Capítulo 16
—Buenos días, cariño.
—Buenos días, papá.
Le di un beso y abracé a Ray, el que casi estaba encima de mí, reclamando mi atención.
—Tranquilo —le dije riendo—. Vas a venirte conmigo.
Ladrido.
—Ya lo has puesto contento —dijo mi padre, con diversión—. ¿Quieres un café rápido?
—No. Voy a recoger a Aroa, se viene con nosotros.
—Vas a estar muy bien acompañada.
—Sí.
Sonreí.
—Paremos a desayunar, antes de llegar a la casa.
—Está bien. Dale recuerdos a Aroa.
—De tu parte.
Nos dimos un abrazo y cogí la correa de Ray, la que me ofreció mi padre.
Lo tenía preparado para que me lo llevara, ya que lo llamé la noche anterior para contarle la idea que tenía, para que Ray disfrutara en la casa en la que estaba trabajando.
Aunque nuestro perro no necesitaba ir atado para estar en la calle, nunca le faltaba la correa. Lo hacíamos por su seguridad, sobre todo por la suya. Ray era muy obediente y solo corría o se alejaba cuando se le daba permiso para hacerlo.
El resto del tiempo le gustaba ir al lado de quien lo sacara, caminando con calma.
—Que vaya bien el trabajo —me despedí de mi padre.
—Igualmente, cariño. Me iré al trabajo en unos minutos.
Nos dimos un beso en la mejilla y otro abrazo, antes de que él cerrara la puerta de casa y Ray y yo nos alejáramos por la acera. Mi madre ya estaba en la cafetería.
Llevé a Ray a mi coche, lo aseguré en los asientos traseros, y después de darle un beso en la cabeza, cerré su puerta y fui a la mía.
Frente al volante, antes de arrancar, le envié un mensaje a Aroa para avisarla de que salía para su casa.
Era un poquito más tarde de la hora que le dije que la recogería, pero mi amiga estaba avisada desde que me desperté.
Como arrastraba cansancio y sueño de la noche que no conseguí dormir mucho, por la inesperada noticia de lo que le sucedió a Gina, esta pasada noche había dormido por ambas.
Me había costado muchísimo levantarme de la cama y suerte que me sonaron varias alarmas, porque si no todavía continuaría dormida.
Cuando llegué frente a la casa de Aroa, ella ya me esperaba sentada en los escalones de la entrada.
Sonreí al ver con el entusiasmo que se levantó, vino hasta el coche y se sentó en el asiento del copiloto.
—Buenos días —me saludó, dándome un abrazo.
—Buenos días.
—A ti también, preciosidad —le habló a Ray, mirando hacia atrás.
Mi perro ladró y se puso contento al verla, queriendo acercarse. Aroa lo acarició como pudo.
—No, Ray. Cuando bajemos —le ordené, cuando tuvo la intención de lanzarse hacia delante—. Te puedes hacer daño si das un tirón, quédate tumbado y tranquilo.
Aroa se sentó bien, para que él se tranquilizara. Y Ray se tumbó, mirándome.
Comencé a circular por la carretera.
—¿Cómo has dormido? —me preguntó.
—Genial, tanto que he venido más tarde a por ti —contesté, sonriendo.
—Te has retrasado menos de quince minutos.
Puso los ojos en blanco y reí.
—Es todo un mérito que haya salido de casa sin tomarme un café. No me he parado a hacérmelo.
—Me dijiste de desayunar en una cafetería que hay cerca.
—Sí. Es la misma a la que me llevó Nadia el primer día. Está a unas calles de la casa.
—Guay.
—Vamos directas.
Asintió.
—¿Has hablado con Rubén? —le pregunté.
—Sí. Anoche me contó cómo está viviendo él lo de Gina —suspiró—. Me da pena que tenga que estar pasando por eso.
Hizo una mueca.
—Y a mí. No queremos verlo sufrir —le dije y negó con la cabeza—.
La parte buena de todo esto es que Rubén se ha dado cuenta de que Gina le importa más de lo que pensaba.
Me refiero a que sus sentimientos van más allá de un me gusta.
Ha sido como un choque emocional y estoy segura de que en cuanto ella se despierte le pedirá que se tomen más en serio lo que tienen.
—Eso sería genial —sonrió.
—Poco a poco. Ahora lo importante es que Gina mejore, se despierte y se recupere del todo.
—Vaya mierda, sí que tuvo que ser fuerte el accidente. ¿Sabes cómo…?
—No —la interrumpí—. No lo sé ni lo quiero saber.
—Vale. Sí, es mejor.
El resto del trayecto lo hicimos en silencio, con Aroa tarareando las canciones que sonaban en la radio.
Cuando llegamos a la zona donde estaba la cafetería, encontré rápido un sito para estacionar.
Ray saltó encima de Aroa en cuanto lo bajé del coche y mi amiga recibió su cariño riendo y abrazándolo.
Cuando terminó el encuentro entre ellos fuimos a la cafetería y ocupamos una mesa en la terraza, para que Ray pudiera estar cómodo y al aire libre. Se tumbó a mi lado.
Le pedimos a la camarera dos buenos desayunos y nos los tomamos sin prisas, pero sin parar, para no demorarnos mucho más.
La tarde anterior, cuando llegué a casa y después de darme una ducha y ponerme cómoda, continué trabajando en los planos de la casa del cliente.
Si todo iba como tenía pensado, a media mañana llamaría a Pablo. Él era el jefe de la cuadrilla de trabajo que se encargaría de realizar todas las obras que yo estaba marcando en los planos.
Mi compañera Nadia estaba librándose por esta vez, aunque cuando se uniera a mí comentaríamos lo que yo había hecho y si había que modificar algo, lo haríamos sobre la marcha.
Desayunamos en quince minutos, aproximadamente. Aroa se empeñó en invitarme y después de varios intentos por mi parte, la dejé estar para que hiciera lo que quisiera.
Mi coche se quedó aparcado donde estaba, aunque podía entrarlo en la propiedad sin problema. En el llavero que me dio Nadia también estaba la llave que abría la gran puerta de hierro, para entrar con el coche.
Ninguna de las veces que había venido había utilizado el garaje o el estacionamiento debajo del techado, el del exterior. Preferí dejarlo en la calle.
Era una zona muy tranquila, donde los terrenos de las viviendas se encontraban separados los unos de los otros. Igualmente, como sucedía en la casa en que estaba yo. Los árboles y la vegetación conservaban la privacidad de las propiedades.
—Joder, quién pudiera vivir en una casita de estas —dijo Aroa, mientras nos acercábamos a la puerta de hierro.
—Para un rato, vale, pero yo estoy muy contenta con mi casa y mi pequeño jardín —comenté, buscando las llaves en el bolso.
Ray se sentó a mi lado.
—Tu jardín es pequeño comparado con el de esta casa, pero en absoluto lo es —sonrió.
—Esta propiedad es una pasada, una preciosidad, la mires por donde la mires. Tiene unos jardines increíbles y mucha amplitud en general. Te vas a enamorar.
Le hice un guiño, mientras introducía la llave en la cerradura.
—Ray, no te separes de mí —le pedí, acariciándole la cabeza.
Agarré su correa, que había estado tirada en el suelo, y empujé la puerta.
Como ya esperaba, Yoda y Leia estaban esperándome para recibirme. Se pusieron de pie en cuanto vieron que no venía sola.
—Hola, chicos —les dije.
—Joder, qué bonitos son. Mucho más que en la foto.
—Sí —sonreí—. Os presento a mi perro Ray. —Le toqué la cabeza—. Es muy bueno, como vosotros, así que os vais a portar bien y haceros amigos.
Yoda ladró y Ray lo imitó.
—¿Eso ha sido un sí? —me preguntó Aroa.
—Espero que sí —reí.
Desenganché la correa de Ray, pero mi perro no se movió de mi lado. Hasta que no le diera la orden no lo haría, mientras miraba fijamente a sus dos nuevos amigos.
—Nada de enamorarse de Leia, ¿eh?
Le agarré la cara y le di un beso.
—Pórtate bien y diviértete.
Cuando me separé, Yoda y Leia ya se habían acercado a Ray.
—Si fuera así de fácil con los humanos… —Suspiró Aroa.
Comenzaron a olerse los tres y después de unos segundos, salieron corriendo, para jugar.
—Si fuéramos como ellos el mundo sería maravilloso, sin rencor, sin maldad, lleno de amor y fidelidad… Son almas nobles, puras, que solo quieren querer.
—Yo quiero un perro.
Hizo un puchero y solté una carcajada.
—No.
Continué con mis negativas sobre ese tema, tal y como me obligó a prometerle, varias veces.
—No tienes corazón.
Lloriqueó en broma.
—Al contrario, me sobra corazón. Por eso mismo voy a seguir negándote lo que sé que te hará mucho daño.
—Pero el tiempo con ellos lo recompensa —insistió.
—Cómo se nota que ya no te acuerdas de lo mal, pero mal que lo pasaste la última vez, Aroa. Piensa en ello, llegaste hasta el punto de hacérmelo jurar y prometer.
La miré de reojo, mientras caminábamos hacia la casa.
—¿Por qué tienen que vivir tan pocos años?
—No lo sé, pero es injusto —contesté, pensativa.
—La virgen, ¡qué preciosidad de casa! —exclamó con sorpresa.
Sonreí de medio lado.
—Y has visto muy poco por ahora —dije divertida.
—Olvida lo que te he dicho, tanto tu jardín como tu casa son una mierda. Al igual que la mía.
Soltamos una carcajada.
Abrí la puerta de la vivienda y le di paso. Entró soltando un silbido, y eso que el interior estaba completamente vacío. Verlo amueblado, vestido, sería una maravilla.