preguntó Aroa.
—Está claro que ya no.
Bufé.
—Voy a buscar a los perros —dijo Aroa.
—Están tranquilos y jugando. Me han recibido en cuanto he entrado en la propiedad y cuando hemos llegado a la casa les he dicho a los míos que fueran a jugar. Por eso no están aquí —nos aclaró.
—¿Y mi perro? ¡No le habrás hecho nada!
Fruncí el ceño.
—Puede ser —respondió.
Entrecerré los ojos.
—Nadie me ha informado de que habría otro perro aquí, con los míos, en mi casa. Ni mucho menos una persona que no pertenece a la empresa que he contratado para que arregle y decore la vivienda.
—Si le has soplado siquiera a Ray…
Di un paso hacia él.
—¿Qué? —Elevó las cejas—. Era tu obligación consultarme si podías traerlo, como a tu amiga. Te has tomado demasiadas libertades.
—¿Cómo sabes que no estoy aquí trabajando? —le preguntó Aroa, levantando la barbilla.
—Porque es un cotilla y le gusta allanar la intimidad de las personas. Ha estado observándonos y escuchándonos.
—Llámame raro, pero me gusta saber lo que pasa en mi casa.
—No tienes ningún derecho a vigilar, cuando has dado las llaves a una empresa para que trabaje aquí —le eché en cara.
—Da igual lo que digas, estás en mi propiedad y aquí la última palabra la tengo yo.
Fruncí el ceño.
—Paula… —me llamó mi amiga, con un carraspeo—. Déjalo estar —me pidió susurrando, nerviosa.
—No te preocupes. Nada ni nadie va a ponerse por encima de nosotras, no hemos hecho nada malo.
Me sentí orgullosa de mí misma, al controlarme ante sus provocaciones, porque le hubiera borrado de la cara, con una buena hostia, la sonrisa que le salió al escucharme.
—Ves a comprobar que los perros están bien, por fa —le pedí a Aroa.
—Claro. No tardo.
Cuando mi amiga se fue casi corriendo, caminé hacia la mesa con una tranquilidad que no sentía.
El dueño de la casa no apartó la vista de mí, en ningún momento.
—¿Con qué permiso estás trayendo a personas y animales a mi casa? —insistió.
Ignoré su pregunta.
Me senté y comprobé que las gotas de café que había limpiado del plano no habían emborronado la información sobre la que habían caído.
—¿Ahora me ignoras?
—Cuando lo que escucho no son más que tonterías, por supuesto. Es lo mejor que puedo hacer.
Hablé sin mirarlo.
Ray llegó corriendo al porche y vino directo hacia mí.
Como si supiera que necesitaba apoyo, se sentó a mi lado y colocó la cabeza en mi pierna. Sonreí acariciándosela.
—Aroa te ha dicho que vengas conmigo. ¿A que sí?
Mi perro dejó de mirar al dueño de la casa para mirarme a mí. Solo movió los ojos. Me encantaba cuando hacía eso, se le ponía una cara de bueno…
—Todo está bien —le dije—. Ve a jugar con tus nuevos amigos, puede que nos vayamos pronto.
Me incliné para darle un beso en la cabeza y contuve la risa cuando Leia y Yoda llegaron e hicieron cola, para recibir sus raciones de mimos.
Al último al que besé fue a Yoda, y entonces Ray subió las patas delanteras a mis piernas y me lamió la cara.
Esta vez sí que me reí, tuve que hacerlo al ver cómo se iban igual de rápido como llegaron.
Me mordí la lengua para no restregarle por la cara, al dueño de la casa, que sus perros habían pasado de él. Varios puntos extra para mí.
Me centré en el trabajo, mientras hacía todo lo posible por ignorar la presencia de ese hombre.
—¿Qué has querido decir con lo de que puede que os vayáis en breve? —me preguntó.
Continué a lo mío, haciéndole ver con mi silencio y falta de interés que estaba concentrada.
Ese era mi propósito, lo que no quería decir que lo consiguiera, porque él era muy consciente de lo que había provocado en mí. Más que nada porque mis caras y mis gestos hablaban por mí, sin la necesidad de abrir la boca.
Aroa regresó y, tranquilamente, arrastró una silla para colocarla delante de mí, al otro lado de la mesa. Se sentó y continuó callada.
Mi amiga eligió la excusa de entretenerse con el móvil, mientras yo seguía atenta al plano. Comencé a medir las distancias y a hacer cálculos.
En ello estaba cuando, después de unos breves minutos tranquila, vi de reojo cómo el dueño de la casa se acercaba a nosotras.
Me puse en tensión al ver que se paraba demasiado cerca del filo de la mesa, y, no conforme con eso, se inclinó hacia delante para fijarse bien en el plano con el que yo estaba trabajando.
Recordaba perfectamente cómo se llamaba el dueño de la casa. Héctor, lo llamó mi compañera Nadia, nombre que escuché con anterioridad de nuestro jefe.
Pero, aun sabiéndolo, no me daba la gana de dirigirme a él como tal, porque no se había presentado en condiciones.