Capítulo 15
Aparté los ojos de la pantalla del ordenador, para dirigirlos a la hierba, a unos metros por delante de mí.
Estaba trabajando en el porche, donde se estaba genial. Daba la sombra.
Sonreí al ver a Yoda revolcarse en la hierba, y a Leia dando vueltas a su alrededor, ladrándole.
Se lo pasaban estupendamente.
Bajé la vista a mi móvil. Lo tenía en la mesa y sonreí porque era Aroa quien me llamaba.
Colgué, cortando la llamada. Lo hice varias veces, ya que mi amiga insistió una y otra vez.
Riendo, conseguí hacerle una videollamada.
—Joder, ¡dame tiempo! —le dije, quejándome entre risas.
Coloqué el móvil en vertical, apoyado en la pantalla del portátil.
—Pues dime que querías hacerme una videollamada. ¡Yo qué sé!
Reímos.
—Hola, traidora.
—Qué cosas más bonitas me dices.
Colgué y solté una carcajada.
Aroa me devolvió la videollamada y cuando descolgué también estaba riéndose.
—Serás… —me dijo.
—Tú te lo has buscado. A la próxima no descuelgo.
Le hice un guiño.
—Qué dolor de amiga.
—Búscate otra —le dije con humor.
—Sí, claro, a mi edad. Con lo que me cuesta ser simpática.
Solté una carcajada.
—¿Cómo llevas el trabajo? ¿Me enseñas la casa?
—Bien, aunque hace poco que me he puesto. Y no, no te la enseño porque mañana te vendrás conmigo y la verás en directo tú.
Soltó un grito, ilusionada.
—Así que ya sabes —continué—. A las siete y media tienes que estar preparada. Pasaré a esa hora a recogerte, así desayunamos en condiciones en una cafetería que hay cerca de aquí.
—Cuenta con ello. Puedo ayudarte en lo que necesites.
—¿Haciéndome los cafés? —me propuso.
—No estaría mal —sonreí.
Estábamos hablando por hablar porque al día siguiente cada una iría a lo suyo y para un café que me preparara Aroa, los demás me los haría yo.
—Me he traído una cafetera que me dio mi madre ayer y la nevera está llena de refrescos y agua. También hay leche y salchichas para los perros.
—Ay, qué ganas tengo de verlos.
—Mañana iré a buscarte con Ray. También me lo traigo.
—Claro, se lo pasará genial ahí.
—Espero que se caigan bien —me referí a los perros.
—No lo dudo —dijo sonriendo—. Oye, ¿cómo es que te has puesto hace poco a trabajar? ¿Has llegado tarde?
—He llegado hace media hora, más o menos, pero en realidad vine muy temprano porque tenía que salir.
—¿Dónde has ido? Para que tú interrumpas un día de trabajo…
—Quería contártelo mañana con calma.
—¿El qué? No me preocupes. ¿Estás bien?
—Estoy bien —suspiré—. Ayer me enteré de algo que ha afectado mucho a Rubén.
—Mierda, suéltalo de una vez.
Bajé la mirada hacia Leia. Se acercó a mí y apoyó la cabeza en mi pierna. Sonreí.
—Mira.
Cogí el móvil y lo enfoqué a la perra.
—Oh, qué cosita más bonita —dijo Aroa.
Reí.
—Y como no podía ser menos…
Dirigí la cámara hacia Yoda. Venía corriendo hacia mí.
—Joder, yo quiero perros como esos y como Ray —suspiró.
—No lo voy a permitir. Te boicotearé.
—Joder, Pau.
—Ni Pau ni leche. No me das pena y no vas a convencerme.
Me encogí de hombros, colocando el teléfono de nuevo apoyado en la pantalla del portátil.
Les hice varias caricias a los perros y se tumbaron cada uno a mi lado.
—No tienes corazón.
—Tengo uno bien grande, querida.
—Qué mal me caes.
—Me da igual —reí.
—No puedes impedir que tenga un perro, o dos, o tres, o cuatro, o…
—O veinte, no te digo…
Bufé.
—Vas a conformarte con Yoda y Leia, hasta que tengamos que despedirnos de ellos. Joder, qué pena me da, y solo es el segundo día que estoy con ellos —me lamenté.
—Vas a pasarlo fatal.
—Ya… —Hice una mueca—. A lo que iba, que no vas a tener ningún animal. Me hiciste jurarte y prometerte hace unos años que haría todo lo que estuviera en mi mano para evitar que tuvieras en el futuro un perro o un gato. Estuviste meses llorando la pérdida de Max.
—Ay, mi Max.
Hizo un puchero.
—Ahí lo tienes. —La señalé.
—Tienes razón. No quiero sentir ese dolor. —Se llevó una mano al pecho—. Puede ser egoísta, pero…
—Pero nada. Amas a los animales y eres muy sensible con ellos. Lo mejor que puedes hacer es ser consciente de tus limitaciones. Un animal duele mucho y a ti te cuesta mucho más remontar, Aroa.
—Sí —suspiró—. Me conformaré con lo que has dicho.
Sonreí.
—Además, a mi Ray puedes tenerlo cuando quieras.
—Mañana estaré con él —dijo emocionada.
—Sí.
—Cuéntame por qué has parado de trabajar. ¿Dónde has tenido que ir?
—Como te he dicho, ayer descubrí una cosa que afecta directamente a Rubén.
—¿El qué?
Frunció el ceño, acercándose a la cámara.
—Sabes que Gina lleva días sin aparecer por la cafetería.
—Sí. Me lo dijiste.
—El viernes, en el pub, mientras que tú, Sergio y Mario lo dabais todo en la pista de baile, estuve hablando un poco con Rubén de Gina. Le pregunté si sabía en qué empresa trabaja ella, pero le comenté que no iba a hacer nada. El caso es que la conversación se quedó.
—No me acuerdo de muchas cosas —rio—. Joder, la que pillé.
—Que se lo digan a Rubén que cargó contigo hasta mi casa.
—Calla, que pienso en la resaca con la que me desperté en tu cama y me pongo mala otra vez.
Reí.
—Sigue —me pidió.
—El caso es que, como el comportamiento de Gina no me parecía normal, decidí conseguir información sobre ella, a escondidas de Rubén.
—Ay, mi madre.
—Leti sabe dónde trabaja Gina, así que fui a pedirle la información. Era ella o Rubén, pero como el último estaba descartado…
—Y fuiste a hablar con Gina.
—Sí, fui, pero ya me hubiera gustado poder hablar con ella.
Hice una mueca.
—¿Por qué? Ah, no estaba.
—Gracias a que fui me enteré de que Gina llevaba en el hospital una semana. Tuvo un accidente grave.
Aroa soltó un jadeo y se tapó la boca con las manos.
—Hoy se lo he contado a Rubén, porque ayer era una tontería hacerlo. La tienen en cuidados intensivos y hasta esta mañana no podíamos verla.
—Joder, joder…
—Sí —suspiré—. La hemos visto, aunque ella no se ha enterado de nuestra presencia. Desde el accidente la tienen inconsciente, en coma inducido. Tuvo un traumatismo grave y están esperando a que baje la inflamación que tiene en la cabeza.
Agrandó los ojos.
—Pero está fuera de peligro y mejorando bien. Hemos conocido a su madre. Rubén ha estado con su futura suegra.
—Ostras.
Reímos, a pesar del malestar por lo de Gina.
—Así que imagínate…
—¿Cómo se ha quedado Rubén después de verla?
—Tocado, aunque antes de irnos hemos estado con la madre de Gina y le ha sentado bien.
La mujer nos ha comentado si podíamos quedarnos un rato para ir a la cafetería del hospital.
Le hemos dicho que sí y cuando ella ha salido de ver a su hija, hemos bajado a tomarnos un café. Es un encanto de mujer.
—Jo, qué bien —dijo emocionada.
—Y luego he llevado a Rubén a la cafetería y yo he venido aquí.
Había pensado quedarme hasta tarde, pero estoy avanzando bastante y puedo continuar en mi casa.
Calculo que mañana terminaré con el primer plano y entonces llamaré a la caballería, para que comiencen las obras de esa parte de la casa. Yo continuaré con los demás planos.
—Si me dices dónde estás, voy para acompañarte a comer. ¿Has visto por ahí algún restaurante? Puedo ir directamente hasta él.
—No te preocupes, por hoy estoy servida. Anoche me preparé dos fiambreras con comida.
—Ah, vale. ¡Qué no se te pase comer!
Sonreí.
—Vale, mamá.
Rio.
—Bueno, pues después de los sustos que me has dado, parece que todo ha terminado bien.
—Sí. Menos mi encuentro con Fabiana.
—¿Qué dices? ¿Cuánto te has encontrado con ella? —gritó.
—Ayer también. Prepárate para la bomba.
—¿Te pidió perdón otra vez? Joder, cómo me hubiera gustado quitártela de encima en el pub .
Bufó.
—Estabas demasiado ocupada durmiendo encima de Rubén.
Reímos.
—Ay, vamos a ponernos serias. Aunque, que te rías es buena señal.
—Sí y no.
Le conté lo que me pasó con Fabiana, mientras me encontraba mal por lo de Gina. Cada palabra, cada recuerdo… aunque los últimos los pasé muy por encima. Igualmente, Aroa sabía toda mi historia, por lo que sabía de lo que hablaba.
—Lo de esa tía es muy fuerte —dijo enfadada—. No me la creo.
Negó con la cabeza, varias veces.
—Espero no volver a verla, porque no veas con la rachita que llevo… —suspiré.
—Menuda puñetera coincidencia que trabaje en la misma empresa que Gina.
—Parece que estamos destinadas a encontrarnos una y otra vez.
—Bueno, ahora ya sabe a lo que atenerse contigo. Más clara no pudiste ser. No volverá a acercarse, aunque te vea.
—Ojalá. ¿Vas a comer ya? —le pregunté.
Entró en la cocina y apoyó el teléfono en la encimera.
—Sí. Voy a calentarme la comida. Tengo hambre.
—Venga, yo también.
Me levanté y Yoda y Leia me siguieron con la mirada.
Cerré la tapa del portátil, entré en el salón y fui al garaje, para coger de la nevera las fiambreras con mi comida.
Cuando estuve en la cocina hice lo mismo que mi amiga, apoyé el móvil y de esa manera continuamos haciéndonos compañía.
La diferencia vendría después, porque Aroa podía echarse una siesta, mientras que yo me pondría a trabajar otra vez.
Podía irme perfectamente a mi casa, para hacer lo mismo que estaba haciendo en esta, pero me gustaba pasar tiempo con los perros. Me quedaba más tranquila, sabiendo que estarían menos horas solos.